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Cuando el cambio no vale

La cultura del progreso reverencia el cambio, pues ve en él la más clara evidencia de la pronta realización del cielo en la tierra. Para los progres todo cambio, por el hecho de ser cambio, es bueno. El progreso es el cambio constante en la uniformidad, la moda estándar siempre variable y válida. Los progres se montan en el progreso como en hombros de gigantes y desde su privilegiada posición diagnostican su horizonte; por desgracia las más de las veces el diagnosta diagnostica mal, pues ha perdido el piso. Especialmente funestos son los diagnósticos políticos progresistas. En estos días, por ejemplo, se ha vuelto mayoritaria la opinión de las personas que ven con buenos ojos la caída del régimen egipcio, pues suponen que para todos es evidente que siempre es insoportable un régimen político de treinta años. [Lector no pienses mal, ¿cómo crees que ahorita señalaría tangencialmente que los mexicanos tan deseosos de la vuelta triunfal del PRI -¿Pisístrato reloaded?- aplauden como focas la revolución egipcia o que todos aquellos que ahora se indignan con un gobierno tan prolongado ignoran –pues no han leído a Heródoto- que los aneróticos egipcios tuvieron dinastías todavía más añejas que hundieron sus raíces en esas arenas donde no pasa nada?]. Sin embargo, es en la actitud de muchas de esas personas que reciben con júbilo la revuelta egipcia donde se muestra la cortedad de su visión y el desacierto de su juicio. Cuando el vicepresidente norteamericano declaró, el primer día del conflicto, su respaldo al régimen egipcio, radicales de todo el mundo lo acusaron de cobijar una tiranía; pocos, en cambio, notaron que el apoyo estadounidense al gobierno egipcio tenía por finalidad la estabilidad del Medio Oriente: apoyando al gobierno de Mubarak se contenía al antisemitismo radical.

Un caso semejante pudimos ver en nuestro país esta semana, cuando en medio de una manifestación el “democrático” y “austero” líder del SME llamó a una insurrección civil para derrocar al gobierno. De alguna manera supone que la violencia que se filtra por el filo de la puerta de nuestras casas se va a contener mientras la izquierda construye su revolución y pavimenta su camino hacia el poder.

Y sólo para no dejar, quizá también sería conveniente preguntar a los fanáticos del progreso por qué no incomodarse ante la falta de cambio en el gobierno venezolano, pues el reyezuelo que merienda con Bolívar anunció ayer que tiene asegurada su futura reelección. Por prudencia, no podemos confundir lo mejor con lo efectivo.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011: 1016 ejecutado (al 31 de enero).

Coletilla: Un partido político usará la pantalla de un grupo de intelectuales para subir a la UNAM a la pelea electoral por el Estado de México, en unos cuantos días veremos el flamante anuncio en la voz del director de la FES Acatlán.

Centenario en justa medida.

Hoy es el centenario de la Revolución mexicana, y ante esta fecha hay, al menos, cinco posibles actitudes:

a)      Indiferencia. Que quizá sea el sentimiento que domine a la mayoría de los mexicanos en tanto que no ven nada festejable.

b)      Indignación ante los festejos organizados por las autoridades gubernamentales. Que sería el sentimiento dominante entre aquellos cuya percepción de la realidad les indica que no hay de qué sentirse orgulloso cuando se vive en un país en el que la violencia y la pobreza abarcan cada vez más terreno.

c)      Algarabía. Sentimiento propio de aquellos que siguen gozando de los beneficios que trajo consigo el movimiento de 1910, tales como las posibilidades de acceder al poder, tan criticadas por aquellos que se sienten indignados.

d)     Fastidio. Que sería el sentimiento dominante entre aquellos que ven en esta fecha, la obligación de festejar algo que no les importa y parece no afectarles en lo absoluto, salvo por el hecho de tener que soportar el cierre de avenidas, debido a ciertos desfiles, o por tener que levantarse temprano para desfilar.

e)      Reflexión. Actitud menos presente, y quizá más sensata, pues ésta no pretende quejarse de lo perdido o vanagloriarse con lo ganado, más bien busca ver lo que sucedió en ese momento de la historia de un pueblo, y la forma cómo aquello lo ha moldeado o lo ha mantenido siendo lo que es.

