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Despedida

El hombre es vil y se acostumbra a todo

R.R.R.

“… reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo…

L.E.A.

Hoy estoy bastante molesto. ¡Se supone que las cosas no debían ser así! Es el colmo de la desfachatez. Pero supongo que así son las cosas ahora. Seguramente pensarán que soy un anticuado o algo peor. Que la vida no es esa que antaño podíamos permitirnos pensar. Que el mundo ha cambiado y que lo normal, y por ende lo verdadero, es que sea así y que no tendría por qué hacer ningún escándalo. Que cómo se me puede ocurrir a mí, un borracho, sinvergüenza y depravado, poner el grito en el cielo por algo tan natural como lo que presencié anoche. Todo eso dirán y más. De hecho es verosímil que la vida sea así, tal y como dicen que es y como he visto que es en muchas ocasiones. Después de todo, no es la primera vez que soy testigo de escenas como la de anoche, y quizás ya debería estar acostumbrado a ello como todos. De tan cotidiano y visible que es, ya todos están acostumbrados a ese tipo de cosas. En ese caso, y suponiendo que mis modos de ser habituales son en apariencia igualmente viciosos, bien podrían decirme que yo estoy equivocado y que me contradigo. Me dirán que me muerdo la lengua cuando me muestro en desacuerdo con esa normalidad y que nadie tiene derecho a criticar los gustos y los usos y costumbres de nadie, en ningún momento. Todo está permitido y, siendo así, quien suponga que no es así debe ser despreciado. Pero es que no es únicamente la escena de anoche, sino que ésta parece ser sólo el reflejo de algo más grande, lo cual me molesta demasiado. Estoy muy molesto porque, pese a todo es, yo sí creo que las cosas no deben ser así, no está bien que sean así, en cuyo caso, no estoy dispuesto a continuar con todo esto. El mundo va a seguir así siempre y si no voy a atreverme a ir en contra de mis principios arcaicos y pasados de moda, ni a resignarme a que no hay nada que hacer y seguir con una vida sin sentido, lo único lógico que me queda por hacer es huir, escapar ya anímica ya somáticamente, siendo ésta la única posibilidad de hacer algo siendo yo mismo.

Por lo tanto, sea cual sea la huida por la que me decida o a la que me vea obligado a tomar, supongo que esta es una especie de despedida.

Adiós a todos.

El Hombre que Apenas Vivía

Ahí tienen a un hombre que salió temprano de visitar a su madre en su casa. Iba a las prisas a encontrarse con Guifo, un sujeto que conocía desde hacía mucho tiempo y que ahora le había pedido consejo porque estaba pasando por días muy difíciles. Se verían, como lo habían hecho un par de ocasiones, en un barcillo por el Paso de las Guirnaldas y charlarían. Seguramente ese pobre, pensaba el hombre, no tiene a nadie con dos dedos de frente que le ofrezca un par de oídos y otro de valiosos comentarios, y obviamente tiene que sacarme a mí de mi rutina.

Cuando la conversación ya llevaba varias vueltas, Guifo contrajo con una mueca la cara, deteniendo el llanto, y dijo:

-Lo peor es que no disfruto lo que normalmente me gusta, ahora estoy sufriendo todo el tiempo. Y me da vueltas en la cabeza la idea de que me lo merezco, porque por mucho tiempo lo preví sin hacer nada para evadirlo.

-Mira, es mejor que no te preocupes por nada. -dijo el hombre que había estudiado el pensamiento de todos los hombres con nombres pronunciables en occidente.- Los hombres estamos hechos para vivir sufriendo: nadie puede entender por qué vale más la pena suicidarse temprano, antes de haber pasado por toda esa pena que se tenía que evitar.

-Si me estás diciendo que me mate, mejor vete tú al diablo, porque eso no soluciona nada.

-No, no entiendes. Más bien te estoy diciendo que no puedes suicidarte, porque no entiendes que la vida es sufrimiento. Antes, tienes que pasar por esto que te está haciendo tanto daño. Y para cuando entiendas (si acaso lo haces), será demasiado tarde.

-¿Cómo es que sabes esto?

-Lo sé. Yo he estudiado mucho: esto lo explica muy claramente Glèareau en su Respiro y Resfrío, donde dice que “la Muerte es una risueña estafadora, cuyo máximo engaño es hacerte pensar que su trato es una estafa, hasta que la tienes encima y te das cuenta de que todo el tiempo había sido el mejor negocio, ahora desperdiciado”.

