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Y así dijimos

Conversar es muy buena parte de nuestra vida. Platicamos casi todo el tiempo y con una gran variedad de personas, pero no es ésa la única manera en la que estamos relacionados con las palabras a lo largo del día. Muchos difícilmente podríamos figuramos qué es vivir sin leer y sin escribir, y no estoy hablando de grandes libros o profundos ensayos: sólo pensar en la cantidad de letreros en las ciudades se vuelve alarmante cuando uno se imagina a alguien que no sabe interpretar sus signos. Esto no es sólo en las calles, sino en cualquier casa, en sus utensilios, en sus recovecos. En todas partes hay visibles o escondidos montones de letras. Las marcas de los muebles, las leyendas en la ropa, las instrucciones en los frascos y las latas. Pero con todo eso, no parece falso pensar que muchísimos seres humanos han vivido sin escribir nada y sin leer tampoco. En comparación, son muchísimos menos quienes no han ni hablado ni escuchado, que son acciones de lo más naturales.

Habiendo tanta gente que vivió y que vive analfabeta, no parece estrictamente necesario que sepamos hacernos con las letras. Hay quienes piensan que escribir y leer son cosas ligeras y de entretenimiento, o que lo escrito tiene menos importancia que lo dicho, o que el alfabetismo es sólo un conjunto de herramientas para facilitar la vida en un mundo impulsado por el comercio, y quizá que se piense así pueda deberse a esta naturalidad de la voz y del oído, pues en el contraste con lo natural de la voz parece que las letras son puro artificio, pura maña. Pero pensar eso es pasar de largo la relación que tienen la conversación y la lectura, pues leer y escribir no son parodias de escuchar y hablar, ni degradaciones, sino que son otros modos de hacer eso mismo. La prueba está en que la elección de las palabras es igualmente libre al escribir que al hablar, hasta los discursos mal vistos o castigados son elegidos libremente (ya su publicación es otra cosa). Y es obvio que el orden del discurso no está sujeto al aire que lo lleva de un lado a otro, sino que es posible que se dé en múltiples expresiones, mímicas, escritas, o como se quiera que se pueda mostrar algo a alguien. Se dijo algo cuando se comunicó algo. No se necesita más que notar el hecho de que se puede hablar en serio para ver que es posible escribir con la misma pretensión. Y por la misma razón, como se puede escuchar atentamente, se puede leer con atención.

Resulta que aún siendo la voz de lo más natural, no se logra usarla de la mejor manera sin que haya algún esfuerzo: se puede fácilmente hablar a la ligera y sin cuidado. Y no es diferente de la escritura, no sólo en que es difícil decir bien las cosas a través de las letras, sino también en que es posible intentarlo. Así, es normal que como las conversaciones, las letras vengan de acá para allá, se muevan a muchos lados y se encuentren escondidas en libros sin fama y sitios de pocos faroles. Que intenten de muchos modos y digan muchas veces las mismas cosas, tratando cada vez de hablar mejor en algún sentido. No todo escrito es bueno, como no todas las conversaciones lo son tampoco, y la búsqueda de la lectura que nos satisfaga es buena contraparte de la búsqueda de la escritura que lo haga. Las conversaciones cambian de sitio porque los sitios también cambian, y los que conversan se mueven también buscando el mejor lugar. Cuando hablando se siente que es tiempo de cambiar de sitio, un nuevo lugar puede ayudar a que se dé o se continúe una buena conversación. Así como una buena plática se agradece, igualmente grato es lo que ayuda a fomentarla. Y también con las letras, lo mejor a veces es buscar el lugar más propicio para que pueda repetirse el intento –que es bastante importante por sí mismo– de hablar bien sobre los asuntos que nos parecen importantes.

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Desesperanza

Creo en un solo Dios,

(pero creo en todo lo que me presentan como divino)

Padre Todopoderoso,

(si fuera padre no entiendo por qué no me concede lo que pido)

Creador del cielo y de la tierra,

(ni siquiera estoy seguro de que haya cielo, o Tierra)

de todo lo visible y lo invisible.

