– A continuación comparto un extracto de mi tesis: “Defensa popular del Parque Naciona de Los Remedios”. En éste describo la dinámica que se desarrolla entre los vecinos de la colonia Los Arcos, al sur del pueblo de Los Remedios, Naucalpan, y un terreno de hectérea y media poblado de árboles, ubicado al cruzar las calles paralelas de avenida de Los Arcos y Emiliano Zapata.-

Las actividades comienzan temprano pero sin tanto alboroto como entre semana. Los escolares brillan por su ausencia en el transporte público aunque muchos hombres y mujeres salen a trabajar. La gente que asiste al bosque, al norte del acueducto, viste pants y shorts, van en grupos numerosos con niños y perros, algunas parejas en bicicleta se dirigen por la avenida de Los Arcos rumbo al Atorón y Los Cipreses, y algunos corredores llevan la ruta paralela al muro de contención que resguarda la avenida de la Cadena.

Media docena de vecinos está dispersa en el área verde de Los Arcos, algunos plantan arbolitos mientras otros abren cepos. En las partes donde el pasto es más alto se encuentra Don Jaime con su podadora. Un par de mujeres deshierba alrededor de un arbusto que está pegado a la calle Popocatépetl. En el camellón que se encuentra entre la calle de Emiliano Zapata y avenida de los Arcos, dos hombres recortan las pencas de los magueyes  a fuerza de machete, mientras una mujer mayor deshierba las enredaderas de chilacayotes.

El Maranatha, templo misionero, tiene sus puertas abiertas de par en par. Sus asistentes, familias enteras impecablemente vestidos de traje y vestido, departen en el patio y la acera. El servicio de hoy ha terminado. La mayoría de la gente llega a pie o en microbuses, algunos regresan de realizar labor misionera con el pelo pegado a la frente y gesto adusto. Un niño no aguanta más el calor y se ha afloja la corbata, bajo el regaño de su madre que al bajar del microbús se acomoda su pesada bolsa y abre una sombrilla azul.

Sobre la calle Zapata huele a huevo frito y salsa verde, el sonido de la salsa al caer sobre la cacerola con aceite hirviendo se esparce y se apaga al llenar el traste. De la tiendita entre dos callejones dos niños de nueve o diez años traen cargando un litro de leche, una lata de chiles y un paquete de galletas.

En el campo de Los Caracoles ha terminado un partido de futbol infantil, donde en ambos equipos jugaban mezclados niños y niñas, aunque estas en menor número. El partido que le sigue es de la liga femenil, pero está retrasado por que del equipo de uniforme del River Plate todavía no completa el cuadro para saltar a la cancha. Los tripulantes de los autos particulares y usuarios del transporte público miran azorados y con morbo cuando ven a las integrantes del equipo amarillo calentar con unos tiros a gol. A la sombra de los eucaliptos  detrás de la portería poniente un señor vende chicharrones, aguas y refrescos sobre un triciclo, acompañado de una hielera. Debajo de la acera de la avenida Los Arcos, las jugadoras se sientan sobre el pasto  que desciende al campo y se preparan alistando sus medias, espinilleras y tacos bien amarrados.

En la plazoleta vecina al sifón ó Caracol oriente, varias niños montan sus triciclos y recorren el circuito alrededor del gran maguey  ubicado en su centro. El sol cala fuerte aunque no ha llegado al cenit, así que solo una cancha de basquetbol, de las dos, está ocupada por un trío que juega veintiuno.

Hoy la tlapalería, la estética, la ferretería, la vulcanizadora y la cerrajería, han abierto desde las diez u once de la mañana y cerrarán hasta las tres o cuatro de la tarde. Casi todos los mecánicos trabajan aunque sea unas horas o de plano ni siquiera abren sus portones o cortinas. En cambio muchos hombres van y vienen uniformados de diferentes atuendos de futbol, algunos con diseños de clubes profesionales, otros con diseños originales de sus equipos donde juegan hoy, ya sea en los campos del Torito, o en los de los Cipreses o en el Atorón. Los pasos enfundados en tacos resuenan contra el pavimento y el cemento. Por la Emiliano Zapata los autos que transitan van atiborrados de familias, las camionetas con cabina llevan gente parada. Un par de niños caminan por la acera de la avenida Los Arcos, llevando al hombro sus tacos amarrados por las agujetas y calzando un par de cómodos tenis blancos.

