Tag Archive: soledad


Al atravesar al otro lado de la puerta no puedo describir lo que veo. Son demasiadas cosas. O no es nada. Una obscuridad abrumadora. A decir verdad no puedo asegurar que logro ver algo. Todo se está moviendo en un gran desorden. Mis ojos no logran atrapar nada que puedan distinguir con claridad. Mucho menos logro encontrar palabras para describirlo. Cuando empiezo a ver algo determinado, lo cual no pasa sino en instantes muy efímeros, inmediatamente se escapa dentro del mar de confusión que me rodea. Siento mucho miedo. ¿Serán puras fantasías mías? ¿Y si la realidad en verdad se ha convertido en este desbarajuste? Puede ser cualquiera de las alternativas. Y muy seguramente aquéllas no son las únicas dos. No me interesa preguntármelo. Perdiendo el tiempo en preguntas así no lograré ver nada; la confusión solamente aumentará debido a ellas. De cualquier manera, mientras sienta este miedo tan intenso no podré lograr la calma que ha de requerir un buen preguntar. Ahora sólo puedo pensar en la desesperanza que me embarga.

Podría decir que veo luces… Aunque no puedo garantizar lo que digo, eso es todo lo que presumo poder decir.

Resulta extraño. Según yo, recuerdo que no ha sido siempre así. Antes, al salir de casa, todo era cotidiano, normal. Yo estaba acostumbrado a lo que me esperaba afuera. Los mismos rumbos de siempre, día a día los mismos rostros conocidos aguardando a mi salida. Todo era igual una y otra vez. Hubiera podido asegurar que saldría a esa normalidad de nuevo. Deseaba salir a ella, pese al tedio que me había dominado en tantas ocasiones previas. Era sólo una vacía repetición y lo sabía; aunque necesitaba salir de esas cuatro paredes que me aprisionaban, respirar aire puro. Pero al abrir la puerta sucedió algo asombroso e inesperado: no logré ver nada en absoluto. Y después…

No sé en qué lugar me encuentro. De hecho me parece haber entrado a algún sitio en vez de haber salido. Es raro. Siento como si estuviera encerrado en un lugar que, paradójicamente, no parece tener límite alguno. Todo me da una sensación de inmensidad.

¡Luces! ¡Sí, son luces! Pasan tan rápido y sin cesar que ni siquiera las puedo perseguir con la vista. Me siento mareado. No sé qué hacer. Quiero gritar. No tiene caso: mis gritos se confundirían con todo lo demás y se perderían a final de cuentas. Sin que yo me percatara siquiera de que hube gritado.

Se me ocurre cerrar los ojos, confiando en que es mi imaginación y que, al abrirlos, todo volverá a ser como antes. Otra opción es no abrirlos nunca más. Quizás así todo adquiera alguna coherencia. ¡Eso es! Renunciaré a todo contacto con el exterior para estar seguro conmigo mismo, dentro de mi mente.

He de buscar en mis pensamientos algún recuerdo o noción que me sirva de protección y de alivio. Así, tal vez llegue a obtener tranquilidad.

Inicio la búsqueda… Nada

Busco en mis razonamientos, en mis sueños, en mis recuerdos, en mis creencias… Nada.

Busco alguna imagen que me brinde calidez o familiaridad. ¡Nada! No hay nada.

Incrementa la desesperación. ¡Es aterrador!

No encuentro nada aparte de un gran vacío que todo lo abarca. No puedo soportarlo.

Abro los ojos y todo sigue igual. El mismo lugar obscuro y cambiante. Todo en él se mueve. Sin embargo, creo que fue peor la nada con la que me acabo de enfrentar. Comienzo a resignarme. ¡No puedo hacerlo! Rompo en llanto. Ni siquiera puedo asegurar con toda certeza si estoy dentro o fuera; ni dentro o fuera de qué. Si al menos pudiera regresar por la misma puerta que me arrojó aquí; pero ya no está. Ahora no sé si alguna vez estuvo allí.

