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Arde Europa en el 2010

Dónde quedaron? qué les
pasó? a las mentiras de las televisiones y
por qué estoy en la prisión?
qué está pasando con mis vacaciones!

Welcome – welcome!! vacaciones en Europa Welcome
- welcome!! ven a disfrutar Welcome – welcome!!
vacaciones en Europa Welcome – welcome!! no lo
olvidarás.

The Kagas. Vacaciones en Europa

En los últimos meses un caudal de eventos ha cimbrado a algunos países y ciudades de Europa de manera muy peculiar. Londres, Roma, Atenas, Paris, Barcelona, Lyon, Dresden, Gorleben…  son ejemplos de algunos lugares en donde se han sentido las vibraciones de la protesta, de la demostración en cuerpo y colectividad, del descontento confrontado a la autoridad y al orden de la toma y ejecución de medidas sociales, ambientales, políticas y económicas.

En México, el 2010 traía un fantasma mesiánico de revuelta, quizá sublevación o algún síntoma de transformación profunda, pero los rastros se fueron por otro lado. La crisis económica desatada en 2008 desde Estados Unidos, por abreviar, no sólo dejó al descubierto, ya con la distancia de dos años, revelarse como una fuente de revitalización del capital, permitiendo a los flujos corporativos mantenerse a flote después los estragos de sus especulaciones a costillas de la población.

¡Europa arde! Desde mediados de la primera década de este siglo las calles de Grecia y Francia vieron a los jóvenes salir a las calles denunciando la represión policiaca, confrontando a los elementos antimotines y manteniendo por días calles cerradas; pero también criticando la situación laboral de presas a la que son sometidos. A finales de 2008 la muerte de un joven anarquista de 16 años, Alexander Grigoropoulos, durante una manifestación desató la indignación entre los jóvenes militantes por semanas pero también la solidaridad entre distintos sectores como los estudiantes y los sindicalistas. Este hecho tenía lagunas similitudes con los de aquellos meses de octubre y noviembre de 2005, cuando los jóvenes de las márgenes de Paris, descendientes en primera o segunda generación de trabajadores migrantes de países de África y Medio Oriente, quemaban por noches enteras autos y atacaban a la policía, a raíz de la muerte de dos adolescentes bajo la custodia de la policía local. Sin olvidar que en 2006, en Francia , que las movilizaciones de los jóvenes trabajadores organizados y de los estudiantes de bachillerato, técnicos y universitarios, salieron a la calle durante varias jornadas para denunciar el plan del “primer empleo” que los convertía en vulnerables fusibles reemplazables a conveniencia de los empleadores.

Este año las protestas como las mencionadas, y algunas sin tanto drama y violencia, se desataron  lo largo de Europa. Algunas bastante curiosas como la ocurrida un día antes de la final del campeonato mundial de fútbol Sudáfrica 2010, cuando mientras en se le recortaban prebendas al gobierno autonómico de Catalunya y salían a la calle miles de nacionalistas moderados liderados por el presidente de la Generalitat, algunos independentistas tomaron la manifestación y corearon consignas en contra de Madrid, saliéndose del guión original. Este año fuimos testigos de las protestas en contra de la ampliación a la edad de jubilación en Francia. Reformas neoliberales que han hecho que los sindicatos de varias tendencias hayan confluido en contra del gobierno de Nicolás Sarkozy, manteniendo por buen tiempo una huelga generalizada después de años de no lograrlo.

En Londres los estudiantes tomaron la sede del Partido Conservador, destruyendo archivos y muebles a su interior, reclamando el plan de incrementar las cuotas en más del 100% para la educación media y superior. De nuevo la confrontación contra los bobbies no se hizo esperar por parte del bloque negro y de algunos jóvenes comunistas. Tres manifestaciones los han llevado a la calle, incluyendo el día que la cámara de los lores aprobó la medida.

Roma y demás ciudades de Italia acusan al gobierno encabezado, o corrompido, por Berlusconi de continuar llenándose los bolsillos con el erario público. Los recortes a la educación y la reelección del primer ministro con cirugía de nariz con un año de antigüedad tienen no sólo encendido el ánimo de la península italiana, sino también los carros de policía que ardieron la semana pasada en Roma.

Los ecologistas alemanes e internacionales de Gorleben en contra del negocio de los desechos nucleares también hicieron su parte, apostándose sobre las vías del tren que llevaba toneladas provenientes de Francia, en donde también se han realizado protestas y sabotajes.      

En Grecia no para la inconformidad por las mediadas dictadas por la Unión Europea, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Piden que la plutocracia que pague sus errores y  no la gente, quienes tienen que ver su sueldo reducido para salvar las arcas públicas.

Es curioso, en todas las imágenes disponibles encontraremos al bloque negro, con sus capuchas y rostros cubiertos, lanzando molotovs en Atenas o protegiéndose con escudos de unicel en Londres, realizando seattings en Irlanda. Es interesante escuchar de esta fuerza callejera que esta ganando más que puntos de la agenda política oficial, se esparce un descontento mayor entre la población joven de estos países en donde las promesas de democracia parecen aún más retóricas que en los países llamados “en vías de desarrollo”. No olvidemos las razzias contra los gitanos en Francia o las manifestaciones antifascistas en Dresden, el caso Wikileaks y sus seguidores hackers adolescentes. Parece que un sentido más radical de la libertad se esparce desde uno  de los centros del capitalismo occidental. No estaría mal recordar aquel 1968 y ver la enorme trascendencia que pueden tener estos fenómenos en el desarrollo de alternativas populares del poder construido desde abajo.

“Un día soñé que soñaba que había justicia social,

y que el patrón te pagaba con lana sin calzonear;

alcanzaba para todo no había crisis ni inflación;

todo estaba muy bonito pues no había iris ni tos.”

 Sí un día despertara.

Rockdrigo González

 

Introducción.

