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¡Silencio!

Ahora que trato de escribir algo me percato de que las palabras no acuden en mi auxilio; el silencio impone su presencia en mi cabeza, en mi lengua y en mis dedos, los cuales no responden a mis mandatos por atender a lo dictaminado por él.

Me quedo perpleja ante la hoja de papel en blanco, y aún antes de haber dibujado un trazo le veo como si ésta ya estuviera llena, ya no hay nada que pueda dibujar sin mancharla, el silencio se impone y me deslumbra como lo hace la blancura del papel cuando lo coloco en la ventana y un rayo de sol es reflejado hacia mis ojos.

El cegador reflejo del papel me deja ciega, ya no veo con claridad aquello que me rodea, y el silencio se impone ahora más que nunca, no puedo articular palabra, no veo bien y eso me impide desatar los cordeles con los que el silencio me mantiene quieta.

De momento siento mi mente vacía, pero me percato de que estoy pensando en el vacío que siento que me invade y de que quizá podría escribir al respecto, pero de momento no veo con claridad como para que mis palabras puedan corresponder con justicia.

Por más que intento aclarar mi mente el silencio se impone me deja pasmada y alejada de la amable mano de la musa que me asistió antaño.

Maigo

Silencio

Después de mucho pensarlo, he decidido que el día de hoy tan sólo diré que hoy no voy a decir nada. Lo que sucede es que estoy cansado, y en esas condiciones lo mejor parece ser callar, para no decir incoherencias. Lo más curioso es que para callar de verdad también es necesario pensar, pues el que calla sin pensar no calla de verdad; tan sólo calla el que piensa algo acerca de algo más y está en posibilidad de decir su pensamiento, pero no lo hace por alguna razón.

 

Atrevido silencio

 

En la corola embriagada

del más efímero sueño,

interrogo las astucias

del desquite contra el tiempo,

y a la barahunda opongo

el escogido silencio.

Alfonso Reyes

 

Dice el conocido sainete: si en un desolado bosque cae estrepitoso un árbol y no hay nadie que lo escuche, ¿hay sonido? Igual podría preguntar si hay silencio, pero la estupefacción no se lograría con la misma facilidad: todo mundo sabe que en la ciudad, antro del mofle y la chuntata, el silencio no existe; obvio que en el bosque desolado sí. Sin embargo, el bosque desolado tampoco existe, porque sólo es bosque desolado el que se crea con la palabra cuando se habla de él. La soledad y el silencio son creaciones humanas.

El arte, dice un visionario personaje esquíleo, es más débil que la necesidad. Las ondas sonoras son necesarias: así sea el viento palmeando las hojas de los árboles, así la música de las esferas o la bestia gruñente acechando su presa. En medio del mundo de sonoridad ondeante se encuentran los animales y en sus oídos se produce el sonido; mas en los oídos de los hombres se produce esa sutil creación de quien piensa el tiempo llamada silencio.

El silencio se produce trágico, como en las malas noticias, el suspenso y la muerte, como en el grito vaporoso a cuentagotas del Nocturno de la estatua de Xavier Villaurrutia. Se produce, también, en la cautela, siempre hermética, como en la crítica velada, el comentario indirecto o la respuesta elusiva; Alfonso Reyes, picaresco pintor, lo esboza en: cuida no nos oiga Amor, que en sueños oír podría. O bien, el silencio es producción desesperada del hombre exhausto, exhalación sisífica, así en los versos furtivos de Salvador Novo: este tímido silencio cerca de ti sin que lo sepas. Silencio que desespera, silencio que llama a buscar lo que quizá no hay, o silencio que simplemente deja las cosas claras.