(lo invisible es visible gracias al microscopio, así que no entiendo lo que digo aquí)

Creo en un solo Señor, Jesucristo,

(pero estoy preocupado porque no tengo dinero)

Hijo único de Dios,

(con razón Dios no resuelve mis problemas)

nacido del Padre antes de todos los siglos:

(esto no es consecuencia lógica de nada…)

Dios de Dios,

( esto no tiene sentido)

Luz de Luz,

(la luz es relativa, y no hay nada de malo en ello, para qué afirmarlo)

Dios verdadero de Dios verdadero,

(la verdad también es relativa y depende del contexto)

engendrado, no creado,

(yo también fui engendrado)

de la misma naturaleza del Padre,

(esto sólo se explica por trastornos de la personalidad)

por quien todo fue hecho;

(no, todo es hecho para beneficio del hombre)

que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo,

(salvarnos de qué, si de no ser por la violencia estamos mejor que nunca)

y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;

(cómo puede Dios salvar al hombre siendo uno)

y por nuestra causa fue crucificado

(el dolor y la humillación no salvan de nada)

en tiempos de Poncio Pilato;

(eso no me consta, no encuentro registros históricos que me lo confirmen)

padeció y fue sepultado,

(si es Dios no tiene porque padecer)

y resucitó al tercer día, según las Escrituras,

(cuáles son las condiciones materiales que permiten una resurrección)

y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;

(en el cielo, en caso de haberlo, hay placeres corporales)

y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos,

(qué caso tiene juzgar a los muertos)

y su reino no tendrá fin.

(bueno si promete un reino es conveniente creer esto)

Creo en el Espíritu Santo,

(¿Hay espíritu?)

Señor y dador de vida,

(¡Ojalá algún día el hombre pueda dar vida!)

que procede del Padre y del Hijo,

( esto puede decirse de muchas maneras…)

que con el Padre y el Hijo recibe

(Si no creo en el espíritu, ¿cómo puedo creer en los demás)

una misma adoración y gloria,

(los adoro, pero cuando tengo problemas)

y que habló por los profetas.

(¿qué es un profeta?)

Creo en la Iglesia, que es una,
santa, católica y apostólica.

(ya no me es posible confiar en la iglesia)

Confieso que hay un solo Bautismo
para el perdón de los pecados.

(no estoy seguro de que haya perdón, y menos pecados que perdonar)

Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.

(la verdad no creo que pueda esperar algo)

Amén.

 

La carencia de fe es decir soy cristiano, pero no creer en Dios, en el alma y en que hay algo bueno que va más allá de las posibilidades propias de la inmediatez de la materia.

 

Maigo

Meditación sobre la violencia (6a. y última)

Viene de la quinta parte

¿Para qué meditar sobre la violencia? ¿Qué sentido tiene adentrarse en el pasmo doloroso que su fría presencia nos suscita? ¿Acaso algo cambia en algo?

Preguntando a nuestros poetas sobre la violencia y la muerte que ahora nos tienen pasmados hemos aprendido, por parte de Octavio Paz, que no es lo mejor transmutar nuestro pasmo en rabia, en ira -aunque algunas teorías así lo digan-, pues haciéndolo sólo nos distraemos de lo más importante: la comprensión del pasmo.

José Emilio Pacheco nos enseñó que nada ganamos en nuestro intento de comprensión acusando culpas formales o acumulando cifras, sino que más nos acercamos a entender el pasmo cuando consideramos que el mal que ahora nos sorprende pide más de la claridad del corazón que de la exactitud de la razón. Demos lugar a la palabra sentida, antes que al argumento amañado.

Javier Sicilia nos mostró que sólo toma su lugar la palabra sentida cuando esa palabra nos une, y sólo puede unirnos en verdad en la medida en que nuestra vida no es esencialmente trágica, en que hay posibilidad de bien y mal, y el segundo es sólo un error respecto al primero.

Alfonso Reyes, el caballero de las letras, nos sugirió que si buscamos palabras que nos unan, nos deben unir primero en la amistad comprensiva que en el odio combativo; que valen más las palabras buenas que las razones eficaces, como que las primeras nos ayudan más a comprendernos ante la violencia que el realismo político y sus terribles engendros.

Si finalmente algo nos han enseñado nuestros poetas es que por suerte todavía es difícil permanecer incólume ante la violencia, que el desconcierto y el pasmo son una buena noticia que nos avisa que al menos no todo está perdido.

Si en estas tinieblas en que nos

debatimos dejamos de amar y de

luchar, Dios se hará más ausente

Javier Sicilia

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 6262 ejecutados hasta el 21 de junio.

Voces del diálogo por la paz.

“Contra las fundadas dudas de que el diálogo no servirá de nada lo hemos aceptado porque estamos convencidos de que el diálogo es fundamental como una práctica de la democracia para construir los caminos de la paz, que son los más difíciles de recorrer. Si no somos capaces de construirlos, lo que nos aguardará será esta espantosa violencia que ya vivimos, pero multiplicada exponencialmente. Lo hemos aceptado también porque creemos que, a menos que el corazón se haya oscurecido a grados demoníacos un hombre puede escuchar todavía el latido humano de su corazón”. Javier Sicilia.