De estas posibles maneras de percibir el centenario de la Revolución mexicana, las primeras cuatro se caracterizan por plantarse en el presente, es decir, juzgan lo sucedido en función de sus resultados. El amor al progreso que se mantuvo a pesar, o gracias, a la revolución, nos deja pensar que lo pasado no importa o que no ha servido de nada si no hemos progresado todos al mismo paso; o nos deja ver que comparados con la situación pasada ahora hay más seres que pueden acceder a las delicias del progreso; de ahí que muchos vean a la revolución como algo digno de alabanza o como algo que no sirvió de nada.[1]

La última actitud ante el centenario de la Revolución mexicana, emerge desde una visión a lo que constituye a un pueblo como tal, si bien presta atención al pasado, al presente o al futuro, no lo hace con la finalidad de aplaudir o aburrirse con la presencia o con la ausencia de cambios. Su finalidad es más bien ver lo que ha venido siendo el hombre, pero al tener una finalidad tan general no se pierde en las peculiaridades de lo que un solo movimiento muestra.

Observado al hombre reflexivo, notamos que si bien este ser no se viste de colores para acudir al festejo de un centenario, tampoco se viste de luto o desgarra sus vestiduras anunciando nuevos movimientos, más bien se mantiene con la sobriedad que ha de tener un buen observador, sobriedad que hace falta cuando se pretende conmemorar algo en las justas proporciones.


[1] Peculiar resulta que aquellos que consideran que la revolución de 1910 no ha servido de nada, pretendan llamar a una nueva revolución, como si la medicina y el agente que causa una enfermedad fueran iguales.

Seis razones para comprar una enciclopedia

1. La cantidad de libros que componen una colección enciclopédica de calidad es una inversión directa a la imagen culta del librero familiar.

2. Los empastados en piel y letras doradas hacen relucir los libreros de madera.

3. Siendo tan general, una enciclopedia nunca compromete ideológicamente.

4. Al contrario de los libros en serio, poseer una enciclopedia libra del peligro de que la visita incómoda pregunte qué le ha parecido el libro o si no se tiene la impresión que la línea narrativa es un poco exagerada.

5. Poseyendo una enciclopedia puede concluir una molesta discusión amateur mediante el artilugio ostensivo: “lo leí por ahí” o “por ahí lo dice”.

6. Podría aprender algún dato interesante, en el menor descuido.

Námaste Heptákis

La siguiente nota ha surgido en respuesta al texto Panegírico del chisme, publicado el día de ayer por Námaste Heptákis en este mismo espacio, por lo que pido al lector se remita a la lectura del mismo antes de continuar con la presente.  No te preocupes lector, te espero, tomate tu tiempo.  Puedes encontrar el texto al que me refiero aquí.

¿Ya?… ¿Estás seguro de haber leído con calma?… Siendo así, continuemos:

En el panegírico del chisme, el autos nos muestra a aquello de lo que está hablando como una actividad poética, pues el chismoso ha de componer bien aquello que ha de contar, en tanto que tiene que componer, yo preguntaría al autor, ¿en que se podría fundamentar la veracidad de un chisme?, ¿qué es lo que hace que el chismeado, estoy pensando en quien recibe el chisme, pueda confiar en el adornado relato del chismoso?

Por si esto fuera poco, el autor coloca al chisme como un instrumento mediante el cual se vale el buen chismoso para educar al otro en lo privado, dando por hecho que la poesía educa bien a los hombres, y más aquella que surge de especulaciones fundadas sobre lo que el otro deja ver, que al ser propio de lo privado es mínimo, ante esto preguntaría al autor de tal loa, ¿en qué se basa para decir que la poesía conformada por el hacer del chismoso logra educar a los hombres en los pudores?, ¿qué tan confiable es una educación fundada sobre los pilares de una especulación respecto a lo que hace el otro?.

