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Lo sé

La mentira es demasiado fácil para mí, siempre lo ha sido. No soy mentirosa por voluntad, soy mentirosa porque no puedo ser de otro modo, sólo soy así.

Sabes lo que siento por ti y todos tus actos o palabras o la forma en que me miras, pero sabes también cómo y hasta dónde puedo responder a ellos. No es que no entienda lo que por mí sientes, sino que no entiendo el por qué lo sientes. En realidad, a últimas fechas entiendo muy pocas cosas, pero sin duda ésta es la que se me complica un tanto más de todas, aquella cosa innombrable de tu texto pero que salta a la mente en cada palabra que ahora te has puesto a redactarme.

Miento, sí, ya lo he aceptado y deberías darme algo de crédito por ello, pero no es lo único que sé hacer ni lo que hago con más elegancia. Sé perfectamente cómo responderte ahora y qué letras he de usar, sé cómo mirarte, cómo sonreírte, cómo tocarte y cómo besar suave, lenta y húmedamente tus labios para tenerte aquí escribiéndome, para encantarte. Sé cada paso que debo dar ante ti, tengo perfectamente estudiado cada uno de mis movimientos en tu compañía, mi sonrisa, mis ojos, todo bajo mi cauteloso control. Sé exactamente cómo debo ocuparme. Y también sé el modo más eficaz de retractarme. Sé de memoria cada uno de los gestos espontáneos que acompañarán mis dichos y he repasado ritualmente las posibles muestras de cariño para contigo. Lo sé todo.

Pero creí que no te habías percatado de ello pues, te mostrabas tan feliz.

¿Sabes? Yo creo que tú eres responsable de todo eso que has tenido a bien señalar y aún de más. Incluso de lo que puedo llegar a sentir, eres tan responsable por eso como yo lo soy por lo que tú pienses, no sólo ahora sino normalmente, de mí. Lo somos. Aceptémoslo. Claro que todavía sigo sin entender eso qué significaría. No lo que esperas, sino tan sólo lo que significa, pues aquello no sé qué tanto venga aquí a colación.

Hágannos responsables las situaciones, los escenarios, las personas o cualquier cosa más, nosotros no lo haremos. Lo aceptamos pero no lo hacemos. Yo al menos, no.

 La cigarra

Para demostrar que no queda la más remota esperanza, se

detiene en un cruce muy transitado y se queda en calzoncillos.

Realiza una pequeña danza, se para de manos, enseña el trasero

a los coches que pasan, y como nadie le presta la menor atención,

vuelve a vestirse con desánimo y se aleja arrastrando los pies.

(El libro de las ilusiones)

 

El hombre es el animal político por naturaleza, dicen unos. Y es político porque, lo quiera o no, está en relación con otros como él. Es político porque comparte el mundo y la lengua con los demás hombres. ¿Qué relación existe entre la lengua y el mundo? ¿Y entre estos dos y el hombre? ¿En efecto están relacionados? Dicen aquellos que eso dicen que es algo evidente e innegable, que es algo que se puede ver con claridad sólo con que pongamos atención a la realidad que nos rodea sin prejuicios. Sin embargo, ¿y si esa supuesta realidad que nos rodea, que por cierto se atreven a llamar naturaleza, no es otra cosa que el mayor de los prejuicios que un hombre puede tener? ¿Cómo se ha de sostener aquel que ha fundado su vida cotidiana y su manera de entenderla, así como a todo lo demás que quizás no le es tan cotidiano, en la noción de eso que ahora oso (de osar) llamar prejuicio? Seguramente no lo podrá hacer. De hecho es imposible asumir que la noción de naturaleza, la más clara que puede haber,[1] es falsa y es que ¿quién en su sano juicio se atrevería a negar que haya naturaleza, pues nota que la hay? La respuesta es nadie, por supuesto.

