Ahora, las puertas están abiertas. Quitzé está listo para salir. Solo la luz y su voz lo acompañan. Rápidamente busca en sus bolsillos su pluma, tiene que firmar el libro de confirmaciones de salida, su pulso se acelera, siente que su corazón saldrá disparado de su pecho. Todo su mundo había sido entre cuatro paredes en las que imaginaba exteriores de horizontes planos y desiertos que esperaban ser construidos, de vez en cuando, su mente lo llevaba a recorrer con pies descalzos las llanuras y lo mares. Ahora, nada podía detenerlo, unas palabras oficialmente dichas y podría ir en búsqueda de aquello con lo que soñó por cinco mil noches.

 El primer paso afuera y tembló. –Respira- Sus piernas parecen no responder, como si ellas supieran lo incierto de su camino y se negaran a recorrerlo. Alrededor el llano desierto cubre las murallas que lo encerraron, a lo lejos, realmente lejos, se vislumbra un camino hacia la derecha, hacia el centro y a la izquierda. Sorprendido ante esto, se dio cuenta de que por primera vez en siete mil días tenía opciones, camina hasta llegar a la intersección. -¿Cómo elegir hacia donde ir?- Hurga en sus bolsillos, su pluma aparece de nuevo, en el papel que le dieron al salir dibuja el paisaje que tiene frente a él.

 A la derecha su imaginación le describe una serie de cosas que desea encontrar, la silueta de una mujer, manos entrelazadas, la luz de una mirada, la ilusión de una espera, la satisfacción de su llegada, una casa y un jardín con detalles fantásticos. A la izquierda, castillos, estatuas inertes de gente importante, estantes llenos de letras, pensamientos y sabiduría milenaria, cosas propias y de extraños, una silla vacía frente a una orquesta, otra sala, un bastidor y una paleta de colores nunca antes vistos esperándolo, sus antiguos compañeros de andanzas y charlas amenas.

 Tras un suspiro ve con tristeza su hoja, solo queda un camino para elegir y dibujar; sombras ostentosas son los primeros trazos de su pluma, intercambios de poder por placer, instantes de furor y pasión, torres inmensas que lo rodean, confort y satisfacción que lo seducen y lo instan a buscar más de lo nuevo.

Su pluma se queda sin tinta, su hoja sin espacio, levanta la mirada, ya es de noche, la luna ha iluminado sus trazos en las últimas horas. El viento murmulla que es hora de elegir, siente la presión de aquella voz, comienza a sentirse desesperado, desea tener otra pluma, otra hoja y otro horizonte para seguir buscado en su imaginario qué es lo que desea elegir. Dibujando y desdibujando sus opciones es como se siente libre.

Quitzé se pone de pie, está listo para dar el paso con la única herramienta con la que ahora cuenta, él mismo.

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