De repente siento que algo toca mi hombro. Es un contacto cálido y suave que parece animarme un poco. Volteo para ver de quién o qué se trata, aunque anticipo que ya no estará allí. Sin duda no veo nada; pero continúa esa especie de alivio en mí. Me dejo llevar. Me aferro a la idea de que ha llegado alguien a hacerme compañía. Sé perfectamente que no hay nadie; que mi idea no es nada. Eso no me importa. Permito que esa idea me atraiga a sí y me lleve consigo. La embriaguez me llena. ¡Me siento tan bien!

Mi idea es tan bonita que la abrazo con todas mis fuerzas. La beso y la hago mía con lo que sospecho que es cariño. Supongo que ahora soy feliz. Por un momento me olvido de la confusión. Me siento tan seguro y lleno de confianza que me desnudo ante ella. Me dejo mirar tal y como soy por esta idea que, después de todo, no es nada. Me fío de ella como si fuera alguien. Como si se interesase en mí. Como si me quisiera.

El caos alrededor ya no me puede afectar. No podrá hacerlo en tanto yo esté sano y salvo con mi idea. Nada me hace falta. Me digo a mí mismo que la amo. Ya no me preocupa siquiera el vacío dentro de mí que me aterró. Pareciera increíble pues fue hace tan sólo un momento. ¿O no? Simplemente hago como si no estuviera allí y no está allí. Llego a pensar que en realidad es así.

¡Mi idea! Creo haber vivido momentos tan alegres con ella, que me imagino que así será siempre. Que siempre estará allí conmigo. No obstante, mi idea no está de acuerdo conmigo. No le agrada eso de estar a mi lado para siempre, pues es egoísta y solamente le interesa no aburrirse. Con el tiempo se ha aburrido de mí. Desea que yo la suelte para ir en busca de alguien más. Es una ingenua. ¡Cree que hay alguien más! Pero estoy yo solo. Le hago ver que incluso ella no es nada sin mí y la aprieto más contra mi cuerpo. Ella se resiste. Lucha con todas sus fuerzas hasta que la suelte. Lo hago porque veo una gran amenaza con sus ataques.

La dejo ir.

Ella dice que se va…

Pero no lo hace. Permanece junto a mí.

La confusión ha regresado. La veo de nueva cuenta. Y ahora que mi idea está en mi contra, todo parece más grave.

No sé qué hacer.

Debo buscar una manera de entenderme con ella para hacer que se vaya, tal como dijo que era su deseo. Finalmente, así será mejor para ambos. No se me ocurre cómo lograr eso. Tal vez requiera un magnífico esfuerzo de mi parte tanto el tratar con mi idea como el acabar con la confusión. Es posible; pero yo no puedo hacer semejantes cosas. El esfuerzo no es lo mío. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez, por lo que mejor los vuelvo a cerrar. Para no toparme con el vacío, procuro no concentrarme ni pensar en nada esta vez.

Después de algún tiempo, me canso.

Creo haberme quedado dormido.

Asidero

Nada más me queda a mí una sola cosa

En este panorama de desolación

Y ella es la sonrisa de una niña hermosa

 

Otra vez lo mismo

Han pasado los años y todo sigue igual. Yo pensé que la vida nos enseñaría. Pensé que aprenderíamos la lección y cada quien seguiría su camino. Pensé que eso nos ayudaría a ver lo equivocados que estábamos. Cada quien en su mundo, aferrados a cosas imaginarias, amando al vacío, deseando cosas imposibles. Deseándolas con todo el corazón pues, en nuestra ingenuidad, pensamos que eso era lo único que importaba. Que podíamos ser felices. Pensé que todo sería diferente, después de tanto tiempo. Sin embargo, los días siguen transcurriendo. La vida se esfuma, poco a poco. Instante a instante. Se nos va escapando. Y tú sigues siendo la misma. Y yo sigo siendo el mismo. Un par de desdichados. Destinados a la soledad, como siempre, hasta ahora.

Ya es hora de asumir las consecuencias de los propios actos, me han dicho algunas personas. Ya es hora de dejar ir las fantasías que sólo daño traen consigo. Tienen razón, toda la razón. Aunque se equivocan en lo que creen que hay que asumir. Veo, ahora, que lo que hay que ir asumiendo es que siempre viviremos solos, separados uno del otro. Tú amándolo a él, sin que por su parte te corresponda, y yo amándote a ti, a pesar de todo.

