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Decir adiós

Nunca he sido buena para las despedidas. Mucha incomodidad me causa pensar qué debo decir y, más aún, cómo he de comportarme. Cuánto tiempo debe durar un abrazo o en qué cuadrante de la mejilla debe ir el beso o, simplemente, si debe haber tal. Quizá por eso siempre he optado por tan sólo dar la vuelta y marcharme, sin ningún convencionalismo. ¿Cobardía? No sé, no creo, según yo está más relacionado con bienestar. El acto mismo de despedirme de alguien o algo me causa una congoja seria.

Quiero aludir a esas despedidas de verdad, donde no hay lugar para el: “quizá después” ni siquiera para el: “ya dirá el destino”, a las despedidas que pretenden ser definitivas y que buscan reincorporarse a la habitualidad tenida antes que de que el objeto de la despedida tuviese inferencia en cualquiera de sus sentidos sobre el que ahora se despide. De este modo, quizá sí sea más pusilanimidad antes que sentirse a gusto inmediatamente, pues las cosas que quieren ser “para siempre”, han de traer incertidumbre y miedo. Incertidumbre y miedo a la perpetuidad. Lo perpetuo no es lo duradero, no son cincuenta o mil años, son todos los años. Despedirse en verdad de algo es eso, decir adiós permanentemente. Y de eso ya no es posible retractarse, una vez vociferado el adiós no cabe el arrepentimiento.

Cuestiones harto distintas de despedirse son alejarse o buscar tregua. Una suspensión momentánea que se decide será de ese modo por el titubeo que no ha sido superado a fin de gritarle a alguien o algo su despido. Poner una pausa, abusar del estar y no estar para que, si la vacilación así lo dicta, pueda volverse atrás. Las intermitencias en las relaciones no son tramposas ni groseras, son sólo muestra de imprecisión, de duda, de vaguedad. No se deciden por mala fe sino por inestabilidad. De ahí que sólo los espíritus fuertes –que no los nobles– saben despedirse sin atisbos de inconsistencia. La mella es ya otra cosa, cualquier separación ha de dejar vestigios en mayor o menor impacto. Con ello, para poderse despedir certeramente de algo o de alguien es menester pensar detenidamente la resolución que va a ser tomada. Pues, como lo he dicho, la despedida es perpetua. Así, hay quienes afirman que las verdaderas despedidas sólo lo son, para el muerto, cuando muere. Sólo alguien logra decir adiós a cualquier cosa cuando es seguro y definitivo que no se volverá a cruzar por su andar, es decir, cuando lo ha matado. En la muerte ya no existen ni dudas ni vaguedades, se está muerto sin más. Parece pues, que las despedidas no son una decisión entonces (de ahí que existan las segundas oportunidades o el volver con alguien), sino un acto consecuente de que algo o alguien en verdad desapareciese. Por lo que: “Ojalá que te mueras” sería la frase ad hoc cuando alguien quiere despedirse en verdad de alguien.  

Luego, si alguien no se despide realmente de alguien o algo cuando realiza el despido, sino que sólo juega a despedirse porque estos –ya bien los sujetos, ya bien los objetos– siguen existiendo, entonces ¿a qué le llamamos despedida? Todas las que hemos tenido por despedidas no serían sino meras invenciones prefabricadas para deshacerse momentánea y fingidamente de algo o alguien. En vida, no podría concebirse el adiós sino sólo el hasta luego.

No sé, ni yo he logrado persuadirme. Las más de las veces que he dicho adiós lo he hecho francamente para no volver a estar allí, para no volverlo a ver. Mas eso todavía no me exime de un segundo y casual encuentro o de una rendición poco fructífera. El que me haya volteado y haya caminado desinteresada dando la espalda, representó en su momento algo así como una asustada despedida definitiva, aunque ahora que lo quise teorizar haya dejado entrever que eso fue un adiós inconsciente y cobardemente temporal.

 La cigarra

dos de tres.

El viento mueve la cortina

que mueve al gato

que mueve al florero

que mueve al mundo.

.

La imagen del tedio que se copia

en los pliegues de la cortina

en el pelambre-tapíz del gato

en la corola sinfìn de una margarita

.

Fuera de la carátula del viejo reloj

nada danza sino el tiempo cierto

de tí de mí de todos cuantos mide;

nada sino, solo danza el tiempo

que no hay sino, ni danza

en el tiempo que incierto

trazó pergaminos en nuestros rostros

.

Como la pupila en el ojo,

como la palma en la mano,

en el crudo tic-tac de tu pecho,

Así me fuí con los recuerdos

de una mirada cálida y una

piel pálida, como único pertrecho.

.

La realidad del remedio que se copia

como el humo que se disipa al viento.

Alguna casa familiar

.
Caminar la casa familiar
subir la escalera y pasar la mano por la baranda
escalón a escalón, al compás del minutero
y sentir que, en lugar de pender de aquél pasamanos,
apoyas tu lenta ascención.
.
El recuerdo del padre en el hijo
_                                                     en la foto del padre
En la pared del dormitorio                                 la mancha de humedad
y a través del corredor                                                                              en los recuerdos
el eco de que te llaman desde la entrada
Sobresalto al pecho
rápido descenso en espiral
y en la entrada las hojas se arremolinan
_                                                                              junto al polvo
.
En el eco tus pasos
a espaldas el salón vacío
pero tus pies fijos al suelo
y alegres voces llaman fuera
.
Al marchar cierras la puerta
Al girar la llave doblas la esquina
como quien dobla hombres en las filas
y en tener al frente la mirada infantil
el recuerdo del padre en el hijo
_                                                            que te mira
Como tú ya no miras…

La preocupación es un estado que parece propio y exclusivo del hombre, en tanto que no aparece en los demás entes -no vemos perros o gatos preocupados por algo, a menos que interpretemos sus actos como humanizados-   podríamos pensar a la preocupación como un rasgo distintivo del hombre, lo que implicaría, a su vez, que podríamos definir al animal que habla también como el animal que se preocupa por algo.