La loa sobre el chisme es muy bella como construcción poética, pero no muestra, más allá de elogios mal cimentados, por qué el chisme es deseable en una comunidad, no resulta del todo claro que el buen chismoso sea tal debido a que se preocupa por el chismeado, en los dos sentidos señalados por el autor, tampoco es fácil creer que quien escucha atentamente un chisme lo haga para educarse, para evitar lo vil.

Y no conforme, con la maraña de argumentos que presenta el autor para que aquellos que sienten alguna inclinación al chisme se sientan bien, y se vean a sí mismos como educadores de hombres, el autor critica a quien no gusta del chisme acusándolo de progresista, es decir, de andar por la vida avanzando sin mirar bien por donde pisa, más bien considero que quien se ocupa de la vida del otro y trata de sacarlo a la luz, pensando en lo importante que es hacer público lo privado, es quien busca que la humanidad avance hasta caer al precipicio.

Maigo.

Panegírico del chisme

Lo privado es el ámbito propio del chisme. Nos reunimos en grupos pequeños, privados, zurcidos por la puntada del tiempo con el hilo de la confianza, y contamos a voz baja los vislumbres de intimidad que llegamos a tener sobre alguien, sobre algún conocido en común. El desconocido no da buen chisme, pues nada hay en su vida que tenga raíces en la nuestra. Para tener un buen chisme, lo chismeado deber sernos importante en algún sentido. El sabor del chisme se encuentra en aquel cuya vida sí nos interesa, en la vida que nos interesa para bien: nunca se chismea para mal, pues eso se llama intrigar, denostar, y persigue intereses viles. En cambio, el chisme es una preocupación genuina por la vida del otro, del chismeado en su doble sentido: del que se cuenta y al que se le cuenta. El chisme es una especialidad de la ciencia política.

El buen chismoso, especialista en los detalles de la legislación de la vida privada, es, además, un buen poeta. Para contar un buen chisme, el chismoso debe producir un discurso completo y verosímil; si incompleto, no puede ser seguido por los compañeros de chisme, si inverosímil, el chismoso pierde credibilidad y posibilidad de éxito en sus producciones. Porque el buen chismoso no sólo cuenta chismes por el mero hecho de contarlos, sino que chismea para educar: para poner como modelo los hechos vergonzosos de los compañeros de la vida. Si el poeta de lo público educa las pasiones, el poeta de lo privado que es el chismoso educa los pudores; por eso, la vida del desvergonzado no es interesante para el chismoso: de él se espera cualquier bajeza. Lo bajo nunca es modelo, excepto cuando ello puede redefinir las expectativas. Y en esto último radica la importancia del chisme para la vida: es antídoto para la soberbia. Por ello, además, en una sociedad de información y transparencia, como la nuestra, el chisme tiene tan mala nota como la soberbia gallardía: aspiramos a la fama como propia producción, quisiéramos tener el control del muro de mensajes de nuestra vida, quisiéramos ser sólo un avatar reconfigurable que decide de su pasado y de su entorno. El buen chisme está abandonando nuestras vidas.

Námaste Heptákis

Religiosidad reciclable

No sin cierto descuido podríamos afirmar que las cadenas de correo electrónico han venido a sustituir las grandes leyendas antiguas; sobre todo cuando el contenido de dichas cadenas pretende ser aleccionador. Sin embargo, hay un elemento propio de las cadenas de correo electrónico que no está presente en las sagas de la antigüedad, ni siquiera en las fábulas; llamaré a ese fenómeno ‘religiosidad reciclable’.