Cuando tenía quince años la conmemoración de los treinta años del “68” me marcó de por vida. En ese momento comenzó mi interés por los movimientos sociales y la cultura, el cual se alimentaria del graffitti, las tocadas masivas de ska, el activismo zapatista, la huelga 1999-2000 en la UNAM, el interés por las artes, las letras, la historia y las ciencias sociales. En el último año del CCH me topé con la antropología y me sedujo. Aunque divagaba entre la sicología social y la sociología como posibles proyectos vocacionales, la antropología se ganó mi estima a la primera clase. La posibilidad de entender el mundo desde el punto de vista de quien no soy yo y todo mi bagaje como miembro de una sociedad y cultura, partiendo por desestructurar el propio marco de significación, voló mi cabeza. Ser consciente de que mis propios juicios de valor y mi ideal del mundo eran el producto de la historia y de la cultura me hizo ver a las demás alternativas vocacionales como mancas cuando les anteponíamos la poderosa herramienta de la etnografía. Conceptos como efectividad simbólica, etic y emic, el status y el rol, y las convenciones del parentesco se sumaron a mis primeros pasos del trabajo sobre terreno con un trabajo final sobre el grupo de menores en situación de calle de Buenavista, ubicados en insurgentes norte y Eje 1 norte, aprovechando que en ese momento trabajaba para la Delegación Cuauhtémoc en Atención a Grupos Vulnerables y vivía a tres cuadras del lugar.

El resultado más importante de ello fue la pregunta que me surgió sobre la pertinencia de la relación entre el conocimiento académico obtenido por la investigación, las personas sobre las cuales se investiga y la acción institucional, y tal vez más allá de la pertinencia específica de la relación, la pregunta rondó en la posible incompatibilidad de funcionar como un investigador que a la vez que interviene socialmente desde las instituciones dominantes, actué conservando una iniciativa política activa.

1.- Antropología y utopía.

¿Adónde voy con tanta autorreferencia ególatra? A ubicarme en un contexto específico en el cual la antropología me pareció una oportunidad personal, política y tal vez existencial de moverme por el mundo, y al hacerlo tratar de transformar el espacio próximo de vida, partiendo de que la realidad es cambiante y que cualquier descripción de ella pasa por un tamiz relativo en el cual ni siquiera mi propia visión se salva de la arbitrariedad de quien nombra. Aún así, el resultado del trabajo antropológico sigue siendo un punto de quiebre a la hora de definir el para qué y para quién sirve, beneficia o perjudica. Además, en muchas ocasiones no sólo su resultado es perjudicial sino también su proceso de investigación, al escudriñar en las emociones de los sujetos cual si fueran objetos, dejando expuestos sentimientos y recuerdos, y extrayendo conocimientos y saberes.

En la búsqueda de opciones por realizar la antropología encontramos una que le asigna un papel importante a la imaginación. David Graeber[1] propone un aspecto o momento utópico, el cual inicia al imaginar que otro mundo es posible. Donde le las “instituciones como el estado, el capitalismo, el racismo y la dominación masculina” [Graeber, 2004:10], no son inevitables, y dado que no existe la certeza del curso único de la historia para saber si esos procesos e instituciones sean las únicas realizaciones posibles de la humanidad, apostar por crear nuevas instituciones que “expongan, subviertan y destruyan las estructuras de dominación” [Graeber, 2004:7], prescindiendo de formas impositivas, significa ver a la imaginación como “principio político” [Graeber, 2004:11] para lograr que la gente sea libre de gobernar sus propios asuntos.   

Para este autor el aspecto utópico de la antropología debe estar en un dialogo constante con el momento etnográfico. Cuando uno hace trabajo etnográfico, “uno observa lo que hace la gente, y entonces trata de destejer las lógicas simbólicas, morales o pragmáticas escondidas que subyacen en sus acciones; uno intenta establecer las formas en que adquieren sentido para la gente sus hábitos y acciones, en formas en las que ellos no tienen conocimiento por completo” [Graeber, 2004:12]. Una opción para realizar trabajo etnográfico podría ser, propone, “revisar a aquellos que crean alternativas viables, tratar de entender las implicaciones mayores de lo que hacen, y después presentar esas ideas, no como prescripciones, sino como contribuciones posibles, -como regalos [dones[2]]” [Graeber, 2004:12] que vuelven a los protagonistas de la investigación. Por ello ve en ella una “especie de modelo bastante aproximativo e insipiente de cómo podría funcionar una práctica revolucionaria no vanguardista” [Graeber, 2004:11] que no apueste por las proposiciones de la alta teoría, sino por una teoría sencilla y de bajo perfil que se centre en la “forma de solventar los problemas reales e inmediatos que emergen con un proyecto que busca la transformación” [Graeber, 2004:9], construida por la afinidad y el consenso, sin pretensiones de erigirse como única y reconociendo que la inconmensurabilidad de las teorías no debe limitar la coexistencia o el reforzamiento entre ellas.

Por otra parte, tenemos a Krotz que al revisar las consideraciones metateóricas de la antropología ve una relación en términos constitutivos entre la utopía y las ciencias antropológicas, reflejada en la formación de lo que él llama la pregunta antropológica aquella que se origina en el “encuentro entre pueblos, culturas y épocas” [Krotz 1987:286], y que siempre ha existido expresada en diferentes maneras. Ésta, emerge del asombro, de la complementariedad dialéctica de la identidad y la diferencia, ontológicamente hablando; e históricamente “es el momento repetido y siempre único del proceso cognoscitivo” [Krotz, 1987:288]. La implacable delimitación de lo propio y lo ajeno es el terreno de la categoría de alteridad, la cual, omnipresente, se asentó en la profesionalización de las disciplinas antropológicas dentro de un contexto social muy particular. Su inversión, en el “trato cada vez más especializado” [Krotz, 1987:290-291] a cargo de los actores dominantes de la escena mundial, conllevó a la convergencia de lo diverso en la negación genérica con respecto a la civilización. Por tanto, la ausencia del elemento utópico en la pregunta antropológica nulifica el asombro y degenera lo extraño en grotesco [Krotz, 1987:293]. La solución propuesta por Krotz se resume en asumir el asombro como mutuo en la fase del trabajo sobre terreno, donde el asombro de quien es estudiado dialoga con el asombro del estudioso, permitiéndole la extrañeza con respecto de su propia sociedad. [Krotz, 1987:300]  

Reconocer a las utopías sociales (Moro, Spinetta o Platón), que plantean una sociedad soñada, la cual ubica a la sociedad propia como la otra y donde la felicidad es posible –construida por los autores e impregnada de referencias populares es definida por oposición y complementación a la realidad percibida-, como constitutivas en relación con las disciplinas antropológicas nos alerta de atender como fulgores tímidos pero significativos en la antropología a los ecos utópicos de Maine, Tylor, Spencer, Morgan, Kropotkin, pero también como señala Graeber, de Mauss y la teoría del don, o a Radcliffe-Brown por su negro interés[3] por las sociedades sin estado [Graeber, 2004:16-20]. 