Si el carácter de político, propio de ese animal que somos todos, es natural a ése, el hombre, entonces ponerlo en duda sería algo así como poner en duda al hombre mismo, lo cual es impensable: no podemos negar al hombre, pues somos hombres, y no nos interesa si los cerdos se atreven a hacerlo, igual nos los vamos a comer.

Una interrogante que puede surgir, empero, es la que sigue: y si alguien se atreve a negar a la naturaleza, a negar lo político del hombre, negar su lengua y negarlo a él mismo y a su mundo, entonces ¿qué es ese que se atreve a negarlo? ¿Será un hombre pretendiendo no ser un hombre? ¿Eso es posible? ¿Y qué pretende ser ese hombre que niega al hombre? Dirán los primeros que pretende ser o dios o máquina, pero ¿qué no el hombre creo tanto a dios como a la máquina? Entonces el hombre pretende ser algo creado por el hombre mismo al negar al hombre. ¿Qué es todo esto? ¿Cómo salir de un aprieto tal?

Quizás ese no es un aprieto, después de todo. El hombre que niega al hombre, ciertamente puede pretenderse una creación del hombre, ya dios ya máquina, y no está cayendo en ninguna contradicción ni círculo vicioso, pues el hecho de que el hombre fuese negado desde el principio de la duda no implicaba necesariamente que se negase tanto a dios como a la máquina al mismo tiempo. Es probable que tanto dios como la máquina no sean creaciones del hombre. En ese sentido, es claro que el círculo no es círculo. ¿Será cuadrado? No es probable.

Dejando las necedades de lado, lo que de verdad quiero decir aquí es que, si los sabios dicen que el hombre es el animal político, entonces lo más seguro es que así sea. ¿Por qué no confiamos todos en ellos, que tantas cosas verosímiles nos cuentan cuando dicen que reflexionan en torno al mundo, al ser o a lo que ellos quieran? ¿Qué importa si alguno de los otros puede imaginarse que la naturaleza no es naturaleza, tal como ellos dicen? Si obviamente no podemos compararnos con ellos, que se han dedicado tanto tiempo a ejercitar las dos principales características del hombre: la razón y la política. Es claro que no podemos compararnos con ellos. Hemos de creerles, pues, y aceptar todo lo que, en su sapiencia, nos dicen. Pero, si ya hemos aceptado que el hombre es político por naturaleza gracias a su lengua y a su mundo, que comparte con sus semejantes, y aceptamos que la lengua, más allá del pedazo de carne que tenemos en la boca, es una manifestación de la razón (en tanto es palabra y lenguaje, expresión y comunicación), y los sabios son quienes la ejercitan de mejor manera junto con la política, entonces no hay nada más cierto que la naturaleza política del hombre; pero no todos aquellos están de acuerdo con eso, pues hay algunos de ellos que se empecinan en decir que la política es accidental, al ser el hombre fundamentalmente criatura individual, hecha o no a la imagen y semejanza de dios (o de Dios); entonces ¿a quién le hemos de creer? ¿A unos o a otros? Seguramente, ambos grupos nos dirán, en su afán por no parecer déspotas e injustos, que hemos de decidir con nuestras propias luces, o más que decidir, que hemos de ver por nosotros mismos lo que en verdad es, lo que unos dicen o lo que los otros. Que no debemos creer en lo que dice nadie, sino ver si lo que dicen es verdad, de lo que seguiría que lo que los otros dicen es mentira. Pero si los demás tenemos las luces para ver cuál de los dos grupos dice la verdad, ¿qué nos asegura que no nos percataremos de que ninguno de los dos bandos la dice? ¿Acaso se nos concederá que podemos tener razón? Parece inverosímil que alguno de los dos bandos lo concediera, a menos que no estén diciendo la verdad desde el principio, por lo menos no completa, tal cual parece que lo aseguran. Otra posibilidad es que haya alguien más que nos escuche y sea o no convencido por nuestro discurso, con lo que ya seríamos tres bandos, no dos. Con ello, la disputa se agrandaría cada vez más hasta llegar a la conclusión, hermosa conclusión, de que todos los discursos son igualmente verdaderos. Todos valen lo mismo pues son modos de ver, son visiones del mundo, o perspectivas.[2] Pero entonces resultaría que, desde el principio nadie está realmente peleado con nadie. Unos y otros dicen verdad. Nosotros también decimos verdad. ¡Y todos vivimos juntos y felices! No importa que existan multitudes de discursos, de interpretaciones o de nociones del hombre, del mundo, de la lengua, de lo político del hombre, de lo individual del hombre. No importa siquiera que sean contrarios entre sí ni que se descalifiquen aparentemente. Nadie es refutado ni descalificado en realidad. Los que piensen que sí, son personas que requieren ser educadas, llevadas al buen camino, para ser parte del todo que todos queremos ser.

