Se Dice que la piedad es una virtud que consiste en cumplir los deberes que se tienen para con lo sagrado, de ahí que se le piense como una inclinación del alma hacia la religiosidad, pues al hablar de lo sagrado nos remitimos inmediatamente a lo concerniente con la divinidad, y al culto que se rinde a la misma.

Pero la piedad no sólo se limita a lo religioso, y por ende a lo divino, también decimos que una persona es piadosa cuando se ocupa de manera amorosa de sus semejantes, en especial cuando estos se encuentran sumergidos en el sufrimiento y la desgracia, además en algunas ocasiones se dice que piadosa es aquella persona que guía sus actos conforme se lo dicta el amor que siente por sus padres o la patria.

Así pues, al decir que piedad es reconocer y cumplir con los deberes que se tienen para con lo sagrado, y que un hombre piadoso es aquel que actúa por amor hacia la divinidad, la patria, sus padres y sus semejantes, se colige que el alma pía reconoce como sagrados no sólo a los dioses sino también a lo que conforma su comunidad (la patria y sus semejantes), y a lo que debe su supervivencia en este mundo (sus padres).

Que la divinidad tenga carácter de sagrada es algo que aceptamos con cierta facilidad, pero ¿a qué se debe que la patria, sus padres y sus semejantes también sean sagrados?, ¿a caso el carácter de sagrado que algo pueda tener depende del humor o de la valoración que haga cada individuo respecto a esas cosas?, y en caso de ser la piedad un asunto relativo a lo que cada quien valore ¿cómo podemos distinguir al hombre pío del impío? Responder a estas preguntas implica examinar, aunque sea brevemente, a qué se debe que algo sea sagrado y buscar en qué sentido es sagrado cada uno de los seres amados por el piadoso.

Para que haya algo sagrado es necesario hacer una distinción entre lo que merece ser venerado y lo que no, y para hacer tal separación se debe reconocer la importancia que tiene aquello que es sagrado para que el hombre pueda ser plenamente humano. Es decir, el hombre necesita reconocerse como un ser limitado, con la posibilidad de hacer ciertas cosas, pero con cierto grado de impotencia, a fin de ver con claridad aquellas cosas de las que se sostiene cuando busca vivir de la mejor manera posible.

El reconocimiento de tales límites conduce al hombre que puede ser piadoso a ver que en el mundo hay seres que son más que él, ya sea jerárquica u ontológicamente, de modo que se siente movido a cumplir con los deberes que tiene con lo sagrado, tal como agradecer la ayuda prestada durante la constante búsqueda de la mejor vida que sea posible tener.

Veamos pues cómo es que cada una de las cosas que se han señalado como sagradas ayudan a que el hombre lleve una vida mejor, pues así comprenderemos por qué los dioses, la patria, los padres y los que nos son semejantes son dignos de veneración.

Comencemos pues por nuestros semejantes, que si bien nos resultan más próximos el hecho de que merezcan veneración alguna se torna bastante obscuro, ¿en qué medida nuestros semejantes podrían ser más que nosotros?, la pregunta causa extrañeza debido a que inicialmente vemos a los semejantes como seres casi iguales a nosotros, por lo que inclusive podríamos preguntar si el individuo piadoso no es también él mismo digno de su propia veneración.

Cuando decimos que un hombre es piadoso con sus semejantes, pensamos en el que es pío ayudando a los otros, sintiendo compasión y haciendo propias las desgracias ajenas; no concebimos que aquel que se compadece de los demás y los ayuda en algo, lo haga guiado por un sentimiento egoísta, por ejemplo, ostentar su poder ante el menos posibilitado, más bien lo pensamos como un ser amoroso, que guiado por su amor hacia los demás los considera, en algún sentido, seres sagrados, pues aun sumergidos en la desgracia permiten, de algún modo, que el hombre sea lo que es, es decir, un ser comunitario.

Pensando en la piedad hacia los semejantes, la piedad para los padres se torna casi evidente; si bien nuestros semejantes nos permiten vivir conforme a nuestra naturaleza como seres comunitarios, a nuestros padres les debemos haber sobrevivido, cuando más indefensos éramos, a los embates del mundo, pues éste siempre se muestra hostil ante el ser que acaba de nacer, apenas respira, el recién llegado se encuentra imposibilitado ante el frío, el hambre y todo aquello que es capaz de producir dolor; además nace impreparado para vivir armoniosamente en comunidad, por lo que nuestros padres nos proveen de cobijo, alimento y educación.

Al percatarse de esto último, el ser piadoso no puede dejar de sentir amor por sus  padres, pues nota que si bien ya no los necesita en la vida de adulto, sí le fueron indispensables antes de serlo. Así pues, los padres son, para el hombre pío, dignos de amor y veneración, por ello vemos a Eneas cargando a su padre al salir de la ardiente Troya.

Tomando en cuenta la piedad para con los padres, nos conviene acercarnos a la piedad que se tiene para con la patria, así como nuestros padres son fundamentales para la supervivencia y el desarrollo del hombre pío en el inicio de su vida, la patria resulta fundamental para la supervivencia y el desarrollo de la comunidad, que es tal debido a la fraternidad que supone la patria[1]. Pero, la veneración hacia la patria no se limita al agradecimiento, porque en tanto que ésta trasciende al hombre y se ocupa de la comunidad adquiere una mayor jerarquía que el primero, de modo que aquel que sea pío con la patria preferirá el bienestar de la misma por encima del bien propio. Tal ocurre con el héroe que la defiende de ataques enemigos, aun cuando su vida se le vaya en ello.

Siguiendo el camino por el que vamos, toca hablar de la piedad que se tiene para con la divinidad. Si bien la patria trasciende al individuo y se ocupa de regular a la comunidad para que ésta viva de manera ordenada, la divinidad va más allá y se ocupa de que el mundo tenga un orden tanto natural como espiritual, de modo que el hombre piadoso, en tanto que ente natural con espíritu, le debe a la divinidad su propia existencia.

Así pues, el ser piadoso para con la divinidad implica el reconocimiento de la superioridad de la misma respecto al hombre y todo lo hecho por él, de tal forma que éste termina por contemplarse a sí mismo como un ente que es al mismo tiempo posibilidad, es claro que éste puede transformar su entorno, y es también un ser limitado, pues no es capaz de cambiarlo todo por completo haciendo que las cosas renuncien definitivamente a ser como son.

Conforme a lo ya dicho, nos es posible notar que el carácter de sagrado que tiene algo no depende del humor del hombre piadoso, y tampoco puede ser relativo a los juicios de cada individuo, pues lo sagrado es tal porque va más allá de cada humano, es decir, lo trasciende, en tanto que lo regula y ordena. Así pues, como lo sagrado mantiene un orden vital para el hombre, porque su ser depende de éste, es posible concluir que el hombre piadoso es tal porque vive y actúa con la mirada fija en el mantenimiento del orden establecido y regulado por lo sagrado.

Maigo.


[1] Recordemos que el término patria tiene su origen en el término padre, dando a entender con ello que los miembros de una nación se identifican entre sí como seres hermanados porque viven conforme a las mismas costumbres y se rigen por las mismas leyes, entregadas a la comunidad por un mismo hombre (patriarca) o un mismo dios.