2.- Mi utopía del quehacer antropológico.

Si el asombro parte de “una cierta dimensión de incomprensibilidad e ininteligibilidad de lo otro en primera y última instancias” [Krotz, 1987:299] y que en relación con las disciplinas antropológicas la alteridad marca su especificidad, donde la identidad parcial entre estudiado y estudioso supone “que el conocimiento de uno implica ya el del otro” [Krotz, 1987:299]; entonces, si bien el asombro es el generador del impulso a conocer e investigar la alteridad, la utopía se plantea como el parámetro por el cual la imaginación compara y extrapola lo posible en un entorno limitado, posibilitando la creatividad y la improvisación. Y, si la antropología posee una posición privilegiada y potencial, pues tiene contacto con “un vasto archivo de la experiencia humana, y de experimentos sociales y políticos” [Graeber, 1987:96], pues toma  en cuenta a la humanidad entera como campo de estudio, es justo en ese sentido que podría tener una enorme importancia para la liberación.

Tenemos entonces que una cualidad humana compartida como lo es el asombro, procesada por los avatares históricos, políticos y culturales, hasta devenir en su institucionalización, puede ser también una herramienta poderosa si se le dirige no sólo de un polo investigador a uno investigado, sino en ambas direcciones, permitiendo que la extrañeza se apoderé de las preguntas recíprocas e inevitables. Políticamente la exposición del investigador, no ya como referente de verdad, sino como un cualquier otro entre otros, con habilidades aprendidas y cultivadas, permite descentrar el quehacer del antropólogo de la academia y la política para ubicarlo, entre otros terrenos, en la balanza entre la lucha de clases de una manera imparcial, del lado de la gente. Los antropólogos pueden y deben atender aquellas inversiones utópicas a cargo de la gente que toma en sus manos la puesta en práctica de ese universo de discursos utópicos, sumando a ello la posibilidad analítica de echar mano del propio marco utópico del investigador, el cual no debe limitar sus contribuciones sólo a aquello dentro de lo posible, lo real o lo permitido por las circunstancias políticas y económicas, pero al mismo tiempo no descuidarlas dada la trascendencia de sus condicionantes.  

La irreversibilidad de los procesos del capital y de los estados-nacionales puede ser una verdad, pero aceptarlo sería negar los alcances de la acción de los subordinados. Como hemos visto en ambos autores, la separación entre la sofisticación de la disciplina y los pasos diletantes que conservan el asombro, trae consigo un alejamiento de la utopía con respecto a su intervención en el proceso de investigación y en el contexto de sus resultados. Ese alejamiento predispone al ojo observador con respecto a las alternativas enquistadas o emergentes en la resistencia, para centrarlas en las vías de las posibilidades teóricas a desarrollar en las academias, o en la incorporación o cooptación de las alternativas a las instituciones dominantes. No es menor el problema y por eso los que estamos involucrados en una disciplina tan poderosa como la antropología debemos encausar con meditación nuestro quehacer.

 En mi utopía, la antropología es un conjunto de saberes en tensión continua que no se resuelve por decreto o en una sola acción. Su práctica irremediablemente estará por mucho tiempo vinculada hegemónicamente al estado y al capital, mientras el grueso de sus practicantes continúe contribuyendo a su institucionalización a través reafirmar los papeles de administración o financiamiento. Por otra parte, una posible opción de realizar la antropología    puede orientarse en un sentido utópico donde las afinidades intelectuales y materiales se involucren a través de relaciones recíprocas entre la diversidad de habitantes de este planeta; relaciones que sustituyan la ganancia sobre el trabajo ajeno y el control sobre los demás, por pequeños acuerdos y compromisos comunes adquiridos entre individuos y colectivos pares. La antropología y los antropólogos podemos ponernos a disposición de la gente siempre y cuando podamos hacer un lado la vanidad profesional que otorgan los títulos y el poder que éstos activa, además de ser sensibles de aceptar una verdadera colaboración por parte de nuestros colaboradores-estudiados-estudiosos, la cual puede llevarnos, tal vez, muy lejos de los cánones teórico-metodológicos.

 Vivir de la profesión debe medirse según el principio de “cada cual, según sus capacidades, a cada cual, según sus necesidades”. El trabajo antropológico en una sociedad libertaria y comunista debe corresponder a una actividad no diferenciada por el status o el merito, sino a sus contribuciones comunes, públicas o colectivas, las cuales valdrán por su uso y mejoras que conllevan. Un posible comienzo sería comprometerse con la gente a la que se le dedica una investigación, antes que con las estructuras de poder; porque son los primeros los que sufran o gocen con los trabajos realizados y los cuales tienen el potencial transformador para alcanzar los cambios, mientras que las segundas no titubearan en desecharnos a la menor provocación de desestabilizar la explotación del hombre por el hombre.      

 El trabajo etnográfico y el antropológico deben tener un hondo vínculo popular. José Revueltas decía a los estudiantes en 1968 que el primer compromiso que tenían no era con el modelo modernizador o con los líderes del partido en el gobierno, sino con los campesinos, obreros y explotados, quienes de una manera u otra han construido y sostenido a las instituciones académicas en donde se habían formado. Eso lo escuché por ahí del 2003 y he tratado no alejarme de ello. Por tanto propongo, o más bien me propongo, en la consecuencia de lo posible, contribuir en la construcción de una labor académica que busque el empoderamiento de las clases subalternas, basada en volcarse sobre los intereses y exigencias de estas clases para trabajar para y con ellos, partiendo de un principio básico: los otros somos nosotros.

Bibliografía.

Graeber, David.

2004. Fragments of an Anarchist Anthropology. Prickly Paradigm Press. Chicago.

Krotz, Esteban.

