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Cambio de Opinión

Los adultos dan la cara por lo que dicen y por lo que hacen. Ser capaz de dar una respuesta a lo que sea que se pregunte sobre los hechos y sobre los dichos es mínimamente lo que uno espera de alguien serio, y es en ellos en quienes más se confía porque tenemos el hábito de notar la “entereza” como signo de buena disposición. Puede ser que haya más de una razón para esto. Se me ocurre por lo pronto que quien tiene palabra la mantiene como reflejo de que él mismo se mantiene, y por ser más regular que quien es descuidado, resulta natural que esperemos de él lo que hará: lo que dice que va a hacer, o lo que siempre hace.

Esto quiere decir una de dos cosas: o que es falso el dicho popular de que “es de sabios cambiar de opinión”, o que tenemos en muy baja estima este cambio. Como dijo ya hace mucho tiempo un hombre que cuidaba su manera de hablar, y como repitieron muchos después de él, afirmar no sólo es decir que algo sí es algo. Afirmar es una acción, y el movimiento en que consiste es -como indica su nombre- hacer que algo se vuelva firme. Tendríamos por necio a quien pensara que el perico afirma, y no que repite afirmaciones. ¿Pero qué cosa se vuelve firme y en dónde? La opinión se vuelve firme en el pensamiento, porque se afirma lo que se piensa. La diferencia entre una y otra manera de entender el viejo dicho es notoria cuando en efecto se tiene una opinión, pues quien repite lo que escucha sin pensarlo no afirma nada, y no tiene opinión. Es de sabios cambiar de opinión porque ésta no siempre es verdadera, pero quien puede cambiarla es porque de hecho la había ya afirmado y ahora nota por qué estaba en un error al comunicarla. Es responsable quien puede responder por sus actos y opiniones, y es responsable también quien está abierto a que le demuestren que está equivocado.

La apertura al error es, sin embargo, cosa mucho más complicada que la que dejaría ver un esquema a blanco y negro en el que las cosas o bien son, o bien no son. El ser se dice de muchas maneras, dijo alguien más. Cuando quien habla solamente repite lo que “pasa” o “lo que es”, sin tener opinión ni juicio sobre lo que pasa y sobre lo que es, no hace nada distinto de alguien que repitiera como loro las tablas de multiplicar. Cuando se habla sobre la situación del país, por ejemplo, o cuando se habla sobre el carácter de la mayoría de la gente y sus costumbres, no se puede relatar sin juicio como si hubiera un estado puro ajeno a nosotros al que el historiador tiene mágico acceso. “¡Las cosas como son!” gritan muchos sin pensar que todos tenemos que preguntarnos todo el tiempo cómo son. Quien escandalosamente habla sobre las tragedias y el horror del presente, y al doble se altera proyectando las calamidades futuras; y más, que censura a quien habla de lo mejor por ser un “ingenuo” que no alcanza a ver cómo son las cosas; éste es incluso más ingenuo, pues piensa que existen los eventos en su mundo y, apartado pero observando, él que habla de ellos desde el suyo, ambos puros y sin afecciones del otro. Peor aún, quien así habla es un irresponsable, pues fácilmente confunde a quien escucha haciéndolo creer que las cosas que son sólo tienen un modo de ser. Quien así habla supone que la enfermedad sólo es enfermedad, y no que también nos deja ver por contraste la salud. No por ser responsable es alguien sabio, pero está en mejor disposición para aprender. Aprendemos de ese dicho que sería mucho esperar que los irresponsables cambiaran su modo de hablar, pues después de la catástrofe difícilmente darán la cara por lo que dijeron. Después de todo, ellos “¿qué responsabilidad tienen de lo que pasa si sólo nos informaron de ello?”. Mejor nos hará a nosotros que vivimos entre el escándalo, escuchar con atención a los que hablaron sobre las cosas importantes con la disposición de percatarse del error en la calma, y responder por él.

Lo sé

La mentira es demasiado fácil para mí, siempre lo ha sido. No soy mentirosa por voluntad, soy mentirosa porque no puedo ser de otro modo, sólo soy así.

Sabes lo que siento por ti y todos tus actos o palabras o la forma en que me miras, pero sabes también cómo y hasta dónde puedo responder a ellos. No es que no entienda lo que por mí sientes, sino que no entiendo el por qué lo sientes. En realidad, a últimas fechas entiendo muy pocas cosas, pero sin duda ésta es la que se me complica un tanto más de todas, aquella cosa innombrable de tu texto pero que salta a la mente en cada palabra que ahora te has puesto a redactarme.