En la antigüedad, y las tradiciones no cristianas, la religiosidad era una cosa y las leyendas otra, si bien podrían mezclarse en el aire de la oralidad y alimentarse mutuamente. Así, por ejemplo, leer a Hesíodo nos puede dar cuenta del panteón griego, pero no precisamente de su religiosidad. De la misma manera, leer el Ramayana nos puede informar sobre el modo hindú de pensar, y no por eso nos convertirá al hinduismo. Otra cosa es, ya llegado el cristianismo, que se nos convierta mediante el texto, que las historias que aderezan la religión lleguen a tornar la religión misma, y por tanto modifiquen el modo de fabular. Sin embargo, una vez que el cristianismo entra en crisis, o más bien entra en crisis ese hombre moderno que se vanagloria de la muerte de dios, no está muy claro si el texto sigue siendo sacro y conserva su habilidad para convertir a los profanos, o lo sagrado y el texto ya son cosas tan distintas que nada tiene que ver una con otra, o como ya no hay nada sagrado, todo es texto susceptible de interpretación: deificación de la historia, apostolado hermenéutico. En medio de esto, sugiero situar la reflexión en torno a las cadenas de correo electrónico.

El esquema general de las cadenas, de las aleccionadoras al menos, es, regularmente, apelar a la lástima por un congénere injustamente sufriente y anunciar fanfarronamente la posterior conversión –religiosa, política, moral- del sufrido. Con resabios cristianos, la mayoría de las cadenas se acompaña de fotografías deprimentes y música pausada –que en esnobismo de la naquería es considerada ‘apropiada para pensar’-. Una que otra máxima –lo mismo da quien lo haya dicho-, una que otra frase reprobatoria. Y lo más espectacular es, siempre, el final. Regularmente, una vez que se dice que el lector es lo peor, que algo debe al mundo por el simple hecho de seguir vivo, se le hace ver que no todo está perdido, que tiene la salvación en sus dedos, que puede dar vida y esperanza con sólo mandar ese mismo mensaje a todos sus conocidos. Finalmente, como todo en la futilidad, la inmediatez electrónica ofrece la salvación a un solo click de distancia. ¡Y todos felices con la efímera gloria!

Námaste Heptákis

Coletilla: Tú puedes, culpable lector, salvar al auditorio Justo Sierra, sólo da click aquí.

Ideas para la sequía

Las universidades se han vuelto burocracias

especializadas en la producción de burócratas

Gabriel Zaid

La revolución mexicana sabe a polvo. El gobierno revolucionario prometió que llovería justicia social. Al paso de los años, con el ir y venir de sus gesticuladores en el poder, no pudo hacer llover. La transición democrática, años más tarde, fue esperada por muchos como salvífico diluvio, pero la tierra no se refrescó. Ahora, cuando aumenta el número de los descreídos del diluvio, son más los que adrede levantan polvo, son más los que voltean a ver nuevamente esperanzados a los encantadores de la lluvia. Mientras, el polvo se acumula en los labios, la boca se reseca, nos cansamos de esperar. ¿Qué esperamos, exactamente? La revolución prometió justicia social: reparto de tierras e igualdad de oportunidades. Las tierras se repartieron y se afianzaron los cacicazgos; se igualaron las oportunidades creando una gran pirámide para que todos pudieran subir. Al paso del tiempo, los de arriba fueron los universitarios y dictaron las reglas de la oportunidad: para que todos lleguen, todos requieren ser universitarios, y para ser universitarios se requiere abandonar el campo e ir a la ciudad. Ahora, el campo está seco, desolado; la ciudad abrumada, churrigueresca. ¿Qué pasa en la universidad?