El silencio toma su forma perfecta en los versos, que son claridad furiosa, que son perfección humana. Por ello, el silencio algo tiene de sagrado, porque nace en medio del eterno fluir de las palabras, que es lo más divino que le ha tocado al hombre. Atrevimiento sería decir que el hombre debe habérselas con las palabras –pero mejor no lo digo.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla: ¿Los cambios en los diarios La Razón y El Universal son anticipos de la estrategia de guerra? Si es así, la pluma nuevamente servirá de bisturí al casi inexistente país.

…y el silencio en una conversación.

 

Hay gente que teme al silencio, otros que lo buscan y otros pocos que lo necesitan. Los primeros porque les parece que así suena la soledad, los segundos porque el aislamiento es bueno para concentrarse, los demás quizá por vicio o enfermedad. Lo único cierto de esto es que es falso por ser tan general y, como buena recomendación que nos ha sido legada, de las cosas humanas no podemos discurrir de maneras tan generales con un buen grado de exactitud.

 

Andarle buscando esencia al silencio no son modos, está tan fuera de lugar como lo estaría incluir al vacío en la tabla periódica. Esto sin mencionar lo inútil que resultaría ponderarlo como la ausencia de vibraciones en un medio. Si bien, la notación musical expresa su mesura, el primer paso concreto lo damos si comenzamos por hablar del silencio no como ausencia de sonido, sino como un fenómeno simbólico. Algo que se presenta dentro del lenguaje y con tantos matices como intenciones y sentimientos podamos expresar.

 

En efecto, vemos que puede significar respeto, reserva, irreverencia. Puede ser un indicio de atención, precaución o desconfianza, también puede asustarnos cuando nos recuerda que a eso puede sonar la nada. Ni la música ni el lenguaje serían posibles sin ello, pues más que una condición para ambas, también es su condimento. Y es esto último lo que me gustaría que revisáramos, pues ahí es donde podemos darle vueltas al silencio en una conversación.

 

Ya que vimos que sería necio atribuir un solo sentido al silencio, en una conversación a veces sirve para evidenciarnos la familiaridad o lejanía que tenemos con alguien. Los silencios más dolorosos se dan cuando estos nos denuncian que una relación se ha roto o está por romperse, los más incómodos cuando una relación no acaba de darse y –quiza— no hay modo que pueda darse; y pese a ello, los más sanos cuando no hay nada que decir.

 

En ocasiones también sucede que el silencio dice más que las palabras. Y no me refiero a cuando silenciosamente dirigimos una mirada, un gesto o alguna seña, sino cuando sencillamente hacemos nada y puede tomarse como mensaje. Del silencio de la indiferencia a aquél que constituye los pilares de un enigma, pasando por el de la estatua que rompe su silencio en el poema de Villaurrutia, más que abismos hay mundos de diferencia.

 

Entre broma y broma…

¿En qué momento fue que todo cambió? ¿Cuándo se perdió la autenticidad en el reír, haciéndolo más escandaloso? ¿Cuándo se decidió que la amistad no nos importa tanto, por lo menos no tanto como lo pregonábamos antaño? ¿Cuándo comenzamos a borrar las distinciones entre la mayoría de las diferentes amistades que solíamos tener y nos volvimos fetichistas con una sola?

¿En qué momento se redujo todo a la burla, tanto activa como pasiva? ¿De dónde esa necesidad de hacernos los graciosos en todo momento, incluso los menos adecuados? ¿Será acaso desde que tenemos séquito y nos creemos a la altura de los grandes? ¿O será desde antes, sólo que no era tan evidente porque nadie nos hacía caso ni nos tomaba en serio? ¿Alguna vez fue de otra manera? ¿Puede ser de otra manera? Lamentablemente, parece que no…

Al parecer la única que logra sacarnos de nuestro pueril recreo, nuestra farsa, nuestra vida; es ella, la muerte. Frente a ella, cuando de verdad invade nuestra vida de manera íntima, sí que no bromeamos. La muerte es sólo la muerte cuando muere alguien que nos importa, y entonces guardamos silencio, pues no hay broma que logre quitarla de allí. Ninguna de ellas nos puede hacer recuperar a los perdidos por la muerte, a los ganados por la muerte. En fin…

… Ya me puse serio y eso no me gusta. Seguro a ustedes tampoco, así que pónganse a contar chistes y bromas, que yo me les uniré. Humillemos a alguien que queremos y que nos quiere, como siempre hacemos. Al fin esa persona, la que nos quiere y a quien humillaremos, nos ha de perdonar y seguirá haciéndonos compañía en todo momento, incluso cuando la muerte se nos haga presente otra vez.

