El encuentro se dio bajo las premisas de un adiós injustificado. Los participantes se dieron a la tarea de buscar entre sus mejores fabricaciones la opción que diera más impacto a la reunión. Al unísono se sentaron unos frente a otros  mientras el aire se hacía más sereno y el entendimiento más turbio.

Era lo acostumbrado, escuchar y observar sin ánimos de reclamos o malentendidos.  El Primero de ellos acepto el desafío que el destino le susurraba al oído, dejando su sombrero en la mesa, su bastón colgando de su silla; bebió un sorbo de su tacita de té y con un profundo suspiro dejo que su voz se escapara, con sus manos trazaba en el aire la forma de su relato, los otros observaron intrigados el espectáculo que su compañero producía, cerraban sus ojos, intentaban imaginarlo, no todos tuvieron suerte en esta maniobra; los más cercanos se extasiaban al saberse poseedores de mas herramientas para la comprensión de lo que aquel individuo expresaba, muchos evocaban recuerdos de antiguas charlas, otros volvían a esos días y lo veían todo tan claro como si lo estuvieran viviendo otra vez. Uno que otro miraba perturbado la facha de aquel orador de imágenes, mientras más sutiles se volvían sus movimientos, su rostro se tornaba gélido, la descripción de la historia que su voz entonaba por momentos era vivaz, en otros sus temores se le escapaban como muecas siniestras, su boca estaba seca, produjo un último suspiro, una última mirada y tras una pausa dejo inconcluso su relato; cosa que no sorprendió a sus oyentes, quienes con una mirada y una carcajada comprendieron que lo que acaban de escuchar era una de tantas anécdotas que sin duda formaban parte de lo que aquel personaje era .Él tomó entre sus manos su sombrero, lo contemplo por un rato, sonrió nostálgicamente y lo colocó de nuevo en su cabeza, tomó asiento, repasó con la mirada a cada uno de sus compañeros, le parecían extraños, su mente comenzaba a jugarle esas rachas que siempre sucedían cuando las reuniones con ellos se llevaban a cabo. Por cada sorbo de té que tomaba, comprendía que solo los conocía lo que ellos dejaban ver.

Ante el silencio que todos guardaban, una mujer de mirada ausente se levantó de su silla, con una actitud provocativa, condujo su esbelta mano hacia el rostro del hombre con sombrero, sin embargo, éste parecía ausente y sin responder al gesto, ignoró a la mujer y volvió a sus asuntos. Sin inmutarse por lo sucedido, la mujer recorrió con la mirada a todos los presentes, de vez en cuando detenía su atención en algunos de ellos, su rostro se tornaba ansioso, parecía estar buscando algo, alguna aprobación quizá. De golpe hizo un ruido poco usual, aclaró su garganta y comenzó a trazar una historia ya conocida, tal vez un nuevo nombre, pero la misma historia, con su voz finamente envolvía a su audiencia quienes por momentos creían que algo bueno resultaría de todo lo que ella decía, unos ya ni siquiera prestaban atención al relato, desdeñaban las situaciones que aquella mujer contaba, otros, con su cuerpo adoptaban poses de interés, pero siendo un poco más observador, su mirada era vacía, un estar y no estar, en ocasiones la dama se percataba de esto y con tono grave pronunciaba frases trilladas que algunos utilizan para hacer más llevadera su plática. No funcionó. Su esfuerzo final fue recorrer nuevamente a sus compañeros, de nueva cuenta buscaba ansiosamente entre gestos y sonidos, nada sucedió. Entre ellos se desviaban la mirada, todos esperaban que alguno se levantara de su asiento y avivara la noche, pero no pasó. Pesadamente ella se dejo caer en su silla, jugó con el fuego de su encendedor y en él se perdió.

La noche se hacía más densa, sabían que el final se acercaba, un hombre de aspecto curioso se levantó de un salto, con rápidos movimientos busco entre sus bolsillos los restos de un cigarro, se acercó a la mujer que seguía jugando con fuego, sonrió lascivamente y se dispuso a contar lo que en su cabeza sucedía, sus palabras eran amenas, entre carcajadas y manotazos la audiencia intentaba buscar sentido a lo que escuchaban, todos sabían que aquel hombre de aspecto curioso se dedicaba a encontrar entre lo más recóndito de su mente una nueva forma de ver lo que otros encontraban repugnante. Gesticulaba groseramente, con sus manos jugueteaba con cuerpos ausentes, manipulaba instantes, aterrizaba recuerdos e imaginarios sucesos, todo se tornó simplista, ninguno dejaba de reír. Aquel orador miró su reloj y terminó su relato, era tiempo de volver a su acostumbrada hora de recreación mental. Tomaron un descanso.

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