Miento, sí, ya lo he aceptado y deberías darme algo de crédito por ello, pero no es lo único que sé hacer ni lo que hago con más elegancia. Sé perfectamente cómo responderte ahora y qué letras he de usar, sé cómo mirarte, cómo sonreírte, cómo tocarte y cómo besar suave, lenta y húmedamente tus labios para tenerte aquí escribiéndome, para encantarte. Sé cada paso que debo dar ante ti, tengo perfectamente estudiado cada uno de mis movimientos en tu compañía, mi sonrisa, mis ojos, todo bajo mi cauteloso control. Sé exactamente cómo debo ocuparme. Y también sé el modo más eficaz de retractarme. Sé de memoria cada uno de los gestos espontáneos que acompañarán mis dichos y he repasado ritualmente las posibles muestras de cariño para contigo. Lo sé todo.

Pero creí que no te habías percatado de ello pues, te mostrabas tan feliz.

¿Sabes? Yo creo que tú eres responsable de todo eso que has tenido a bien señalar y aún de más. Incluso de lo que puedo llegar a sentir, eres tan responsable por eso como yo lo soy por lo que tú pienses, no sólo ahora sino normalmente, de mí. Lo somos. Aceptémoslo. Claro que todavía sigo sin entender eso qué significaría. No lo que esperas, sino tan sólo lo que significa, pues aquello no sé qué tanto venga aquí a colación.

Hágannos responsables las situaciones, los escenarios, las personas o cualquier cosa más, nosotros no lo haremos. Lo aceptamos pero no lo hacemos. Yo al menos, no.

 La cigarra

XV

Soy responsable de mis palabras

No de mis sentimientos

 

Responsable de mis actos

No de mis pensamientos

 

Responsable de cómo te miro

Mas no de lo que miro

 

Responsable de cómo te toco

Mas no de lo que toco

 

Responsable de lo que te hago

Mas no de lo que sientes

 

Responsable de lo que te digo

Mas no de lo que pienses

 

Responsable de decirte que me encantas

Aunque en todo lo que haces

Me doy cuenta de que mientes

Eterna juventud

La entrada de hoy día, ha sido escrita en respuesta al texto de oktli83 publicado el día de ayer en este mismo blog, por lo que pido al lector se remita al texto referido antes de proseguir con la lectura de lo que aquí presento.

El texto titulado Ya chole de martirios. El terreno continúa, puede ser dividido en dos partes, la primera la podemos distinguir porque se enfoca a los orígenes de lo que es la juventud, hablando de las sociedades primitivas y culminando con el potencial de aquello que son los jóvenes una vez que ha terminado la segunda guerra mundial; y la segunda que se enfoca en los movimientos juveniles como síntomas de la globalización que comenzaba a extenderse durante la segunda mitad del siglo XX. Para este comentario me enfocaré en cada una de las dos partes ya señalas por separado y terminaré hablando sobre la relación entre las mismas.

Oktli83 señala que la juventud es un fenómeno nuevo para la humanidad y que ésta es un producto más del amor al progreso que caracterizó en buena medida a los hombres que vivieron el romanticismo, sujetos que disponían de tiempo libre y de la posibilidad de acceder a múltiples placeres sin la necesidad de cargar con las obligaciones propias de los adultos.

De lo anterior se desprende una excelente descripción de la juventud, una vez que la vida ha sido dividida en etapas, en las cuales ya hay un camino intermedio entre crecer para ser maduro y las exigencias propias de la madurez. Gracias a dicho intermedio queda el espacio de tiempo suficiente para dedicarse a disfrutar de la vida, es decir, para buscar aquellos placeres que al ser tan efímeros como la juventud misma muestran lo que se puede esperar de los hechos realizados por aquellos que toman la voz de la juventud en cuello y deciden gritar sus grandes máximas al mundo, es decir, de los movimientos de la juventud sólo es posible esperar resultados tan efímeros como los placeres procurados por la misma.

Una vez que el autor ha dicho lo que es la juventud y el camino que ésta ha seguido a lo lardo de varios pasajes de la historia, llega al siglo XX, señalando que durante el periodo de paz, aquellos que más se han visto beneficiados con el surgimiento de dicho fenómeno son los jóvenes citadinos que muestran mediante sus acciones que hay algo que puede unir a los hombres más allá de las fronteras y de las ideologías, para ello cita las cartas de Revueltas y algunas de las diferencias que hay entre los diversos movimientos realizados por la juventud en años como el 68.

