Era el atardecer del segundo día del mes de otoño del año tres mil doscientos ochenta y seis. P acababa de llegar a su casa, después de un largo día de trabajo en el edificio de la Secretaría de Propaganda y Difusión de la Ideología en Favor de Todos (la SPDIFT), cuando vio, al abrir la puerta de su estudio, una nota que había sido colocada sobre el viejo escritorio en el que guardaba sus queridos libros, los únicos tres que le quedaban después haber tenido montones y montones en el pasado, cuando los libros servían para algo. Era muy extraño encontrar una nota en su escritorio, pues esas viejas costumbres hacía tiempo que se habían olvidado; ahora todo era encender la computadora y ésta comunicaba al usuario todos los mensajes, recados, avisos, compromisos, eventos o recordatorios que necesitara saber cada día. Esa nota de papel era lo más extraño que veía hace mucho tiempo, pero también era lo más hermoso. Le recordaba sus tiempos escolares y de juventud, en que él y sus amigos o compañeros (ahora casi olvidados por su vieja memoria) se dejaban notas para avisarse los lugares en que se encontrarían a conversar, las horas en que estarían disponibles para reunirse; o simplemente para jugarse bromas entre ellos o para contarse las novedades que hubiera en sus vidas. Esos eran sus tiempos en la vieja universidad, ahora demolida y olvidada por todos, en el planeta quinto del sistema, en el que P había vivido, y que fue abandonado más tarde por todos sus habitantes, durante los años de la plaga. Desde esos días escolares, muchas cosas habían cambiado. Fueron tiempos de inocencia, de ingenuidad y de esperanzas; de ideales firmes y creencias libres, independientes. El devenir del tiempo había demostrado que la ingenuidad y la inocencia eran tonterías y debían ser dejadas atrás. La edad adulta de la humanidad, del pleno uso de la razón por parte de los hombres, había llegado. En consecuencia, las esperanzas no tenían sentido, pues sólo en aquello en lo que uno estaba seguro hubiera podido provocar algo así como la esperanza en que algo sucediera; pero como se estaba seguro de ello, se trataba más bien la confianza que daba la certeza: las esperanzas eran cosas del pasado. Desde aquellos días tempranos, P había vivido tantas cosas, en tantos lugares y conocido tantas cosas, que le parecía increíble que alguna vez pudo tener algo así como esperanzas, ideales o creencias, independientes del orden de la gran mente. Ahora que reparaba en ello, era absurdo, pues todas esas cosas tan sólo le habían ocasionado problemas, y habían preparado su ánimo para resistirse a la aceptación de la realidad, de la realidad innegable de la gran mente, que todo lo regía; lo cual había sido traducido en sufrimientos y angustias sin sentido; pero ahora ya todo era diferente.

Al tomar la nota con su mano derecha, y acercar su mirada, pudo reconocer la letra de su antiguo amigo 8.00032 del lejano planeta OC24-678, descubierto en los años treinta, aquellos en que el auge de la comunicación interplanetaria se había suscitado. En ese tiempo, cuando conoció a 8.00032, él hubo contado con unos treinta años, pero aún conservaba la costumbre de comunicarse por notas. ¿Había pasado tanto desde entonces? A P le pareció increíble. Tenía por lo menos veinte años que no sabía nada de 8.00032. De hecho, P creía que su amigo había muerto tiempo atrás, cuando se dieron los primeros ataques de las tropas rebeldes. El ver los caracteres escritos con el enorme cuidado que sólo un miembro de las antiguas brigadas, como 8.00032, correspondientes a las primeras expediciones a los rincones más lejanos de la gran mente, esta magnífica realidad que abarca todo lo existente, muchos recuerdos llegaron a él. Recuerdos de que él y los compañeros de ese entonces habían recibido la orden, directa de los sacerdotes de la gran mente, de descubrir ellos mismos, y demostrar así al universo entero, la realidad del vacío más allá de la gran mente, la ausencia de sentido de cualquier pretensión de independencia, la nada que abarca todo lo que está más allá de los límites del universo. Con ese ideal en cuenta es que se habían unido a las famosas brigadas que tendrían por encargo emprender expediciones hacia los nuevos mundos hallados allende los límites de las cinco galaxias originales, ya exploradas y colonizadas y explotadas por la humanidad, desde tantos años atrás. Tenían que comprobar y mostrar a todos que esos nuevos mundos sí pertenecían al universo, y que no había sido más que por error humano de cálculo que habían permanecido desconocidos para todos, menos para la gran mente; y que no eran una contradicción como lo era el extraño vacío de lo ilimitado, de lo impreciso e independiente. Había pasado tanto tiempo, que P ya no recordaba todos los detalles de su expedición, ni de lo que habían descubierto entonces; pero sí recordaba el inmenso deseo que lo llenó, al regresar a la base general de operaciones, de no emprender ninguna aventura similar en el futuro, a menos que la gran mente lo ordenara de nuevo; pero, según le habían informado, eso no pasaría nunca más. Su vida había sido tan tranquila desde entonces, sin grandes emociones ni impresiones; entregado a su nuevo trabajo, en la SPDIFT, a la que lo habían transferido, después del éxito de las brigadas. Su vida era buena, ahora; tranquila y buena.

Por todo ello, le parecía muy extraña la nota que encontró en su escritorio. Levantó la nota y pasó sus ojos por los caracteres que en ella estaban escritos: “Favor de presentarse a las 23.34.45, en las oficinas centrales de la SPDIFT, para asuntos de importancia mayor, relacionados con las brigadas.” Cierto que no había nada de raro en que alguien se hubiera metido a su vivienda, pues en última instancia todo era de todos, pues todos formaban parte de la gran mente; pero lo desconcertaba pensar en que alguien de las antiguas brigadas quisiera contactarlo. ¿Cuál era el motivo de esa importancia mayor? Un temor inmenso lo invadió de pronto, pues pensó que podían estarlo buscando para una nueva expedición. ¿De qué se podía tratar? Si desde aquellos tiempos ya no existía ningún rincón lejano a la gran mente, pues todo era cercano y conocido dentro de ella. ¿Cuál podría ser el motivo de esta nota?

Permaneció de pie, desconcertado por unos instantes, pensando en una infinidad de cosas extrañas. ¿Qué sucedería si lo enviaban de regreso a las brigadas? ¿Estaría dispuesto a regresar a aquellos tiempos, queridos, pero temidos? ¡No! ¡No podría hacerlo! Arrugó la nota y la tiró lo más lejos posible, como si fuera algo perjudicial a sus manos.

Salió de su habitación azotando la puerta detrás de él. Abandonó el edificio sin hacer caso a nadie ni a nada, y corrió, corrió por las calles de la ciudad. Corrió como huyendo de algún peligro terrible. Corrió por mucho tiempo sin pensar en nada. Corrió por cerca de cinco horas, aunque no se percató de ello. Cuando por fin se detuvo, se dio cuenta de que delante de él había una especie de puerta de algún metal extraño y azulado, con una inscripción que decía: “Absentem accipere debemos eum, qui non est eo loci, in quo loco petitur”. Sacó el reloj que traía en el bolsillo y vio la hora: las 23.34.40.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno…