Por A. Cortés:

Creo que nunca había estado rodeándome con tanta fuerza la pregunta por la naturaleza de la familia como esta semana. Obviamente, tiene su causa en la reciente aprobación de los matrimonios entre homosexuales, con cuyas tan habladas particularidades no tengo intención de hartar a nadie por lo pronto. Más bien fue a modo de ejemplo de situación extrema, que este evento ha puesto muy en claro para mí el hecho de que necesitamos tener una comprensión más o menos pensada de la familia si acaso queremos hablar bien sobre las formas de organización de nuestra sociedad. Y digo situación extrema porque, al no ser evidentes la presencia masculina-femenina, y al no poder procrear, el caso encarna las especulaciones sobre la posibilidad de desarrollar una familia cuyos miembros ejerzan las “funciones” de cada cual por convención y voluntad, sin ninguna necesidad natural. Fue por esta confrontación que me pregunté por el modo de ser peculiar de esta organización que llamamos comúnmente “familia”.

Todo encuestado (porque realicé una suerte de encuesta sin papel ni rubros prediseñados) respondió que la familia es un núcleo social, de un modo u otro. Esa frase, “núcleo social”, creo que se refiere a que la familia es un elemento de la sociedad de manera muy básica: una parte mínima fundamental, rota la cual se pierde toda posibilidad de que se origine una sociedad, aun partiendo de sus fragmentos. Como si dijéramos que una sociedad hecha de pedazos de familias no es sociedad y hecha con familias sí. Digo, no pretendo que hacer sociedades sea como preparar enchiladas, mezclando familias y viendo qué pasa; sólo quiero indicar que, como elemento, es necesaria la familia en buen estado, sana y completa, para que una organización grande como la de un país pueda llegar a asentarse. Y todo esto, en caso de que, en efecto, sea como dice la mayoría, un núcleo.

En tal supuesto en el que todo funciona “como debe de ser”, la familia en la base de la sociedad está en buenas condiciones porque sus miembros participan de cierta relación fundamental de la manera propicia. Cada cual se comporta como debe dependiendo de quién es con respecto a los otros miembros. Si los que se unen están bien organizados, diremos de la organización que es buena. Por lo tanto, su bondad en cuanto a la organización refiera, tiene que poder verse en las relaciones que tienen unos con otros. ¿Cómo podríamos averiguar en qué consisten las relaciones que contraen la buena composición de una familia?

No creo que sea posible en pocos minutos y en un lugar angosto hacer un examen meticuloso de las particularidades que corresponden a la familia; por eso, lo mejor será que me dedique ahora al modo en que se cohesionan los miembros de esta organización social, y ya después abundaré cuanto me sea posible en entradas posteriores. Es más, creo que hasta podrá abundarse al respecto de esta cohesión, que sólo muy generalmente tocaré ahora.

Estaba pensando que cuando hablamos sobre la familia, usamos adjetivos posesivos iguales a los que nombran los objetos de nuestra propiedad, como nuestra ropa o nuestras herramientas. La semejanza en el uso, sin embargo, tiene a la vez una nota distintiva que nos permite diferenciar a nuestros familiares de nuestras pertenencias. Fijando un poco la atención, resulta que mi padre no recibe su calificación  como algo que tengo bajo mi poder y control, o como algo que está sometido a mí por convenirme directamente. Más bien lo nombra como uno que me pertenece al mismo tiempo que me posee. Tiene los dos lados, porque siendo él mi padre soy su hijo, y aunque no sea lo mismo ser hijo que padre, la mutua disposición muestra el apego propio de los dos lados. Y de este modo se da en las relaciones familiares y en algunas otras de cercanía, como las de amistad (que nada impide la amistad familiar). Los adjetivos con los que hablamos al respecto parecen sugerir cierto fenómeno que creo que es posible notar con relativa facilidad: la pertenencia a la familia excede al suelo y edificio de la propiedad, y a las posesiones de la casa. Cuando pertenecemos a la familia somos lo más cercanos a nuestros familiares, porque somos parte de lo privado.

El carácter privado de la casa hace que nuestra vida en familia resulte, en los casos sanos y óptimos por lo menos, propia a la vez que es compartida. De modo que no queda en la privacidad, sino que se promueve con la convivencia el diálogo y la continua comunicación de lo que cada cual considera en un sinnúmero de casos posibles. Esta ambivalencia parece muy importante si posteriormente reparamos en el modo de relacionarnos con todos los demás, fuera de la familia: la distinción entre lo público y lo privado, lo ajeno y lo propio, nace de una formación familiar. Es en la familia en la que está la raíz de esta distinción entre lo ajeno y lo propio; y en ella misma, parece que llegan a unirse ambos polos, como si no fueran dos cosas separadas, sino dos modos de ser del hombre social. Al darse en la familia el ejercicio repetido del comportamiento en lo público y en lo privado, el hombre (tanto varón como mujer) se va educando para formar parte en los asuntos políticos y los problemas que competen a todos los que viven en comunidad.

En tal caso podría ser explicable el hecho de que nos sintamos “como en casa” cuando más cómodos estamos, y que seamos “como de la familia” cuando sentimos que pertenecemos a un lugar. Porque la pertenencia es al mismo tiempo la que nos abarca y con la que abarcamos, porque la casa propiamente dicha, como familia sana, es una organización de varios que funciona por el fuerte lazo que procura que cada uno vele por el otro, y que todos velen por la unión que tienen. También, claro, que vele uno por sí mismo. Los hijos aprenden emulando mientras que los padres cuidan y proveen; los otros que conviven en relación de familiaridad ven que en la casa se produzca lo necesario y se mantenga en buen estado. En total, la familia –la que me estoy imaginando muy bonita con todos sus miembros bien portados- puede ser elemento de la sociedad porque es el seno de la vida en comunidad privada y, a la vez, del trato público.

La familia guarda a todos sus miembros y en ella cada uno debe de poder sentirse en su lugar. El lugar que le pertenece debe poder ser ése al que él mismo pertenece. Además, en ella se forma cada miembro fortaleciendo el modo de su relación con los demás, dependiendo de que sea hijo, o tal vez madre, o algún otro, y cada uno de estos lazos tiene sus particularidades. Si estas ocurrencias tienen algo de verdaderas, y la familia es como dicen por allí, elemento constitutivo de la sociedad, entonces el hecho de que un régimen político no pueda propiciar el desarrollo saludable de las familias que lo conforman en estos términos, debe de ser suficiente para que notemos que la vida que llevamos con tal organización social no es la mejor posible. Y si no lo es, entonces cabe siempre la pregunta por la posibilidad de contemplar una mejor. ¿Cómo haremos, viviendo en donde vivimos, creciendo como crecemos, para vivir mejor?

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