No importa dios, no importa la máquina, no importa nada, pues todo es creado por el hombre, o por algo más, o autocreado. No importa. El hecho es que aquí estamos todos, dioses, máquinas y hombres, y lo mejor es vivir bien todos, ¡felices todos!


[1] Existe otro tipo de personas que sostiene otra cosa, que la noción más clara que podemos, los seres humanos pensantes, racionales, es la de nosotros mismos, pues nos preguntamos cosas y pensamos en ellas y vemos que pensamos en ellas y las vemos a ellas mismas; todo lo cual nos conduce al reconocimiento de que esa es la primera y más clara noción que podemos tener.

[2] Horizontes interpretativos dirían algunos.

 

He estado pensando mucho últimamente. He estado pensando más de lo que me gustaría, si he de ser sincero conmigo mismo. Y es que ¿cuál ha sido el motivo de mis pensamientos? El motivo de mis pensamientos ha sido el motivo de los pensamientos en general, cotidianamente. ¿Por qué pensamos? ¿Para qué pensamos? ¿Pensamos? ¿Pensamos que pensamos? Me atrevo a decir que sólo la respuesta a la última de estas cuatro preguntas puede ser respondida con claridad: sí, pensamos que pensamos. Mejor sería decir: creemos que pensamos o asumimos que pensamos; que nosotros sí pensamos,[1] a diferencia de la mayoría de los pobres diablos que no reparan en las cosas importantes que deben ser pensadas por nosotros, los animales pensantes que se supone que somos, en vez de sumirnos en vacuidades como aquéllos. Y ese es un gran problema. Pensamos que pensamos y que, por el hecho de hacerlo[2] somos mejores que el resto de las personas que habitan este mundo o que simplemente se encuentran en él. Pensamos que pensamos, eso es seguro. Y, sin proponérnoslo explícitamente, al pensar que pensamos, damos respuesta a las otras tres preguntas de las cuatro planteadas.

Sí. Sí pensamos, en respuesta a la tercera de las cuatro preguntas (¿pensamos?). Pensamos porque somos los entes que piensan, o por lo menos porque nos sentimos dignos de ser esos entes que piensan, en respuesta a la primera de las cuatro preguntas (¿por qué pensamos?). Para qué pensemos, eso sí tiene tantas respuestas diferentes como modos de ser distintos de los hombres existen. Pero creo que ninguna de esas respuestas satisfacen mi inquietud por el motivo de los pensamientos que ha sido el motivo de mis pensamientos últimamente.

Yo no creo que haya alguna clase de dignidad en el pensar que me ha estado ocupando; o por lo menos no una mayor o más grandiosa que la que tienen otros modos humanos de actuar. Y es que me doy cuenta de lo que se puede hacer al pensar (o a causa del pensar). Hay quienes deciden escaparse de la vida con el pensamiento, a torres de marfil construidas por ellos, lejos de todo. Eso no sé si sea digno, pero no me parece lo más adecuado en un mundo como el nuestro. Hay quienes deciden que nadie que no piense en aquello que ellos piensan, o en algo muy parecido, puede ser considerado semejante a ellos, con lo que terminan aislándose de todos y de todo. Estos no me parecen tan dignos como a veces se jactan de ser. Hay quienes creen, por otra parte, o más bien saben, que pensando se entregan al asunto más importante de todos, debido a la universalidad y a la importancia vital que caracteriza a tal asunto y que lo subyace…