En franca espera

ESTRAGON: Didi.

VLADIMIR: Sí.

ESTRAGON: No puedo seguir así.

VLADIMIR: Eso es un decir.

ESTRAGON: ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor.

VLADIMIR: Nos ahorcaremos mañana. A menos de que venga Godot.

ESTRAGON: ¿Y si viene?

VLADIMIR: Nos habremos salvado. 

Esperando a Godot. Samuel Beckett 

 

Todos, osaría sostener que siempre, estamos en espera de algo. El DRAE define el verbo esperar como la esperanza que se tiene de conseguir lo que se desea y, a su vez, a la esperanza como ese estado anímico donde parece posible alcanzar lo que se desea. El ser humano es un ente que parece tener ínsito a su ethos la imperante carencia de algo –de hecho es viable pensar en esta idea de incompletitud en el humano debido a que éste se encuentra en un peldaño intermedio entre el acto puro y el no ser absoluto. Es decir que es pero no completamente, por lo que estas privaciones lo llevan a buscar su perfección–, carencia que lo ha orillado a estar siempre deseando algo nuevo. Indistintamente de si hablamos de carros, viajes, Dios, amor o cualquier otro objeto, cada día se conforma una lista nueva de cosas, materiales o no, que se anhelan o apetecen.

La espera a la que pretendo referir ahora, es a esa espera seria de algo serio, que provoca ansiedad, que perturba el ánimo y que se torna insoportable, sin distinguir entre una llamada telefónica, la llegada de alguien o un resultado médico, supongo que la seriedad dada a la cosa que se espera depende del sujeto, las circunstancias, la urgencia o la ilusión sobre ello; así que decidir entre qué es algo digno de esperarse y qué no, es totalmente subjetivo. En cualquiera de los casos, la espera es un estado de recogimiento que parece encontrar lugar para que el individuo se reconozca en expectativa de querer ver realizado lo ajeno a su voluntad, este punto es medular en la definición de espera, ya que cuando no se puede injerir de alguna manera en lo que se quiere o desea no queda mas que precisamente esperar. Aunque claro que eso coloca al individuo a merced de lo que pase de acuerdo a la espera, lo cual implica cosas muy deprimentes; pues si aceptamos que esperamos siempre, siempre se está en incertidumbre acerca de muchas cosas y se vive de acuerdo a la esperanza solamente, lo cual hallo yo, poco y desconfiable. Ahora bien, si lo vemos por otro lado, estar esperando lo que sea es en realidad un complejo modo de vida, ya que nos dicta la experiencia que lo que podemos tomar por cierto en nuestra ínfima vida, nos aburre y termina en el hastío. Construir la nueva lista todos los días y estar pensando en eso que puede acaecer, puede proporcionar la sensación de búsqueda, lucha o entretenimiento al menos; salvo que la lista permanentemente esté encabezada o, peor aún, constituida por los mismos elementos, en cuyo caso se esperará lo mismo y se permanecerá en el mismo ahogante estadio de espera fallida o desesperación por lo obtenido.

Ya lo he dicho, la espera insensata asfixia y la esperanza no suele ofrecer un consuelo vasto. Cuando no suscitan las cosas como uno quisiera, sólo nos queda impotentemente sentarnos a esperar, con ganas de ahorcarnos, el maldito resultado, la cruel llamada o a que llegue el mezquino Godot.

