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Cambio de Opinión

Los adultos dan la cara por lo que dicen y por lo que hacen. Ser capaz de dar una respuesta a lo que sea que se pregunte sobre los hechos y sobre los dichos es mínimamente lo que uno espera de alguien serio, y es en ellos en quienes más se confía porque tenemos el hábito de notar la “entereza” como signo de buena disposición. Puede ser que haya más de una razón para esto. Se me ocurre por lo pronto que quien tiene palabra la mantiene como reflejo de que él mismo se mantiene, y por ser más regular que quien es descuidado, resulta natural que esperemos de él lo que hará: lo que dice que va a hacer, o lo que siempre hace.

Esto quiere decir una de dos cosas: o que es falso el dicho popular de que “es de sabios cambiar de opinión”, o que tenemos en muy baja estima este cambio. Como dijo ya hace mucho tiempo un hombre que cuidaba su manera de hablar, y como repitieron muchos después de él, afirmar no sólo es decir que algo sí es algo. Afirmar es una acción, y el movimiento en que consiste es -como indica su nombre- hacer que algo se vuelva firme. Tendríamos por necio a quien pensara que el perico afirma, y no que repite afirmaciones. ¿Pero qué cosa se vuelve firme y en dónde? La opinión se vuelve firme en el pensamiento, porque se afirma lo que se piensa. La diferencia entre una y otra manera de entender el viejo dicho es notoria cuando en efecto se tiene una opinión, pues quien repite lo que escucha sin pensarlo no afirma nada, y no tiene opinión. Es de sabios cambiar de opinión porque ésta no siempre es verdadera, pero quien puede cambiarla es porque de hecho la había ya afirmado y ahora nota por qué estaba en un error al comunicarla. Es responsable quien puede responder por sus actos y opiniones, y es responsable también quien está abierto a que le demuestren que está equivocado.

La apertura al error es, sin embargo, cosa mucho más complicada que la que dejaría ver un esquema a blanco y negro en el que las cosas o bien son, o bien no son. El ser se dice de muchas maneras, dijo alguien más. Cuando quien habla solamente repite lo que “pasa” o “lo que es”, sin tener opinión ni juicio sobre lo que pasa y sobre lo que es, no hace nada distinto de alguien que repitiera como loro las tablas de multiplicar. Cuando se habla sobre la situación del país, por ejemplo, o cuando se habla sobre el carácter de la mayoría de la gente y sus costumbres, no se puede relatar sin juicio como si hubiera un estado puro ajeno a nosotros al que el historiador tiene mágico acceso. “¡Las cosas como son!” gritan muchos sin pensar que todos tenemos que preguntarnos todo el tiempo cómo son. Quien escandalosamente habla sobre las tragedias y el horror del presente, y al doble se altera proyectando las calamidades futuras; y más, que censura a quien habla de lo mejor por ser un “ingenuo” que no alcanza a ver cómo son las cosas; éste es incluso más ingenuo, pues piensa que existen los eventos en su mundo y, apartado pero observando, él que habla de ellos desde el suyo, ambos puros y sin afecciones del otro. Peor aún, quien así habla es un irresponsable, pues fácilmente confunde a quien escucha haciéndolo creer que las cosas que son sólo tienen un modo de ser. Quien así habla supone que la enfermedad sólo es enfermedad, y no que también nos deja ver por contraste la salud. No por ser responsable es alguien sabio, pero está en mejor disposición para aprender. Aprendemos de ese dicho que sería mucho esperar que los irresponsables cambiaran su modo de hablar, pues después de la catástrofe difícilmente darán la cara por lo que dijeron. Después de todo, ellos “¿qué responsabilidad tienen de lo que pasa si sólo nos informaron de ello?”. Mejor nos hará a nosotros que vivimos entre el escándalo, escuchar con atención a los que hablaron sobre las cosas importantes con la disposición de percatarse del error en la calma, y responder por él.

Anécdotas de Hechos Verdaderos

Me ha sucedido en muchas ocasiones que, conversando con alguien, me doy cuenta de que con mucho ímpetu intentamos persuadir al otro de que estamos diciendo la verdad sobre lo que hablamos. Lo hacemos de montones de modos, y muchos de ellos hasta son inmencionables por lo sutiles; pero con gestos, con movimientos de manos y de cejas, con aclaraciones aparentemente vacuas, asentimientos y demás, en esas ocasiones nos aseguramos de que el otro acepte visiblemente que nos cree lo que decimos. Cuando alguien nos muestra incredulidad, hasta resulta molesto. Cuando nos dice de frente que lo que decimos es falso, o es mentira, la molestia nos inclina desde a indignarnos hasta a quebrar la conversación allí donde esté, violentamente.

La pretensión de decir lo que es verdadero, sin embargo, nunca ha sido en las conversaciones casuales (no en las mías, por lo menos) idéntico a “relatar los hechos”, y lo digo como lo diría un noticiero. Pensamos que sí existe tal cosa como los hechos porque vivimos rodeados de los medios de comunicación que pregonan interminablemente un caudal de halagos a sí mismos, casi todos ellos enraizados en la creencia de que tienen la capacidad de darnos un recuento de lo que sucedió con veracidad, con confianza paralela a la que siente el matemático frente a sus demostraciones aritméticas. Nos hacen creer que detrás de sus vestimentas de reporteros hay científicos escondidos, y luego nos hacen creer que eso es suficiente para que dejemos de dudar de que nos están diciendo todo cuanto fue como fue. Y no solamente en la televisión, también en el radio y los periódicos.

