Parece incoherente que una persona sea adicta a la perversa sensación de estar en el lugar y momento equivocados, de no  saber con certeza qué hacer o cómo ha de hacerlo, de no saber dónde o con quién está, de no tener ni la más remota idea de quién es.

La persona se despierta avanzado ya el día, porque el tiempo no se detiene ante los existencialistas, y se pone a pensar, la mente le da mil vueltas tratando de resolver las cuestiones que ahora se han puesto a golpearle la conciencia cual mascota incómoda en la pequeña caja en la que se ha adquirido. Escribe, lee y discurre, empeñado en hallar algún antídoto catártico a su vil mal; así pasa la vida, lenta y dubitable. Cada mañana muy parecida a la anterior, siempre lo mismo: escribir, leer y meditar, escribir, leer y meditar, escribir leer y meditar, pasan días, semanas o meses, realmente no importa pues las diferencias son imperceptibles.

No muy a menudo la persona encuentra suficiente disposición para intentar mezclarse con lo que habita alrededor, sale esporádicamente, ve una película o compra alguno de esos objetos que venden por televisión, la acción se estima útil hasta que regresa al lugar de siempre, todo calla, se mira solo y se confiesa a sí mismo frente al juicioso espejo que todo era mentira y que esa persona que fue por un rato no es ella en verdad. Dice qué no es, sin saber siquiera qué sí es. Patético.

De momento los libros pueden ofrecer un alivio temporal, se sumerge en alguna buena lectura de Aristóteles o de Kant, entonces la vida parece cobrar cierto significado, significado comprensible y cercano; la sensación de lo inefable desaparece y las cosas –al menos para la persona– son consideradas más sustanciales, más en sí.  Sin embargo, en algún momento ha de cerrarse el libro y todo el escenario con movimiento que la persona había logrado construir se esfuma, dejando atrás un fantasma acosador y una sensación de hastío reforzada; luego la vida, o eso en lo que se halla inmersa, es devuelta violentamente a su inexorable rutina y las cosas regresan a la incertidumbre. Antropología, metafísica, lógica, política, ontología, retórica, historia… explora todas, pero la magna verdad no llega, no aún. Lamerse las heridas con un escrito decente y afianzador le resulta agradable y más legítimo que treparse a un mundo de letras en páginas amarillentas, la persona se convierte entonces en escritor de temas desordenados y abarcantes, porque aunque la sensación de descontento o inseguridad la tiene por placentera, el taciturno intento por extinguirla sin creer lograrlo tiene algo más atractivo, algo indescriptible que hasta donde comprendo, se relaciona directamente con la avidez de conocimiento.

La persona regresa un día al lugar de siempre, el de reflexión y duda, con una nimia diferencia, está ebrio. Después de arrojar divertido al aire unos papeles y maldecir a Sartre se tira en su lecho y duerme por un largo tiempo.

Abre los ojos, el ruido ha enmudecido, las luces de colores varios han desaparecido y su vaso perdió el contenido; la desilusión lo toma presa pues las preguntas de siempre lo toman por asalto: dónde está, qué hace, con quién está… quién es. A excepción del mareo y el dolor de cabeza todo es exactamente igual de como era antes de su juerga nocturna, el sentimiento de resaca no lo siente novedoso, estaba ya ahí, en él. Se descubre bajo la resaca permanente en la que todos estamos obligados a vivir, cuando somos repentinamente despertados y lanzados a un lugar desconocido en circunstancias todavía más desconocidas.

¿Adicción? Es más viable concebirla como la única manera conocida de modo de ser.

La cigarra

Anuncios