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“Eso es lo que se llama hablar.

Creo que ése es el término.

Cuando las palabras salen, vuelan por

el aire, viven un momento y mueren.

Extraño, ¿no?”

(Ciudad de Cristal)

Yo creí que todo iba a ser como era antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Un ambiente muy cordial nos acompañaría de nuevo, después de tantos días de no estar juntos; y es que yo creí que el volver a estar con él nos recordaría los días pasados, la amistad de antes, en la que no importaban las presunciones, la erudición ni las jactancias. Pero es que no contaba con el hecho fehaciente de que ya no somos los mismos de antes. De hecho comienzo a dudar de que alguna vez fuimos quienes decíamos y pensábamos que éramos, cuando creíamos que éramos; antes de saber que éramos (en cuyo caso ya no sé en qué pensaba cuando pensé que sería como antes). Y es que en eso de ser siempre es diferente el creer que el saber. A este último se le tiene en tanta estima, y a aquél se le ve tan mal. Yo no sé por qué, y la verdad no me interesa saberlo. ¡Ya estoy harto de que todos digan que saben todo! Me es indiferente que lo sepan o que no lo sepan. Al fin yo sólo sé que no sé, aunque sé que creo y que en esto de las creencias casi siempre estoy mal. (Y no es que presuma ser como ese antiguo personaje que decía que no sabía cuando era evidente para todos que sí sabía). Tampoco es el caso que yo finja que no sé lo que sí sé, pues todo el tiempo me echan en cara que no sé lo que digo como si lo supiera, aunque estoy seguro de que no lo sé. De esto sí estoy seguro, o al menos eso creo. La verdad es que eso no me importa. Me he dado cuenta de que no estoy aquí para saber, ni lo he estado nunca; a decir verdad (no le vayan a decir a ellos nunca) ninguno de nosotros lo estamos ni lo hemos estado. Pero eso ya no importa. Más bien creo que eso no importa. No me interesa que eso sea cierto o no lo sea.

En fin, yo creí que todo iba a ser como antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Pero un ambiente muy cordial no nos acompañó esta vez. ¿Para qué perder el tiempo diciendo lo obvio? Ya todos lo sabemos. A nadie le importa qué piense yo al respecto. Después de todo son sólo creencias, y esas no pueden ser verdaderas. El criterio para juzgar a las creencias no es el de la verdad y la falsedad. Honestamente, no estoy seguro que las creencias sean susceptibles de juicio, aunque sí estoy seguro de que siempre hubimos actuado como si sí. Ya no importa, y tampoco me interesa. ¿Para qué hablar al respecto? Pura vanidad.

Lo bueno es que no estoy hablando. Más bien todo lo estoy imaginando. Nadie se enterará de lo que imagino, aunque crean saber que sí se enteran por las palabras que ven escapar de mis dedos. ¿Quién lo hubiera dicho? Los dedos son ahora los que dejan salir a las palabras. ¡Y seguimos creyendo lo que ellas dicen! Pero es que, si no lo hiciéramos, todo estaría perdido para nosotros. Mejor dicho, para ellos. Para esos de nosotros que confían en los dedos, como antaño confiaban en la lengua, esa babosa que descansa (o no descansa) dentro de nuestras cavidades bucales (o en algún otro lugar).

Yo, por mi parte, no confío en mis dedos parlanchines. Por lo menos no mientras asumen su papel de parlanchines. Ese papel dado por nadie, sino impuesto por la ausencia de rostros. Esa ausencia que domina todo lo real de unos años para acá. ¡Maldita la hora en que nos dejamos seducir por el anonimato! Ahora nuestros dedos son los que hablan y nadie hay que pueda escucharlos. ¡Pobres dedos! ¡Ingenuos! Ingenuos como nosotros lo somos. Y es que tan sólo de pensar que me estén poniendo atención, como siempre lo hacen. Como piensan que saben que lo hacen, sin hacerlo ni saber que lo hacen realmente. Ya me imagino la expresión en sus rostros, antaño amigables, según mi creencia. Honestamente, lamento no estar allí, para verlos, pero eso es imposible, pues no nos hemos visto desde hace millones de segundos. Segundos que abarcan todo ese espacio infinito que llamamos tiempo por ignorancia. Segundos perdidos. Segundos desperdiciados. Segundos sin importancia. Y son irrelevantes porque los relevantes son los primeros. ¡De los segundos nadie nunca se acuerda! A pesar de que tantos y tantos segundos nos terminan agobiando. Lo bueno es que agobian a los que saben, o a los que dicen que saben; no a los que creen. Y yo creo que creo. Eso no es necedad, por cierto. No vayan a pensar que sólo hablo por hablar. Mucho menos vayan a querer llevarme a una cadena infinito de creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias y así sucesivamente. No vayan a intentar eso, porque los necios serían otros. No yo.