¿Y tenemos tanta claridad sobre qué cosas pasaron cuando pasan? Yo, francamente, tengo mis dudas. Pues tan pronto comenzamos a decir lo que vimos, ya estamos inmersos en el relato que nos incluye y en nuestra propia comprensión de lo que es importante de lo que relatamos (y lo que no es importante y que omitimos). Tenemos que elegir qué decir, y tenemos que elegir dónde empezar a contar, y qué causó lo que vamos a decir. En general no podemos contar lo que sucedió antes de armar bien nuestro cuento. Vestir a un testigo de traje, darle un micrófono, poner su nombre debajo de la pantalla y enseñarlo a hablar como robot no hace más que sazonar el espectáculo del cientificismo vano que tanto celebramos (hasta en los ridículos anuncios de rastrillos). La sazón y los adornos se amontonan al grado de hacer la faramalla escandalosa y con el ruido se nos olvida que frente a nosotros no hay un experto en los hechos, sino un sujeto contándonos una anécdota. A los extremistas que en todos lados leen extremistas les recuerdo: con esto no niego que haya plenas mentiras y también francas confesiones. Más bien, recordando yo mismo qué es escuchar una anécdota y qué es contar alguna, me doy cuenta de que la pretensión por la verdad en la conversación no es un deseo por la cientificidad.

Buscamos que el conversador nos diga la verdad, y cuando platicamos amistosamente lo normal es que nosotros queramos también decirla; pero lo que se nos habla no puede ser exactamente lo que las palabras nombran, pues el discurso es en el tiempo y muestra por partes lo que en la naturaleza yace completo. Queremos decir bien logrando que se entienda por qué nuestros nombres son las cosas, y al mismo tiempo no son las cosas, que nombran. La imagen de lo que nos muestra la charla, el hecho, el evento o simplemente la idea que quiere decirnos, nos la hacemos comprendiendo que en la palabra se da la verdad, pero se da humanamente. Esto pensaba mientras intentaba atender mi propio ímpetu por persuadir de la verdad en la conversación; mas ahora que lo escribo me doy cuenta de que bien distinto es tratar de redactar persuasivamente sobre estos asuntos que hacerlo frente a alguien que responde y que con su voz y su mirada puede decirle inmediatamente a uno qué es lo que están pensando ambos; creo que acaso dicho muy obscuramente, pero dicho al fin, a eso me refiero cuando hablo de que se da la verdad humanamente en la conversación.

Para demostrar que no queda la más remota esperanza, se

detiene en un cruce muy transitado y se queda en calzoncillos.

Realiza una pequeña danza, se para de manos, enseña el trasero

a los coches que pasan, y como nadie le presta la menor atención,

vuelve a vestirse con desánimo y se aleja arrastrando los pies.

(El libro de las ilusiones)

 

El hombre es el animal político por naturaleza, dicen unos. Y es político porque, lo quiera o no, está en relación con otros como él. Es político porque comparte el mundo y la lengua con los demás hombres. ¿Qué relación existe entre la lengua y el mundo? ¿Y entre estos dos y el hombre? ¿En efecto están relacionados? Dicen aquellos que eso dicen que es algo evidente e innegable, que es algo que se puede ver con claridad sólo con que pongamos atención a la realidad que nos rodea sin prejuicios. Sin embargo, ¿y si esa supuesta realidad que nos rodea, que por cierto se atreven a llamar naturaleza, no es otra cosa que el mayor de los prejuicios que un hombre puede tener? ¿Cómo se ha de sostener aquel que ha fundado su vida cotidiana y su manera de entenderla, así como a todo lo demás que quizás no le es tan cotidiano, en la noción de eso que ahora oso (de osar) llamar prejuicio? Seguramente no lo podrá hacer. De hecho es imposible asumir que la noción de naturaleza, la más clara que puede haber,[1] es falsa y es que ¿quién en su sano juicio se atrevería a negar que haya naturaleza, pues nota que la hay? La respuesta es nadie, por supuesto.

Si el carácter de político, propio de ese animal que somos todos, es natural a ése, el hombre, entonces ponerlo en duda sería algo así como poner en duda al hombre mismo, lo cual es impensable: no podemos negar al hombre, pues somos hombres, y no nos interesa si los cerdos se atreven a hacerlo, igual nos los vamos a comer.

Una interrogante que puede surgir, empero, es la que sigue: y si alguien se atreve a negar a la naturaleza, a negar lo político del hombre, negar su lengua y negarlo a él mismo y a su mundo, entonces ¿qué es ese que se atreve a negarlo? ¿Será un hombre pretendiendo no ser un hombre? ¿Eso es posible? ¿Y qué pretende ser ese hombre que niega al hombre? Dirán los primeros que pretende ser o dios o máquina, pero ¿qué no el hombre creo tanto a dios como a la máquina? Entonces el hombre pretende ser algo creado por el hombre mismo al negar al hombre. ¿Qué es todo esto? ¿Cómo salir de un aprieto tal?