1987. Utopia, asombro, alteridad: Consideraciones metateóricas acerca de la investigación antropológica. En Estudios Sociológicos, vol. 5, num. 14 mayo-agosto.


[1] La obra a la que me refiero es traducida de manera colectiva, colaborada y no profesionalmente por estudiantes de la ENAH. Algunos capítulos traducidos se encuentran en: http://fragmentosgraeber.wordpress.com/

[2] “[…]-as gifts.” Traducible como regalos, pero contextualizado en la antropología parece más indicado interpretarlo como dones en el sentido maussiano.

[3] Por “negro interés” me refiero a su pasado anarquista y a la referencia del color de la bandera de dicho movimiento. Aunque se podría interpretar también como obscuro y malvado si sabemos el fin de sus contribuciones.

Eterna juventud

La entrada de hoy día, ha sido escrita en respuesta al texto de oktli83 publicado el día de ayer en este mismo blog, por lo que pido al lector se remita al texto referido antes de proseguir con la lectura de lo que aquí presento.

El texto titulado Ya chole de martirios. El terreno continúa, puede ser dividido en dos partes, la primera la podemos distinguir porque se enfoca a los orígenes de lo que es la juventud, hablando de las sociedades primitivas y culminando con el potencial de aquello que son los jóvenes una vez que ha terminado la segunda guerra mundial; y la segunda que se enfoca en los movimientos juveniles como síntomas de la globalización que comenzaba a extenderse durante la segunda mitad del siglo XX. Para este comentario me enfocaré en cada una de las dos partes ya señalas por separado y terminaré hablando sobre la relación entre las mismas.

Oktli83 señala que la juventud es un fenómeno nuevo para la humanidad y que ésta es un producto más del amor al progreso que caracterizó en buena medida a los hombres que vivieron el romanticismo, sujetos que disponían de tiempo libre y de la posibilidad de acceder a múltiples placeres sin la necesidad de cargar con las obligaciones propias de los adultos.

De lo anterior se desprende una excelente descripción de la juventud, una vez que la vida ha sido dividida en etapas, en las cuales ya hay un camino intermedio entre crecer para ser maduro y las exigencias propias de la madurez. Gracias a dicho intermedio queda el espacio de tiempo suficiente para dedicarse a disfrutar de la vida, es decir, para buscar aquellos placeres que al ser tan efímeros como la juventud misma muestran lo que se puede esperar de los hechos realizados por aquellos que toman la voz de la juventud en cuello y deciden gritar sus grandes máximas al mundo, es decir, de los movimientos de la juventud sólo es posible esperar resultados tan efímeros como los placeres procurados por la misma.

Una vez que el autor ha dicho lo que es la juventud y el camino que ésta ha seguido a lo lardo de varios pasajes de la historia, llega al siglo XX, señalando que durante el periodo de paz, aquellos que más se han visto beneficiados con el surgimiento de dicho fenómeno son los jóvenes citadinos que muestran mediante sus acciones que hay algo que puede unir a los hombres más allá de las fronteras y de las ideologías, para ello cita las cartas de Revueltas y algunas de las diferencias que hay entre los diversos movimientos realizados por la juventud en años como el 68.

Lo peculiar de la manera en que el autor se refiere a los movimientos llevados a cabo por la juventud, me concentro principalmente en el reconocimiento a los jóvenes que conquistan sus espacios luchando contra las estructuras dominantes de poder, es que esa forma de pensar a dichos movimientos no se desprende de lo que se deduce de la lectura de la segunda parte del texto, yo me pregunto, si la juventud se caracteriza por la carencia de la responsabilidad que ha de tomar el adulto sobre su vida, ¿cómo es posible interpretar sus acciones como algo que no sean un mero juego?, es decir, ¿mediante qué recursos no he de pensar en lo hecho por los jóvenes como algo efímero?

A los hechos y a la definición de juventud ofrecida por el autor me remito, suponiendo que los movimientos realizados por los jóvenes efectivamente son llevados a cabo con la idea de lograr un cambio en las estructuras dominantes de poder, ¿por qué ningún movimiento ha logrado realmente ese cambio? Y por otra parte ¿qué tanta responsabilidad política puedo esperar de quienes al defender a la juventud acaban por defender junto con ello la posibilidad de no ser responsables por los propios actos? ¿ acaso no resulta contradictorio con la idea de lo que es un joven, un ser que transita entre la niñez y la responsabilidad de la madurez, esperar que los jóvenes sean responsables de cambios políticos que efectivamente modifiquen a la comunidad?, si se les hará responsables de algo, entonces no son propiamente jóvenes, son adultos y como tales hay que considerarlos y juzgarlos a todos.

Para terminar de demostrar lo que digo pregunto, no sólo al autor, sino a todos aquellos que gustan de verse a sí mismos como jóvenes más que como adultos ¿cuántos de aquellos seres que luchan contra las ideas dominantes que hay en su entorno, se hacen efectivamente responsables por sus actos?, ¿acaso no ven lo que hacen, su conquista de espacios, como conquista de espacios para el ejercicio de un  placer efímero e individual y no para la mejora de la comunidad en la que viven?

Maigo.

La categoría de “jóvenes” presente actualmente en el consumo y estilos de vida que pululan a nuestro alrededor es una novedad en la historia de la humanidad. En diversas formaciones culturales alrededor del planeta y tiempos pasados el estadio de madurez, plenitud y completo reconocimiento de ser un hombre o una mujer ha implicado una compleja operación de contraposiciones simbólicas y prácticas, en juego dentro de distintos campos de significación propios de las particularidades culturales de los individuos que participan de ellas. El paso de la infancia a la adultez en muchas culturas ajenas a la codificación etaria occidental son,  en apariencia dispuestos al observador, cambios bruscos y arbitrarios. Cambios envueltos en procesos rituales convencionales a cada cosmovisión y sus imaginarios, provistos de obligaciones para con la comunidad y para con los dioses, con una posición social a desempeñar y un papel en continua ejecución a riesgo de salirse del “guión”. Procesos en los que la prole de nuevas generaciones pasan de un momento del aprendizaje y la ausencia de obligaciones, el acondicionamiento y motivación a la imitación de las prácticas propias de los mayores, y así ejecutarlas para ocupar el posicionamiento de participar de un “nosotros”.