La universidad mexicana es la matrona de las falsas esperanzas, la nodriza de las malas costumbres, el club matutino en que los jóvenes se relajan de las presiones del club nocturno. Como escalafón de la pirámide, la universidad mexicana cada vez sirve menos para estudiar y más para las relaciones sociales. Ser universitario es tener acceso al mundo de las oportunidades de negocio; y sólo es negocio lo que es reclamado por la sociedad. La sociedad puede reclamar una variedad de cosas tal como variada puede ser ella misma. Casi podríamos decir que cuando observamos lo que una sociedad pide, podemos darnos una idea de lo que esa sociedad es. Pongamos un ejemplo. Averroes, siguiendo a Platón, afirmó: “nada hay más indicativo de la mala conducta de los ciudadanos y de la ruindad de sus ideas que el hecho de que tengan necesidad de jueces y médicos, señal cierta de que carecen de cualquier clase de virtud y sólo cumplen sus ciencias por la fuerza; conforme más necesiten los miembros de dichas ciencias [la jurídica y la médica] y más honores les rindan, más lejos estarán de la justicia”. Por fortuna, mala fortuna, nuestra sociedad ya no demanda principalmente ambas ciencias. Gracias al populismo del gobierno revolucionario, la profesión médica pasó de una práctica individual y limitada a las posibilidades de atención individual, a una pirámide burocrática que ofrece progreso laboral para los médicos y cobertura universal y gratuita para los pacientes; i.e. ya no es necesario que el médico se preocupe por la calidad de su labor, sino por hacerse de las relaciones sociales necesarias para subir (lo mismo en hospitales públicos que privados); al paciente ya no le cuesta en sí mismo su salud, leyes benévolas cuidan y protegen la preservación de sus hábitos. Por su parte, la profesión jurídica ha pasado a segundo plano. En los buenos tiempos de los gobiernos revolucionarios el poder se repartía y compartía en los pasillos de las facultades de derecho, las influencias se transmitían a través de la corbata. Lo importante no fueron tanto las leyes, no se diga ya lo justo, sino las relaciones: quedar bien con tal maestro, hacer la reverencia a la derecha y mostrarse correctamente indignado a la izquierda. Por suerte, repito, eso es historia. Para sorpresa de muchos, considerando a la UNAM como indicador nacional, en el presente año la licenciatura en derecho ha cedido su lugar a la licenciatura en administración. ¡Los vientos de la transición democrática!

No está de más especular a futuro. Dejando las malas leyes de lado, la vida política tornará administración. Lo justo y lo injusto dejarán de ser criterios sociales y se considerará al libre cambio como principio único de bienestar. Estamos en el tiempo en el que todo es administrable, desde el turismo hasta el tiempo libre. La medicina, parásito de los tiempos, se considerará administración del cuerpo: algunos especialistas para administrar inhibidores del dolor, algunos otros para administrar catalizadores del placer. Quizás el derecho deberá ser la administración de amparos. Quizá también nos hará falta un Averroes que nos explique a Platón para mostrarnos nuestra lejanía de la justicia. Quizá, por último, también aprendamos a administrar el polvo.

Námaste Heptákis

Coletilla: ¿De veras vamos a dejar el camino llano a López Obrador? Además, seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.



Sistema educativo: gran problema, gran solución

Para Gerardo Ordaz,

que comparte las dudas.

Entre las voces que afanosamente claman la piedad gubernamental ante el desastre educativo nacional hay algunas que, jactando su probidad, pretenden exhibir la única solución posible: mejorar el sistema educativo. Acordes a su fin, aquellas voces explican que la educación será mucho mejor cuando los maestros estén mejor preparados y que por lo mismo la revisión, supervisión y actualización constante de la capacitación docente es un paso notable en la mejoría de la educación nacional. Mínimamente razonan lo siguiente: maestros mejor preparados preparan mejor a los estudiantes y por tanto los estudiantes mejor preparados serán en el futuro mejores maestros que prepararán aún mejores estudiantes… Inmersos en las vueltas de la espiral del progreso, y quizá peligrosamente turbados, no logran ver una diferencia fundamental en cuanto al análisis de la educación: no es lo mismo el sistema educativo que la educación.