Quizás ese no es un aprieto, después de todo. El hombre que niega al hombre, ciertamente puede pretenderse una creación del hombre, ya dios ya máquina, y no está cayendo en ninguna contradicción ni círculo vicioso, pues el hecho de que el hombre fuese negado desde el principio de la duda no implicaba necesariamente que se negase tanto a dios como a la máquina al mismo tiempo. Es probable que tanto dios como la máquina no sean creaciones del hombre. En ese sentido, es claro que el círculo no es círculo. ¿Será cuadrado? No es probable.

Dejando las necedades de lado, lo que de verdad quiero decir aquí es que, si los sabios dicen que el hombre es el animal político, entonces lo más seguro es que así sea. ¿Por qué no confiamos todos en ellos, que tantas cosas verosímiles nos cuentan cuando dicen que reflexionan en torno al mundo, al ser o a lo que ellos quieran? ¿Qué importa si alguno de los otros puede imaginarse que la naturaleza no es naturaleza, tal como ellos dicen? Si obviamente no podemos compararnos con ellos, que se han dedicado tanto tiempo a ejercitar las dos principales características del hombre: la razón y la política. Es claro que no podemos compararnos con ellos. Hemos de creerles, pues, y aceptar todo lo que, en su sapiencia, nos dicen. Pero, si ya hemos aceptado que el hombre es político por naturaleza gracias a su lengua y a su mundo, que comparte con sus semejantes, y aceptamos que la lengua, más allá del pedazo de carne que tenemos en la boca, es una manifestación de la razón (en tanto es palabra y lenguaje, expresión y comunicación), y los sabios son quienes la ejercitan de mejor manera junto con la política, entonces no hay nada más cierto que la naturaleza política del hombre; pero no todos aquellos están de acuerdo con eso, pues hay algunos de ellos que se empecinan en decir que la política es accidental, al ser el hombre fundamentalmente criatura individual, hecha o no a la imagen y semejanza de dios (o de Dios); entonces ¿a quién le hemos de creer? ¿A unos o a otros? Seguramente, ambos grupos nos dirán, en su afán por no parecer déspotas e injustos, que hemos de decidir con nuestras propias luces, o más que decidir, que hemos de ver por nosotros mismos lo que en verdad es, lo que unos dicen o lo que los otros. Que no debemos creer en lo que dice nadie, sino ver si lo que dicen es verdad, de lo que seguiría que lo que los otros dicen es mentira. Pero si los demás tenemos las luces para ver cuál de los dos grupos dice la verdad, ¿qué nos asegura que no nos percataremos de que ninguno de los dos bandos la dice? ¿Acaso se nos concederá que podemos tener razón? Parece inverosímil que alguno de los dos bandos lo concediera, a menos que no estén diciendo la verdad desde el principio, por lo menos no completa, tal cual parece que lo aseguran. Otra posibilidad es que haya alguien más que nos escuche y sea o no convencido por nuestro discurso, con lo que ya seríamos tres bandos, no dos. Con ello, la disputa se agrandaría cada vez más hasta llegar a la conclusión, hermosa conclusión, de que todos los discursos son igualmente verdaderos. Todos valen lo mismo pues son modos de ver, son visiones del mundo, o perspectivas.[2] Pero entonces resultaría que, desde el principio nadie está realmente peleado con nadie. Unos y otros dicen verdad. Nosotros también decimos verdad. ¡Y todos vivimos juntos y felices! No importa que existan multitudes de discursos, de interpretaciones o de nociones del hombre, del mundo, de la lengua, de lo político del hombre, de lo individual del hombre. No importa siquiera que sean contrarios entre sí ni que se descalifiquen aparentemente. Nadie es refutado ni descalificado en realidad. Los que piensen que sí, son personas que requieren ser educadas, llevadas al buen camino, para ser parte del todo que todos queremos ser.

No importa dios, no importa la máquina, no importa nada, pues todo es creado por el hombre, o por algo más, o autocreado. No importa. El hecho es que aquí estamos todos, dioses, máquinas y hombres, y lo mejor es vivir bien todos, ¡felices todos!


[1] Existe otro tipo de personas que sostiene otra cosa, que la noción más clara que podemos, los seres humanos pensantes, racionales, es la de nosotros mismos, pues nos preguntamos cosas y pensamos en ellas y vemos que pensamos en ellas y las vemos a ellas mismas; todo lo cual nos conduce al reconocimiento de que esa es la primera y más clara noción que podemos tener.

[2] Horizontes interpretativos dirían algunos.

 

Palabrerismos

Para concluir con lo acordado ya hace tres entradas, esta ocasión intentaré abundar en el problema de la verdad como palabra. Aclaro que en este escrito entenderé por palabra, a propósito de verdad, no sólo aquellos segmentos fonéticos ligados por el acento, el significado y las pausas potenciales de un discurso textual sino, al tiempo, los mismos elementos orales. Creo que esta cuestión será la más complicada de las que he pretendido abordar por los miles de problemas que se le atañen de facto al lenguaje mismo –pensaba en arbitrariedad y convencionalidad– de modo que decir de verdad por medio de la palabra es ya un asunto penoso.