Lo peculiar de la manera en que el autor se refiere a los movimientos llevados a cabo por la juventud, me concentro principalmente en el reconocimiento a los jóvenes que conquistan sus espacios luchando contra las estructuras dominantes de poder, es que esa forma de pensar a dichos movimientos no se desprende de lo que se deduce de la lectura de la segunda parte del texto, yo me pregunto, si la juventud se caracteriza por la carencia de la responsabilidad que ha de tomar el adulto sobre su vida, ¿cómo es posible interpretar sus acciones como algo que no sean un mero juego?, es decir, ¿mediante qué recursos no he de pensar en lo hecho por los jóvenes como algo efímero?

A los hechos y a la definición de juventud ofrecida por el autor me remito, suponiendo que los movimientos realizados por los jóvenes efectivamente son llevados a cabo con la idea de lograr un cambio en las estructuras dominantes de poder, ¿por qué ningún movimiento ha logrado realmente ese cambio? Y por otra parte ¿qué tanta responsabilidad política puedo esperar de quienes al defender a la juventud acaban por defender junto con ello la posibilidad de no ser responsables por los propios actos? ¿ acaso no resulta contradictorio con la idea de lo que es un joven, un ser que transita entre la niñez y la responsabilidad de la madurez, esperar que los jóvenes sean responsables de cambios políticos que efectivamente modifiquen a la comunidad?, si se les hará responsables de algo, entonces no son propiamente jóvenes, son adultos y como tales hay que considerarlos y juzgarlos a todos.

Para terminar de demostrar lo que digo pregunto, no sólo al autor, sino a todos aquellos que gustan de verse a sí mismos como jóvenes más que como adultos ¿cuántos de aquellos seres que luchan contra las ideas dominantes que hay en su entorno, se hacen efectivamente responsables por sus actos?, ¿acaso no ven lo que hacen, su conquista de espacios, como conquista de espacios para el ejercicio de un  placer efímero e individual y no para la mejora de la comunidad en la que viven?

Maigo.

Perdido en la casa de Asterión

por Perro de llama

Esta entrada está pensada para quienes ya leyeron el cuento “la casa de Asterión” que viene en el Aleph de Borges, quien no lo haya leído, tiene que picarle aquí

Si es la primera vez que lo han leído, vayan a dar un paseo, distráiganse en otra cosa y repitan la operación.

Cuando leo la casa de Asterión, no puedo menos que sorprenderme. Perderme en los pasajes e innúmeras galerías (catorce cada una) que nos ofrece a los lectores la pluma de Borges. Las líneas que vienen, lector, lejos de ser una interpretación, son la crónica más o menos puntual, de la ruta imposible que es el recorrido del laberinto, de la casa de Asterión.

En soledad se leen los cuentos, como se podría leer cualquier otra cosa y sin embargo, siento que este es el relato que más lo refleja. Si bien, el monólogo y lo que nos dice Asterión, ya nos perfila a saborear esta doble soledad (la del lector y la del civilizado monstruo), esta sensación se intensifica al preguntarnos –como haríamos si estuviéramos en medio del laberinto— ¿dónde estoy? ¿Asterión se dirige a mí? Bien está inscrito en la infinitud del Aleph, bien es un discurso preparado al otro Asterión que es él mismo.

Me parece que ese cuento es la mimésis de la soledad. De cómo ha trabajado uno de los orgullos más atroces, y sobrehumanos. Después de todo, como Apolodoro refiere, nace del incumplimiento de una promesa por Minos: de convertirse en rey, ha de sacrificar en honor de Poseidón a un toro blanco, mismo que oculta entre los suyos a cambio de otro menos fino.

Esa soledad se puede apreciar desde principio a fin en su monólogo, si al inicio nos suena terrible su falta de trato con los demás, el cómo se explica las cosas a través de lo poco que conoce, como el infinito, que para él es el mismo número que suman sus víctimas rituales.  Acaba por abominarnos tanto sus pasatiempos de solipsista añorante, como la esperanza que guarda de algún redentor. Asterión, es tan extremadamente inocente de su condición como responsable de un orgullo desmedido.

El laberinto es ya por sí un signo de la labor del autoconocimiento. Ya el efesio nos puso en guardia cuando nos advertía que los caminos y los rumbos tienen un Logos muy profundo como para acabar de recorrerlo. Asterión no puede recorrerlo. Quizá nació para no tenerlo, pero me interesa más si acaso él es culpable de algo. Por qué necesitaría él redención alguna. La pregunta es tan válida para el caso de Asterión como para el mío o el tuyo, lector.