 La cigarra

No son pocas las ocasiones en que he escuchado a personas hablar de la importancia que tienen las otras personas para los individuos humanos que existimos en el mundo. Sin embargo, no son menos las veces que he visto personas separarse, dejar de estar unos junto a otros, como si fuera lo mejor para unos y otros, pues, se dice, las relaciones humanas se desgastan (sic). He presenciado conflictos verbales, entre hombres amables y que se aman, por estupideces que se dicen en estados anímicos frágiles. También he presenciado encuentros corpóreos entre gente que no se conoce y que no se ama, y que siempre deja a los participantes de cada encuentro de regreso en el vacío de su soledad. He sentido la soledad… demasiadas veces. También he vivido la compañía, por fortuna, no pocas veces. He escuchado que hay personas que dan primacía a la soledad, la única que nos es siempre fiel. La única que nos inspira y nos da ánimos para ser nosotros mismos, ¡auténticamente! Por supuesto que he escuchado palabras, muchas palabras que descalifican estos discursos por falsos y contrarios a la experiencia (¡pues es innegable que vivimos unos con otros!). No faltan, por supuesto, los apologistas de la soledad (¡pues es innegable que estamos arrojados solos en el mundo, y nos marcharemos igualmente solos de él!). En fin, hay una multitud de opiniones diferentes a este respecto, y ninguna demasiado desapegada de alguna experiencia vital, pese a que lleguen a aparecer como contradictorias entre sí, pero todas ellas exageradas. Unas y otras. Y es que unas y otras parten de un ámbito de la humana experiencia, siendo que ésta es infinita, variada y contingente, aunque susceptible de cierta regularidad en cada caso, ciertamente. Las diferentes personas dan mayor importancia en el discurso a alguna de esas regularidades que, según ellas, ven con mayor intensidad o importancia en su vida. El problema es que la mayoría de las veces esa intensidad o importancia no es menor que la de las otras experiencias y regularidades en esas experiencias más que en el discurso o en las ideas del individuo de cada caso. En ese sentido, parece que nunca nos podremos poner de acuerdo unos con otros. Los más exagerados, ni siquiera consigo mismos. Lo terrible de esto es que una de las únicas opciones que nos quedan, en esas circunstancias, ya le demos prioridad a la soledad, ya a la presencia vital de los otros hombres (y mujeres) en nuestra vida, es permanecer con nuestras ideas inamovibles y sigamos ensayando encontrar la respuesta nosotros mismos, sin ocuparnos de que los demás hagan lo propio al respecto. Eso parece lo más fácil. Sin embargo, otra alternativa sería esforzarnos cada vez más por que eso no sea así, e intentar salir de nuestra individualidad para encontrarnos con nuestros semejantes. Seguro existen muchas opciones para esto último, pero en este momento no se me ocurren…

M. S.

Comentarios sueltos en torno a la pérdida

Supongo que entonces así es como se siente la derrota. Esa sensación indescriptible que ataca cada uno de los espacios de tu cuerpo, incluso los que no sabían que existían. Se siente rarísimo, un hoyo enorme que parece que te tragará. Qué mejor que así fuera.

                                                                        *

Cuando Pandora cerró la caja que permitió escapar a todos los males, impidió la salida de la única cosa que podría ofrecernos consuelo: la Esperanza.  No perdamos de vista que se hallaba guardada con el resto de los males, la Esperanza es uno de los peores, sólo lleva a creer posible lo que en realidad es en demasía incierto. Qué mejor que la dejara encerrada.

                                                                        *

Ya te derroten en un partido del Mundial, en una lucha de dedos, en el amor o en un volado. La sensación, en mayor o menor medida,  es similar. Sólo quieres tomarte y arrojarte a un lugar lejano, donde habiten solos tú y tu soledad habitual.

La cigarra

La Era del Autoamigo

Por A. Cortés:

¿Qué quiere decir esto de que se tiene que garantizar que yo pueda buscar mi propia felicidad? ¿Qué quiere decir que tengo ese derecho? La búsqueda de la felicidad, hasta donde entiendo, no debería bajo ninguna circunstancia dejarse en las manos de alguien tan torpe como yo que, en cualquier momento, puede decidir ir a buscarla en el cine, o en la cancha de tenis, o en el sueño, o en el alcohol, o quizá en la novela de las siete. Imagínense, qué mundo tan fatal éste en el que yo buscara la felicidad: montones de recursos públicos destinados a la obtención de materia prima, desarrollo de técnicas de producción, manufactura, empaquetado y transporte proverbialmente pesado de chocolate a mi casa. “Miles de chocolates me harán feliz”, podría pensar yo, y todos a fregarse, porque quiero chocolate.