Cercando esta verdad, aventuraría a sostener que es otro tipo de convención, ahora entre lo que se mienta en el habla y lo que se tiene en el pensamiento acerca de. Por lo que en sentido estricto el problema debe ir más allá de las palabras y se deberá concentrar también en si lo que se tiene en el pensamiento es verdadero –o en qué sentido lo es, con base en qué exactamente– y qué tan marcado es el trecho entre lo pensado y lo dicho. Siendo así, los problemas son notorios, ensayaré a continuación anotar los más.

  1. La verdad debe ser anunciada.  Al ser una verdad con relación  explícita a la divulgación –en tanto palabra– de, presupone de facto ésta misma necesidad. Todo lo que se halle en el simple pensamiento, por más que sea verdadero acorde con otras teorías no podrá ser dicho verdad sino hasta que sea expresado. La verdad puede –debe incluso– proferirse. No existe la verdad inalcanzable mediante la palabra, no hay lo indecible. La verdad se dice, y esto se hace sin más. Para esta teoría, quién sabe si lo que no se dice -lo que no puede ser dicho, pues- sea verdadero o sea, sencillamente.
  2. La verdad dicha en concordancia a lo pensado. La verdad parece inclinarse más del lado de empate entre el pensamiento y lo que se dice de él, que de la adecuación de las cosas reales –comprobables con el hecho mismo– con lo dicho o lo pensando incluso. De ser así, puede tergiversarse a grado tal, de tener por cierto sólo aquellos enunciados correctamente conjugados y que se sostengan con base en una premisa o en un conjunto coherente de éstas.  
  3. Palabras como posibilidad de agotar la descripción de la cosa. En otras palabras, el ya mencionado trecho entre lo que se concibe en el interior del sujeto y lo dicho. Me parece que se tiene por cierto que lo que se comunique de cualquier cosa da cuenta cabal e idénticamente de esa cosa. No es que esté en desacuerdo con dicha postura, pero habríamos de pensarle un poco más a esta visión, pues el lenguaje natural con sus muchas “interpretaciones”, “posibilidades”, “tropos” y demás cosas por el estilo, puede tornarse voluble, contingente y azaroso –aunque claro que la realidad misma se encuentra a veces así–. Además se tenía que aceptar comunidad entre los parlantes, como condición de posibilidad de esta clase de verdad. 
  4. Equiparación del contenido con lo mentado. Ya que se sabe que la verdad se dice, parece aceptarse la postura de que lo dicho remite a algo y a algo verdadero. Creo que esta teoría de la verdad soslaya el asunto de la mentira o la falsedad.

Los problemas de esta verdad quizá rebasen lo aquí anotado, simplemente se debe primero atender a los problemas del lenguaje mismo. No me persuade que la verdad pueda ser dicha de este modo, es decir –a diferencia de lo verdadero– que pueda ser dicha. La Verdad,  no como petición de principio sino como certeza apodíctica, no se agota con la sola palabra en cualesquiera de las virtudes de ésta.

Concluyo, con esta entrada, mi cándida –pero osada– investigación de la verdad o lo verdadero. No pretendí jamás agotar el tema, eso sería titánico y casi inhumano, sólo quise formular claros y más férreamente apetecí generar preguntas. Ahora sí, aclarados pero dubitativos continuemos la intrincada senda que nos habrá de llevar, si la Diosa así lo quiere, a la región divina  de la Verdad.

La cigarra

Intelectualismos

Como lo he anunciado con antelación, en esta entrada referiré a la verdad intelectualista –por llamarla de cierto modo– y a lo que a ella compete. La que entiendo por verdad intelectualista es aquella que han denominado como la adecuación entre lo pensado (lo que se tiene en el pensamiento) y la realidad propiamente.  Siendo laxos con la interpretación, y de acuerdo a lo que ya he sostenido, esta verdad también puede ser reducida a una conciliación entre dos cosas, claro que en este sentido de verdad deberá haber un ajuste más trabajado y mucho más peligroso, pensando en que la cuestión de lo pensado de facto evoca muchas complicaciones. Para la verdad de la que ahora hablamos he encontrado más fácil escribir refutaciones antes que alguna defensa o algún razonamiento que la sostenga con firmeza. Creo, pues, que lo primero que salta a la vista luego de bosquejar una teoría de esta clase, son los muchos inconvenientes que ella traería. En seguida tengo a bien señalarlos.