Pero bueno… ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! En que yo creí que todo iba a ser como era antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Yo creí eso, y eso no fue. Sin embargo, no tiene caso afligirme ni sentirme mal, pues, como ya dije, eso que creí, como todo lo que creo, no tiene ningún fundamento ni lo tendrá jamás. Así, pues ya mejor no les cuento cómo sí fue todo. Todo fue como ahora, no como antes. Y el ahora no me gusta como me gustaba el antes. Por eso lo mejor será callarme, o más bien callar a mis dedos, de acuerdo con lo sugerido con anterioridad, y esperar a que intenten averiguar cómo es ahora, para lo cual espero que baste lo ya dicho por mis dedos parlanchines y mudos que nadie escucha.

Palabras al vacío

 

Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras.

Thomas S. Eliot

En algún momento escuché sobre la posibilidad de dirigir algunas palabras al vacío. En ese instante me vinieron varias imágenes a la cabeza, pero ninguna me ayudó a concebir lo que sería hacer esto, pues para lograr tal cosa yo misma tendría que hablar desde el vacío, lo cual supondría que éste dejara de ser lo que es, a menos que yo misma estuviera vacía. Pero si esto ocurre, entonces no tendría nada que decir, por lo que hablarle al vacío y callar serían exactamente lo mismo.

Neceando un tanto con que existe la posibilidad de dirigir palabras al vacío, me concedo el permiso de hacer de éste un escucha y de hacer de mí un hablante que no está vacío y que algo tiene que decirle al vacío.

Lo primero que noto al dirigirme a mi escucha es que no hay necesidad de ordenar mi discurso. El orden es necesario cuando hay posibilidad de confusiones, y éstas sólo son posibles en medio de un pleno. En el vacío que me escucha lo único que hay es lo que digo.

Otra cosa que no puedo dejar de notar es que no hay necesidad de cuidarme de observadores curiosos que pretendan ver lo que sólo mostraría al vacío que ahora me escucha, que como tal es perfecto para que le revele, sin importar el orden, aquellos secretos que son tan terribles que ni a mi me revelaría. Esto demuestra que al hablar al vacío no hay necesidad de distinguir entre aquello que es publicable y lo que sólo pertenece a la intimidad del hablante.

Cuando me veo tratando de ordenar un discurso que será dirigido al vacío, pues sólo puedo pensar discursivamente, me doy cuenta de lo absurdo que es lanzar palabras a esa extraña idea, pues aún cuando al hablar parece que lanzo inútilmente una perorata sobre la que no tendré respuesta de otro, no puedo deshacerme de mí que como hablante y escucha acabo por atesorar las palabras que he pronunciado ya y que en ocasiones me dicen aquello que no quería escuchar.

 

Maigoalida

 

En franca espera

ESTRAGON: Didi.

VLADIMIR: Sí.

ESTRAGON: No puedo seguir así.

VLADIMIR: Eso es un decir.

ESTRAGON: ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor.

VLADIMIR: Nos ahorcaremos mañana. A menos de que venga Godot.

ESTRAGON: ¿Y si viene?

VLADIMIR: Nos habremos salvado. 