Entre las muchas diferencias del sistema educativo y la educación considero que tres son fundamentales. En primer lugar, el sistema educativo es un órgano adecuado a la medición y estandarización orientadas al manejo estadístico de las cifras de índices educativos; mientras que la educación, en tanto proceso individual de autoconocimiento, elude las medidas y los estándares, pues es esquiva a las comparaciones. El sistema educativo es una maquinaria para la rendición de cuentas; la educación es un estado individual. En segundo lugar, el sistema educativo se mueve a partir de la promesa de ascenso en la pirámide burocrática -ya sea laboral, ya del sistema educativo mismo- mediante la inversión en capital curricular; mientras que la educación se mueve a partir del deseo de saber propio del individuo y con independencia de los afanes progresistas. El sistema educativo promete ser alguien en la vida, un lugar en la sociedad piramidada, progreso personal; la educación no promete nada. Y en tercer lugar, el sistema educativo requiere ampliación y expansión constante de sí mismo a fin de, por una parte incluir más personas en la pirámide, y por la otra cubrir las necesidades de consumo de aquellas personas que ya están integradas en la pirámide; mientras que la educación es una relación limitada, en tiempo y en espacio, al maestro y al discípulo, relación que no pide más que la propia naturaleza de ambos. O en otras palabras, mientras el sistema educativo exige escuelas, universidades, funcionarios administrativos, acadestrativos, uniformes escolares, pizarrones, pizarrones electrónicos, TIC’s, bancas, enciclomedia, conferencias magistrales, cursos con el reconocido catedrático extranjero Dr. Fulano de Tal, discursos, inauguraciones, cortes de listón, acarreos, corbatas, aplausos, celebraciones del mes de mayo, periódicos murales, homenajes a la bandera cada lunes, secretarias petulantes y tejechambritas, diplomados, certificaciones, posgrados, cuerpos directivos, pompas propias de los cuerpos directivos, besamanos, trámites de titulación, servicio social, transporte escolar, cooperativas que administren la venta de alimentos al interior de los establecimientos escolares, legislaciones especiales sobre los alimentos que se pueden vender en las escuelas, contrabando de alimentos prohibidos en las escuelas, especialistas en nutrición que generen programas de investigación sobre lo más conveniente para la alimentación infantil en las escuelas, institutos de investicación multiculturales, interdisciplina, transdisciplina, investigadores fuleros, exámenes únicos de admisión, contratación y preparación del personal que aplicará los exámenes únicos de admisión, supervisores de zona y área, prefectos, exámenes extraordinarios, coordinadores, una y otra oportunidad para acreditar asignaturas, recursamientos, sobornos para acreditar asignaturas, pase automático, personal de seguridad -tanto oficial como clandestino (porrismo)-, administradores, auditores, personal de intendencia, sindicatos democráticos, elecciones democráticas de representantes sindicales democráticos, propagandas de candidatos democráticos a dirigir sindicatos democráticos, desayunos democráticos con el democrático líder sindical, permisos a los agremiados al sindicato democrático para faltar a su trabajo y asistir a rendir pleitesía a su democrático líder sindical, emplazamientos a huelga democrática por los democráticos agremiados al democrático sindicato, amenazas de huelga por parte de los cegehaches, paros democráticos, grillas democráticas, universitarios guerrilleros comprometidos con las más puras causas del corazón de la nación, lucías morettes, perredismos y muchas cosas más; la educación sólo pide el deseo del saber. ¿No será, por tanto, que adulando nuestra malsana obsesión por el gigantismo nos fingiremos libres del desastre al ser aplastados por la inflamada pirámide del sistema educativo?

Námaste Heptákis

Coletilla: Creo que hacen mal los que aminoran el peligro que representa la confirmación de Andrés Manuel López Obrador como contendiente en las próximas elecciones presidenciales, pues contrario a 2006 la institución electoral está descalificada, la situación económica es más desfavorable, la violencia ha restado confianza en la efectividad del Estado, ¿no es el caldo de cultivo idóneo para el advenimiento del populismo? Además, seguimos pidiendo la liberación delAuditorio Justo Sierra, tanto en el blog como en Facebook.