  1. El pensamiento de lo verdadero debe corresponderse con la realidad. Menudo problema. Parece irresoluble qué sería primero a qué, es decir,  qué se vería sujeto a qué, si la realidad al pensamiento (lo cual acabaría en un triste e injustificado solipsismo) o el pensamiento a la realidad (lo cual acabaría en un desfachatado modo empírico de sostener la verdad) Si nos parece que el mundo verdadero sólo lo es si lo he pensado primero se cancelaría la posibilidad de un mundo independiente del sujeto que lo concibe y de lo contrario quién sabe cuán certera sea la captación de eso que es el mundo de afuera.
  2. Posibilidad de una suerte de innatismo o ideas antecedidas a la experiencia. De lo anterior se sigue que, si la construcción en el pensamiento o conocimiento del mundo se basa en el mismo mundo, todo lo inteligible será necesaria y universalmente verdadero.
  3. Soslaya el asunto del lenguaje. Parece que no da cuenta –o al menos exenta el problema– más allá del pensamiento mismo. Si el lenguaje es la expresión del pensamiento y se quiere expresar la verdad que ahora se concibe en mente, no parece resolver claramente cómo ha de hacerse esto o si es posible llanamente hacerlo. Incluso, me atrevería a mirar, que al ser una teoría evocada a la adecuación del pensamiento netamente, no se podría dar cuenta de lo que se tiene por verdadero, pues a su vez cada individuo debería realizar el ejercicio de pensar en lo verdadero.
  4. Discrepancia entre pensamientos. Si cada individuo piensa de un modo particular tal, no se hallaría concordancia entre realidades,  contrariedad que nos devuelve al primer punto, pues la edificación solipsista del mundo resultaría ineludible.

La verdad que ahora nos atañe, crea dificultades mucho más serias que la que cree resolver cuando sostiene que ésta se debe corresponder tan solo con el pensamiento, pues carga de facto problemas hermenéuticos, semánticos, lingüísticos e incluso políticos.  No sé qué sostendría dicha teoría, me recuerda un poco –que alguien me desdiga de lo contrario- a la intuición fenomenológica, si se tiene alguna intuición de algo se tiene y ya; supongo que la verdad intelectualista apela a que el sujeto concibe una verdad y con ello se contenta, poseyéndola simplemente en su pensamiento. Cierto es que parece una fórmula aceptable, pues la adecuación de lo externo con lo interno fácilmente podría asirse como verdadero. Sin embargo, tampoco creo que dicha significación alcance a develar a la Verdad.

La cigarra

He estado pensando mucho últimamente. He estado pensando más de lo que me gustaría, si he de ser sincero conmigo mismo. Y es que ¿cuál ha sido el motivo de mis pensamientos? El motivo de mis pensamientos ha sido el motivo de los pensamientos en general, cotidianamente. ¿Por qué pensamos? ¿Para qué pensamos? ¿Pensamos? ¿Pensamos que pensamos? Me atrevo a decir que sólo la respuesta a la última de estas cuatro preguntas puede ser respondida con claridad: sí, pensamos que pensamos. Mejor sería decir: creemos que pensamos o asumimos que pensamos; que nosotros sí pensamos,[1] a diferencia de la mayoría de los pobres diablos que no reparan en las cosas importantes que deben ser pensadas por nosotros, los animales pensantes que se supone que somos, en vez de sumirnos en vacuidades como aquéllos. Y ese es un gran problema. Pensamos que pensamos y que, por el hecho de hacerlo[2] somos mejores que el resto de las personas que habitan este mundo o que simplemente se encuentran en él. Pensamos que pensamos, eso es seguro. Y, sin proponérnoslo explícitamente, al pensar que pensamos, damos respuesta a las otras tres preguntas de las cuatro planteadas.

Sí. Sí pensamos, en respuesta a la tercera de las cuatro preguntas (¿pensamos?). Pensamos porque somos los entes que piensan, o por lo menos porque nos sentimos dignos de ser esos entes que piensan, en respuesta a la primera de las cuatro preguntas (¿por qué pensamos?). Para qué pensemos, eso sí tiene tantas respuestas diferentes como modos de ser distintos de los hombres existen. Pero creo que ninguna de esas respuestas satisfacen mi inquietud por el motivo de los pensamientos que ha sido el motivo de mis pensamientos últimamente.

Yo no creo que haya alguna clase de dignidad en el pensar que me ha estado ocupando; o por lo menos no una mayor o más grandiosa que la que tienen otros modos humanos de actuar. Y es que me doy cuenta de lo que se puede hacer al pensar (o a causa del pensar). Hay quienes deciden escaparse de la vida con el pensamiento, a torres de marfil construidas por ellos, lejos de todo. Eso no sé si sea digno, pero no me parece lo más adecuado en un mundo como el nuestro. Hay quienes deciden que nadie que no piense en aquello que ellos piensan, o en algo muy parecido, puede ser considerado semejante a ellos, con lo que terminan aislándose de todos y de todo. Estos no me parecen tan dignos como a veces se jactan de ser. Hay quienes creen, por otra parte, o más bien saben, que pensando se entregan al asunto más importante de todos, debido a la universalidad y a la importancia vital que caracteriza a tal asunto y que lo subyace…

Yo les creo más a estos últimos, aunque por alguna razón, no puedo compartir completamente esa idea. Quisiera creer eso mismo que ellos saben, pues creo estar cierto de que ellos sí lo saben; pero no puedo creerlo yo también. Dirán que me cierro de antemano, como si quisiera fingir que no tengo ojos y que no puedo ver lo que está frente a mis narices. Quizás tengan razón, pero no creo. Y no lo creo porque el problema es que lo que me es más evidente, lo que se presenta con mayor premura ante mis ojos, es que he pensado demasiado y ya estoy agotado. Y estoy agotado porque es mentira que pensemos, aunque pensemos que pensamos. Y si asumo esa mentira, como lo que ella misma es, es decir una mentira, entonces nunca podré salir del agotamiento al que me conduce el pensar. Todo sería mejor, ciertamente, si pudiera creer que esa mentira no es mentira, pero nada me asegura que no sería el caso que terminara comportando como los escapistas o como los enajenados y soberbios que se creen superiores, despreciadores de todo lo que no es ellos. No puedo estar seguro de ello. Mejor será que deje de pensar para así descansar un poco. El problema es que no dejo de pensar que la raíz de todos los problemas se encuentra justamente en el pensar, pues no es cierto que pensemos, aunque creamos que pensamos.