Esperando a Godot. Samuel Beckett 

 

Todos, osaría sostener que siempre, estamos en espera de algo. El DRAE define el verbo esperar como la esperanza que se tiene de conseguir lo que se desea y, a su vez, a la esperanza como ese estado anímico donde parece posible alcanzar lo que se desea. El ser humano es un ente que parece tener ínsito a su ethos la imperante carencia de algo –de hecho es viable pensar en esta idea de incompletitud en el humano debido a que éste se encuentra en un peldaño intermedio entre el acto puro y el no ser absoluto. Es decir que es pero no completamente, por lo que estas privaciones lo llevan a buscar su perfección–, carencia que lo ha orillado a estar siempre deseando algo nuevo. Indistintamente de si hablamos de carros, viajes, Dios, amor o cualquier otro objeto, cada día se conforma una lista nueva de cosas, materiales o no, que se anhelan o apetecen.

La espera a la que pretendo referir ahora, es a esa espera seria de algo serio, que provoca ansiedad, que perturba el ánimo y que se torna insoportable, sin distinguir entre una llamada telefónica, la llegada de alguien o un resultado médico, supongo que la seriedad dada a la cosa que se espera depende del sujeto, las circunstancias, la urgencia o la ilusión sobre ello; así que decidir entre qué es algo digno de esperarse y qué no, es totalmente subjetivo. En cualquiera de los casos, la espera es un estado de recogimiento que parece encontrar lugar para que el individuo se reconozca en expectativa de querer ver realizado lo ajeno a su voluntad, este punto es medular en la definición de espera, ya que cuando no se puede injerir de alguna manera en lo que se quiere o desea no queda mas que precisamente esperar. Aunque claro que eso coloca al individuo a merced de lo que pase de acuerdo a la espera, lo cual implica cosas muy deprimentes; pues si aceptamos que esperamos siempre, siempre se está en incertidumbre acerca de muchas cosas y se vive de acuerdo a la esperanza solamente, lo cual hallo yo, poco y desconfiable. Ahora bien, si lo vemos por otro lado, estar esperando lo que sea es en realidad un complejo modo de vida, ya que nos dicta la experiencia que lo que podemos tomar por cierto en nuestra ínfima vida, nos aburre y termina en el hastío. Construir la nueva lista todos los días y estar pensando en eso que puede acaecer, puede proporcionar la sensación de búsqueda, lucha o entretenimiento al menos; salvo que la lista permanentemente esté encabezada o, peor aún, constituida por los mismos elementos, en cuyo caso se esperará lo mismo y se permanecerá en el mismo ahogante estadio de espera fallida o desesperación por lo obtenido.

Ya lo he dicho, la espera insensata asfixia y la esperanza no suele ofrecer un consuelo vasto. Cuando no suscitan las cosas como uno quisiera, sólo nos queda impotentemente sentarnos a esperar, con ganas de ahorcarnos, el maldito resultado, la cruel llamada o a que llegue el mezquino Godot.