“Es tiempo de que usted mande un mensaje al mundo de que la violencia no termina nunca con la violencia y así no sea recordado como el presidente de los 40 mil muertos y nosotros como una nación de salvajes y cobardes”. Julián Le Barón.

“No es ético, no es justo, no es cristiano derramar tanta sangre, sembrar tanta desolación en el país y dejar intactos a los principales beneficiarios de la industria del narcotráfico”. Araceli Rodríguez Nava.

“No dejaremos de luchar por esta causa, lucharemos hasta el final, no importa cuántas batallas perdamos y que vayamos perdiendo partes del corazón, no importa que nuestros sentimientos se marchiten, lucharemos por esta causa hasta el final”. Norma Ledezma.

Coletilla. El camino a la paz al que nos ha invitado Javier Sicilia está, misteriosamente, lleno de símbolos religiosos; el más reciente: el diálogo por la paz se llevó a cabo el día de la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la celebración de la Eucaristía, Jueves de Corpus. ¿No es interesante?

Recuerdos de una noche de abril

Recuerdo aquella noche en que me embriagué en tus labios. Sorbo a sorbo fui bebiendo de tu dulce amor ocasional. Sorbo a sorbo fui cayendo en ti, en tus ojos, en tu aroma… en tu piel. Y mi sed se acrecentó, caí en la trampa de mi propia sed y caigo en ti como se cae en el abismo, pero no he dado con el suelo. He dado con salientes de rocas que son tus misterios, tus huidas, tus lejanías, pero no con el suelo… terrible alivio que anhelo. Desde entonces te busco a cada instante, a cada pretexto, a cada momento y los disfrazo ocasionales, con sonrisas y amistades, y con juegos que intentan esconder la intención que te alejaría, pues mi intención eres tú, sin juegos ni amistades, ni ocasiones, ni disfraces… tú. Y aunque me impuse el yugo del silencio – vano intento de esconder mi deseo – lo cierto es que te hablo a cada instante, a cada sonrisa, a cada mirada y voy escribiendo confesiones en los muros que visitas, dejando señas y mensajes en botellas que lanzo al mar, garabateando tus iniciales en hojas virtuales como el niño que talla el tronco de un árbol para ver si alguna vez alguien lo descubre… pero no sé si tú lo has hecho. Sólo sé de tu lejanía, repentina lejanía que no me explico más que apelando a un muro que se ha construido entre los dos y que parece cada vez más difícil de allanar. Lejanía de tu sonrisa y de tu risa y de tu aroma y de la samba que cantabas con la mirada y que me mostraste alguna vez, efímera vez, seduciéndome de tal forma que me tiene ahí a la expectativa, respirando lentamente, pausadamente, para poder escucharla de nuevo, pero sabiéndola inaudible, afásica bossa nova que tal vez yo mismo me he inventado. Pues tal vez no seas como te pienso y lo que conozco no es más que mi deseo encarnado en tu mirada, en tu cuerpo, en tus labios… en el arrebato que sólo conocí una vez y del cual sólo me queda la memoria; memoria que se va apagando de a poquito y que marchita la esperanza que me incita a escribirte estas últimas palabras; palabras de un recuerdo y un anhelo; anhelo de un abril incandescente que el otoño, ¿quién sabe?, tal vez apagará.

Una más

Si se le brinda a algo o a alguien una segunda oportunidad es porque se confía en que ese algo o alguien logrará algo conveniente, según los fines, esa próxima vez. Según creo, para llegar hasta el momento de brindar una segunda fue porque la primera oportunidad dada ha sido agotada y no favorablemente, ya que de lo contrario no habría necesidad de otra más, se permanecería en el estado devenido de la primera sencillamente. Dar una segunda oportunidad a lo que sea, es signo claro de que aquello no funcionó en una primera instancia pero que, empero, se puede fiar en que en una segunda ocasión funcionará. Ahora bien, el punto que considero extraño de cifrar en el asunto de las segundas oportunidades es cómo, llanamente, se puede esperar tan plácidamente a que en un futuro suceda algo que no ha ocurrido empíricamente con anterioridad.  Es decir, en qué suerte de fe se basa una segunda oportunidad siendo que ha sido ella misma necesaria, debido a que la
primera vez ofrecida, no funcionó.