Ah, pero se trata de mi felicidad, nada más, no tengo por qué afectar a nadie con mi propia jornada por el espeso y obscuro bosque en el que se esconde. Eso, en cierto sentido, es un alivio para todos. Ahora que lo pienso, es un alivio para mí, que no tendré que ayudar a mi vecino a obtener su felicidad en el ostentoso y exótico jardín que desea extendido en toda una planicie. O al otro conocido que quiere toda su vida pasarla viajando en yate. Para cualquiera resulta un alivio que todos estemos juntos para, entre nosotros, garantizar que cada quién a su modo se hará de las luces para encontrar su propia felicidad sin tener que meterse con la de nadie más y sin pedir de nadie que haga más de lo que tiene derecho a hacer. ¡Qué gozo, no tener que contribuir a la felicidad de nadie más! No tener que acercarme a nadie si no quiero, no tener que trabajar para nadie si no quiero, no tener que dirigirle la palabra, o escucharlo, o que estudiar nada, o que jugar a nada con nadie si no me place en lo más mínimo. Podemos hacer lo que se nos antoje y agachar pesarosos la cabeza cada que a alguien medio menso se le haya ocurrido que lo mejor era saltar a un pozo. Ni modo, no lo podremos nunca juzgar. Pero por fortuna nosotros no hemos saltado al pozo… aún.

Digo, lástima que en este mundo, para que yo tenga derecho a buscar mi propia felicidad, tenga que privarme de los amigos. Es imposible que tenga amigos, porque yo no tengo por qué esperar que alguien puede hacerme bien por quererlo para mí, y no puedo meterme con nadie para contribuir a su felicidad. Todos andamos caminos solitarios que algunas veces y otras no, se encuentran por accidente y nos hacen sentir la dulce ilusión de amistades que seguramente habrán disfrutado los maltrechos e imperfectos pueblos del pasado. ¡Mediocres esclavistas, enemigos de la bienaventuranza del hombre, jurados impíos que reniegan de la libertad! Pensar que hay felicidad común: ¡qué oxímoron más pesado para el destino humano, qué carga más innoble para la espalda de quien antes estaba destinado a mirar las estrellas y ahora carga agachado los bultos de su comunidad como si fuera una mula cualquiera! Tengo derecho a buscar mi propia felicidad, bendita sea, porque mis leyes me garantizan que no hay modo de que alguien más se entrometa en mi camino. Pero dos que se cruzan por serendipia en el nudo de dos caminos que van a diferentes destinos no pueden ser amigos. No importa cuánto anden juntos, no importa cuánto se miren, se escuchen, se hablen, no pueden amistarse, porque siempre terminarán en sitios diferentes. Nadie quiere lo mismo. Si alguien se entrometiera en mi camino, sólo entonces podría ser mi amigo porque iríamos al mismo lugar; pero, ¿qué más espantoso panorama contra mi identidad que ése?

Las sociedades de hoy vivimos bajo el signo del orden salvo, el del bien separado de toda comunidad. El bien sin ser común a nada, no puede ser un sentido, no hay qué ver ni a dónde voltear cuando todos miran a donde mejor les parece. Entonces, no hay bien en realidad. El bien común es una mentira, dicen las sociedades modernas. Lo mismo es decir que no hay bien. ¿Por qué? Porque los hombres no compartimos nada que nos haga mejores como seres humanos y que hallemos en el contacto con los otros. Nada hay que sea placentero y que pueda compartir, y sólo el placer es bueno; lo que comparto no me hace bien. ¡Pero ésa es la base de la amistad! Si fuera el caso de que compartiendo nos hiciéramos mejores, entonces lo que tendríamos de natural sería la comunidad, y eso implicaría el bien común. Eso no se puede, no hay tal cosa, dicen los hombres más doctos. Conclusión: el bien es el placer, el placer es el del cuerpo, y ése lo tiene cada quién sin compartir.