-¿Cómo, es que tú piensas matarte?

-¡No! Claro que no.

-Pero estás diciendo que eso es lo mejor, ¿no?

-No, ése es el encanto. Yo tampoco lo he entendido.

-Pues se ve que yo menos. No me figuro cómo puedes darte cuenta si no lo has captado.

-No es tan difícil, porque vivimos en una ilusión. Cuando te das cuenta de que la ilusión de la vida sólo tiene sentido porque está colindando con la muerte, entonces se hace claro.

-Tendrás que traer para mí desde ultratumba tu conocimiento si quieres que te siga.

-Mira, tú me dices que has dejado de poder disfrutar tu vida, y que ahora hasta la comida te es insípida.

-Lo he hecho, antes…

-Bien. Pues eso es parte de la ilusión. El dolor y el sufrimiento son opuestos al gozo y el placer, ¿no?

-Sí, son contrarios.

-Bueno, pues cuando te places de algo, te das cuenta de que tu dolor no existe; pero eso mismo sucede en la situación contraria: ahora que estás tan acongojado, ni siquiera la comida que sabes que te gusta logra agradarte.

-Cierto.

-Eso no tiene sentido, a menos de que veas que lo que sufres es parte de todo el juego: la vida completa es un juego cruel en el que sólo disfrutamos en contraste con lo que sufrimos. Ésa es la raíz de la ilusión: la carne no puede sufrir ni gozar, sólo puede descomponerse. Pero la única manera de darse cuenta de eso, es viviendo la experiencia dolorosa de seguir existiendo mientras creemos que en algo tiene sentido que existamos.

-¿Y para qué querría yo saber eso?

-Si te interesa saber cómo son las cosas, así son. Si quieres seguir pensando que tu dolor es muy importante, pues allá tú.

-No, me refiero a ¿por qué quieres tú saber eso?

-Ya te dije, porque así son las cosas.

-No, no me has dicho. Si las cosas son así, ¿por qué alguien querría algo?

-Estás diciendo necedades: la tragedia de la vida es que no podemos darnos cuenta de que no tiene sentido, pero no tiene sentido.

-Seré muy necio, pero reconozco a un campeón cuando lo veo y la tuya es una muy valiente victoria: siendo que la vida, según tú, nos “engaña” haciéndonos creer que no tiene sentido, tú y el tal Guglabú ése que lees le van ganando por varios metros en la carrera.

-Bueno, si te quieres hacer el chistoso, puedes hablarle a algún otro. Yo no tengo tiempo para esto.

-No, espera, quiero que me digas algo: si la muerte es el gran negocio de la vida, ¿qué se gana con él?

-Mucho menos sufrimiento, para empezar. No tendría nadie por qué pasarla tan mal como tú dices que la pasas.

-¿Y no es que una ganancia ilusoria es lo mismo que no ganar nada?

-Pero si lo comparas a estar sufriendo en la ilusión…

-No, no lo compares, porque estar vivo y estar en la ilusión no son lo mismo.

-Por eso no entiendes nada: claro que son lo mismo.

-Bueno, entonces no veo el problema.

-¿Cómo?

-No veo razón para no preocuparme por mi dolor: si yo vivo en la ilusión, entonces soy tan falso como lo que siento, y si lo que siento es para mí, el Fantasma Mundano, dolor y placer, entonces tan verdaderos son para mí ambos como lo son para cualquiera que se supusiera verdadero. Y como yo vine a hablar contigo y no a hacer como que hablaba, mejor ya me voy.

-Bueno, no me importa. Pero escucha por último: tus creencias bonitas y tus ideales cómodos te anclarán a este mundo, pero tarde o temprano te vas a dar cuenta como yo, de que siempre es demasiado tarde y, ya que estés viejo, vas a saber que no valía la pena vivir.

-Asunto arreglado: mientras tenga elección me aseguraré de que vivir no sea penoso.