[1] Quiénes seamos estos que pensamos, eso sí es un misterio, aunque creo que muy en el fondo tenemos una idea al respecto.

[2] Mejor sería, quizás decir, “llevarlo a cabo”, para quienes no gustan del término “hacer” para referir al “pensar”.

Convencionalismos

Siguiendo el camino que me he trazado desde la entrada anterior, ahora me toca hablar acerca de la verdad como convención. Ya decíamos en la entrega introductoria a este trabajo, que la verdad parecería un tema del que no habría mucho por discutir si se apela a una idea de verdad como correspondencia en cualquiera de sus miles de vertientes (adecuación, convención, entre otras) pues el asunto sólo radicará en: a qué y en qué sentido se habrá de adecuar lo adecuable –aunque eso de lo adecuable creo que en realidad ya representa otro problema–. Pero no acontece que sea tan simple llamar a algo verdadero.

En el caso específico de la verdad como convención, parece fácil enunciar que en tanto el acuerdo o convenio de algo permanezca vigente, se dice de ese algo: verdadero. Sin olvidar, empero, que lo dicho debe corresponderse fielmente a lo dicho con el fin de dar cuenta de ese algo verdadero y exentar el problema de quedarse en el lenguaje diciendo –fonéticamente– una no-verdad o diciendo mal una verdad, quitándole su propiedad de verdad a lo verdadero, pues queda lejos de expresar con franqueza lo que ha de decirse. Y aunque así es sencillo esbozarlo, comprenderlo  y aún verlo reflejado en la cotidianeidad, teniéndolo por correcto o viable;  no es igual de digerible al momento de enfrentarlo a un estudio más serio y formal. Dicha aprehensión de la verdad convencionada carga con algunos problemas, mismos que a continuación me propongo señalar.

  1. Dicha verdad se atiene a un contexto histórico, social, temporal, espacial y demás que la sostiene. Pues si concebimos que dicha concepción de la verdad se debe a un acuerdo de personas que han decidido tener algo por verdadero, no podrá ser entendido algo por verdadero sino sólo a través de la visión exacta de ese grupo de personas que lo ve de ese modo. La verdad queda a merced del tiempo, el lugar o los acuerdos de las personas y se convierte en algo evidentemente fabricado, a merced de los convenios antes que a las cosas estrictamente y explicado sólo en su ambiente.
  2. El convenio caduca. Si para ser válido lo manifestado de verdad se sujeta a un grupo de gente que necesariamente se ve afectado por lo ínfimo de su propia existencia y su necesaria corrupción, al extinguirse las personas desaparece igual el convenio y lo que se decía verdad; pues aunque posteriormente fuese estudiada o validada, pertenecerá a un nuevo escenario, por lo que no será posible completamente asirla o la verdad hallada después no será la misma verdad.
  3.  Lo sostenido por los menos no será posible tenerlo por verdadero. La verdad será de aquellos denominados la mayoría o, en el peor de los casos, de los poderosos. No se pondrá especial atención en qué será la realidad –problema aparte del cual ya hablaré– sino en qué dirá la mayoría que es verdadero. No queda explícitamente definido quién hará los convenios o con base en qué, lo cual soslaya además esta posibilidad de verdad. Por lo que, lo que profese un solo individuo de algo que considera verdadero será no-verdad hasta que otros más se sumen a su corriente y lo tengan por verdadero también.
  4. Parece que el acuerdo sólo está en el nombre de lo que será tenido por verdadero. Siguiendo ese sentido de verdad, ésta sólo se queda a nivel de lenguaje. El acuerdo o convenio de lo que es verdadero sólo radica en los nombres de las cosas, por lo que se queda todavía más acá, en el lenguaje nominal

Esta  acepción de verdad fundamenta cosas como: Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad o La vox populi siempre tiene razón, y no creo que tales razones agoten la posibilidad de verdad o de poder decir algo de verdadero. Bien es cierto que esta corriente sí funciona y sí provee cierto grado de certeza en la realidad, al hablar en el mundo se suele ser mundano. Empero, considero que ésta noción de verdad aún le queda pequeña a la Verdad.