La oficina de la ruta 14 de microbuses están cerradas, pero uno de los hombres que se aparece en sus alrededores con mucha frecuencia pide cuota tempestuosamente a cada chofer que se dirige al oriente. A alguno que otro amenaza, le bromea o simplemente le extiende la mano, para al final, recibir unas monedas.

Es medio día y el puesto de periódico hoy abrió un poco más tarde que los sábados cualquiera, solo tiene dos periódicos, El Gráfico y La Prensa, lo demás son revistas del corazón e historietas eróticas. El puesto de carnitas lo comienzan a recoger y los trabajadores de las taquerías llegan a limpiar y a barrer para preparar los puestos para la noche. Las mueblerías también han abierto desde antes de media mañana. La pequeñita del poniente no tiene gente y su locatario está sentado sobre las escaleras que ascienden a la entrada, viendo pasar el tránsito. En el local de muebles y electrodomésticos, el vendedor muestra a una pareja el tambor de una cama que está recargado en la pared de la fachada.

Por la calle Popocatépetl el tránsito es pesado, suben y bajan coches que se dirigen a la semibasílica o las colonias aledañas. Mucha gente a pie sube y baja. Un triciclo de raspados, con su bloque de hielo al centro y las botellas con los concentrados de sabores a su alrededor llenan de color la vista. Unos metros adelante sobre la pendiente un hombre y su hija llevan manojos de cuerdas amarradas a globos inflados de gas para vender. Sobre la acera norte de esta calle, a lado del inicio del acueducto, un pequeño puesto de fruta fresca apiña a hombres y niños sobre las sandías, piñas, mangos, melones, papayas, jícamas, pepinos y cocos. Debajo de los cables de alta tensión una pareja y tres niños acompañados de dos bicicletas para los dos niños mayores, disfrutan de unos vasos grandes de  variados trozos de fruta mientras miran el horizonte al sur con toda la urbe de  frente ellos.

La “Flor de Michoacán” recibe a un par de niñas que se llevan varios vasitos de nieve, bajan de las escaleras del local y atraviesan con cuidado la avenida, toman la veredita del bosque y llevan los vasitos al grupo de vecinos que toma asiento entre los árboles. Juan llega con un refresco bien frio y unos vasitos, que reparte ofreciendo el contenido del envase. El grupo platica de la necesidad de tener un contenedor de agua sobre el mismo bosque para no tener que acarrear cubetas o extender una manguera muy larga para regar en tiempo de secas. Se prepara una “cooperacha”. “¿Unos pollitos rostizados, tortillas…?” Llueven ideas, juntan dinero y van por algunos trastes a sus casas. “Ay, ¡Yo tengo un montón arroz rojo que me trajo mi comadre, ya está hecho!” “Pus tráetelo”. Al paso de un rato, la salsa escurre de tacos de chicharrón y pollo. De un toper[1] rojo las cucharas  extraen el arroz y lo sirven en los platos. Recogen su basura en las mismas bolsa donde han guardado lo que han recogido del bosque, porque “Ni modo que pongamos el mal ejemplo, luego van a pasar las gentes y van decir que qué cochinos, ¿no?”.

Los establecimientos comerciales comienzan a cerrar, las mueblerías han recogido y ningún taller mecánico está abierto. Todas las tienditas siguen abiertas, la venta de cervezas, refrescos, golosinas y frituras ocupa a sus encargados, habitantes del mismo predio que el de la tiendita. La plática se genera después de la compra y el saludo se extiende al paso de alguna vecina por el frente de la tienda, una pregunta por la familia y un “Ándale, qué sí no llegas tarde”. El tragamonedas de la tienda, al oriente, lo alimenta dos niños que cargan una caguama llena y cerrada. Afuera tres hombres platican sobre la acera mientras beben una caguama Corona. El camión del gas despacha los últimos tanques, se van sobre unvocho” y una pick-up que pararon sobre avenida de Los Arcos.

