Al andar por la vida llega un momento en el cual el hombre detiene sus pasos un instante y se dedica, mientras reposa, a contemplarse a sí mismo, ve su cuerpo, principalmente sus manos, y se percata de su fragilidad. Ve que no es muy fuerte o muy ágil, no tiene garras, o piernas ligeras, tampoco posee afilados dientes o una piel gruesa para defenderse de las hostilidades del mundo.

Conforme a lo anterior podríamos pensar que al verse, el hombre sólo se percata de su impotencia respecto a la naturaleza; sin embrago, éste también es posibilidad y sus manos terminan por mostrarle que puede modificar, en algún sentido, la disposición natural de las cosas, trasformando con ello su entorno.

Pero, las cosas se resisten a ver violentada su naturaleza, y el hombre en tanto que ser frágil y dependiente de cambiar lo que le rodea no puede darse por vencido ante las dificultades que le presenta el mundo, de modo que se da cuenta que para modificar lo mejor posible la disposición natural de las cosas requiere de medios que le permitan ser más fuerte, más ágil o más preciso, en pocas palabras, necesita de un medio que lo transforme a él mismo y lo haga un ente más poderoso que ciertas cosas, y quizá, en última instancia, más poderoso que la naturaleza misma.

Esos medios capaces de cambiar al mundo y al hombre que en él se desenvuelve son las herramientas, objetos que reciben este nombre debido al material que originalmente las conformó, me refiero a hierro y quizá no tanto a alguna diferencia que en específico tengan con respecto a otros objetos que puedan ser también de hierro, pero que no tienen la misma utilidad que las primeras.

Pensando en esto último, no podemos dejar de preguntarnos ¿qué es propiamente una herramienta?, y ¿cómo es que uno de estos objetos tiene la capacidad para transformar al mundo y al hombre mismo? Y esa necesidad de preguntar se debe principalmente a que mediante esta reflexión tenemos la posibilidad de comprender un poco más respecto a lo que nosotros mismos somos, pues en tanto que seres vivos somos seres naturales, nos alimentamos y crecemos conforme a una disposición que no ha sido elegida por nosotros, pero, en tanto que seres frágiles y con la necesidad de transformar un entorno hostil en uno más amable también somos seres que vivimos gracias al arte y a la técnica, pues sin estos quedaríamos a merced del mundo y no tendríamos muchas posibilidades de sobrevivir.

Iniciemos nuestra reflexión pensando en una herramienta, cualquiera que ésta sea, por ejemplo un martillo, cuando vemos uno de estos objetos nos percatamos casi de inmediato que lo que lo hace ser lo que es no es el material con el cual está conformado, también hay martillos de hule o esculturas de hierro que tienen su fin en sí mismas, más bien lo que lo hace ser lo que es se encuentra en la finalidad que tiene en el momento de ser usado, fuera de ese instante un objeto conocido como herramienta no tiene una razón de ser en el mundo.

A partir de lo anterior, podemos apreciar que una herramienta sólo es tal cuando va a ser utilizada, su finalidad es ser un medio que permita al hombre relacionarse con aquellas cosas que no puede tocar directamente, de modo que ésta –la herramienta- se constituye como una extensión del cuerpo del hombre, pues se forma a partir de la figura del mismo y aumenta el poder de aquello de lo que es extensión, un martillo es la extensión de un puño cerrado, unas pinzas lo son de la posición que adquieren los dedos pulgar e índice, una espátula lo es de las uñas, y así hasta abarcarlas todas.

Tal pareciera que con el uso de las herramientas el hombre deviniera en un ser casi omnipotente, pues gracias a la presencia y al uso de las mismas éste puede modificarse para ser más fuerte y estar menos indefenso ante los embates del mundo, gracias a estos objetos mediadores es que el hombre es capaz de construir y mantener un hogar para resguardarse del frío o del calor extremo, también puede proveerse de alimentos difíciles de conseguir, o puede herir a la tierra para garantizar la existencia de alimento para tiempos de escasez, a sí mismo se torna capaz de desgarrar las pieles más duras y de confeccionar un abrigo que supla la carencia de una piel gruesa para cubrirse con ella; es decir, puede cambiar y cambiarse conforme a sus necesidades o sus más profundos deseos se lo dicten.

Sin embargo, debido a esa aparente omnipotencia, es que el hombre puede perder de vista el peligro de dejarse llevar por la maravilla que causa tener en las manos una herramienta con más potencia que la anterior, porque así como en un primer momento ve su fragilidad y decide trabajar en consecuencia, en un segundo instante puede pensar que ahora es sólo un ser de posibilidad capaz de controlarlo todo conforme a su voluntad así se lo dicte, y conforme a esta idea comenzar a vagar por el mundo sin un sentido claro de lo que le convenga o no hacer, de tal manera que su hacer cotidiano ya no sea conforme a una finalidad que vaya más allá de hacer herramientas cada vez más exactas y cada vez con más potencia.

Ante lo ya dicho, veo que al reflexionar sobre nuestra forma de ver a una herramienta y de captar lo que ésta es, no podemos dejar de preguntarnos si la forma en la que conocemos a estos objetos es la manera en la que nos relacionamos con el resto del mundo, es decir,  que sólo objetivamos a las cosas como entes de conocimiento una vez que reparamos en que éstas pueden sernos de utilidad, ya sea para obtener mayor comodidad para el cuerpo o para acercarnos a una mejor mirada de lo que somos.

Así pues, resulta que la reflexión en torno a lo que sea la herramienta es una reflexión mediática, pues sólo adquiere sentido cuando nos ayuda a ver de qué manera nos relacionamos con los entes que hay en el mundo y con nosotros mismos, pues podemos pensarnos como seres frágiles o como omnipotentes.

Maigo.

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