Unas notas dispersas sobre un poema de Nezahualcóyotl

Por Perro de llama

Alegraos

Alegraos con las flores que embriagan,
Las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya
Los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia,
Fragantes flores,
Abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave,
Parlotea y canta,
Viene a conocer la casa de dios.
Sólo con nuestros cantos
Perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto,
Vuestro disgusto se disipa.
Las inventa el Dador de la vida,
Las ha hecho descender
El inventor de sí mismo,
Flores placenteras,
Con ellas vuestro disgusto se disipa.
La primera dificultad con la que podríamos toparnos está en la misma autoría del poema. Si bien, lo atribuimos a Nezahualcóyotl, hay gran posibilidad de que no lo sea, pues sabemos que los Mexicas, al reescribir la historia de los pueblos del valle, decidieron omitir su nombre por conflictos políticos. Además, a esto hay que añadir que muchos poemas de autoría dudosa han sido atribuidos a él por fuentes orales tales diversas, tales como los informantes de Sahagún. Antes de adentrarme en la interpretación del poema que nos toca hablar, siento que no estaría de más considerar algunos aspectos generales de su persona y de sus otros poemas, pues creo pueden ayudar a desentrañar mejor lo que en Alegraos.. pudiéramos hallar.

Comenzando por su persona, Nezahualcóyotl es difícil de distinguir, pues su contorno es vago y huidizo. Ya es casi regla que la historia mexicana nos parezca una suerte de danza espectral, donde quienes aparecen en ella se muestren (mejor dicho, sean mostrados) traslúcidos y por encima del méxico del momento. Nuestro poeta, padecerá de esta manipulación histórica aun antes de que haya un México…

Nezahualcóyotl aparece en pleno caos, lo primero que sabemos de él es que huye de los asesinos de su padre, los Tepanecas de Atzcapotzalco, quienes tenían dominado el valle de México. Siendo muy joven se convierte en Tlahtoani de los Texcocanos, en un ambiente tan hostil que incluye varios intentos de asesinato, inclusive por parte de sus hermanos.

Estas presiones le llevarán a aliarse a los mexicas, quienes, en su condición de advenedizos, deciden hacer la guerra a los de Azcapotzalco. Tras años de lucha, éstos son derrotados, y los nuevos poderosos serán ahora los Tenochcas. Lo cual no se traduce en calma para el poeta, sino en resistencia ante los nuevos señores: las medidas que toman primero los mexicas son crear una historia donde ellos aparezcan como los encargados de mantener el orden del mundo mediante la guerra en el culto a Huitzilopochtli y Tlaloc. Mediante la incorporación de una nueva visión mítica del mundo pretenden –dicho muy grosso modo— alimentar al sol del movimiento con la sangre de combatientes y fieles venidos los pueblos circundantes.

Aquí toma fuerza Nezahualcóyotl, pues habrá de resistir a las imposiciones de sus antiguos aliados. Sabemos que por decreto, los tenochcas exigieron a sus aliados el establecimiento del culto oficial, cuando menos en cuanto al dios de la guerra, Huitzilopochtli, y su respectiva pirámide sacrificial. Nezahualcóyotl responde de dos formas a estas disposiciones: para empezar frente al templo y la estatua de Huitzilopochtli instala una modesta torre con nueve travesaños. Los travesaños hacían alusión a la división del cielo, tradicionalmente correspondiente a la visión tolteca del mundo. Además se dice que optaba por sacrificar prisioneros en lugar de pobladores. Esto será suficiente para no ser recordado como terrateniente en los registros mexicas, y por tanto, no pasar a la historia en estas fuentes.

Mientras que los Mexicas instauran una nueva cosmovisión, en sus poemas y actos hace patente una nueva vuelta a la antigua religión que buscaba Quetzalcóatl. En lugar de alinearse a la creencia del sol de movimiento, o de creer en el antiguo Tloque nahuaque, (señor del cerca y del junto) de los toltecas, él canta acerca de Moyocoyani, “quien se inventa a sí mismo”. Las implicaciones de estos cambios, y la identificación de estos tres momentos han de rastrearse principalmente en los mitos inspirados en los orígenes toltecas, en los del establecimiento de Tenochtitlan, y en la poesía de Nezahualcóyotl.