La fayuca universitaria

Corren los caballitos,

los grandotes y los chiquitos,

porque en la caballeriza

la comida se sirvió.

 

Uno de los criterios para la medición de la calidad educativa de una carrera profesional específica es el nivel de deserción. Básicamente, cuando se utiliza este criterio, se supone que una carrera de alto nivel educativo es aquella de la que egresa el número más próximo a la cantidad de ingreso. Si a una carrera ingresan doscientos estudiantes y egresan ciento cincuenta, y a otra ingresa el mismo número pero con egreso de seis, se dirá que la primera carrera es mejor que la segunda. Una vez cualificada como mejor, se justifica plenamente la asignación de mayores recursos a la primera que la segunda, y a su vez se impulsa a las carreras que poseen un esquema semejante a la primera, dejando de lado –inevitablemente- a la segunda y sus congéneres. Se les evalúa y clasifica, por tanto, para dar sentido a los programas educativos. Ahora bien, es importante notar que se declara mejor en tanto se estiman tres indicadores de valoración: cobertura, aprovechamiento de recursos y productividad.

Se asigna importancia a la cobertura de la carrera profesional porque el planteamiento en que se desenvuelve el sistema educativo postula como verdad evidente la necesidad de educar a todos los miembros de una sociedad. Dado que el paradigma progresista de la educación exige la universalidad educativa, la cobertura de la carrera profesional torna necesariamente valiosa. O en otros términos: carreras más valiosas son aquellas que más nos hacen progresar y nos hacen progresar más en tanto más personas las están cursando. Sin embargo, la valía de la cobertura se liga opacamente con el segundo valor educativo, i.e. el aprovechamiento de recursos. Cuando se postula el progreso como finalidad, se destinan los recursos disponibles a la realización de dicho fin. Puesto que puede haber diversos medios conducentes al fin, y lo importante es la obtención pronta y expedita del fin –dado el carácter abismalmente vertiginoso del sistema progresista-, es más valioso el medio que conduce con mayor rapidez al fin que algún otro que lo retarda. Puesto que, en la comparación de las dos carreras mencionadas, una carrera sí es progresista, vale más destinar los recursos a esa que a aquella que no lo es. Además, una vez determinada la mayor valía de la carrera más progresista, y asignados mayores recursos a la misma, se esperaría que se incrementase directamente el índice de progreso, por lo cual es aún más valiosa. A pesar de todo, esta valía tiene como denominador el tercer elemento de la valoración, i.e. la productividad. Una carrera tiene mayor cobertura y por tanto es más progresista, se le invierte más y cubre más, por lo que es aún más progresista, y dado que se invierte en más y se cubre más, se produce más progreso, luego es progresísima. En términos de progreso, por tanto, se habla de calidad educativa en tanto cantidad productiva. Por ello importan tanto los índices de reprobación, por ello se inflan tanto las esperanzas de los estúpidos, por ello en las carreras pequeñas está prohibido reprobar a muchos. Otra cosa es que efectivamente los universitarios sean tan productivos como se presume, o que el índice de graduación universitaria tenga algo que ver con el crecimiento burocrático y con ello con los problemas financieros del Estado, o que el aumento en el número de posgraduados se pueda reflejar en el aumento del número de desempleados o al menos en el de adictos al Prozac. En el progreso no se trata de producir cosas bellas, sino de producir cosas. ¡He aquí la fayuca universitaria!

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla: Seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.

La balada de las utopías

Atraídos por el poder, los intelectuales

quedaron con las manos vacías

después de haber sacrificado sus ideales

en el altar de un mito marchito.