 La cigarra

No son pocas las ocasiones en que he escuchado a personas hablar de la importancia que tienen las otras personas para los individuos humanos que existimos en el mundo. Sin embargo, no son menos las veces que he visto personas separarse, dejar de estar unos junto a otros, como si fuera lo mejor para unos y otros, pues, se dice, las relaciones humanas se desgastan (sic). He presenciado conflictos verbales, entre hombres amables y que se aman, por estupideces que se dicen en estados anímicos frágiles. También he presenciado encuentros corpóreos entre gente que no se conoce y que no se ama, y que siempre deja a los participantes de cada encuentro de regreso en el vacío de su soledad. He sentido la soledad… demasiadas veces. También he vivido la compañía, por fortuna, no pocas veces. He escuchado que hay personas que dan primacía a la soledad, la única que nos es siempre fiel. La única que nos inspira y nos da ánimos para ser nosotros mismos, ¡auténticamente! Por supuesto que he escuchado palabras, muchas palabras que descalifican estos discursos por falsos y contrarios a la experiencia (¡pues es innegable que vivimos unos con otros!). No faltan, por supuesto, los apologistas de la soledad (¡pues es innegable que estamos arrojados solos en el mundo, y nos marcharemos igualmente solos de él!). En fin, hay una multitud de opiniones diferentes a este respecto, y ninguna demasiado desapegada de alguna experiencia vital, pese a que lleguen a aparecer como contradictorias entre sí, pero todas ellas exageradas. Unas y otras. Y es que unas y otras parten de un ámbito de la humana experiencia, siendo que ésta es infinita, variada y contingente, aunque susceptible de cierta regularidad en cada caso, ciertamente. Las diferentes personas dan mayor importancia en el discurso a alguna de esas regularidades que, según ellas, ven con mayor intensidad o importancia en su vida. El problema es que la mayoría de las veces esa intensidad o importancia no es menor que la de las otras experiencias y regularidades en esas experiencias más que en el discurso o en las ideas del individuo de cada caso. En ese sentido, parece que nunca nos podremos poner de acuerdo unos con otros. Los más exagerados, ni siquiera consigo mismos. Lo terrible de esto es que una de las únicas opciones que nos quedan, en esas circunstancias, ya le demos prioridad a la soledad, ya a la presencia vital de los otros hombres (y mujeres) en nuestra vida, es permanecer con nuestras ideas inamovibles y sigamos ensayando encontrar la respuesta nosotros mismos, sin ocuparnos de que los demás hagan lo propio al respecto. Eso parece lo más fácil. Sin embargo, otra alternativa sería esforzarnos cada vez más por que eso no sea así, e intentar salir de nuestra individualidad para encontrarnos con nuestros semejantes. Seguro existen muchas opciones para esto último, pero en este momento no se me ocurren…

M. S.

Mañana, si bajas a la ciudad, cuando camines a lo largo de la avenida principal, te sucederá algo extraño. Repentinamente todo desaparecerá: la gente se irá, los edificios se desvanecerán, la misma avenida se esfumará. Sin embargo tú seguirás caminando, ahora sin rumbo fijo. No sabrás a dónde te diriges, aunque no puedo asegurar que alguna vez lo has sabido cuando llevas a cabo tus descensos. Ni siquiera intentarás mantener la ruta que habrás llevado hasta entonces. Simplemente caminarás por donde sea. Lo que es más, no puedo asegurar que te habrás percatado de lo sucedido, pues estarás perdido en ti mismo, como acostumbras. Te mantendrás impasible ante la desaparición de todo. Tú continuarás y ya.

La caminata seguirá así por horas. Tú no verás ninguna buena razón para detenerte, como tampoco verás la necesidad de extender la caminata, pero te mantendrás en ella.

El cansancio aparecerá, por supuesto. Tus piernas comenzarán a temblar y a sentirse débiles. De repente, te sentirás a punto de caer. Pensarás en tomar un descanso. Después de pensarlo, te dará lo mismo y no lo harás. Pensarás que, de cualquier modo, todo habrá de terminar en algún momento. ¿Para qué descansar entonces?

Seguirás a pesar del tedio que ahora te rodeará y te envolverá, sustituyendo al camino en el que creerás haber estado momentos antes, pues hasta ese momento, no habrás notado la desaparición de todo lo mundano. El aburrimiento llegará entonces. Todo será gris, aunque algo te dirá que eso ha sido así desde siempre, incluso cuando te han rodeado las personas y todos los seres citadinos que pertenecen a ese mundo inferior al que te gusta ir para distraerte. Te darás cuenta de que incluso antes de todo eso ha sido así en ese mundo. No obstante caminarás en medio de ese panorama.

En un momento dado, cuando tus extremidades estuvieren a punto de flaquear, aparecerán en tu campo visual dos muchachos, un chico y una chica. En ese caso, verás con mucha curiosidad cómo estarán caminando tomados de la mano, con los ojos fijos uno en el otro y llenos de amor. Simularás una sonrisa ante esa visión como mostrando cierto reconocimiento a la maravilla de ese sentimiento. El amor es misterioso. Nunca lo has entendido ni lo podrías explicar. De más está decir que no tienes el menor interés en hacerlo. Prefieres permanecer en la impavidez ante esas cosas y sólo disfrutar de las escenas tan entretenidas e inverosímiles que usualmente acontecen gracias a su influencia.