Miedo

… es lo que debe tener la vida…

¿Acaso no tienes miedo? ¿No es cierto que has sentido miedo? Puedes ser sincero conmigo, no te preocupes. Sea cual sea la respuesta que me des, no te juzgaré. No podría hacerlo, lo sabes bien. Además, los dos conocemos la respuesta, pese a tusmúltiples intentos por ocultarlo. Puede notarse en tu mirada esquiva que sí tienes miedo, demasiado miedo; y que siempre lo has tenido. Sientes un miedo infinito por lo que te espera, por lo que nos espera, como lo has tenido desde que comenzó la asunción, hace ya tanto tiempo. A decir verdad, yo también tengo miedo, mucho miedo. Y es que, ¿qué no es eso la vida? Un miedo constante e intermninable por todo. Todos vivimos temiendo. Sentimos un inmenso temor. Temor ante las pérdidas, ante las derrotas, ante los sufrimientos y las separaciones, temor por los fracasos. Tenemos miedo de los demás, de las consecuencias de nuestros propios actos y modos de ser. Le tememos a la soledad y le tememos al error. Tenemos miedo ante la muerte y miedo ante la vida. ¿Y existe algo más allá de estas dos? ¡Por supuesto que no! Por eso es natural que tengas miedo. ¡Mírate! Tienes ganas de gritar y de escapar corriendo ahora mismo. Pero no se puede escapar nunca del miedo, pues no hay nada más que él. La vida es miedo y la muerte también. Cierto, podemos fingir que no es así. Podemos pretender que la vida es hermosa y segura, que nada hay que temer en ella, y que, por su parte, la muerte no existe. Por supuesto que habrá muchos que acudirán a refugiarse en esta imagen del mundo, adornada con argumentos ficticios y multicolores que brindan tranquilidad a nuestros corazones. A nuestros vacíos y pavorosos corazones. Pero eso es puro miedo. Y es que el vacío nos es temible, el vacío que somos todos y cada uno de nosotros. Intentos frustrados de lograr una perfección inexistente. ¡Mentira infame ésta, que quiere orientar los caminos de nuestras vidas! Pero mentira, al fin y al cabo, pues no hay otra realidad que el miedo. Es éste el que nos da identidad y nos mueve, incluso a imaginar e inventar esos mundos de color rosado en que no estamos solos ni indefensos; en que todo tiene su razón de ser, asible por completo para nuestro entendimiento. Es el miedo el que nos constituye y nos hace ser quienes somos, lo que somos, en todo momento.

Es hora de que lo afrontes, eterno acompañante, pues no podemos seguir así siempre. Debemos dejarnos llevar por el miedo que nunca se ha ido desde el primer encuentro con ella y con nosotros mismos. Será mejor que lo enfrentes, de que asumas que ella es lo único que hay para ti, que el miedo es el camino que a ella conduce, y entregarte en un abrazo, eterno y lleno de miedo, así seremos dignos de ella, por fin.

(El desconocido levanta la cara y dirige la mirada al espejo que está colocado frente a él y en el cual se proyecta su imagen, que es quien le ha dicho todo lo anterior. De repente, la imagen desaparece del espejo y una obscuridad completa aparece en su lugar. En cuanto a él, cae de rodillas en el piso de la habitación con las manos cubriendo su rostro, emitiendo sollozos espantosos y repletos de miedo. Pasa un par de minutos sin que suceda nada, hasta que también él desaparece, junto con la habitación y todo lo que le rodeaba, en la obscuridad de otro espejo, ese en el que aparece la vida, reflejo deforme y cobarde de la hermosa y temible muerte).

A la Parca

A ver, una calaverita dedicada a la Muerte:

 

¡Qué mal día para la Parca!

no chambeó siquiera un poco,

se leyó a la luz de un foco

toda la obra de La Barca.

Y esperó un buen rato aparte

cabeceando en su escritorio,

dando vuelta al dormitorio,

sin ir a ninguna parte.

Al final estaba harta,

“¿nadie habrá muerto en el día?”

escribió en su última carta.

“¡Nunca lo permitiría!”

y firmó con su guadaña,

con su sangre y con su vida.

Salomón.

Por la boca muere el pez

Sí…

Voy a morir, ya lo sé.

Siento que cada respiro será el último, al tiempo que me asfixio a causa de mi propio peso.

Quién diría que yo, Salomón el sabio, moriría precisamente por buscar aquello que me era indispensable para mantenerme con vida. Mi muerte será motivo de burla para quienes me sobrevivan. Pero, ¿debería importarme lo que digan de mí en estos momentos?

Así es. Voy a morir, y sé que por más que luche no podré evitarlo. Casi con angustia veo la luz del sol, nunca se me había presentado tan clara y hermosa, invade mis moribundas pupilas y me despido de ella mientras recuerdo casi todo lo que he hecho durante mi vida.