Mi máximo deseo es una inclinación individual que no comparto con nadie, por eso sé que mi naturaleza se dirige a un bien que sólo me compete a mí. No puedo tener amigos verdaderos, porque éstos son en la creencia ilusa de que existen las condiciones naturales en las que los hombres podemos hacernos un bien que es, además de común a todos, el máximo, cuando estamos en cierto modo juntos. Por eso es que los amantes del derecho a la búsqueda de la felicidad tienen que bendecir este maravilloso mundo sin amistad, sin intromisión ni coerciones inhumanas. El mundo de la libertad donde todos somos aptos para gobernarnos a nosotros mismos y decidir qué es lo mejor para cada quién. El hermoso universo en el que el mejor amigo de uno mismo es uno mismo, y su peor enemigo puede ser cualquier otro. Bienhallados los provechos que sacamos de tener la garantía de nuestra vida y nuestra libertad, que son condición necesaria del ejercicio de nuestra propia búsqueda, porque sólo gracias a ellos se han podido callar la boca los pretensiosos llamados alguna vez “sabios”, que andaban toda la vida predicando necedades sobre lo que era bueno para todos, y lo que era mejor para hacernos más felices. Esos necios han muerto todos juntos tarareando su insensata tonada en un unánime sonsonete, y su sepulcro lo adornan nuestros cantos espontáneos, originales, que nacen de cada cual a su manera, y en su tono peculiar.

¿Cómo puedo hacer para detener el tiempo?

¿Cómo puedo hacer para que este sentimiento cese?

¿Cómo puedo hacer para ver las cosas como son?

¿Cómo puedo hacer para decirte todo lo que siento?

¿Cómo puedo hacer para que el sol no salga más?

¿Cómo puedo hacer para que el río cambie su rumbo?

¿Cómo puedo hacer para que todo tenga sentido?

¿Cómo puedo hacer para que las palabras no sean sólo palabras?

¿Cómo puedo hacer para no sentir la soledad?

¿Cómo puedo hacer para dejar de amarte?

19 de mayo de 2004.

(¡Seis años han pasado!)

MI PÉRDIDA…

Mi amado es para mí

bolsita de mirra

cuando reposa

entre mis pechos.

Mi amado es para mí

racimo de uva

de las viñas de Engadí.

Cant. 1, 13

Hoy me siento triste y con enojo, siento que en unos pocos instantes he perdido todo, he perdido la seguridad y la confianza, tanto en él como en mí, cómo se atrevió a darme su palabra, a jurar que me seguiría hasta el fin del mundo de ser necesario, peor aún, cómo es que le creí, definitivamente me equivoqué al pensar que le conocía y que podía dejar lo más valioso de mi hacer y de mi tiempo en sus manos.

Ahora no comprendo por qué prometió cosas que no pudo o que no estaba dispuesto a cumplir, yo nunca le pedí tales promesas o juramentos, hasta donde recuerdo éstos nacieron de él, salieron del vallar de sus dientes cuando conversábamos en medio de ese hermoso jardín.

¡Ah! Aquél jardín, cómo olvidar ese jardín, cómo sacar de mi mente que yo lo arreglaba todos los días con esmero a fin de que él fuera feliz rodeado de tantas bellezas y milagros, cómo olvidaré que mis brazos siempre estaban abiertos y dispuestos a rodearlo cuando él se acercaba a mí, ya fuera cansado, aburrido, o fastidiado por la soledad que decía lo acongojaba tanto, soledad que, me decía, se disipaba en cuanto nos sentábamos uno al lado del otro, nos mirábamos a los ojos y conversábamos.

En estos momentos me duele recordar su mirada, me duele recordar mi reflejo en sus ojos y cómo él se veía reflejado en los míos, y más me duele que a pesar de la distancia que ya existe entre nosotros no puedo dejar de verlo, no sé por qué cuando lo miro siento que a pesar de su infidelidad no es justo que me enoje con él, me duele tanta confusión, me duele ya no poder creerle aunque vuelva a mirarme a los ojos, me duele que su palabra ya no valga nada.