Roger Bartra

Inmersos en un confuso malestar, vagamos extraviados añorando la calamidad: ¡acabemos con la posibilidad de los problemas para que los problemas no acaben con nosotros! En política, como en cibernética, creemos que un reset siempre es salvífico. De la revolución a la catarsis, confiamos ciegamente en la expansión de nuestras fuerzas y extenuamos nuestra esperanza porque el cielo nunca acaba de llegar. Exánimes, peritos inconformes, nos acurrucamos en la desidia a contemplar lo mal que están las cosas: melancolía del Estado fallido. Y después, cuando la embriaguez tome nuevamente nuestras mentes, volveremos a la plaza a levantar el puño izquierdo para exigir que las cosas cambien -ahora sí- de una sola vez. Revolución cíclica en un tiempo fugitivo: nada vale, todo se desvanece…

Un fantasma obscurece la consciencia política nacional: el fantasma del pesimismo. Aquí y allá, mensajes grisáceos se amontonan en la bruma: “la democracia mexicana parece oligarquía”, “a México le hace falta una purga para que podamos volver a empezar”, “la política es puro desmadre”, “¿y por qué no la tiranía?”. De uno y otro lado se aglomeran los heraldos de la gran transformación. Fieles a la seductiva promesa moderna, los intelectuales del momento señalan con dedo acusador los obstáculos para el advenimiento del Estado Universal. Igualmente fieles, pero pertrechados en su atuendo inconforme, los posmos, hijos afortunados de la Modernidad que maldicen a su madre en el tiempo libre –cuando la fiesta lo permite-, pretenden dejar de lado la fe moderna y aseguran la banalidad política: no sólo el Estado Universal es imposible, sino que todo lo es, no queda más que sentarse a esperar que la función acabe; mientras acaba, todavía hay que aprovechar al discurso para la fama —de cualquier manera no es verdadero. De uno y otro lado, repito, la utopía moderna sienta sus reales.

Para mirar la utopía moderna con claridad, quizá no conspicua como teorema, pero sí medianamente perspicua como espejo, es provechoso compararla con la utopía antigua. Frente al Estado Universal homogéneo, los antiguos (Platón y Aristóteles) cancelaron el Estado perfecto y buscaron el mejor régimen; frente al deseo de poder, cuajado en el derecho universal a la fama, los antiguos pensaron que la felicidad era posible para quien podía vivir mejor; frente a la promesa del bienestar absoluto, totalizador, definitivo, situaron la bella vida del náufrago virtuoso, prolífico en recursos. Para los posmos, obvio, ambas visiones son utópicas: en público se afilian a la antigua para poder ser rebeldes, en lo privado se quedan con la moderna por afición a la fama. Para los progres, la segunda es utópica por ser inhumana, pues es imposible que al hombre siempre perfectible le esté negada la posibilidad de ayudar al otro; no hay progreso sin filantropía, pues eso se llama tecnocracia y no tiene buena fama. Para algún otro, si lo hay, la actitud posmo es indecente y canalla, la progre ilusa y romántica; ambas, pues, insensatas: esperar un cataclismo para que el destino nos dé la oportunidad de volver a empezar, o esperar a que todo acabe mientras hilvanamos con dolor una sonrisa irónica para convencernos de que no pasa nada, es igual a salir al balcón a tomar el té vespertino para aprovechar el fresco de la tarde, porque a la noche toca bombardeo.

No se trata de sacrificar los ideales. No se trata de enmascarar con realismo las ruindades. No se trata, finalmente, de abandonar el barco porque no encontramos rumbo. Se trata de recuperar los ánimos, de barruntar entre las nubes las estrellas para fijar un derrotero posible, de volver a creer sin perdernos en la ilusión: de dar nuevo crédito a la sensatez, como si en ello nos fuese la vida.

Námaste Heptákis

Coletilla: Parece que al final los tiranuelos siempre dicen lo mismo. Para justificar la reciente estatalización de la Universidad Católica de Santa Inés en Barinas, Hugo Chávez afirmó que lo hacía “por el bien de todos”. Curioso ¿no? Además seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.

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