Cuando nací, era joven e impetuoso, hasta imprudente, hubo varias ocasiones en que arriesgué todo lo que tenía y lo que era con tal de divertirme. Mi piel está marcada con los dejos de todas las aventuras pasadas, unas en lugares hermosos e inolvidables, otras ya no las recuerdo bien, y de no ser por las cicatrices podría jurar que no pasaron.

Pero eso tampoco importa mucho, el dolor que siento no me deja disfrutar pasivamente de los últimos recuerdos que vienen a mi cabeza.

Con el tiempo, me torné más tímido, cada golpe recibido me hacía medir mis fuerzas antes de aventurarme, curiosamente, esa manía me permitía llegar más lejos cuando de nadar contra la corriente se trataba. Lograba más, aunque ya no me divertía igual.

Quizá por eso mismo es que muero en estos momentos. ¿Qué fue lo que pasó?, ¿cómo vine a caer tan lejos de mi hogar y de la remota posibilidad de regresar ahí? Tal vez eso sí quiera recordarlo en estos momentos, mis últimos instantes sintiendo algo, aunque sea mucho dolor.

Recuerdo que mi andar por la vida se había tornado tranquilo, ya sabía medir mis fuerzas antes de hacer cualquier cosa -medir, todo era medir- cada salto, cada movimiento estaba calculado. Reconozco que no por ello mis movimientos se volvieron monótonos, tenían la regularidad que poseen los números primos existentes entre el uno y el cien, primero hay uno y es necesario recorrer otros, no sé bien cuantos, aunque ya debería saberlo, para encontrar el siguiente… Pero no es momento de medir, no quiero morir midiendo.

A muchos les parecerá extraño, que haya encontrado tranquilidad al nadar contra la corriente, sólo puedo responder que sentía la imperiosa necesidad de hacerlo, si no lo hacía dejaría de ser lo que soy. Hasta gracioso suena, viví siguiendo una corriente y nadando contra otra. Así fue mi vida qué le voy a hacer.

Me estoy desviando de mi pregunta, ¿cómo vine a parar aquí?, ¿a qué se debe que cayera tan lejos, no bajo, lejos de mi hogar, que mis ojos estén cegados por la luz del sol, a la que no había visto nunca tan directamente, que mi piel comience a molestarme debido a que me quemo, mientras mi peso me asfixia lentamente, sin importar que tan rápido cambie de postura? Antes de perderme en el abismo de la muerte, sólo atino a responder que ha sido el cansancio.

El viaje había sido muy largo, lleno de peligros y sinsabores; y de repente la vi. No pude resistirme a sus encantos y, sin percatarme de que se trataba de un engaño, la tomé con tanta fuerza que luchar se convirtió en un esfuerzo inútil, me resistí lo más que pude, no lo niego, pero al final ganó esa fuerza que me alejaba de mi elemento.

Desde el momento en que caí mi destino perteneció a aquello de lo que estaba sujeta la causa inmediata de mi perdición, ya no pude ver qué había tras ella, qué era lo que me jalaba hacia la muerte. Ahora estoy ciego y no controlo mis movimientos como para llegar más lejos.

Mi boca me perdió, y ahora he de morir por eso…

Maigoalida.

Al caer la noche

Nunca me quites ese embrujo tuyo

Ya es de noche otra vez. Esperaba que no volviera a llegar. ¡Pero siempre llega! La noche… Todo muere de noche. Todo muere. ¡Hermoso! Amo la noche. Amo la muerte de todo. Pero no dura nada. No es interminable y, por ello, su duración es insignificante. Como la de todo. Como la de todos. Pero ella muere también, como muere el amor, y eso es injusto. ¡Es insoportable! Ella no debía morir nunca. Ellos no deberían morir nunca. Deberían ser eternos.