La cigarra

de Verdad y verdades

El diccionario filosófico de Ferrater Mora distingue –esto sometido a un ejercicio hermenéutico propio– entre dos tipos de verdad principalmente: la Verdad como develamiento y la verdad como adecuación. La primera apela a lo que se ha entendido como Verdad por antonomasia, la Verdad mistérica, inefable e inasible a la que se puede acceder sólo medianamente a través de lo que tenemos por “verdadero” pero que en realidad es aparente. Me parece que la palabra griega aletheia explica de manera muy buena esta idea de Verdad. Y la segunda que siempre referirá a una adecuación de lo enunciado o lo pensado o lo actuado con la realidad. Ésta segunda noción es lo que podríamos tener por enunciado coherente, pensamiento verosímil o acto verdadero, solamente. Cualquier ejemplo que se pueda decir de verdad se quedará en este segundo nivel. De la Verdad muy poco se puede hablar, pues cualquier cosa que se diga no se aproximará más allá que cualquier otra verdad, pensando en ellas como partícipes de esta gran y primera Verdad. Sobre la segunda, aparte de las interrogantes evidentes como: qué es realidad o qué es enunciado, la segunda acepción no abriga muchos problemas para su comprensión, pues mientras se mantengan dentro de la convención y se tengan agudizados los sensibles, todos medianamente podrán acordar en qué podría ser denominado verdadero y qué no. Claro que esto no sucede así de fácil, la pregunta es: ¿por qué?

En las próximas entregas intentaré estudiar cada una de las posibilidades que hablan acerca de la verdad como convención, la verdad como intelecto y la verdad como palabra, todo en relación a lo que hemos entendido en la inmediatez de la cotidianeidad como realidad. Será una tarea ardua y sumamente peligrosa. Esta ocasión me siento algo osada, comenzaré mi camino oscuro e intricado, cifrando la verdad en pos a la Verdad. ¿Raro? Extrañamente creo que es a lo que todos –quizá hasta inconscientemente– aspiramos.

La cigarra

Mentira justa.

El habla es la diferencia específica que nos distingue como seres humanos, en todo el mundo no existe un ser capaz de articular mediante un discurso su comprensión del mundo, y esta capacidad es la que nos conduce a pensar en la posibilidad de que esa comprensión pueda ser compartida, es decir, que un hablante pueda hacer común, a otro definido regularmente como escucha, aquello que ve, siente y piensa respecto a lo que siente.

Si reflexionamos un poco sobre el habla, no podemos dejar de notar que ésta es muy escurridiza, no la podemos atrapar fácilmente, se nos escapa en cuanto tratamos de definirla de una manera clara y distinta, quizá porque ésta al igual que el ser también se dice de muchas maneras. Pero no es el caso que ahondemos en esos asuntos en estos momentos, porque mi propósito en esta ocasión es limitarme a un fenómeno del habla, la mentira.

Veamos pues qué es lo que hacemos cuando mentimos, a fin de aproximarnos a una articulación, aunque sea medianamente satisfactoria sobre la naturaleza de la mentira; con medianamente satisfactoria me refiero a por lo menos plantear los problemas que hay detrás del discurso que se pueda ofrecer en torno a la mentira.

Comencemos pues, por acercarnos al hecho de mentir, eso es algo tan humano que todos, a menos que seamos santos perfectos, o muy buenos hipócritas como para no reconocer lo que hacemos, hemos mentido alguna vez en la vida, ya sea para evitar algún problema o complicación, o por el simple gusto de engañar al otro, o a nosotros mismos cundo nos mentimos en un diálogo interno.

Para mentir, nos percatamos de que no podemos mentir sobre todo y no podemos mentir a todos, aquello sobre lo que hemos de mentir debe tener la posibilidad de mostrarse de dos maneras diferentes ante nosotros, por ejemplo podemos mentir sobre lo cálida o fría que se encuentre el agua contenida en una cubeta, o podemos mentir sobre hechos que pudieron ser de otra manera. En cambio, no podemos mentir respecto a lo que sólo puede ser de una manera, me refiero a los entes matemáticos, por muy buen mentiroso que sea el mentiroso, no podrá jamás convencer al que es versado en matemáticas que dos más dos son cinco y no cuatro.

La imposibilidad de mentir en la enunciación de los entes matemáticos nos muestra otro gran componente de la mentira, ésta no sólo depende de aquello sobre lo cual se ha de mentir, también depende de los conocimientos de aquellos a quienes se habla, cuando dos personas son versadas en matemáticas no pueden engañarse sobre el resultado de determinadas operaciones, la mentira no pertenece a este reino, cuando se enuncia algo que no es, hablamos de errores, en el reino de los números y sus propiedades se cometen errores, pero no se presentan jamás las mentiras; a menos claro que aquel que cree lo que dice el mentiroso no sea capaz de pensar matemáticamente, lo que supondría una terrible incapacidad para contar.

A pesar de la confianza que podríamos depositar en las matemáticas como aquellas que no nos dejarán mentir o que nos mientan cuando hablamos, no podemos negar que en el habla cotidiana sí se puede presentar la mentira, y la podemos encontrar a tal grado que inclusive podríamos decir que la mayor parte del tiempo vivimos en el malentendido, de ahí que se torne necesario el diálogo sobre aquellas cosas que consideramos importantes para no caer en errores que nos conduzcan a cometer injusticias y actos deleznables. De lo dicho hasta aquí bien podemos notar que la mentira pertenece al ámbito de la comunidad, y por ende a la vida política, pues es aquí donde se presenta la posibilidad de decir una cosa por otra, o que pueda interpretarse de diversas maneras, es decir, la mentira depende de la posibilidad de interpretar lo que ocurre en mí, lo que pasa a mi alrededor, o lo que otro me dice de diversas formas.