Para muchos puede sonar risible la idea del pecado original, y eso habrá que dejárselo al teólogo, pero ¿no somos acaso efecto de nuestros padres? Más aún ¿es posible que nosotros, sin saberlo, seamos la consecuencia de los actos de nuestros padres y abuelos y, por tanto, consecuencias que pueden ser consideradas ora aciertos, ora errores y hasta crímenes? Hoy día ningún Edipo se sacaría los ojos, pues en ignorancia el delito a lo más llega a ser imprudencial, –¡y eso es pensando la acción como hecho, y la impiedad como falta a un código!.

Si en algún sentido somos consecuencia de los errores y aciertos de nuestros padres, abuelos y ancestros, es precisamente a través de las cosas en las que Minos era sabio: en las leyes y, por tanto, en la educación del pueblo. Ya Platón llegará a defender la impresión que de él se tenía en un diálogo que lleva tal nombre, por tanto, a poner el énfasis de que las leyes forman al pueblo, como la planta que crece, como la técnica bien realizada. Como el valiosísimo discernimiento del bien y el mal: tan preciado al intelecto, como frágil ante las debilidades humanas.

Teseo contra el Minotauro

Dioses y lugares.

Y sereis como dioses.

Gén. 3,5.

La relación del hombre con la divinidad tiene como punto de partida la idea de ser algo creado por la acción de ésta, ya sea voluntaria, como en el caso del Génesis judeocristiano, o involuntaria, como ocurre con la acción de Brahma; al ser voluntaria la creación del hombre resulta que tenemos a una divinidad que se preocupa en algún sentido por su creación, la procura y la castiga según lo que ésta haga, al no ser voluntaria, la divinidad más bien pareciera indiferente ante lo ocurre con los efectos de su actuar constante y eterno.

Pero, sin importar que la creación sea el resultado de un deseo o de una acción involuntaria, la relación establecida entre el hombre y su creador siempre deja a la vista la jerarquía que hay entre uno y otro, el creador es poderoso y si bien en muchos casos no es omnipotente sí es mucho más fuerte que el hombre, el cual se caracteriza por su fragilidad en comparación con lo que puede hacer aquel.

A simple vista esta jerarquía marca la diferencia entre los que son más poderosos y los que son más frágiles, de modo que puede conducirnos a pensar la relación entre el hombre y la divinidad como una relación de sometimiento, donde el hombre se ve en la necesidad de mantener contentos a dioses caprichosos, como los más injustos de los tiranos, a fin de no ser destruido, y donde los representantes de esos dioses pueden abusar tranquilamente de aquellos que los necesitan como mediadores entre ellos y la divinidad.

Sin embargo, quedarnos con un vistazo rápido y lejano de lo que implica la relación del hombre con lo divino, no nos sirve de mucho cuando pretendemos entender en alguna medida lo que ocurre dentro de esta relación, por lo cual hemos de aproximarnos más a la misma y quizá hasta sumergirnos en ella, con el anhelo de no perdernos en medio de un laberinto tan intrincado como el diseñado por Dédalo.

Así pues, acercándonos un poco más a la relación que establece el hombre con la divinidad, nos encontramos con que ésta no necesariamente es una relación de sometimiento, en la cual el hombre se priva de hacer todo lo que le viene en gana por temor al castigo, tampoco es una relación en la cual lo importante es cumplir con determinados ritos para mantener contentos a los dioses, o por lo menos lograr que estos no se lleguen a molestar con nosotros. La relación del hombre con la divinidad, que no se queda en lo que se alcanza a ver desde la superficie, la podemos pensar como el resultado de lo que podríamos llamar conocimiento de sí, es decir, la relación hombre-divinidad depende en gran medida de la capacidad del primero para sumergirse en una reflexión sobre lo que él mismo es.

Veamos con más detenimiento en qué consiste ese conocimiento de sí, pues si pensamos nuevamente en que el punto de partida de la relación del hombre con la divinidad es pensarse a sí mismo como un ser creado, ya sea voluntaria o involuntariamente, notamos que el hombre se reconoce como un ser limitado, porque se percata de su fragilidad ante un mundo que constantemente se muestra hostil, y al ver esa fragilidad también ve las carencias que le impedirían hacerse responsable por determinados sucesos, ya sea que estos ocurran en su interior o en el mundo que le rodea, es decir, encuentra límites naturales a su voluntad y a su actuar diario; sin embargo, cuando el hombre busca conocerse a sí mismo, no sólo acepta sus limitantes y lleva esta aceptación a dejar todo en manos de la divinidad, también nota sus posibilidades, es decir, ve que a pesar de ser frágil puede modificar algunas cosas para estar mejor en el mundo y que a pesar de sus carencias aún quedan sucesos por los cuales sí puede asumir la responsabilidad de lo que hace y lo que ocurre con lo que hace. En resumen cuando el hombre se encuentra consigo mismo acepta que es al mismo tiempo un ser de posibilidad y un ser limitado.