La hermosa noche. La amorosa noche, la muerte del día. La muerte de todo. La contraparte del día. El aspecto verdadero del día, como la muerte es el verdadero aspecto de la vida. Pero, si la muerte del día, la noche, muere también, y por causa del día, entonces la muerte también ha de terminar en algún momento, gracias a la vida. Pero la vida no tiene sentido más que por la muerte, por esa noche eterna, esa obscuridad absoluta y mortal; entonces el sentido de la muerte de la noche es la noche misma. Y el sentido de la muerte de la muerte, que es la vida, es la muerte misma. Debería ser así. Debería ser siempre de noche. Deberíamos vivir muriendo siempre, no creyendo que vivimos, pues si vivimos es porque morimos, es por la muerte misma. Pero la muerte nunca llega cuando se la espera, y la noche siempre llega. ¿Para que llega, si ha de terminar? No debería ser así. Simplemente nos anima, nos hace pensar, cada ocasión nueva que llega, que ahora sí se ha de quedar, que ha de permanecer, abarcándolo todo… Pero no es así. Nunca es así. Es como la amante que se va, que llega por unos instantes, nos lleva a la plenitud, y se va al alba. Siempre desaparece con las primeras luces. Siempre. Mejor sería que no llegara, para no hacernos creer que ahora sí se ha de quedar. Por eso siempre que amanece, vivo esperanzado por que no regrese nunca, por que sea siempre de día, de ese mediocre día con apariencia de plenitud, al que ya estoy acostumbrado, pero que no me da ilusiones falsas. La noche, la hermosa noche, mi amada noche, es sólo una mentira, una amorosa y pasajera mentira, pues vivo y no muero, vivo y no amo, al igual que todo vive, y no ama, en vez de morir, como debería ser, si el mundo fuera justo.

La última noche

La música comienza y empiezan a surgir sombras de la completa y oscura inmovilidad en que todo estaba desde unos minutos atrás. Sombras que se menean de un lado a otro y sin cesar, siguiendo un ritmo en cierta medida homogéneo, aunque no carente de cadencia, proporción y consonancia con algunas variaciones igual de homogéneas, capaz de entusiasmar a las más negras de las siluetas de esas que abundan en el lugar. El sitio se convierte, entonces en un festejo hipnotizante, una orgía de formas en esencia solitarias, que se encuentran unas con otras y se funden como en una sola totalidad informe y movediza, sin encontrarse nunca, empero; permaneciendo en la eterna soledad del vacío. Vacío en que ha tornado la vida citadina y que, con mirada amenazante, va abarcándolo todo, sin excepción. La escena resulta enfermiza.

El reloj del extraño visitante da las doce con diecisiete minutos cuando escucha, en el fondo del antro en que se ha convertido su consciencia, una voz que le recuerda que todo ha terminado; que no tiene sentido seguir fingiendo. Así que se levanta, camina unos pasos hacia la entrada del lugar, evade las pocas y extrañas miradas de las sombras que permanecen quietas en los extremos del salón, y sale de allí por fin. Ya afuera, aunque aún bajo el dintel de la entrada, una ráfaga de viento choca con su rostro sin que le haga cambiar de decisión. Se quita las gafas y mete su mano en el bolsillo, saca un reluciente revólver que coloca lentamente y con cuidado en su sien.

Una fuerte explosión acalla la música y deja atónita a la multitud sombría. La noche finalmente ha terminado.

Entre broma y broma…

¿En qué momento fue que todo cambió? ¿Cuándo se perdió la autenticidad en el reír, haciéndolo más escandaloso? ¿Cuándo se decidió que la amistad no nos importa tanto, por lo menos no tanto como lo pregonábamos antaño? ¿Cuándo comenzamos a borrar las distinciones entre la mayoría de las diferentes amistades que solíamos tener y nos volvimos fetichistas con una sola?

¿En qué momento se redujo todo a la burla, tanto activa como pasiva? ¿De dónde esa necesidad de hacernos los graciosos en todo momento, incluso los menos adecuados? ¿Será acaso desde que tenemos séquito y nos creemos a la altura de los grandes? ¿O será desde antes, sólo que no era tan evidente porque nadie nos hacía caso ni nos tomaba en serio? ¿Alguna vez fue de otra manera? ¿Puede ser de otra manera? Lamentablemente, parece que no…

Al parecer la única que logra sacarnos de nuestro pueril recreo, nuestra farsa, nuestra vida; es ella, la muerte. Frente a ella, cuando de verdad invade nuestra vida de manera íntima, sí que no bromeamos. La muerte es sólo la muerte cuando muere alguien que nos importa, y entonces guardamos silencio, pues no hay broma que logre quitarla de allí. Ninguna de ellas nos puede hacer recuperar a los perdidos por la muerte, a los ganados por la muerte. En fin…

… Ya me puse serio y eso no me gusta. Seguro a ustedes tampoco, así que pónganse a contar chistes y bromas, que yo me les uniré. Humillemos a alguien que queremos y que nos quiere, como siempre hacemos. Al fin esa persona, la que nos quiere y a quien humillaremos, nos ha de perdonar y seguirá haciéndonos compañía en todo momento, incluso cuando la muerte se nos haga presente otra vez.