Esta horrible confusión no me deja en paz, no sé en qué me equivoqué, quizá no debí darle tanto, es probable que al tener todo se haya fastidiado y decidiera marcharse, pero, porqué provocar mi enojo antes de irse. No, no creo que sea eso lo que lo llevó a incumplir con lo prometido, tal vez haya sido esa prohibición la que lo alejó de mí, acaso no vio que yo pretendía que siempre fuera él mismo, que así lo amaba y lo bendecía siempre desde el fondo de mi corazón…

Ya que importa que piense todo eso, él ahora está lejos de mí, y quizá nunca vuelva, ¡prefirió la compañía de esa víbora maldita!, por ella aprendió a mentirme, a ocultarme su rostro cuando lo llamaba; todavía recuerdo que ni siquiera se atrevió a darme la cara cuando le pregunté lo que pasaba, simplemente se alejó de mí y dejó que yo descubriera su engaño y que lo echara de mi lado para siempre.

Ahora, él vive trabajosamente al lado de su inseparable cómplice, ahora él ve el mundo a través de sus envenenados ojos, mientras que yo me quedo en la soledad de mi jardín, pensando qué estará haciendo, mirando desde lejos cómo se hunde cada día más por la invalidez de su palabra, y sabiendo que nada podrá sustituir a mi amado Adán.

Maigo.

Desobediencia

Era el atardecer del segundo día del mes de otoño del año tres mil doscientos ochenta y seis. P acababa de llegar a su casa, después de un largo día de trabajo en el edificio de la Secretaría de Propaganda y Difusión de la Ideología en Favor de Todos (la SPDIFT), cuando vio, al abrir la puerta de su estudio, una nota que había sido colocada sobre el viejo escritorio en el que guardaba sus queridos libros, los únicos tres que le quedaban después haber tenido montones y montones en el pasado, cuando los libros servían para algo. Era muy extraño encontrar una nota en su escritorio, pues esas viejas costumbres hacía tiempo que se habían olvidado; ahora todo era encender la computadora y ésta comunicaba al usuario todos los mensajes, recados, avisos, compromisos, eventos o recordatorios que necesitara saber cada día. Esa nota de papel era lo más extraño que veía hace mucho tiempo, pero también era lo más hermoso. Le recordaba sus tiempos escolares y de juventud, en que él y sus amigos o compañeros (ahora casi olvidados por su vieja memoria) se dejaban notas para avisarse los lugares en que se encontrarían a conversar, las horas en que estarían disponibles para reunirse; o simplemente para jugarse bromas entre ellos o para contarse las novedades que hubiera en sus vidas. Esos eran sus tiempos en la vieja universidad, ahora demolida y olvidada por todos, en el planeta quinto del sistema, en el que P había vivido, y que fue abandonado más tarde por todos sus habitantes, durante los años de la plaga. Desde esos días escolares, muchas cosas habían cambiado. Fueron tiempos de inocencia, de ingenuidad y de esperanzas; de ideales firmes y creencias libres, independientes. El devenir del tiempo había demostrado que la ingenuidad y la inocencia eran tonterías y debían ser dejadas atrás. La edad adulta de la humanidad, del pleno uso de la razón por parte de los hombres, había llegado. En consecuencia, las esperanzas no tenían sentido, pues sólo en aquello en lo que uno estaba seguro hubiera podido provocar algo así como la esperanza en que algo sucediera; pero como se estaba seguro de ello, se trataba más bien la confianza que daba la certeza: las esperanzas eran cosas del pasado. Desde aquellos días tempranos, P había vivido tantas cosas, en tantos lugares y conocido tantas cosas, que le parecía increíble que alguna vez pudo tener algo así como esperanzas, ideales o creencias, independientes del orden de la gran mente. Ahora que reparaba en ello, era absurdo, pues todas esas cosas tan sólo le habían ocasionado problemas, y habían preparado su ánimo para resistirse a la aceptación de la realidad, de la realidad innegable de la gran mente, que todo lo regía; lo cual había sido traducido en sufrimientos y angustias sin sentido; pero ahora ya todo era diferente.