Al ser posibilidad, el hombre encuentra que puede actuar y cambiar mediante el artificio algunas de las cosas que le rodean, a fin de sentirse mejor en el mundo, esos cambios sobre lo que le rodea, lo llevan a convertirse él mismo en un ser creador, que si bien no es tan poderoso como aquellos dioses que lo crearon, al menos resulta, en algún sentido, más poderoso que lo que ha creado, pues lo creado por el hombre es controlado por el hombre, ya sea para bien o para mal.

Al verse a sí mismo como un ser creador, la relación del hombre con la divinidad se torna más dinámica, pues no sólo se queda en el reconocimiento de los dioses como seres más poderosos que él, porque el hombre puede llegar a pensar en la semejanza que hay entre su hacer y el de sus creadores, de modo que su vida puede ser conducida por tres caminos muy diferentes, uno por ventura nos sacaría del laberinto de Minos, otro podría dejarnos perdidos para siempre y el último quizá nos conduzca a sucumbir ante el Minotauro.

El primer camino, podríamos dibujarlo pensando en el modo de ser de los hombres que lo recorren, aquí podríamos encontrar aquellos seres que al pensar en sí mismos como seres creados y creadores al mismo tiempo, se encuentran con varias semejanzas entre ellos y los dioses que rigen su vida, pero al ver tales no dejan de apreciar las diferencias que hay entre la divinidad y ellos, de modo que no pierden conciencia de sus límites, ni de sus posibilidades, esto los conduce a actuar de tal manera que sus actos muestren en todo momento la jerarquía que tienen los dioses respecto a los hombres, la cual es natural y deja ver a los hombres en todo momento cuál es su lugar y su papel en el mundo. En cierto modo podríamos decir que estos hombres se sienten ubicados en el mundo porque reconocen que les corresponde un lugar natural dentro de un cosmos ordenado, lugar conforme al cual se ha de actuar diariamente. Este primer camino sería el camino del piadoso.

Por otro lado, encontramos un camino que más bien se aleja de la primera vía, y dibujándolo nuevamente a partir de lo que nos dejan ver aquellos que lo recorren nos encontramos con que éste lo recorren aquellos hombres que al buscar conocerse a sí mismos encuentran las grandes semejanzas que hay entre ellos como creadores y la divinidad que los creó, sin que al ver tales semejanzas aprecien las diferencias que hay entre el hombre y la divinidad, al no ver las diferencias es muy fácil que el hombre pierda de vista la jerarquía que tienen los dioses respecto a él, de modo que llegue a sentirse como un dios un más; cuando esto ocurre, ya no cabe hablar de un lugar para el hombre, pues ahora puede ocuparlos todos al verse simplemente como posibilidad, al ya no haber lugares naturales en los cuales se desenvuelva éste, no queda de otra más que hablar de un mundo que se caracteriza por el desorden, y quizá sólo quede hablar de un mundo infinito, tanto como las múltiples posibilidades del hombre; sin un lugar, nada dice al hombre dónde se encuentra o cómo ha de actuar, pues tiene infinitas posibilidades a elegir, y entre las cuales perderse. Este sería el camino de los soberbios.

Y por último queda describir una vía, que se caracteriza por la idea del hombre como un ser creado e incapaz de crear algo, es decir, parte de la idea de que el hombre es un ser puramente limitado y completamente dependiente de la divinidad, en este modo de relacionarse con lo divino, si bien se reconoce la presencia de una jerarquía, ésta resulta tan pesada que aunque el hombre posea un lugar natural éste se queda condenado a la inactividad, de modo que nunca será responsable por sus actos. Este es como el camino de los muertos que son conducidos por Caronte, ninguno elige ser llevado a un lugar determinado, nada más se dejan conducir y arrastrar por las aguas.

Así pues  apreciamos cuan compleja llega a ser la relación del hombre con la divinidad, pues aún cuando se acepte o rechace la presencia de la misma, la manera como el hombre se ha de relacionar con los dioses depende del conocimiento que tenga de sí mismo como un ser que es posibilidad al tiempo que es limitado.

Maigo.

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