No podemos mentirnos. Las bromas no son tan poderosas. Pero podremos intentarlo, como llevamos tiempo haciéndolo, pues lo único que nos importa son las bromas que nos oculten las muertes que tanto nos duelen.

Bromeemos entonces, pues, por lo visto, el auditorio está lleno, y los fanáticos ya no pueden esperar…

Un día en mis últimas vacaciones

¡Gracias al cielo he llegado a casa! He tenido un día terrible. No pensé que fuera a tomarme tanto tiempo ese maldito trámite. Debí imaginarlo. ¡Estoy fastidiado! Gasté toda la mañana yendo a las oficinas en las que se hace ese trámite, el cual inicié hace más de cuatro semanas. ¡Y todo para que me salieran con eso! ¡Que estuvo mal llenada la solicitud que llené el día que vine a entregar los documentos! ¡Es increíble! Primero: se tardan más de veinte días hábiles en decirme que no procedía mi solicitud por un número de folio mal escrito, cuando me habían dicho que tan sólo serían diez; segundo, al llegar a la fila para la ventanilla en que revisan los documentos para informar si el trámite está en proceso o no, veo que la fila es inmensa; tercero, cuando, después de cerca de hora y media de estar en la fila, faltan dos personas antes que yo, a un señor que estaba tres sitios más atrás en la fila se le ocurre empezar a chiflar y gritar, exigiéndoles a las señoritas de las ventanillas que ya le toca a él y cosas así, fastidiándolas y provocando que, en respuesta, tarden más en atender a las personas (lo cual implicó por lo menos veinte minutos más en la fila); cuarto, ya que han revisado la situación en que se encontraba mi trámite, me dicen que tengo que esperar otro rato para poder preguntar en el escritorio que está del otro lado del inmueble cuál fue el resultado; quinto, lo dicho, un mes de espera, tan sólo para que me dijeran que estaba mal llenada la solicitud y; sexto, ya no pude llegar a tiempo a la cita que tenía con K, lo cual provocó cierta molestia en ella para conmigo, debido a lo cual me dijo que todo era mi culpa, pues yo hube debido llenar bien el formato, etcétera, etcétera. ¡Qué fiasco! Lo peor es que, de alguna manera, tiene razón. Para acabar, siento que la comida me cayó mal. No sé si mi disgusto habrá tenido algo que ver con ello…

Otro día en mis últimas vacaciones

Me siento mal. Desperté con una resaca de los mil demonios. La cabeza me está matando. ¡No me quiero levantar! Sin embargo, yo quedé de ir a verlos, es de sus últimos días en la ciudad, y solamente vienen una vez por año. Además, es mi abuela y tengo muchas ganas de verla, cuando los ancianos llegan a cierta edad y se les aprecia, hay que aprovechar todas las oportunidades para verlos, porque uno nunca sabe. Sé que pensarán que es inapropiado de mi parte referirme a asuntos tan delicados de una manera tan fría, pero estoy crudo, intenten comprenderme.

¡Todo es culpa de España! Sé que yo también tengo parte de la culpa (por no mencionar la que, por su parte, tienen los seleccionados alemanes), pero es más fácil echar culpas que asumirlas. No tenían que ganar. Muchos dirán que es el equipo que mejor ha jugado la copa hasta el momento, pero nadie podrá negar que, hasta el partido de ayer, los jóvenes alemanes también habían mostrado un estilo de juego espectacular.

En fin, para no andar con rodeos, todo es culpa de España. Si no hubieran ganado, muy seguramente yo habría vuelto a casa, feliz por la victoria alemana, a comentar con mi padre y tal vez mi hermano las impresiones que el juego hubiera dejado en nosotros. Quizás, incluso, habríamos ido juntos a visitar a mi abuela y a mis primos desde ayer por la tarde. Pero no, tenían que ganar. Yo estaba en una cantina, la segunda del día. En una vi el primer tiempo (cuatro cervezas incluidas), y en otra el segundo tiempo (otras cuatro cervezas). Con el resultado favorable a España, me molesté demasiado y, después de terminar la cuarta de las cervezas reglamentarias para que la botana sea gratis, pedí una copa de Jack Daniel´s, sin hielos, sin nada, sólo la amarga bebida.