Los vecinos sobre el bosque han dejado reacomodado su lugar de descanso y comida, hecho de los tronquitos, varas y piedras que recogen, y se retiran llevando bolsas de plástico, trastes y herramientas.

Desde el poniente de la gasera hasta el siguiente callejón, sin el paso de los autos, unas niñas juegan con aros y cuerdas, cinco niños menores de siete años juegan con pelotas de plástico ligero al futbol. De un triciclo es jalado un montable con un enorme niño de cuatro años sobre de él, dos niñas van a su lado esperando cualquier traspié. A lado de la “ElectroZapata”, ya cerrada, Mauro y Tita, ayudados de sus hijos montan el puesto de Hamburguesas, sincronizadas, hot dogs, gelatinas, postres y hasta café. Con la entrada de la casa a un lado del establecimiento, salen y entran en dos por tres trayendo las cosas, van sacando poco a poco la plancha y los quemadores, la conexión al gas, la mesa donde se ponen los aderezos, las salsas y chiles, las dos mesas con sus seis sillas y seis banquitos. Todo cubierto por una lonita de plástico de aproximadamente dos metros por tres metros, a excepción de las mesas y sillas para los comensales,  sostenida por un par de palos y asegurado por cuerdas al piso. Junto a pared acomodan una televisión, conectada al mismo enchufe que el foco que alumbra sobre la plancha y la mesa.

El sol comienza a descender en el norponiente. Sobre el acueducto, justo en medio, cuatro jóvenes observan sentados el horizonte y recogen los pies al paso de una pareja. Debajo del acueducto, la tienda de la calle Principal se abarrota de gente, despacha hielos y cartones de cerveza, botellas de licor y bebidas energéticas. La fila de taxis es corta y se solicitan carros a cada momento. En la base de una de las columnas del acueducto un par de hombres con sombreros rancheros, bastón y chamarras gruesas ven sentados los coches pasar hacia Los Cipreses o La Loma Colorada.

El estruendoso y colorido paso de los microbuses, con foquitos azulesde neón, música a alto volumen, aceleradores y escapes modificados,  se acompaña de los autos “tuneados”[2] que bajan a San Lorenzo luciendo sus diseños y equipos de sonido. El rechinar de las llantas y el festejo de los tripulantes con cervezas en mano llama la atención de los primeros comensales de los cuatro puestos de tacos y de hamburguesas, junto al Tecalli. Un puesto de películas y música acompañan los tacos de suadero, tripa, buche, cabeza, y pastor que se venden ahí.

La noche de sábado es movida, agitada, en las calles la genta va y viene. Un par de chicas muy arregladas toma el microbús con rumbo a Loma Colorada, algunos jugadores de futbol visiblemente excedidos de alcohol comen tacos y sorben consomé mientras discuten sobre el juego. En la calle Emiliano Zapata afuera de uno de los callejones del medio de la calle, algunos adultos, mujeres y hombres sacan sillas, platican y ríen acompañados de niños. Poco antes de la media noche el ritmo desciende, sólo algunos microbuses corren a toda velocidad al igual que algunos carros. El puesto de hamburguesas de Tita y Mauro ya lo han recogido después de haber descansado un rato con sus vecinos que se quedaron platicando con ellos. Afuera de los callejones quedan pocos jóvenes tomando.


[1] Recipientes de plástico conocidos así por la compañía que comercializa el producto de nombre  “Tupper Ware”.

[2] Modificados en la decoración de diferentes accesorios, incluyendo vidrios polarizados, potente sistema de sonido y juegos de luces, neón en su mayoría, rines y escapes ruidosos.