Entre las cosas que más se trata en su poesía es la noción de finitud, y al tiempo visto como “aquello que nos va dejando”. Cosa que está presente, junto con la mencionada visión de la divinidad, dentro de este poema. El Alegraos con las flores que embriagan es un poema que parece referir a la muerte en la misma medida que hace a la vida. Aunque esta forma de expresarlo pudiera sonar tramposa a nuestros modos de hablar, creo que es válido para la forma en que la lengua y la cosmovisión nahuas tratan esta cuestión: visto en contradicciones, como juego de espejos, pero aquí más aún como parte de un fin al que todas las cosas tienden: la aniquilación.

Los principales símbolos que nos pueden ayudar a ver esto son la embriaguez, las flores, los cantos, el ave, y las alusiones al tiempo de lluvia. De principio a fin nos menciona una aflicción que está presente, de la cual debemos intentar desprendernos. Esta parece no ser otra que aquella que se menciona en varios de sus poemas pero principalmente en su fragmento más conocido[1]. Esto no parece ser simplemente la angustia por la muerte, sino también una clase de pesar por los trabajos que implica la vida. El valor de la exhortación quizá pase ante nuestros ojos como un simple consejo de que debemos distraernos de las cosas angustiantes y disfrutar la vida, pero como veremos más adelante, creo que eso sería alguna clase de superficialidad o de insuficiencia de nuestra parte.

Sobre las flores y los cantos, hay que tomar en cuenta que estos, por cuestión semántica, juntos flor y canto significan a las manifestaciones culturales más altas: artes y pensamiento, sobre todo el expresado mediante la poesía. Por separado, las flores son un sinónimo de la vida, y –si hemos de creerle a Barjau— los cantos aluden a la guerra y la muerte.

La noción del ave que anida tiene que verse junto con las flores en tiempo de lluvia. Posterior a la primera exhortación, vienen aquellos versos que nos remiten más a la vida, a su generación, pero quizá lo más enigmático es que nos mencione que viene a conocer la casa de dios, pero creo que eso, como los otros enigmas pendientes se aclaran con la siguiente y última parte.

Al final del poema se señala que es la divinidad quien nos brinda esas flores placenteras. Es decir, parece que a pesar de que venimos aquí a ver como el tiempo nos devora a nosotros y a todas las demás cosas, la divinidad nos dá la posibilidad de salir de aquella pesadumbre que en un inicio se figuraba ineludible: el Dios nos da el sentido. La embriaguez, el conocimiento de la casa de Dios y la alegría son la clave. Sobre la embriaguez, hay que recordar que la más común, la del cuerpo, la que sólo estaba reservada a los ancianos, no es la única, pues más que símbolo de la vitalidad, es la vida misma en tanto que nos demos cuenta de que podemos estar embriagados por ambición, venganza o alguna otra cosa; en el caso de la primera, tómese en sentido amplio, no simplemente como un deseo de poseer bienes materiales, sino incluso de alguna otra índole personal.

El conocimiento de la casa de Dios, metáfora usada en aquellas formas antiguas de mencionar al Dios como «Dueño del cerca y del junto», abría la posibilidad a conocer el Cosmos –valga la expresión prestada—, significaba conocer la división de los nueve cielos en que estaba repartido el mundo. El giro que está dando aquí, puede estar en que no señala aquella división, sino más bien lo atribuye a algo tan cotidiano como la reproducción y generación de lo vivo.

Así pues, La Alegría que nos pide tener en la primera línea es idéntica a la muerte de nuestra tristeza. La alegría parece lograrse solamente por intervención de la embriaguez y de la continuidad de la vida, cosas ambas provistas por la divinidad, y con el aspecto dual que se ha sugerido anteriormente


[1] ¿Es que en verdad se vive aquí en la tierra?

¡No para siempre aquí!

Un momento en la tierra,

si es de jade se hace astillas,

si es de oro se destruye,

si es plumaje de Quetzal se rasga,

¡No para siempre aquí!

Un momento en la tierra.

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