Los jóvenes del romanticismo europeo, aquellos marginales sin ocupar un lugar definido en la distinción social, afectos a los placeres refinados y libres de las ataduras de la rigurosidad social –relativas a sus horizontes y su contexto-, portadores de un nombre, un “linaje”, o desertores de éste y sus implicaciones económicas y de prestigio, son un ejemplo de nuevos actores nacientes en las sociedades industrializadas; aquellos que la división social del trabajo y las condiciones sociales de reproducción material y simbólica permiten. El cambio de la vida rural en donde la alianza entre familias constituye un acto estratégico y bien razonado, a una aparente libre elección a “gusto” de la persona con la cual formar una familia, es otro ejemplo de la conformación de la juventud como la conocemos hoy. Los cambios de la niñez a la adultez encuentran una graduación, una intermediación en una unidad discreta percibida, tratada y corporeizada, la juventud. A veces vista como una sala de espera, pero más bien podríamos verla como una relación especifica y diferenciada por las atribuciones dadas al individuo en el contexto de la civilización, del mundo globalizado y de una ubicación política y social concreta.

La segunda guerra mundial, o más bien,  esa guerra entre imperios y su reparto colonial, así como visibilizó la participación de las mujeres detrás de las líneas de fuego y algunas más participando irregularmente en el frente de ellas, también visibilizó el potencial en capital humano y fuerza de cambio que implicaba aquel estrato social previo a la edad de servicio militar, sobre todo en los sectores económico sociales preferentes en el novedoso estado de bienestar, emergente de los restos de la guerra. Aquellos niños nacidos del triunfo del mundo libre pronto destaparon las contradicciones en las promesas hechas por sus mayores. Así como la descolonización en África, Asia y América, floreció gracias a una corriente amplia vertida desde el discurso occidental para oponerse a su propia lógica de dominación, al interior de los países industrializados y dominantes los jóvenes levantaron la voz por una posibilidad utópica inscrita en los horizontes que se proyectaron en los mecanismos que los habían formado.

El ser joven en París de 1968 o en México, o en Praga, sin duda no era una identidad unívoca, tampoco un ser definible atemporalmente, ajeno a una realidad resultado de los procesos sociales. Aún dentro de estas sociedades la divergencia en las conceptualizaciones y formas de vivir la juventud eran amplias, no era lo mismo aquel hijo de campesinos trabajando en la fábrica, que aquel que accedía a la instrucción escolarizada siendo hijo de obreros, o aquel que en el campo continuaba trabajando la tierra, continuando las costumbres de su pueblo. Precisamente entre aquellos que se beneficiaron más de aquella consideración desde las estructuras políticas, los jóvenes de las ciudades, se dio la posibilidad de un momento al que yo llamaría como síntoma de lo que la globalización estaba enraizando, la posibilidad de identificación más allá de las fronteras nacionales, mediada por una comunicación en disminución de impedimentos para la inmediatez. Las cartas de José Revueltas a los insurrectos de Paris sobre la preocupación atómica, la implicación de los medios internacionales en los sucesos de México bajo el reflector olímpico, el impacto en países como Japón, Finlandia y diferentes puntos de Estados Unidos, pueden mostrar ello.

Aunque la misma bandera, la soviética, fuera enarbolada por los jóvenes de París y México, y quemada por los de Praga, aunque los jóvenes de Berkley hayan optado por la no violencia y los del Barrio Latino de París por la confrontación con piedras y bombas molotov; la visibilidad que generaron al salir a las calles, pintar los muros de sus universidades, cuestionar las guerras y el uso de los progresos científicos, así como las posibilidades ofrecidas por la inobjetable racionalidad práctica desde las estructuras de poder, inauguraron la institucionalización de una lucha antes sumergida en el ámbito familiar, privado, para hacerlo público y negociable, la renovación de las generaciones de decisión y de acción legítima. Las edades normadas de reconocimiento para el pleno ejercicio de la ciudadanía fueron ampliadas en los años posteriores alrededor del mundo, los discurso en la ONU y la UNESCO fijaron agendas al tema, las masas estudiantiles chinas con el libro rojo bajo el brazo enjuiciaban a sus mayores por mandato de Mao, en fin, el papel de los jóvenes no volvería a ser la misma.

Sí, el 2 de octubre de 1968 en la Tlatelolco no se olvida, porque se ritualiza año con año, pero los jóvenes olvidan porque son otros, simple obviedad. Con todo, las luchas no cesan y más cuando las condiciones en las que los cambios sociales que experimentan los individuos se enfrenten a construcciones de realidad extraídas de una diferenciación, selección y ejecución de significados y prácticas dispuestas por estructuras económicas, políticas y culturales dominantes. Los movimientos juveniles que se expresan el día de hoy son especificidades sofisticadas del curso que las innovaciones tecnológicas y creativas ofrecen a los nuevos participantes de este mundo. Ya sean los jóvenes chilenos de secundaria sin medio de enfrentar a las tanquetas de policía en Santiago, en reclamo de la gratuidad del transporte público y mejores condiciones en los comedores escolares, los jóvenes Amusgos de Oaxaca al frente la radio ÑomDaa resistiendo las leyes mestizas, los jóvenes debajo del Circuito Interior a dos cuadras de la estación del metro Normal sobre sus patinetas y apropiándose de su espacio con grafiti, están en pie de lucha, una lucha silenciosa, diaria, sin grandes mártires, sin ex-miembros ahora políticos profesionales y sin grandes días, esas son las chidas. Gracias a los que fueron jóvenes y lucharon en esas sesiones inaugurales y que no figurarán en los libros de historia, para ellos la memoria de este día. Y para los ejecutores de la muerte…

Al campo de estudios de la antropología se le ha presentado en años recientes un fértil horizonte: los cambios que acontecen tanto en el contexto económico y mundial, como en sus espacios específicos de estudios. Cultura y antropología llevan parte en este proceso que se acentúa en sus transformaciones pero también en sus resistencias y negociaciones. La participación entre antropólogos, las instituciones nacionales e internacionales, económicas o políticas y la gente, aparece en una tensión que se resuelve de múltiples maneras, en posibilidades experimentadas, por experimentar e imaginadas. Los movimientos sociales es un tema que cruza esta doble cuestión y servirá para el problema presentado.