Por un instante te detendrás, pues no desearás alcanzarlos e interrumpirlos. La curiosidad será mayor que tu ánimo de seguir andando, así que querrás ver cómo se dan las cosas sin la intervención de nadie fuera de los dos jóvenes. Mantendrás tu distancia, aunque no tanta como para que se te escapare ningún detalle de lo que estará ocurriendo.

Algunos pasos más adelante, o hacia donde supondrás que es adelante, ellos dejarán de andar. Se colocarán frente a frente y se darán un apasionado beso. Sus brazos estrecharán sus cuerpos, y así estarán por unos instantes, olvidados de todo lo demás, perdidos uno en el otro y en el profundo sentimiento que supuestamente los une. Al separarse los pares de labios, una gran sonrisa podrá notarse en ambos rostros, plenos de felicidad. Un brillo hermoso se alcanzará a notar en sus ojos. Se separarán sin que sus manos se soltaren un solo instante y seguirán mirándose con una dulzura magnífica. Tú disfrutarás ver eso. Algo parecido a la ternura intentará invadir tu corazón. Comenzarás a sonreír, mientras se dijeren algo al oído.

Tu sonrisa no terminará de aparecer porque, sin previo aviso los dos amantes se separarán. La cercanía terminará con un gran empujón por parte de ambos, mientras se estarán imprecando cosas iracundas y groserías. Alcanzarás a escuchar que el varón le reclama a la joven el que ella no podrá estar a su lado más tiempo. El argumento de ella será que tiene cosas que hacer en casa y que debe apurarse pues ya estará muy cansada. Sus palabras serán más o menos las que siguen.

“Siempre eres tan inoportuno. Sabes que me la he pasado bien; pero por casualidad siempre eliges momentos en que hay algo más importante que hacer para pedirme que me quede contigo. Yo no voy a hacer eso, y tú lo sabes.”

“Yo entiendo que estás ocupada; pero tan sólo te pido unos momentos más. Te amo. Permíteme acompañarte a casa por lo menos.”

“Sabes que eso no es posible. En mi casa son muy estrictos y si me ven contigo seguramente seré castigada. Tú tienes la culpa por inoportuno. Además no quiero que el joven de la casa vecina a la mía me vea contigo, aún guardo esperanzas de que se fije en mí.”

La chica reirá tras decir esto y agregará que cuando no tuviere nada que hacer, le llamaría y podría verlo. Él se enfurecerá con esta actitud tan pedante que habrá adquirido su amada, y le dirá que se vaya y que ni piense que él volverá a buscarla; que su vanidad es insoportable, principalmente porque ambos están conscientes de que ella es más bien fea. Nadie que estuviere sano podría sentir atracción por ella, ni interés en las vacuidades que le interesan. De más está decir que el chico del caso no es alguien ejemplar por su salud mental, y tampoco muy agraciado en lo físico, lo he observado hace algún tiempo. Siempre se jacta de ser superior a los demás en inteligencia; pero eso no es más que su forma de ocultar lo miserable que es su ser. Se dará la vuelta y emprenderá la retirada.

Ella adquirirá un gesto serio y romperá a llorar, creyendo que en ese momento estará perdiendo uno de los pocos elementos valiosos en su vida. Tan grande será su frustración que no podrá ver que en realidad no importará. Su vida será la misma con o sin él. El chico, por su parte, se marchará con el corazón recogido y con unas ganas tremendas de llorar también, lo cual no sucederá porque la ira contendrá las lágrimas.

Tras ser testigo de todo esto, no podrás sino soltar a reír sin freno, lo cual devolverá la fuerza a tus miembros y reanudarás tu andar, como si nunca te hubieras cansado. Con ello te darás cuenta de que la impasibilidad no es absoluta y te preguntarás ahora qué de todo lo visto es la verdadera máscara y saldrás de allí extendiendo tus alas y emprendiendo el vuelo de regreso a las alturas.

