Corto Chquito.

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Tras una larga pausa, retomaron sus asientos y se miraron con extrañeza. El hombre del sombrero acompañaba a una figura diminuta, una pequeña mujer de aspecto fresco y desaliñado, cabello alborotado, mirada luminosa, los rasgos de su rostro eran un tanto toscos comparados con el resto de su cuerpo. Detrás de ellos un hombre alto y rubio hacía ademanes con las manos, sus ojos reflejaban sus deseos de poseer aquella sutil figura. Los presentes no dieron importancia a las actividades de aquel trío, estaban acostumbrados a que sus compañeros flirtearan entre sí, parecía añadir un ingrediente especial y caótico a sus reuniones.

 La mujer se aferraba al brazo de su acompañante, a cada paso que daba, sonreía a los congregados, sin embargo a cada gesto que hacía dejaba entrever un cierto aire de incomodidad, como si no estuviera segura de su lugar en ese sitio, aunque llevaba tiempo conviviendo con ellos parecía como si cada vez se encontrara con personas distintas. El hombre del sombrero la acompañó al centro del lugar, delicadamente soltó el brazo de aquella mujer, la miró y sonrió malévolamente, el hombre que los seguía, presuroso aprovechó al momento a solas y acercándose a ella, asió la fina mano de su víctima, acercó sus labios a la delicada oreja y susurró en frases cortas lo indescriptible, finalmente respiro profundamente  el perfume de aquella mujer. Su cuerpo se alejaba y su mente jugaba con imágenes retorcidas, la actitud de la mujer sorprendió a muchos, se esperaba algún desdén de su parte, sin embargo, suspiró plácidamente, mientras mojaba sus labios lascivamente. Su alegato comenzó con historias de dioses de antaño, su visión de la relación entre lo divino y lo humano tenía un horizonte tan corto como la distancia de pasos con diminutas piernas, deseaba que aquellos que la escuchaban transformaran su enfoque para comprender lo que estaba hablando, sus expectativas eran tan altas como su egolatría; y así sus palabras comenzaron a ser ajenas, frases rebuscadas, visiones esquemáticas para mundos enigmáticos, su voz combatía con silencios e incoherencias propias y ausentes. Parecía calmada en su propio caos, buscaba fervientemente un rostro antes amado, sus recuerdos la invadían cuando aquel que una vez fue suyo, al verla tal cual es, se alejó. Buscaba unos brazos donde sollozar y una estabilidad ajena que le ayudara a no sentirse tan mal, su visión de un mundo divino la abandonó, así fue como su voz cesó, sus pasos la llevaron a una pasión voraz, sólo pasar el rato, no más.

Jovial y alegre, ignorando lo sucedido, un hombre acaparó la atención de todos ahí, muchos habían esperando aquel momento, sabían que él transportaría la plácida noche hacía historias mejores, habló de belleza, de lo que era y lo que es, de lo que no podemos tocar pero podemos ver, en instantes se tornaba serio, se perdía en la inmensidad de sus reflexiones. Unos cuantos compartían aquella perspectiva, viajaban con él, otros se esforzaban pero no lograban alcanzar los pasos de lo que se iba diciendo, difícil no era, los intereses eran distintos. Para sí mismo, el hombre se preguntó: ¿Algo más que agregar? y así mismo respondió: lo dicho está, comprendido en duda está. Dejando inconcluso aquella disertación, sonrió por última vez a la concurrencia y alejándose tarareo una vieja melodía. Para uno solo fue como un golpe certero, aquella tonada la envolvía, melancólicamente susurros se desprendían: Piantao, piantao, piantao trepáte a ésta ternura de loco que hay en mí…

Así era.

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