Ya exponiéndolo de ese modo, sí resulta algo ingenuo dar aquella segunda vuelta a las cosas esperando que ahora sí funcionen, pues nada dice que lo harán pero como tampoco nada lo desdice, he ahí la confianza. Confianza ésta que parece más bien ciega antes que de otra clase y no es que sea francamente empirista o que me atenga a la consecuencia obvia de los aconteceres cotidianos, sino simple ilación. No funcionó una vez, la segunda parecería que tampoco (la tercera es la vencida, dicen algunos). Espíritu malpensado éste que cree que todo se sucede necesariamente según uso y costumbre, pues algunos un tanto más benévolos son los que dan ocasiones para resarcir el inoportuno que se ha cometido y brindan una segunda oportunidad; pero que quede claro, no he equiparado benevolencia con ingenuidad, la una es de veras ser
bueno y la otra es vil carencia de malicia. Sólo el bueno da la segunda oportunidad, el bobo –o perverso u hombre de negocios– confiaría en lo dictado por su experiencia, luego no la daría, ni lo pensaría por lo menos y el ingenuo ni siquiera caería en cuenta de que se está mudando hacia una segunda circunstancia o en principio, de que ésta es necesaria.

Quién sabe en qué pues, se sostenga la confianza destinada para procurarle a algo o alguien una segunda oportunidad, creía que quizá en una clase de conocimiento previo a la decepción primera o en un afán de pensar positivamente sobre el porvenir o en razones totalmente externas y ajenas al objeto de atención o probablemente en una obstinación poco fundamentada y nada cabal, relacionada antes bien con una apetencia privada del mismo individuo que ha decidido darla.

 La cigarra

La Mueca del Débil

Algunas veces no se tienen las fuerzas para decir lo que se tiene que decir. Podemos estar de frente, viendo a la persona que nos escucha, y estamos hablando de montones de cosas que teníamos ocurridas desde hacía tiempo, e improvisando otras cuántas como para asegurar que el lugar quede bien retacado de nuestra voz y no se escuche el eco que dejan los huecos, y en el fondo tenemos esperando en la fila lo que de verdad queremos hablar. Curiosa fila ésta, a la que dejamos que se meta cuanta cosa quiera sin que el pobre tema espinoso pueda hallar cabida. Y sabemos que lo que nos falta es la fuerza porque estamos seguros de que lo queremos decir, y aún así no lo hacemos.

¿Qué tienen de fuerza las palabras? Nosotros somos en alguna medida su fuerza, por eso sabemos que lo que queremos tratar es más penoso que lo que estamos dispuestos a soportar.  Son veces en que somos débiles para hablar de frente, como si temiéramos lo que nosotros mismos somos capaces de hacer con la voz. La palabra puede hacernos sentir muy pequeños. Respetamos y tememos lo que se dice seriamente, y nadie saludable duda del peso del juicio severo, o del animoso espíritu de una cándida felicitación. La fortaleza no es cosa de los músculos, que hay quienes son flacuchos y briosos, así como hay también grandulones y timoratos. Y con los brazos trabados y los puños apretados cerramos los ojos habiendo tomado una honda bocanada, y como si estuviéramos por saltar del trampolín del clavadista, nos disponemos a hablar… y muchas veces de todas formas no decimos nada.

¿De dónde que se nos apague el ímpetu? Más bien lo dejamos encendido pero bien adentro de nuestro horno de grueso ladrillo. ¡Valiente ímpetu entonces, que nada impulsa suficientemente! Lo que es verdad lo será igualmente si es dicho y si es callado, pero parece que queremos que las cosas permanezcan como cuando nadie sabía cómo eran. ¿Y no es de lo más estúpido y dañino eso? Las malas noticias pesan como si nos sintiéramos culpables de sus perjuicios, y las conversaciones dolorosas nos dejan el sabor de haber sido torturadores nosotros mismos; aun cuando sea muchas veces bien visible que tales malestares están infundados. Todo mundo sabe que hay sufrimientos necesarios, pesares dignos y dolores que fortalecen. El hecho es que saber todas estas cosas muchas veces no basta.