Una persona que se piense a sí misma como alguien tranquilo y libre de preocupaciones, desearía con justa razón refutar la posibilidad de pensar al ser humano como aquel ente que posee como rasgo distintivo su capacidad para preocuparse; sin embargo no hemos de afirmar o negar nada respecto a la veracidad de la tesis con la que cierra el párrafo anterior si antes no nos ocupamos en ver con algo de claridad lo que sea la preocupación y lo que significaría que pensemos al hombre como el animal que se preocupa.

Si nos ocupamos un instante en pensar el término preocupación, nos percatamos que éste es un término que proviene a su vez del término latino praeoccupatio, el cual nos da la idea de una ocuparse previa o anticipadamente de algo, es decir, que la primera raíz de la preocupación radicaría en la capacidad que tiene el hombre para prever lo que sucederá en el tiempo, ya sea éste próximo o alejado de la situación espacio-temporal del pensante. Hasta aquí parecería que el ser humano puede definirse como el animal que se preocupa en tanto que es un ente que piensa temporalmente, no sólo ve lo que ha venido siendo o lo que es en el momento presente, también se anticipa a lo que sucederá con él y en ocasiones trabaja y se mueve con miras en ello.

Pero, si bien la preocupación encierra la capacidad de pensar y actuar conforme a la conciencia de ser seres temporales, ésta no se limita a la misma, también implica apoderarse de algo de una manera sorpresiva para ese algo, es decir, anticipando los movimientos que realizaría aquello que se nos escapa constantemente de las manos cuando pretendemos atraparlo sin ciertas consideraciones previas, que resultan necesarias una vez que nos estamos enfrentando a eso que pretendemos atrapar. Alguien que limite la preocupación a esta cualidad distintiva de la misma, puede pensar que un animal cualquiera en tanto que logra sorprender a sus presas porque logra anticipar de alguna manera sus movimientos no está considerando que el acto de cazar llevado a cabo por tal animal no supone necesariamente la conciencia temporal que supone la capacidad de preocuparse, hay que recordar que los animales que cazan aprenden a sorprender a sus presas de tal manera que aquello que pueda pensarse como preocupación deje de ser inmediatamente tal, sólo se presenta en el momento de la cacería y no supone consideración previa alguna.

La idea de que preocupación encierre el deseo de apoderarse de algo mediante consideraciones previas, nos permite pensar en que ésta no se limita a los quehaceres prácticos de los que depende la vida del hombre, como la obtención de aquello que necesita para mantenerse con vida, la anticipación de la escases de alimentos lleva a la hombre a sembrar y guardar una parte en una era,  también se encuentra, y quizá con mayor fuerza, entre los quehaceres teóricos, el deseo por conocer ciertas cosas conducen al teórico a pensar en un primer momento en otras tantas que le ayudarán a aprehender aquello que está buscando, antes de ver con claridad si son posibles los juicios sintéticos a priori, es necesario pensar la posibilidad de intuiciones puras a priori como el espacio y el tiempo, para adelantarse a un escurridizo sofista hace falta reflexionar con anterioridad respecto un necesario parricidio, los ejemplos son variados y si al lector no le gustan los aquí citados, puede poner aquí el que más le guste.

Así pues, conforme a estas breves consideraciones previas en torno a lo que es la preocupación, podemos decir que al afirmar que el hombre es un animal que se preocupa, afirmamos que es un ser que se piensa a sí mismo en el tiempo, de modo que antes de actuar o de ocuparse en algo ve lo que necesita para lograr lo que pretende, ya sea esto mantenerse con vida, ya sea salir bien librado de aquello que persigue la razón sin descanso; a la inversa podemos decir que debido a que el hombre piensa, le resulta inherente el preocuparse, de modo que alguien sin preocupación alguna que de sentido o dirección a su actuar diario es un ser que vive conforme al momento presente, es decir, que no se piensa en el tiempo o que no se interesa por los asuntos como aquellos que parecen aguijonear constantemente a la razón, de modo que ni siquiera se ocupa por tratar de decir satisfactoriamente lo que ese mismo ser despreocupado es.

Maigo

¿Cómo puedo hacer para detener el tiempo?

¿Cómo puedo hacer para que este sentimiento cese?

¿Cómo puedo hacer para ver las cosas como son?

¿Cómo puedo hacer para decirte todo lo que siento?

¿Cómo puedo hacer para que el sol no salga más?

¿Cómo puedo hacer para que el río cambie su rumbo?

¿Cómo puedo hacer para que todo tenga sentido?

¿Cómo puedo hacer para que las palabras no sean sólo palabras?

¿Cómo puedo hacer para no sentir la soledad?

¿Cómo puedo hacer para dejar de amarte?

19 de mayo de 2004.

(¡Seis años han pasado!)

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