La pequeña Virginia parecía desconcertada esa tarde, al llegar a su casa. Su rostro serio dejaba ver que alguna duda se había apoderado de su atención y no la dejaba en paz. Unos de sus compañeros de clase se habían burlado de ella a la salida, por el simple hecho de no saber qué era eso de lo que hablaba Bernardo, el de sexto año, cuando éste les estaba contando, orgulloso de sí mismo y de la admiración que sentían por él los chicos de cuarto, que todas las noches, al irse a la cama después de cenar, se hacía el dormido por un rato, hasta que escuchaba que sus papás cerraban la puerta de su habitación, para prender la televisión y ponerle al canal 234, en el cuál pasaban películas eróticas a las once de la noche. Los niños lo escuchaban encantados, pues Bernardo les decía que ellos, al no ser tan grandes como él (estaba por cumplir doce años, el siguiente mes), todavía no se imaginaban todo lo que podían ver en esas películas, y que de todas formas seguramente se espantarían desde el principio y le cambiarían de canal.

Virginia, nunca en sus diez años de vida, había visto una película erótica, y no sabía de lo que trataban. Ella había visto mayormente películas de caricaturas; sabía que había películas de amor, de risa o de fantasía, estas últimas con personajes raros y mundos mágicos envueltos en aventuras emocionantes. También sabía que en las de terror salían monstruos, fantasmas o muertos y cosas de ese tipo; pero a ella no le gustaban las cosas que le daban miedo (de hecho no podía entender cómo a otros niños les podía interesar ver películas de esas); pero era la primera vez que escuchaba que existían películas eróticas y no podía imaginar de dónde había surgido la emoción de sus amigos, quienes, mientras Bernardo había estado hablando, se decían cosas al oído y se reían, o bien se metían las manos en las bolsas de los pantalones y se ponían rojos de vergüenza. Por todo eso, a ella no le pareció nada malo preguntarles por lo que una película erótica es, pero todos sus amigos, en vez de contestarle, le habían dicho “tonta” o “bebita” o cosas semejantes, y Bernardo se había ido a su salón antes de que ella hiciera su pregunta, por lo que su duda no fue despejada.

Cuando su tío M, el hermano menor de su madre, llegó por ella para llevarla a su casa, Virginia pensó que su tío le podría explicar, así que no sintió reparo en plantearle la misma pregunta que a sus compañeros les había hecho: ¿Qué es una película erótica? Los ojos del tío M se abrieron con sorpresa al escuchar la duda de su sobrina, dibujó una sonrisa maliciosa en su boca, y tan sólo respondió entre risas: “Esas cosas no te las puedo decir, pues aún eres muy chica para andar sabiendo qué es una película erótica, y si te digo, vas a andar queriendo ver una luego luego, y tus papás se van a enojar”. M se puso la mochila de Virginia al hombro y le dijo que se olvidara de eso y que se apurara, porque después de dejarla en su casa tenía que ir a ver a su novia por la tarde, pues era su cumpleaños y seguro le esperaría “algo bueno”.

Ya en su casa, estando sola como todas las tardes, Virginia decidió investigar por sí misma lo que eso de “erótica” podía significar, pues tenía que ser algo malo para que sus papás se fueran a enfadar, tal como dijo su tío. En vez de sentarse a hacer su tarea o a comer lo que habían dejado preparado para esa tarde, Virginia subió al estudio de su padre, tomó el diccionario que estaba hasta arriba en el librero, buscó la letra “E”, y en la página 641 leyó: “erótico, ca. Perteneciente o relativo al amor sensual. 2 Que excita el amor sexual 3 Dicho de una poesía: amatoria (relativa al amor).” Eso no aclaró su duda y, de hecho, aumentó su curiosidad, ya que, entonces una película erótica era una película de amor. Sin embargo, eso no explicaba la reacción de sus amigos, al escuchar el relato de Bernardo, pues ella muchas veces había visto a algunas niñas del salón hablar con aquéllos acerca de películas románticas o de amor, y las reacciones no eran semejantes. Además, ella no podía imaginar a Bernardo viendo películas de amor, ¡y mucho menos estar orgulloso de verlas a diario! Mucho más increíble le parecía que su tío M no le hubiera querido decir lo que una película erótica era, si en efecto era una película de amor o romántica, pues habían visto muchas junto con toda su familia.