Por eso hay que preguntarle a la antropología por aquello que la hace competente para este momento económico y cultural y sus peculiaridades. ¿Cómo caracterizar los cambios a los que se enfrenta en la realización de su trabajo y los fenómenos  que surgen de las condiciones actuales? Y ¿Cómo comprender el vínculo cultural y político de la antropología con los movimientos sociales?

***

La antropología busca continuamente su espacio de acción, donde hacer fértil su producción, el conocimiento. Se replantea su especificidad teórico-metodológica frente y sobre un mundo en vía rápida y sin frenos. Ubicada como parte de la tradición intelectual de las ciencias sociales, y como disciplina, la antropología puede ser entendida en el sentido de productora de “dominios a medida que crea su propia tradición” [Ortiz, 1998:169], apoyada por un cuerpo teórico, metodológico y técnico puesto en acción a través de la etnografía, y por tanto, se comprende que sus objetivos y consideraciones básicas se encuentran en la posibilidad de una continua revisión, para apartarse de conceptualizaciones estáticas, anquilosamientos “naciocentrístas” [Jimeno, 2005:49] o conservadoras [Ortiz, 1998:157]. Su objeto-sujeto de estudio, la dupla de culturas y quienes las significan y recrean, se transforma a través de las vicisitudes de la historia, y por eso a la antropología se le exige creatividad y flexibilidad teórico-metodológica, incompatibles al uso de lo que Kuhn define como paradigmas [Ortiz, 1998:164, 178] para su proceder en sus interpretaciones y posibles afirmaciones.

Por otra parte, decir que “el fenómeno colonial determinó la estructura de poder dentro de la cual se constituyó la antropología” [Escobar, 1999:100], tanto a nivel de institucionalización como de profesionalización, y no dejar de lado que su autoridad académica ya contaba con un curso propio[1], no es sentenciarla sino ubicarla en un lugar fundamental de los procesos en marcha por todo el mundo y del desarrollo propio de la antropología que acompañó a las potencias económicas y militares del siglo XX, así como a los proyectos nacionales con pretensiones industriales y ubicados como dependientes. Pero su pasado no la obliga a servir automáticamente al imperialismo, parafraseando a Warman [Jimeno, 2005:56]. Más aún, está acompañada de una capacidad crítica para mostrar “la profunda historicidad de todos los modelos sociales y el carácter arbitrario de todos los órdenes culturales” [Escobar, 1999:99]. La antropología cuenta con la condición de “cuestionamiento de aquello que se daba por supuesto y establecido” [Escobar, 1999:99] válida como herramienta crítica de su propia labor frente a su entorno.

Precisamente el capitalismo y la tecnología expandidas alrededor del mundo, son expresiones de la globalización como condición, como una “articulación concreta de la realidad”, “un contexto en el que todos estamos inmersos” [Ortiz 1998:178]. Aunque el concepto sea impreciso, como refiere Ortiz, se caracteriza como “conjunto de fuerzas que reorganizan el marco de las relaciones sociales” [Ortiz 1998:177], penetrándolas y redefiniéndolas, como partes que le constituyen, y no definido éste, la globalización, por la interacción entre dichas relaciones. Es por ello que cobra sentido y fuerza su propuesta de mundialización, como caracterización de globalización cultural, la cual se expresa en dos niveles, tanto en el arraigo social particular y por tanto con efectos desiguales e indiferenciados, como a nivel de universo simbólico, “espacio transglósico, en el cual diferentes lenguas y culturas conviven (a menudo de manera conflictiva) e interactúan entre sí” [Ortiz 1998:XXIV]. La mundialización es parte de la vida cotidiana y de sus hábitos, presentes en menor o mayor medida, producto de la negociación, pero  por ello es un “proceso real, transformador del sentido de las sociedades contemporáneas” y no falsa conciencia o ideología impuesta exógenamente [Ortiz 1998:XX].

Frente a este panorama donde se conjuntan una antropología capaz de replantearse continuamente sus propios horizontes conceptuales y metodológicos reconociendo sus tradiciones críticas y autocríticas, además de un mundo en procesos económicos y tecnológicos interactuando con expresiones culturales mundializadas, el antropólogo se enfrenta a un contexto de investigación ampliado, dispuesto por el mundo entero y que las condiciones para explicarnos los fenómenos observados se encuentran sujetas, en muchos sentidos, a elementos económicos y políticos que trascienden las fronteras establecidas en los procesos de construcción de los estados nacionales. Ambas observaciones hacen énfasis en la “desterritorialización” de la cultura [Escobar 1999:103] y del mundo, así como de su abordaje desarraigado [Ortiz 1998:183]. Nuestra participación en la investigación tiene, por tanto, que enjuiciar los lazos propios con la identidad nacional y a su vez, considerar al ámbito de investigación, individuos y culturas, prácticas y significaciones, ya no más limitadas y localizadas por su circunscripción territorial, como si ésta operara independientemente; y sin perder de vista el hecho de que los resultados de nuestras investigaciones pasan por una relación estrecha con el ámbito político local y hasta mundial.

***

En el contexto de Latinoamérica y gran parte del mundo de los últimos sesenta años se ha entendido como unidireccional la puesta en marcha del desarrollo, tanto como “sinónimo de crecimiento económico con expansión rápida y sostenida de la producción, la productividad, el PBI y el ingreso per cápita” [Ávila, 2000:438], como “el proceso dirigido a preparar el terreno para reproducir […] las condiciones que se suponía caracterizaban a las naciones económicamente más avanzadas del mundo: industrialización, alta tasa de urbanización y de educación, tecnificación de la agricultura y adopción generalizada de los valores y principios de la modernidad, incluyendo formas concretas de orden, racionalidad y actitud individual. [Escobar. 1999:100]. Sumados al proyecto nacional o al compromiso político social militante, para algunos antropólogos esta descripción fue incuestionable, pues es tomada como “epistemología realista” [Escobar, 1999:108], pero ello tiene una implicación política que no habría que dejar de lado, pues existe una “violencia silenciosa” [Escobar, 1999:116] en el discurso del desarrollo, porque “suscribe un marco de referencia […] que ha posibilitado una política cultural de dominio” [Escobar, 1999:115]. El “logro” antropológico de intervenir en la realización y diseño de políticas de intervención en desarrollo inducido, financiadas por organismos internacionales y estados nacionales, habría que tomarlo con menos entusiasmo pues lejos de ser neutrales han obrado teniendo como objetivos concretos la “estatalización y gubermentalización de la vida social, […] la implicación de países y comunidades en las economías mundiales de modos muy concretos , y la transformación de las culturas locales en sintonía con los estándares y tendencias modernas, […] basadas en nociones de individualidad, racionalidad y economía” [Escobar, 1999:112-113].