Al tomar la nota con su mano derecha, y acercar su mirada, pudo reconocer la letra de su antiguo amigo 8.00032 del lejano planeta OC24-678, descubierto en los años treinta, aquellos en que el auge de la comunicación interplanetaria se había suscitado. En ese tiempo, cuando conoció a 8.00032, él hubo contado con unos treinta años, pero aún conservaba la costumbre de comunicarse por notas. ¿Había pasado tanto desde entonces? A P le pareció increíble. Tenía por lo menos veinte años que no sabía nada de 8.00032. De hecho, P creía que su amigo había muerto tiempo atrás, cuando se dieron los primeros ataques de las tropas rebeldes. El ver los caracteres escritos con el enorme cuidado que sólo un miembro de las antiguas brigadas, como 8.00032, correspondientes a las primeras expediciones a los rincones más lejanos de la gran mente, esta magnífica realidad que abarca todo lo existente, muchos recuerdos llegaron a él. Recuerdos de que él y los compañeros de ese entonces habían recibido la orden, directa de los sacerdotes de la gran mente, de descubrir ellos mismos, y demostrar así al universo entero, la realidad del vacío más allá de la gran mente, la ausencia de sentido de cualquier pretensión de independencia, la nada que abarca todo lo que está más allá de los límites del universo. Con ese ideal en cuenta es que se habían unido a las famosas brigadas que tendrían por encargo emprender expediciones hacia los nuevos mundos hallados allende los límites de las cinco galaxias originales, ya exploradas y colonizadas y explotadas por la humanidad, desde tantos años atrás. Tenían que comprobar y mostrar a todos que esos nuevos mundos sí pertenecían al universo, y que no había sido más que por error humano de cálculo que habían permanecido desconocidos para todos, menos para la gran mente; y que no eran una contradicción como lo era el extraño vacío de lo ilimitado, de lo impreciso e independiente. Había pasado tanto tiempo, que P ya no recordaba todos los detalles de su expedición, ni de lo que habían descubierto entonces; pero sí recordaba el inmenso deseo que lo llenó, al regresar a la base general de operaciones, de no emprender ninguna aventura similar en el futuro, a menos que la gran mente lo ordenara de nuevo; pero, según le habían informado, eso no pasaría nunca más. Su vida había sido tan tranquila desde entonces, sin grandes emociones ni impresiones; entregado a su nuevo trabajo, en la SPDIFT, a la que lo habían transferido, después del éxito de las brigadas. Su vida era buena, ahora; tranquila y buena.

Por todo ello, le parecía muy extraña la nota que encontró en su escritorio. Levantó la nota y pasó sus ojos por los caracteres que en ella estaban escritos: “Favor de presentarse a las 23.34.45, en las oficinas centrales de la SPDIFT, para asuntos de importancia mayor, relacionados con las brigadas.” Cierto que no había nada de raro en que alguien se hubiera metido a su vivienda, pues en última instancia todo era de todos, pues todos formaban parte de la gran mente; pero lo desconcertaba pensar en que alguien de las antiguas brigadas quisiera contactarlo. ¿Cuál era el motivo de esa importancia mayor? Un temor inmenso lo invadió de pronto, pues pensó que podían estarlo buscando para una nueva expedición. ¿De qué se podía tratar? Si desde aquellos tiempos ya no existía ningún rincón lejano a la gran mente, pues todo era cercano y conocido dentro de ella. ¿Cuál podría ser el motivo de esta nota?

Permaneció de pie, desconcertado por unos instantes, pensando en una infinidad de cosas extrañas. ¿Qué sucedería si lo enviaban de regreso a las brigadas? ¿Estaría dispuesto a regresar a aquellos tiempos, queridos, pero temidos? ¡No! ¡No podría hacerlo! Arrugó la nota y la tiró lo más lejos posible, como si fuera algo perjudicial a sus manos.

Salió de su habitación azotando la puerta detrás de él. Abandonó el edificio sin hacer caso a nadie ni a nada, y corrió, corrió por las calles de la ciudad. Corrió como huyendo de algún peligro terrible. Corrió por mucho tiempo sin pensar en nada. Corrió por cerca de cinco horas, aunque no se percató de ello. Cuando por fin se detuvo, se dio cuenta de que delante de él había una especie de puerta de algún metal extraño y azulado, con una inscripción que decía: “Absentem accipere debemos eum, qui non est eo loci, in quo loco petitur”. Sacó el reloj que traía en el bolsillo y vio la hora: las 23.34.40.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.