Aún incomodado del resultado, y con más ganas de beber, caminé por todo el eje central, desde Izazaga hasta República de Cuba, al bar en donde iban a estar C y J, según me habían dicho. Al llegar y echar un vistazo, vi que no habían llegado. Me encaminé a la barra a pedir otro whisky, esta vez fue Chivas Regal. “¿Con hielos?” preguntó el camarero. Respondí que no, que solo y en una copa. “¡Como lo toman los hombres!” Afirmó el hombre. Dije que sí, tomé el áspero contenido de un trago, pedí otro igual y me encaminé a la rocola. Por fortuna traía cambio en el bolsillo, así que deposité una moneda de cinco pesos y seleccioné Fascination street y Disintegration. Para el ánimo que me he cargado los últimos días (¡los últimos meses! ¡los últimos años!), me vienen muy bien. De vuelta a la barra, engullo el whisky y pido otro igual. Al terminar las canciones, y otros dos whiskeys, arriban C y J. Yo ya me siento borracho, pero subo con ellos a las mesas que están arriba del lugar a seguir bebiendo, ahora cervezas… Para no hacer el cuento largo, no sé cuanto más bebí, pero llegué bastante borracho a casa, devoré una torta cubana que me compré antes de llegar y realicé una llamada telefónica a una chica de la cual estoy enamorado. No debí hacerlo. Eso nunca se hace cuando uno está borracho. En fin, no sé qué dije ni si ella me volverá a dirigir la palabra. Casi nunca lo hacen, por lo menos no durante tres o cuatro meses…

Uno de los peores días de mis últimas vacaciones

Hoy desperté con una terrible e inesperada noticia. No diré nada al respecto…

Los dos mejores días de mis últimas vacaciones

Ya han pasado varios días. Ya me siento mejor. De hecho, extrañamente, hoy me siento bastante alegre. Supongo que es porque me encontré con C ayer, y con M hoy. Tenía mucho tiempo sin verlas y ya las extrañaba tanto.

Primero C. Ayer por la noche, me encontré con ella, después de por lo menos tres meses de distancia, después del incidente. Desde el primer momento en que la vi, ayer, mientras llegaba, me pareció la más hermosa de todas, como antaño, antes de mi desenfreno en la bebida. A ella también le dio gusto verme, máxime cuando le conté que llevo más de dos semanas sin beber y sin ganas de hacerlo. Ambos sabemos que es principalmente por la bebida, por mi afán por ella, que no estamos juntos los tres. Al vernos nos abrazamos como antes. Nos besamos. Conversamos un par de generalidades respecto a nuestra vida últimamente, desde que nos dejamos de ver. Caminamos hacia la librería. Ella quiso que la acompañara a comprarle algunas cosas al tercero en esta relación. Ella preguntó a un empleado de la tienda en dónde podría estar lo que buscaba, y aquél le dijo que en la parte de arriba. Subimos y compramos un par de libros para niños, con figuras de animales y de diferentes objetos, con sus nombres en inglés, para el pequeño E. C quiere que su niño, desde pequeño, tenga contacto con otros idiomas, para que en un futuro no le sea tan difícil estudiarlos. También adquirimos un par de discos, con música de Mozart para el bebé. Decía en las carátulas que contenían piezas especialmente seleccionadas por diversos estudiosos de la psicología infantil, y que eran apropiados para bebés de la edad de E, para fomentar su sano desarrollo. Saliendo de la tienda, fuimos a un restaurante a tomar café. C tenía hambre, así que pidió unas enchiladas, uno de sus platillos favoritos, mientras pasábamos el tiempo inmersos los dos en ese mundito que solíamos tener sólo para nosotros, juntos, y que yo había creído destruido después de la separación. Estaba equivocado. Sigue intacto y siempre estará allí para nosotros, por nosotros. Ella me dio algunos bocados de sus enchiladas, pues no estaba de acuerdo en que no comiese nada. Fueron los bocados de enchilada más agradables que he comido en mucho tiempo.

Después de eso, acompañé a C a su casa, con la promesa de que nos volveremos a ver muy pronto, y de que veré a E de nueva cuenta, después del tiempo que no lo he visto. Ella dice que es bellísimo. Yo le creo, pues es hijo suyo, y ella lo es. Nos abrazamos de nueva cuenta, esta vez no nos queríamos soltar, y me dirigí a casa, con una sonrisa dibujada en mi cara y el ánimo contento.