Así como no podemos fingir juventud a los 70, es igualmente ridícula la ficción del débil que oculta lo que se debe hablar. Muchas veces decimos que “nos mentimos a nosotros mismos”, pero eso no es posible. Sabemos que lo que pensamos somos nosotros mismos, pero del temor por hacerlo manifiesto nos volvemos dramaturgos y actores de nuestras escenas. Parece que nos mentimos porque la trama nos obliga a hacer como si nada hubiera cambiado, y es necesidad que lo que antes estuvo bien continúe viéndose así en favor de nuestra mueca; pero es insípido nuestro montaje porque no queremos la escena, queremos la vida. La carencia aquí no es nimia, falta esa gran fortaleza que se requiere para aceptar que lo que hay que decir es igual que lo que son las cosas, y que al mal tiempo habrá que darle la cara. Es necio quien cree que salva lo perdido fingiéndolo. Una sonrisa no es la forma del rostro, es el rostro mismo del hombre alegre. Este dichoso no tiene una sonrisa, él es sonriente. La boca que levanta por los lados del débil que no dice lo que tiene que decir, es sólo una mueca.

Salud del alma.

Salud del alma.

¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y lo embriagues, para que olvide yo mis males y me abrace a mi único bien, que eres tú?
Agustín. Confesiones I, V.

Ausencia de Dios significa enfermedad en el alma, y ésta se aprecia en la miseria de los actos que lleva a cabo el enfermo. Quien no deja que Dios gobierne en su corazón actúa con miras hacia lo bueno, entendiendo por bueno lo que no necesariamente es lo mejor, pues la luz que lo guía para hacer determinadas cosas emana de la valoración extrema del poder del individuo, valoración que le impide ser consciente de sus propios límites.

El enfermo del alma, procura satisfacer al origen de la luz que guía sus actos, es decir, sólo se procura a sí mismo, de modo que no le importa contagiar a otros con la vileza de espíritu que le caracteriza, es incapaz de amar, y lo único que genera con sus actos es injusticia y la violencia que de ella se desprende.

Considerando que la violencia se genera en la miseria del alma, y que la violencia genera más violencia, tal parece que el único remedio para sanar a un conjunto de almas enfermas, como una comunidad asediada por el terror de las heridas abiertas, es la búsqueda de la divinidad abandonada, la cual parece del todo imposible cuando ya no existe la fe que sustente dicha búsqueda.

Por desgracia para nosotros, hombres sin fe, sólo Dios es tan misericordioso como para sanar a un alma enferma, es decir, sólo él es capaz de traer la miseria del corazón enfermo hacia su corazón mismo, y hacia el corazón de aquellos que han  sido tocados por la miseria de quien, enfermo, actúa afectando a los otros y a sí mismo. Sólo la presencia de Dios trae consigo el perdón que tanta falta hace a quien necesita perdonar, además de que impide que la miseria que vacía al corazón enfermo vacíe más corazones.

Por desgracia para nosotros, hombres sin fe, sólo la presencia de Dios sana a quienes actúan miserablemente y a quienes de manera dolorosa son tocados por la privación de Dios que impera en el corazón de quien hiere a los otros.

Por desgracia para nosotros, ahora no somos más que hombres sin fe…

 

Maigo.

Meditación sobre la violencia (5a. de 6 partes)

(Viene de la cuarta parte)

 

Alfonso Reyes, a E.G.M.

El alma en soledad está indefensa,

la ruta desconoce todavía:

todavía me pierdo en tan inmensa

desolación y en la quietud tan fría.

Amanezco a cantar, y la suspensa

canción se ahoga como en agonía:

yo no sabía que el dolor dispensa

de cantar y llorar, no lo sabía.

Si ayer me hacían las palabras fiesta,

y el ruido de la gente, compañía,

hoy pregunto sin voz, y no hay respuesta.

Enrique, pon tu mano con la mía.

Tú dijiste: ‒Callar, la ley es ésta.

¡Cuánta razón tu corazón tenía!

Estamos ante un poema compuesto por Reyes para Enrique González Martínez, a razón de la muerte del hijo del segundo. A primera vista queda claro que estamos ante un soneto con rima regular. Formalmente, además, llaman la atención sus encabalgamientos: “inmensa desolación”, “suspensa canción” y “dispensa de cantar y llorar”; pues los dos primeros mantienen un esquema rítmico no respetado por el tercero, lo que ha de situar nuestra atención en ese cambio de ritmo, pues al parecer algo hace el “dolor” en el poema que lo modifica completamente. Sigamos los versos.