“Busco un lugar en esta ciudad donde esconderme de la corriente que me lleva”

Jarabe de palo

Hacía aproximadamente cuarenta y cinco minutos que él había entrado al salón. Era la hora acostumbrada en que se daban sus encuentros, pero ella aún no llegaba, según le habían informado. Se sintió ansioso. ¿Acaso no llegaría? Por cualquier motivo podía haberse quedado en casa a descansar, o ido a algún otro lugar a trabajar. Permanecer en el mismo lugar mucho tiempo podía haberla hartado, como en otras ocasiones, y justo ese sería su primer día de ausencia. Quizás no volvería en mucho tiempo.

Preguntó si alguien la había visto o conocía su paradero. Las respuestas recibidas no tranquilizaron su alma. Nadie sabía el motivo de su falta; aunque a nadie extrañaba pues ella era muy impredecible y no se llevaba bien con casi nadie en ese lugar, al cual había llegado una semana atrás.

Lo más inquietante era su charla del día anterior. Se había dado un malentendido entre los dos. Al principio no le dio importancia, pues no había sido la primera vez que algo así ocurría. La comunicación siempre había sido difícil. Por un lado el exceso de sofisticación en las palabras de él y, por otro, la costumbre de ella de no poner atención a lo que los hombres le decían en los lugares en que trabajaba, debido a las palabras vacías y repetitivas que se manejaban en ese ambiente, lo complicaban todo. Parecía que los únicos momentos de acuerdo entre ellos era cuando no mediaban las palabras. Él había confiado en que superarían el malentendido y seguirían adelante. Pero ahora, al no saber si la volvería a ver, no supo qué esperar. Aunque, ciertamente, esperaba que ella llegara, y estuviera con él. Lo cierto era que esta vez no podría permanecer mucho tiempo en ese lugar, pues al otro día tenía que ir a una reunión importante, que determinaría su futuro en la empresa en la que laboraba, pero tenía que verla, aunque fuese un instante solamente.

Otra posibilidad, efectivamente, era que a ella se le hubiera hecho tarde. No sería la primera vez, y como él no le hubo avisado que iría otra vez ese día, esa algo muy posible. De ser así, ella no tardaría mucho en arribar. Eso le hacía conservar algún dejo de tranquilidad. Lo cierto era que, si no llegaba, él no sabría en dónde buscarla ni cómo encontrarla. La habría perdido. ¡Su mundo se derrumbaría entonces!

¡Su mundo se derrumbaría! ¿Tan grandes consecuencias acarrearía su ausencia? ¿En verdad había llegado a significar algo más importante que su mujer, que sus dos niños? ¿Cómo era posible? Nunca antes hubo sentido algo parecido por nadie, lo cual lo asombraba. Pero en lo profundo de su ser sabía que sería así. En verdad sentiría que su mundo se haría pedazos sin ella: al parecer el amor había hecho su trabajo sobre él. Era claro. Lo cierto es que era la víctima de una ilusión que, muy en el fondo, sabía que era mentira: eso no era amor, sino simplemente un modo de escape. Él estaba consciente de ello, pero, ilusión o realidad, el sentimiento de pérdida sería verdadero, y la desolación lo acabaría.

En ese instante, ella entró al salón. Caminó entre las mesas para dirigirse al vestidor, cuando lo vio al otro extremo del lugar. Al hacer contacto las dos miradas, las dudas desaparecieron y él supo que estaba en lo correcto al haber ido. La saludó cariñosamente con un abrazo y un largo y ansioso beso, al que ella correspondió felizmente y con la misma pasión, para luego de un rato retirarse como usualmente lo hacía cuando tenía algún compromiso al día siguiente. Él podía estar tranquilo y ella segura de que todo permanecería igual. Ya se verían en otra ocasión.

Impresiones del día

“… quiero que me digas, amor,

que no todo fue naufragar

por haber creído que amar

era el verbo más bello…

dímelo…

me va la vida en ello”

Mis ojos se cierran. Creo que sólo es cuestión de minutos para que me quede dormido… Pero tengo que acabar esto. Será mejor que acabe. No puedo posponerlo pues hoy es el día acordado, y las consecuencias de no terminarlo serían nefastas,  desde el punto de vista de los compromisos adquiridos y de la confianza o responsabilidad que están detrás de dichos compromisos. Después de todo, son tus amigos, y quedaste con ellos que lo tendrías listo hoy. La fecha fue fijada desde tiempo atrás, cuando todo comenzó. Ahora no puedo salir con que no lo tengo listo.