Leyó más abajo, en el diccionario: “erotismo. Amor sensual. 2 Carácter de lo que excita el amor sensual. 3 Exaltación del amor físico en el arte.” Tras leer esto, buscó en la “S”, que estaba en la página 1390 y encontró: “sensual. Perteneciente o relativo a las sensaciones de los sentidos.” ¡Tal vez era eso! Quizás, lo importante en una película no es el amor, sino lo sensual, es decir, lo relativo a los sentidos, pero eso sólo aumentaba su duda, pues ella sabía que los sentidos eran cinco (gusto, olfato, tacto, vista y oído) y jamás se le habría ocurrido decir que sentía amor por alguno de ellos. Cierto que al ver al niño que le gustaba, que por cierto iba con Bernardo en sexto, sentía bonito, raro pero bonito. Sentía como una especie de movimiento en su panza, y que su piel se le enchinaba, cuando lo veía pasar caminando, siempre tan alegre y seguro de sí mismo, el cabello pelirrojo peinado de manera impecable, el uniforme limpio y bien cuidado, el rostro claro, de nariz recta, ojos grises, boca pequeña y labios rosados, siempre sonriente y mostrando sus dientes blancos y bien cuidados; todo lo contrario a la mayoría de los otros niños de su edad, siempre tan descuidados y sucios. ¿Se podría decir que eso era amor? ¿A ese amor se referían las películas eróticas? ¿Entonces por qué las actitudes de los niños y tanta exageración por parte de su tío? Si eso era una película erótica, no veía problema en ver una o varias, y no entendía, entonces por qué sólo Bernardo las veía de manera frecuente. No podía creer, por todo ello, que las películas eróticas trataran sólo de eso que sentía ella al ver ese niño, del que estaba enamorada. ¡Tenía que haber algo más!

Decidió que sola no podría averiguar nada más, así que tomó el teléfono y marcó el número de la casa de su amiga Rebeca. Era probable que ella sí supiera lo que son las películas eróticas y se lo explicara, y, de no ser así, pues esperaría a que llegaran sus padres del trabajo, ya por la noche, para preguntarles. Rebeca vivía a dos calles de la casa de Virginia, tenía catorce años y era muy lista, además de bonita. Rebeca gustaba a todos los niños que Virginia conocía, pues parecía más grande de lo que realmente era. Incluso sus primos mayores, de entre dieciocho y veinte años, y algunos otros conocidos mayores, se la pasaban elogiando la belleza de su amiga y diciéndole en broma que se las presentara. Todos le calculaban unos quince o dieciséis, porque era alta y esbelta; sus piernas, bien contorneadas y lindas, habían dejado atrás la flacura y fragilidad característica de las jovencitas delgadas a temprana edad, sin llegar a verse gordas; su castaño cabello era ondulado, sedoso y se veía siempre brillante. Además, desde unos meses atrás había empezado a utilizar maquillaje, a pintarse las uñas de colores intensos, usar aretes vistosos, todo tipo de accesorios, ropa a la moda, e incluso usaba el uniforme de su escuela de la manera más adecuada a su forma de vestir habitual. Usaba faldas lo más cortas posible que le permitieran lucir sus hermosas piernas, zapatos con tacón pequeño (a diferencia de los que usaba la mayoría de las jovencitas), la blusa lo más pegada a su orgulloso cuerpo, y el suéter casi siempre en la mochila, excepto cuando hacía frío o estaba lloviendo.

Un rato después de que Virginia hubo colgado el teléfono, alrededor de treinta y siete minutos, sonó el timbre y corrió a la puerta, la cual, al ser abierta por la joven y delicada mano de la nueveañera, dejó ver el hermoso cuerpo de Rebeca, quien recién había llegado de la escuela cuando contestó la llamada de Virginia.

“Vine en cuanto terminé de vestirme, amiga, porque estaba quitándome el maldito uniforme justo cuando sonó el teléfono.” Dijo Rebeca. “Pero te escuché preocupada, así que me apresuré lo más que pude. ¿Qué tienes?” Ante esta pregunta, Virginia le contó a su amiga lo de las películas eróticas y su búsqueda frustrada por la inconsistencia entre los significados encontrados y las actitudes vistas en sus compañeros de la escuela y su tío M.