         “El alma en soledad está indefensa”. Verso que nada nos dice en tanto no preguntemos de qué está sola el alma, o indefensa ante qué. El alma está sola porque ninguna otra alma la acompaña en la indefensa situación en que se encuentra. ¿Cuál indefensión? La de quien no encuentra camino. La ruta se ha perdido y el poeta explica por qué, de ahí el uso de los dos puntos: algo lo ha desolado tan profundamente que ni en los momentos en que regularmente creyese salir del pasmo ha podido salir, al contrario, ha permanecido desolado en una quietud fría. La quietud fría no es un ocio cualquiera, no es que nada quede por hacer, sino que señala aquella situación en la que atónitos miramos lo que no podemos creer sin que la siempre persuasiva realidad pueda convencernos. El poeta está desolado por un pasmo terrible, como a quien no calienta ni el sol, y ante la desolación está indefenso. No está en las manos del poeta salir de la desolación.

         “Amanezco a cantar”, dice el poeta. De alguna manera el inicio del verso sería un alegre anuncio de la mañana que por fin llega, como si ahora ya pudiese salir de la desolación. Sin embargo, el primer encabalgamiento es elocuente: la alegre mañana que comienza a cantar se ahoga agónica. Agonía es lucha, encuentro de contrarios: la alegría se ensombrece ante la tristeza de la desolación original. Retractado, el poeta reconoce “yo no sabía que el dolor dispensa de cantar y llorar”. El dolor ahoga la alegría al tiempo que ahoga las lágrimas mismas. La desolación, la indefensión, nacen del dolor, de un dolor tan grande que ni llorar, ni lamentarse cantando, es posible. Dolor que todo lo ahoga, dolor que todo se lleva, dolor que todo lo cubre, dolor de muerte. El poeta, como nosotros, no sabía todo eso del dolor.

         Don Alfonso compara su vida cotidiana con las letras, la fiesta poética que es el caer de los días de la vida de los hombres armoniosos, con la desolación de la vida marcada por el dolor; la algarabía tumultuosa de los chismorreos usuales, el jocoso sentimiento de compañía en las palabras de todos los días, con la indefensión solitaria del dolido. El dolor nos arranca de la fiesta de la vida y nos arrincona en la suspirante soledad del pesar. El poeta pregunta sin voz, porque sólo piensa, nada puede hacer para preguntar; y pensando, no encuentra respuestas, perdido en el dolor se pierde todo sentido.

         Al final, el poeta sólo encuentra un camino para soportar el dolor: pide al dolido amigo su tierna compañía. Amistad que contempla el dolor en el silencio, amistad que se hace fuerte para superar la desolación, amistad que calla admirada de descubrir que al final el corazón guardaba razones, o bien que el sentimiento es racional, vital y verdadero.

         Dos enseñanzas del poeta: primero, que sólo la compañía amistosa nos permite superar el pasmo ante la muerte; segundo, que más allá de las razones, la superación se inicia en el corazón.

Námaste Heptákis

 

Ejecutómetro 2011: 5784 ejecutados hasta el 7 de junio.

 

Ideas en marcha: Comparto algunas ideas notables de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad.

“Si no nos servimos, si no nos amamos, si protegemos intereses, si el punto fundamental de la vida como lo han planteado tanto los políticos como los criminales es el poder por el poder y el haiga sido como haiga sido, y el dinero a costa de lo que sea, vamos a perder nuestra dignidad”. Javier Sicilia, 4 de junio.

“La violencia empieza con las mentadas de madre […] No hay que golpear al hombre malo, hay que golpear al mal”. Javier Sicilia, 5 de junio.

“Los pacíficos no tienen más patria que sus muertos y más futuro que sus hijos”. Organizador zacatecano de la caravana, 6 de junio.

“¿Dónde estaba el miedo anoche? La guerra se fue a dormir durante algunas horas. Al dolor ya le podemos agregar alegría”. Julián Le Barón, 8 de junio.

“Cuando el cansancio llega al corazón, la voluntad queda paralizada. Pero más allá del cansancio, hay que emprender el camino con un paso nuevo. No hay triunfo sin renuncia”. Norma Ledezma, madre de una de las jóvenes (16 años) ejecutadas en la protesta de la calle Aldama, Chihuahua. 9 de junio.

Coletilla: El pasado lunes fue beatificado don Juan de Palafox y Mendoza, de quien suelo recordar los siguientes versos:

¿Para qué quieres tener

si todo lo has de perder?

No tienes lo que retienes

sino cuando lo haces bienes;

pero entonces lo tendrás,

cuando lo repartirás.

Huyo hacia el este y

Fugándome del mundo

Vuelvo a tu nombre

gracias

Éste quiere ser un post serio, como los subsiguientes. Éste es el nuevo aviso.

La cigarra