No podemos mentirnos. Las bromas no son tan poderosas. Pero podremos intentarlo, como llevamos tiempo haciéndolo, pues lo único que nos importa son las bromas que nos oculten las muertes que tanto nos duelen.

Bromeemos entonces, pues, por lo visto, el auditorio está lleno, y los fanáticos ya no pueden esperar…

Hay ciertos fenómenos anímicos ante los cuales la palabra parece enmudecer, mientras más tratamos de enunciar algo respecto a los mismos notamos que nos quedamos insatisfechos, y esa insatisfacción nos puede conducir a desconfiar en la palabra y a actuar como ciertos individuos extremistas y limitarnos a ir por el mundo sólo señalando con el dedo lo que pretendemos mostrar a los demás.

Una de esas experiencias es el aburrimiento y al reflexionar sobre cómo hablar respecto a éste me parece que se mostrará con claridad si se justifica en algo la desconfianza en la palabra que muestran aquellos que deciden callar, o que peor aún deciden hablar sin el menor cuidado de lo que dicen.

Lo primero que podemos notar al pensar en el aburrimiento es sobre éste se puede decir mucho, y todo discurso en torno al mismo puede expresar lo que él es de dos maneras:

Una, atendiendo al modo de presentarse de ese estado anímico, reflexionando en torno a la inmovilidad en la que parece sumergirse el alma, pues quien está aburrido se ve a sí mismo sin deseo de moverse hacia algún lado, carente de apetito alguno; pero ¿cómo hablar sobre una carencia, cómo definirla?, parece que para hablar sobre algo así exige a quien articula un discurso respecto a la misma la capacidad para hablar sobre lo contrario, así pues un discurso sobre el aburrimiento, tendría que empezar por señalar lo que no es éste, es decir atender al movimiento que realiza el alma una vez que encuentra algo que la estimula, es decir, algo que la empuja a hacer algo, pero, hacer tal cosa trasforma el discurso sobre el discurso sobre el aburrimiento en un discurso sobre lo contrario, a menos que quien discurre sobre un asunto como el aburrimiento tenga la capacidad para hablar sobre el no-ser.

La otra manera de hablar sobre el asunto que hoy me ocupa, atiende a la posibilidad de que el discurso en torno al aburrimiento pueda conducir al alma a experimentar aquello de lo que se habla, es decir articulando un discurso sobre el aburrimiento que si bien no habla con claridad y precisión de lo que pretende sea lo suficientemente aburrido como para que aquel que lo escuche sepa con claridad lo que éste es mediante la experiencia y no mediante la palabra, pues en cuanto el alma es sumergida en la inmovilidad que implica el aburrimiento deja de sentirse llamada a prestar atención a lo que está diciendo el discurso. Considerar que ésta es la mejor manera de mostrar qué es el aburrimiento implica que hay cosas que la palabra no alcanza a decir, pero que los límites con los que se encuentra la misma no le impiden abrir la puerta para que veamos lo que algo es mediante la experiencia.

Así pues, por muy difícil que resulte hablar sobre algún asunto, tal y como sucede cuando se trata de hablar sobre el aburrimiento, no es válido cerrar completamente la puerta a la palabra, pues si bien ésta fracasa al tratar de enunciar aquello sobre lo que pretende hablar, puede llevar a quien la escucha a experimentar aquello sobre lo que se habla.

Maigo.

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