A ello, los movimientos sociales actúan como sistemas “de significados que impugna(n) el que los aparatos tecno-burocráticos intenten imponerse sobre los acontecimientos individuales y colectivos […]”, es decir, sobre la construcción autónoma de los individuos y los grupos ejecutadas a través de políticas de intervención en la cotidianidad [Melucci, 1999:107]. En las expresiones latinoamericanas estos movimientos, compuestos de redes sumergidas en la vida cotidiana y con posibilidad de extender sus alcances políticos y culturales más allá de éstas [Escobar, 1999:155], se plantean como “guerras de interpretación” [Escobar, 1999:143], donde la noción de política cultural adquiere un sentido más antropológico si observamos a las “prácticas culturales cotidianas como un terreno para, y una fuente de prácticas políticas” [Escobar, 135-136]. Pues las disputas culturales en las que se envuelven son constitutivas para “redefinir el significado y los límites del sistema político” [Escobar, 1999:143] y en ellas se enactúan[2] las políticas culturales de los movimientos sociales enfrentadas a la cultura política dominante, a través de la puesta en acción de prácticas e instituciones alternativas de su cultura política, es decir aquella “construcción social particular de cada sociedad de lo que cuenta como político”[Escobar, 1999:144], develando las formas del “autoritarismo social” [Escobar, 1999:135]       

La propuesta del “postdesarrollo” que apunta a “desestabilizar las bases” [Escobar, 1999:110] del discurso del desarrollo desfamiliarizandolas; cooperando a reivindicar las contribuciones de los movimientos, ya sea sus conocimientos y experiencias, como a “ desvelar los mecanismos de producción de conocimiento [...] inherentemente político(s), […] relacionados  con el ejercicio del poder y la creación de modos de vida” [Escobar, 1999:114], es tomada como característica teórica primordial de Escobar. Su propuesta de práctica política, parecería inclinarse por una epistemología realista, otorgándole al discurso del desarrollo un nivel instrumental al servicio de los movimientos sociales, la cual opta, en última instancia, por un compromiso de igual intensidad entre lo nacional como lo político “en relación con las culturas locales” [Escobar, 1999:124]. Su controversia radica en que nos enfrentamos a fronteras políticas y culturales rebasadas a partir de los mismos actores locales que protagonizan esos  movimientos, cuando sus mensajes van más allá de las fronteras y ponen énfasis en sus especificidades, a la vez que es inevitable la visibilidad de los violentos resultados locales que acompañan a la ejecución de programas y políticas diseñados desde el los diferentes organismos supranacionales (BM, FMI, Wall Street) o las política culturales unilaterales de los estados.

En este sentido no hay nada “post”, el desarrollo seguirá implicando una práctica de la cultura política dominante por más adjetivos o prefijos que le impongamos. El debate por hacer o no hacer antropología aplicada está rebasado. Cualquier ámbito antropológico implica ya una aplicación de conocimientos, que estos tengan una dimensión política es ya una obviedad, pero el punto se guiará hacia ¿quién se beneficia de esas relaciones de poder? Los antropólogos no podemos conformarnos con replantearnos a profundidad el compromiso con del desarrollo [Escobar, 1999:129] y alentarlo para después mitigar sus efectos nocivos y opresivos, por lo demás la propuesta de Escobar es harto apreciable. La participación conjunta entre activistas y antropólogos tiene amplio terreno fértil de trabajo en alternativas que cuestionen radicalmente el curso “inevitable” que toma el capital y la estructuración política estado-nacional. Es momento de plantearnos qué tipo de acciones metodológicas y teóricas adoptaremos o ingeniaremos para tratar con movimientos sociales que buscan la transformación profunda hacía mantener relaciones recíprocas y respetuosas  con un mundo sin frenos.

Bibliografía:

Ávila Molero, Javier.

2000. Los dilemas del desarrollo: antropología y promoción en el Perú. En Degregori, Iván Ed. No hay país más diverso. Compendio de antropología peruana. Red para el desarrollo de las ciencias sociales en el Perú. Lima.

Escobar, Arturo.

1999. El final del salvaje. Naturaleza, cultura y política en la antropología contemporánea. Instituto Colombiano de Antropología/CEREC.

García Canclini, Néstor.

1987. Políticas culturales en América latina. Grijalbo. México, D.F.

Jimeno, Myriam.

2005. La vocación crítica de la antropología Latinoamericana. En Antípoda. Revista de Arqueología y Antropología” Universidad de los Andes #1 julio-diciembre. Bogotá.

Krotz, Esteban.

1987. Utopia asombro y alteridad: consideraciones metateóricas acerca de la investigación antropológica. En Estudios Sociológicos. V. 5 #14 mayo-agosto. D.F.

Melucci, Alberto.

1999. Acción colectiva, vida cotidiana y democracia. Ed. El Colegio de México,

Centros de Estudios Sociológicos. México D.F.

Ortiz, Renato.

1998. Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo. Convenio Andrés Bello. Bogotá.  


[1] A propósito señala Krotz [1987:285], la consolidación de la antropología, como disciplina científica, es resultado del “reconocimiento social de un campo de conocimiento”. Presente en dos formas: como procesos internos entre investigadores con afinidades en la investigación antropológica,  y como expresión de la división social de la producción del conocimiento.

[2] “El enfoque enactivo […] conlleva un acoplamiento entre cultura y política que enactúa (hace emerger) nuevos mundos o posibilidades de significación y práctica.” [Escobar, 1999:143]

Presos Políticos

Dedicado a la camarada Mariana Selvas y a todos los compitas encarcelados desde la huelga de la UNAM.