Al ser propia del ámbito de la comunidad, queda claro que sólo me puedo mentir cuando estoy dialogando conmigo, es decir cuando estoy pensando sobre algo que no me resulta del todo claro, por ejemplo la manera de juzgar mis últimos actos; cuando miento a otro, no sólo se debe a la falta de claridad respecto al modo de ser de una cosa, pues en este caso interviene el deseo de mantener oculto ese modo de ser, la experiencia cotidiana no me dejará mentir, en ocasiones hasta hablamos de mentiras piadosas, como aquella que mantiene la estabilidad del Estado perfecto pintado por Sócrates en la República.

Al acercarnos tanto a la mentira y notar que ésta puede ser calificada como piadosa, no podemos dejar de lado el problema que se nos viene encima, no resulta fácil percatarnos de lo bondadosa o nociva que sea ésta.

Lo que nos puede dar una luz respecto a este problema, es que el carácter de bondadosa o nociva depende de la valoración que se dé a la verdad, si ésta es insoportable, puede presentarse como nociva, los ojos de Edipo no soportaron el peso de la verdad; sin embargo, si tenemos a la verdad como buena para el alma, entonces la mentira necesariamente es nociva, en ese caso lo que le ocurre a Edipo es lo mejor que le pudo haber pasado, pues si bien se cae del pedestal en el que lo colocaba su soberbia, al saber la verdad sabe cómo es realmente, reconoce sus límites y actúa conforme a los mismos, evitando así cometer más injusticias.

De lo anterior podemos colegir que el juicio que podamos hacer sobre la bondad o maldad de la mentira, depende en última instancia sobre aquello que hayamos reflexionado respecto a la justicia, en especial sobre nuestro juicio sobre si es mejor o no la vida del justo.

Maigo.

El valor de la Palabra

A causa de mis diarios deberes suelo pasar por muchos lugares, y al hacerlo veo todo lo que los hombres y otras muchas criaturas acostumbran y necesitan, en ocasiones me encuentro con sucesos sorprendentes o dignos de ser contados, también me he encontrado con alguno que otro secreto vergonzoso, recuerdo una ocasión en que a causa de mi trabajo vi cómo una esposa deshonraba el tálamo de un amigo muy cercano a mí. Yo no tenía interés alguno en enterarme de tal cosa, fue a causa de mis deberes que lo supe, y por amor a mi amigo fui a comunicarle su desgracia, la cual acabó con la disolución de su matrimonio. En fin, eso no importa mucho que digamos, al menos a mí no me importa por el momento, para ser sincero me duele mucho más haber perdido a mi hijo como para ocuparme de todo lo que puedo ver a causa de mi trabajo, pues a él tengo vedado verlo.

Este dolor que tengo y que me lleva, quizá de la misma forma en que mi hijo fue llevado por ese carro que no pudo conducir, me acongoja sobremanera, me siento culpable por haber dejado en sus infantiles manos el mando de lo que no podría gobernar jamás. Me hubiera gustado tanto no permitir que cumpliera con el deber que sólo me correspondía a mí cumplir, pero ya no podía hacer nada, estaba obligado a dejarlo hacer su voluntad, aún cuando ésta fuera, por mucho, contraria a la mía.

Recuerdo que al día siguiente después de su pérdida, me levanté a trabajar sólo a causa de que no podía quedar mal con todos aquellos que esperaban que hiciera mi trabajo diario, de modo que sólo me quedan las noches para pensar y para curar poco a poco mi dolor. Sin embargo, hay algo que no me ha dejado en paz, que en lugar de ayudarme a dejar de sufrir me arrastra cada día más a sentirme culpable por la muerte de mi muchacho.

Cierto día, mientras avanzaba tranquilamente por la vía que debo recorrer en mi diaria jornada, escuché a un hombre que decía a otro: “No pierdes nada con prometer, puedes prometer el Sol, la Luna y las estrellas sin comprometerte a cumplir con ello. Prometer no empobrece, pues las palabras se las lleva el viento”. No voy a negar que lo dicho por ese hombre retumban aún hoy en mi cabeza, en cierto modo me parece increíble tanta desvergüenza, aunque también, en algunos momentos, me hacen desear no haber cumplido con la palabra empeñada a mi hijo.

Pero, si pienso bien las cosas, de no haber cumplido a mi hijo lo que le prometí, dejaría de ser lo que soy para convertirme en un mentiroso, mi palabra y mis promesas ya no valdrían nada, con qué cara hablaría ante los demás cuando me pidieran un consejo o cuando me preguntaran algo, pues ya nadie confiaría en lo dicho por mí. Mi hijo me era muy valioso, es verdad, pero de no haber cumplido con la palabra empeñada a Faetón, la luz que llevaría todos los días sería una luz falsa, llena de vergüenza e incapaz de mostrar que en realidad no todos los gatos son pardos, ya nadie creería en lo que hago o digo, y en lugar de curar causaría enfermedades sin fin.

A pesar de todo, es mejor que a los dioses nos sea vedado incumplir con lo prometido. ¡Ojalá los hombres se percaten de todo lo que pierden al prometer y dejar que sus promesas se las lleve el viento!

Maigo.

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