Una encantadora sonrisa fue la única respuesta que recibió Virginia de parte de su amiga Rebeca, quien, posteriormente, tomó a Virginia por la nuca con su mano derecha, aproximando la cabeza de la pequeña a su pecho, para acariciarla con suma delicadeza con sus exquisitos dedos, al tiempo que posaba sus labios en la frente de la menor, que, embelesada se dejó llevar por su amiga. En ese momento, por primera vez, Virginia supo por qué su amiga les parecía tan encantadora a todos; le fue evidente que a ella también le había gustado siempre. Después de recibir el suave beso en la frente, Virginia levantó el rostro para contemplar los hermosos ojos, de mirada penetrante y curiosa, que, adornados por unas pestañas largas y curveadas y un par de bucles cayendo por los costados de la frente, la miraban a su vez con una intensidad tremenda. Virginia reconoció de inmediato al amor en las pupilas de Rebeca, aunque en nada se parecía esa amorosa mirada, a la que veía en sus padres y familiares, por ejemplo. Era una especie de deseo lo que lo hacía diferente.

Virginia había besado unas veces a su primer novio, Rodrigo, unos meses atrás. Los dos decidieron que iban a ser novios porque sus mamás eran amigas, y ellos pasaban casi todos los días juntos, jugando, platicando y divirtiéndose. Sellaron el trato con un escueto beso, en el cual ambos cerraron sus respectivas bocas, alzaron los labios y los juntaron. Los dos habían cerrado los ojos, pues era algo que nunca habían hecho y les pareció de lo más raro. Sin embargo, era la manera más coherente de cerrar el trato de que serían novios. Algunas veces más se besaron de la misma manera, porque los grandes decían que los novios se quieren, y los que se quieren se besan. Así de sencillo. Pero con Rodrigo nunca le había pasado algo semejante a lo que experimentaba ahora con Rebeca; Virginia sintió que una especie de comezón la recorría y los nervios pusieron en movimiento sus entrañas. Alzó sus manos para tomar el cuello de Rebeca, y bajar su cabeza hasta la suya. Rebeca correspondió a la invitación, acercándose gentilmente. Cuando estaban frente a frente los dos rostros, las narices pegadas prácticamente, y las miradas enlazadas, como aferradas una a la otra para no soltarse nunca, hicieron una pausa, las dos abrieron un poco sus respectivas bocas, y unieron sus labios, sus lenguas y sus seres en un apasionado beso, al tiempo que Rebeca, con sus manos, recorría la parte dorsal del torso de la pequeña y delicada Virginia, su querida amiga. Cuando sus manos llegaron a la parte limítrofe de la espalda de su amiga, se fueron hacia los lados de las pequeñas caderas y subieron por la región abdominal hasta llegar al cuello y subir por las rosadas mejillas. Virginia sintió que un calor maravilloso la recorría desde sus labios y su lengua, yendo hacia sus extremidades, y regresando al centro de su cuerpo, bajando por último a la divina entrada al majestuoso templo que es el cuerpo femenino en donde se resguarda y cobija el origen de la vida.

Rebeca quitó las ropas que cubrían el tierno cuerpo de la joven Virginia, al tiempo que cubría con besos cada una de las partes que iban quedando desprovistas de indumentaria. Virginia estaba experimentando el mayor placer que nunca había sentido, y lo disfrutaba como nunca se imaginó que podía disfrutarse del contacto humano. Cuando las manos y los labios de Rebeca hubieron recorrido el cuerpo de su amiga por completo, ésta se encontraba como perdida en ensoñaciones fantásticas provocadas por Rebeca. De pronto, Virginia sintió que los labios de su amiga le daban un beso tan apasionado y amoroso como el primero, pero esta vez, en la mencionada puerta de entrada al más pulcro de los alojamientos. Esto fue tan inesperado y placentero, que un temblor como nunca había sentido uno Virginia, la ocupó y la hizo sentir algo indescriptible. Un grito de placer fue despedido por la boca de Virginia, y un mundo de humedad llenó la habitación en que se encontraban.

Rebeca ayudó a Virginia a vestirse y, tras darle un delicado beso en la mejilla, se acercó a la oreja de la pequeña, preguntándole, en un susurro, si había comprendido a lo que se refería eso de erotismo. Posteriormente, terminó de arreglarse y, tras dar otro beso en los labios a Virginia, se despidió de ella guiñándole un ojo y diciendo que esperaba volver a verla pronto.