En los últimos meses el caso de Orlando Zapata, preso “común” acaecido en Cuba, abierto disidente de la dictadura, ha motivado una muy buena ola de opinión desfavorable para el régimen encabezado por los hermanos Castro Ruz. Es de verdad un caso para un análisis minucioso pero aquí sólo daremos un pincelazo.

Una huelga de hambre fallida en sus objetivos inmediatos, la liberación o conmutación de penas para decenas de presos relacionados con la última campaña oficial en contra de la disidencia organizada, los cuales  se encuentran en condiciones de salud desfavorables, es ahora, tras la muerte de Orlando, un éxito político en latencia.

Sin entrar en muchos detalles y tomando de la memoria del que escribe, Orlando procedió en contra de los consejos que la disidencia le hizo. Desde ya algunos años la estrategia de huelga de hambre al interno de la cárcel fue descartada como útil por muchos disidentes antes, ya que en términos estratégicos disminuir la fuerza y arriesgarse a perder activistas no es lo más conveniente y menos cuando sabes que el sistema político es inamovible. Zapata se arriesgó y perdió contra el aparato de estado. Cierto es que el apoyo de la disidencia tardó mucho en mostrarse para con Orlando, sólo hasta el momento de sus últimas decaídas de salud y por la actividad de su familia, el caso fue adquiriendo mayor relevancia.

Pero no quiero confundir al lector, Zapata fue un preso político como otras decenas de cubanos en desacuerdo con el régimen, pero hay que puntualizar que estos presos políticos son unos de los más afortunados del mundo. Cuentan con un buen presupuesto designado desde Washignton, varias decenas de millones de dólares, encausados por la Oficina de Intereses de Estados Unidos en la Habana. No es un secreto para nadie que Radio Martí, con residencia en Miami y amplia potencia de transmisión para sobreponerse a los bloqueos electromagnéticos cubanos, es costeada por la CIA; y que el mensaje que envía es abiertamente “subversivo” para los intereses del Partido Comunista de Cuba, más no comprometido con la búsqueda de una situación de libertad social, económica y cultural tan anhelada por muchos cubanos o siquiera cercana a la que proyectaba José Martí.

Es cierto, en Cuba hay presos políticos disfrazados de comunes por sus captores. Es cierto, hay que denunciarlo con la voz más alta. Pero tambien es cierto que hay muertos que huelen mejor para ciertos olfatos interesados, que curiosamente son tambien de los mismos que subyugan buena parte de la población del mundo. Eso me recuerda que en varios programas de televisión el tema fue abordado con la mayor indignación y la clásica perorata burguesa anticastrista, tan insoportable como la defensa a ultranza de la dictadura del proletariado. Silva Herzog Márquez y Ciro Gómez Leiva apuntaron muy bien lo que significa la desesperación de llegar a  la huelga de hambre, de arriesgar la salud por hacerse oír; lo que parecería extraño, que no lo es en absoluto, es que no hallan mencionada las tres ocasiones, en distintos momentos, en que otros presos políticos, no de ultramar, han optado por la huelga de hambre, sin éxito político inmediato como Orlando, pero con mejor final (la continuidad de la vida). ¿De quiénes hablo?   

Pues de los presos que hoy cumplen cuatro años en Molino de las Flores y en el penal del Altiplano. Esos doce disidentes del sistema capitalista, del escenario perifoliado de democracia demagógica. Para esos disidentes no hay tregua ni análisis crítico, para ellos sólo olvido y desprestigio. Esos que se mantienen económicamente dentro de la cárcel con lo que sus familiares apenas juntan con esfuerzo cada día de visita; esos para los que se hacen pequeñas quermeses en barrios populares y pueblos indígenas (Santo Domingo, Coyoacan; Copala, Oaxaca) para pagar las fotocopias de los juicios, esos para los que se sale a vender pequeños morralitos hechos por ellos mismos en sus celdas para juntar la cooperación para los abogados solidarios; esos por los que se organizan tocadas de rock o se apartan las ganancias del comedor popular vegetariano en el Che Guevara; esos por los que se hacen rifas de cuadros de pintura o por los que simplemente se visita fuera del penal para tocar una lira con un altavoz a la hora que están los presos en el patio del penal. Esos por los que la solidaridad de los de abajo tiene sentido. 

Hacía ellos las voces respetables no tienen nada más que un gesto de disgusto y una condena de anacrónicos, trasnochados o revoltosos. Para ellos no hay partidas especiales del presupuesto extranjero. Para ellos el “apoyo” partidista (PRD-PT) es sólo una mascarada retórica, una foto que se vende muy cara, a costa de la convicción y lo demás del tiempo, olvido. Para ellos no hay declaraciones de Zapatero o de Sarkosy. Para ellos sólo debe haber el recuerdo de la sangre, de las manos policiacas dedeando vaginas de estudiantes y de madres combativas; para ellos el duelo amargo de la muerte de un joven de catorce años y uno de veintiuno.

¡Uff! Para los más de cien apresados el 4 de mayo del 2006 en San Salvador Atenco y Texcoco no hay reparo, para esos sediciosos las condenas más absurdas, porque al fin y al cabo son peligrosos para el status quo, para la normalidad del dejarse explotar y callar. Ojalá sólo fueran ellos, pero no. Ahí siguen los presos políticos de Loxicha, Oaxaca; los presos zapatistas de Queretaro, Chiapas, Tabasco y Campeche; los jóvenes presos anarquistas del D.F.; los presos ecologistas del Estado de México y Morelos. Y si vamos a llamar por la liberación de los presos de conciencia en otros lados de nuestro continente, pues contemos también a los presos mapuches y anarquistas de Chile, los presos de Sem Terra de Brasil, los piqueteros presos en Argentina, los disidentes de la guerra antiterrorista y los indígenas en Colombia, Mumia Abdul Jamal y Leonard Peltier en Estados Unidos… y podríamos seguir, pero ¿a quién le importan esos presos si es más fácil sólo señalar a donde resulta más cómodo mirar sin preguntarse qué pasa acá. 

Aquí y ahora: “¡Que caigan los muros de las prisiones!” ¡Presos políticos, libertad! ¡Libertad a los presos por luchar!

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