Al llegar a casa, después de un día cualquiera; al llegar a esa eterna soledad, a esa inmensa soledad que me rodea desde hace tanto tiempo, tanto que recordar su inicio ya no puedo; al llegar a esa situación acostumbrada, tan acostumbrada que hasta me parece amada sin serlo, recuesto mis miembros en el sofá sin mucho afán por la vida, cansados ya de andar por el mundo sin saber a dónde ir, y prendo la televisión para distraerme, aunque mi deseo más profundo es dormir, para así quizás soñar, soñar que yo no soy yo y que éste es alguien más, soñar que mi vida no es pura miseria, que yo mismo no lo soy… soñar con lugares hermosos, nunca antes visitados, pero siempre anhelados, soñar con la compañía de seres divinos, enviados de los cielos, que me tomen en sus brazos y me levanten hacia arriba, y me lleven lejos, lo más lejos posible de esta soledad que me rodea y que es odiada.

En estos sueños me pierdo y logro descansar de los pesares que me desgarran en lo más recóndito de mi corazón. En esos sueños logro lo que siempre he deseado, pero que sé que es imposible: logro, al fin, estar a tu lado. Lo cierto es que yo nunca sueño y tú nunca estás conmigo.

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