por Perro de Llama

“Eran unos cuantos cuerpos apilados”. “No tengo por qué mentir”. Calina lloraba. No paraba de hacerlo. Sus quejidos parecían puntualizar cada oración, cada sentencia de su Mariana. Su hija. La que quedaba con vida. El General cristalizaba su mirada, tan solo al punto que su duro rigor permitía. Firme escuchaba un reporte. Su padre, tan distinto que bien se hubiera dicho que no corría por ellos la misma sangre, se quebraba por los años.

El sepelio era más pesado lo que debía ser. Tan solitario como localizado. Sin amores ni amigos que plañeran, parecía completarse un ciclo necesario. Tan limpio como necesario. Como la semilla que germina, había alcanzado tenebrosa plenitud al tomar esas pastillas. La soledad de los allegados hacía patente que tal desenlace era el único posible para Karla.

Todos presentaban condolencias a los solitarios. Salvo la causante, los demás iban lentamente habituando su mirada a la última –única quizá— enseñanza de vida que dejó. Cual nota en una botella, pasó junto a ellos. El general pensó en los primeros años, en las fotos de su escritorio. Mariana en el espejo donde sus miradas cruzaban cuando ambas, acostadas en sus respectivas camas, se encontraban al conversar. Calina lloraba. El empleado de la funeraria, tras anunciar que la hora había llegado, tomar la caja y comenzar el último tramo del trayecto, lo entendía todo.

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