¿Y qué si sólo había una mujer en el paraíso? Yo no la amaba.

He de aceptar que ella era muy buena conmigo, me cuidaba y procuraba mi bienestar, además de ser muy bella y de formas exquisitas; Eva era la adecuada a los ojos del Señor pues lo obedecía y le rendía tributo a sus horas. Podría decir que ella cumplía estrictamente con el paradigma de lo que Dios había planeado.

Charlábamos mucho, pues en realidad no había tanto por hacer. Por las noches dormía a mi lado, podía sentir su calor, su respiración en mi hombro y su eterno abrazo; se aferraba a mí cual náufrago a su endeble balsa, como si fuera lo único que tuviera, bueno, en realidad así era, yo era lo único que conocía. Lo extraño es que yo sí podía soñar con otras varonas, de hecho lo hacía con frecuencia, imaginaba algunos otros atributos y cualidades en otra Eva, estaba convencido de que podía ser más feliz.

El sexo tenía algo repulsivo, yo lo gozaba en verdad hasta el momento en que el sobresalto desaparecía y la volvía a ver y de nuevo ella, sólo ella y nada más. Al terminar siempre iba a acostarme debajo del árbol frondoso que se hallaba justo en medio del jardín, el que Dios nos había dicho que llevaba por nombre “el árbol del bien y el mal”, me gustaba verlo porque no entendía como un árbol tan bello y lleno de vida podía matar. Podría acabar con nuestras vidas con uno sólo de sus frutos…

CONTINUARá

La cigarra