Yo les creo más a estos últimos, aunque por alguna razón, no puedo compartir completamente esa idea. Quisiera creer eso mismo que ellos saben, pues creo estar cierto de que ellos sí lo saben; pero no puedo creerlo yo también. Dirán que me cierro de antemano, como si quisiera fingir que no tengo ojos y que no puedo ver lo que está frente a mis narices. Quizás tengan razón, pero no creo. Y no lo creo porque el problema es que lo que me es más evidente, lo que se presenta con mayor premura ante mis ojos, es que he pensado demasiado y ya estoy agotado. Y estoy agotado porque es mentira que pensemos, aunque pensemos que pensamos. Y si asumo esa mentira, como lo que ella misma es, es decir una mentira, entonces nunca podré salir del agotamiento al que me conduce el pensar. Todo sería mejor, ciertamente, si pudiera creer que esa mentira no es mentira, pero nada me asegura que no sería el caso que terminara comportando como los escapistas o como los enajenados y soberbios que se creen superiores, despreciadores de todo lo que no es ellos. No puedo estar seguro de ello. Mejor será que deje de pensar para así descansar un poco. El problema es que no dejo de pensar que la raíz de todos los problemas se encuentra justamente en el pensar, pues no es cierto que pensemos, aunque creamos que pensamos.


[1] Quiénes seamos estos que pensamos, eso sí es un misterio, aunque creo que muy en el fondo tenemos una idea al respecto.

[2] Mejor sería, quizás decir, “llevarlo a cabo”, para quienes no gustan del término “hacer” para referir al “pensar”.

La última noche

La música comienza y empiezan a surgir sombras de la completa y oscura inmovilidad en que todo estaba desde unos minutos atrás. Sombras que se menean de un lado a otro y sin cesar, siguiendo un ritmo en cierta medida homogéneo, aunque no carente de cadencia, proporción y consonancia con algunas variaciones igual de homogéneas, capaz de entusiasmar a las más negras de las siluetas de esas que abundan en el lugar. El sitio se convierte, entonces en un festejo hipnotizante, una orgía de formas en esencia solitarias, que se encuentran unas con otras y se funden como en una sola totalidad informe y movediza, sin encontrarse nunca, empero; permaneciendo en la eterna soledad del vacío. Vacío en que ha tornado la vida citadina y que, con mirada amenazante, va abarcándolo todo, sin excepción. La escena resulta enfermiza.

El reloj del extraño visitante da las doce con diecisiete minutos cuando escucha, en el fondo del antro en que se ha convertido su consciencia, una voz que le recuerda que todo ha terminado; que no tiene sentido seguir fingiendo. Así que se levanta, camina unos pasos hacia la entrada del lugar, evade las pocas y extrañas miradas de las sombras que permanecen quietas en los extremos del salón, y sale de allí por fin. Ya afuera, aunque aún bajo el dintel de la entrada, una ráfaga de viento choca con su rostro sin que le haga cambiar de decisión. Se quita las gafas y mete su mano en el bolsillo, saca un reluciente revólver que coloca lentamente y con cuidado en su sien.

Una fuerte explosión acalla la música y deja atónita a la multitud sombría. La noche finalmente ha terminado.

Respuesta a “Cuando lo Privado sale a la Luz” de Maigo

Que se comprenda esta respuesta depende de que el lector haya leído el escrito de Maigo al que se refiere.