En cuanto a M, la vi hoy porque me encontré con mi amigo A para comer a las tres de la tarde. A trabaja en el mismo lugar que ella. Después de una charla muy amena y agradable, durante la comida -comimos una torta de pulpo cada uno- lo acompañé de regreso a su oficina, y aproveché para entrar a saludar a algunos de mis antiguos compañeros de trabajo, pero, fundamentalmente por verla a ella. Después de saludar a T y a J[1] y conversar un par de asuntos generales, vi que M entró y se sentó en su lugar, el mismo de antes, tan bella como antes, mi querida amiga. Rápidamente me disculpé con los excompañeros y me dirigí hacia ella, toqué su hombro, y ella volteó y con un rostro agradablemente sorprendido, se puso de pie y me dio un fuerte abrazo, el cual yo correspondí con el mismo cariño. El tiempo se detuvo, como siempre cuando estoy con ella. Me preguntó que qué hacía allí, que cómo estaba, que a qué me dedicaba, etcétera. Yo respondí a sus preguntas y formulé otras. Charlamos por varios minutos, pues su jefe no había llegado todavía. Fue como antes, cuando yo también trabajaba en ese lugar y ella y yo éramos la única compañía completa que teníamos una y otro allí. Siempre hubimos compartido tantas cosas. Me recordó lo mucho que me extrañaba -¡yo también la extraño muchísimo, extraño su presencia diaria en mi vida!- y me contó que A, su hijo, está muy bien. Me alegró saber eso, pues yo viví a su lado gran parte de su embarazo y me consta, el gran amor que siente por su niño, su principal motivo en la vida. Después de conversar otros minutos, y antes de que ella volviese a sus labores, nos abrazamos otra vez, tan cordial y cariñosamente como siempre lo hemos hecho. Quedamos en que nos hablaríamos mañana, evento para el cual no puedo esperar. Mejor me voy a dormir pues ya es algo tarde, para que el tiempo pase más rápido y pueda hablar con ella.


[1] No se trata del mismo J que mencioné en la segunda de las notas aquí recopiladas.



No es posible hablar de un tema cuando en la cabeza no deja de dar vueltas un nombre. Y desafortunadamente no es el nombre del tema que ocupa este espacio. Aquí se habla de una muerte, de un entierro y de las memorias y recuerdo que eso suscita. Y en la cabeza también.

Si he de decir algo será la impresión que me causó ver a este ancianillo tembloroso entrar al salón de clases. De él sólo sabía su nombre y los variados comentarios de pasillos y de clases que formaban un rompecabezas extraño en mi imaginación. Pero la realidad fue otra. Un ancianillo tembloroso con el pelo desordenado y unos lentes que bien podrían haber pertenecido a Don Miguel, pero que, al parecer, más bien hacían referencia a W. B. (y no me refiero a la Warner Bros.). Si uno se fijaba atentamente podía observar que este buen hombre se encontraba descejado – apenas una rayita rojiza se dibujaba arriba de sus ojos, los cuales tendían a abrirse haciendo a veces hasta de forma descomunal, pero siempre resguardados tras sus redondas y antiguas gafas.

De cuerpo delgado y larga estatura, parecía más el abuelo de alguien que un hombre de filosofía. Pero la realidad era otra. Con sencillez y acomodo lanzaba sentencias y verdades contundentes que resonaban en los oídos de uno ramificándose en un sinnúmero de referencias y direcciones. Siempre con manos temblorosas y esquivas. Pausadas. Serenas.

Cuando me enteré de su muerte, algo en mi interior se movió. Y no es que hubiera estado relacionado con él de tal forma que algún lazo nos uniera. Pero es difícil aprehender eso que se llama muerte, incluso cuando no se tengan lazos ni se tiendan puentes con las personas que uno conoce. Aunque pareciera que siempre creamos vínculos con lo que sucede a nuestro alrededor. Y la muerte apareció abruptamente, Bolívar tenía 69 años. Al parecer no estaba enfermo, y aunque lo hubiera estado, la muerte siempre aparece abruptamente, como algo discontinuo. Uno no “está muriendo,” uno “muere”. Aún a los pacientes con enfermedades terminales se les aparece la catrina inesperadamente. ¿Alguien puede “esperar” la muerte?

Es un error. La muerte es un gran error en el cual nadie quiere incurrir. Por eso nuestro temor de errar en la vida, nuestro miedo de fallar en el primer intento. Bolívar cometió ese error a los 69 años. Y ni su sabiduría ni su conocimiento pudieron evitar que errara – y eso ya es decir mucho.

Gazmogno

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