Alguien podría pensar que para qué me preocupo por terminar esto en este momento, que apenas son las cuatro de la tarde con dieciséis minutos. Todavía faltan cerca de ocho horas para que el día llegue a su fin. Podría tomar una siesta, pero estoy tan cansado que me quedaría dormido hasta mañana muy seguramente, cuando ya no tendrá importancia si lo termino o no. Otra posibilidad es que con la satisfacción de mi deseo (más bien necesidad) de dormir, se me olvide que tengo que terminar esto hoy. En cualquiera de los casos, pienso que será mejor que termine, pero no se cómo. Además, antes de que el cansancio y el sueño la desplazaran de mi ánimo, una gran alegría me invadía, y creo que si me duermo en este momento, lo que resulte ya no será lo mismo. El de hoy ha sido un día lleno de eventos desacostumbrados, debido a la interrupción involuntaria de mi vida los últimos meses debido a que ya me había acostumbrado a otras cotidianidades.

Estoy tan cansado, porque el sol estaba insoportable cuando caminé desde la avenida hasta la facultad, y es un gran tramo el que debo recorrer para llegar a ella. El calor por poco me hizo desfallecer. Tuve que comprarme otra botella de agua al llegar, pues estaba sediento, sudoroso y profundamente cansado y ya me había terminado la que me compré por la mañana. Eso indica que sí estuvo pesado mi andar bajo el calor del sol, pues hay pocas cosas que me disgusten más que el agua. ¡Caracoles!

Después, ya en la facultad, fue bueno volver a ver a tantas personas conocidas, pero yo estaba muy cansado como para disfrutarlo plenamente. Además, la incertidumbre que me provocaba el motivo que me hizo ir el día de hoy a ese lugar, antaño visitado con tanta frecuencia, no me abandonaba. ¿Qué sucedería, después de tanto tiempo? No sabía que esperar, pero tenía que descubrirlo hoy, forzosamente. Ya la semana pasada lo hube pospuesto, por causas que me excedían, pero ya no podía prorrogarlo un día más. Tenía que averiguar cómo estaban las cosas, después de los desafortunados acontecimientos del año pasado, y si era capaz de actuar apropiadamente al enfrentar la situación. Lo que más me desconcertaba era que eso no dependía sólo de mí, lo cual me ponía nervioso.

Finalmente sucedió, la volví a encontrar y eso me produjo una inmensa alegría. Platicamos largamente de muchísimas cosas, nos pusimos al tanto de lo que estaba sucediendo en nuestras vidas en estos momentos, tan diferentes de los que vivíamos cuando nos conocimos, hace alrededor de dos años y medio. Con todo, creo que ella sigue siendo la misma, y yo sigo siendo el mismo, si bien quizás eso es parte del problema. Nada que no sea accidental ha cambiado (aunque en efecto son accidentes de mucho peso e influencia en las circunstancias vitales, pero eso no importa). Ahora que nos hemos reencontrado, no quisiera dejarla ir. Quisiera poder decirle lo que siento y lo que sentí, pero no puedo. No quisiera que hubiera otro alejamiento tan grande, aunque quién sabe en qué medida no podemos dejar de estar alejados.

Ha sido un día extraño hasta ahora. Perdón que lo repita, pero es que, aunque ignoro la explicación clara de ello, ahora que estoy a punto de quedarme dormido, me queda claro que es el motivo de la gran alegría que sentí al verla, el mismo que a ratos me desconcierta y me llena de melancolía: todo sigue igual. ¡Todo![1]

(vacío)


[1] Mejor apago esto y me dispongo a dormir, con loca esperanza de saber de ella mañana, y que la alegría se mantenga y se imponga a la melancolía por más tiempo.

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