Por A. Cortés:

El escrito propuesto por Maigo sobre el chisme está dividido en tres partes: la que corresponde a la caracterización y exposición de la corriente infamia que enviste al chisme, la que se dedica a su defensa por voz de los chismosos, y al final la respuesta a la defensa. Primero, su delineado del chisme me parece la descripción mínima acertada, sobre todo por referir lo que a todas luces notamos todos: que el habla que con descuido hace público lo que era privado, en la mayoría de las ocasiones tiende a extenderse más allá de lo visto, y cuando no, es por lo menos una imagen fuera de su contexto que malentiende los hechos de los que se está hablando. Expone en su ausencia al que no quiere ser expuesto y engrosa su ignominia. El chisme mancha el nombre sin otorgar chance de réplica al afrentado y con eso, hace un gran mal. Esto creo que es claro por el escrito de Maigo y, si bien no es muy enfática al exponer el malestar público que ocasionan los regueros de los chismosos, apoyo el acento que se sigue de lo que ella propuso. Sin embargo, al momento de la defensa lo que llama chisme es en realidad denuncia y, el chisme con el que se riegan las abundantes y secas conversaciones casuales se queda sin voz. Digo que lo confunde con la denuncia porque lo propone ante una asamblea y en público haciendo visible un mal que estaba oculto a los interesados, como una acusación sobre el vicio que se hacía pasar por virtud. Pero esto no es lo que hace el chisme, esto es un juicio público, y una denuncia. Como la denuncia pueden hacerla mentirosos y honestos, sólo vale la mitad de lo que se denuncia. Y no cabe esperar que a ésta pertenezcan los chismosos porque son descuidados al hablar. Por esta confusión, la conclusión que responde a su defensa termina por obviar la mentirosa intención del chismoso y lo descalifica; con ello hace la misma injuria que con indignación le adjudicaba: lo vitupera a sus espaldas y no lo deja defenderse. Pensar de alguien que es un mentiroso mientras da razones de sus acciones es lo mismo que no escuchar sus razones, y por eso no es válido -si queremos argumentos- descalificar la posible apología del chisme con este prejuicio.

No queriendo concluir qué tan malo o bueno es el chisme en la comunidad (que, siendo susceptible de cuidado tanto como de descuido podría ser ambas cosas), intentaré solamente complementar el escrito de Maigo ensayando la defensa que, según me imagino, podría hacer el chismoso ante las acusaciones que sobre él se ciernen. La tercera parte que correspondería al esquema del escrito sobre el chisme, la respuesta a la defensa, será cosa que cada uno de nosotros podrá hacer por su propia cuenta.

Podría decirse: “No hay razones para descalificar al chisme, como tampoco las hay para mirar torvamente al chismoso. Las palabras hacen manifiesto el pensamiento, y lo que es tan íntimo como la voz interior sale inevitablemente a la luz cuando con otro se hace resonar el viento con la voz. Esto, y no otra cosa, es lo que se hace en todo tipo de conversaciones: hacer que salga a la luz lo que era íntimo. Cuando hablamos de las acciones, podemos nombrar las nuestras y podemos nombrar las de los demás, pero hablar de lo que hacemos nosotros puede resultar fácilmente en el exceso enojoso; por eso es natural, en toda conversación que habla de acciones, platicar de presentes y en mayor medida de ausentes. Esta situación le es tan corriente al ser humano, que parecería que nos rodea como el aire en todo momento, todos los días: somos platicadores y contar lo que se ha hecho nos gusta. Escucharlo nos gusta aún más. Por eso está más allá del sano límite quien se molesta con el chisme, porque es necesario admitir que todos nos sentimos atraídos hacia él.

“Aun siendo de ojos opacos y de transparente terquedad, quien no admite la evidencia de que así son las cosas en la vida cotidiana puede darse cuenta de sus causas, que son diáfanas y fáciles de mostrar. Hablamos más gustosamente de lo que nos interesa, y todos, en nosotros mismos, notamos esta diferencia en el ímpetu con el que se habla o se escucha. Cuando se nos hace patente lo que los otros hicieron, estamos más interesados en saber de quienes nos parecen importantes que de quienes no consideramos dignos de mención o de nuestro pensamiento, y debe ser muy obvio que pocos son los que tienen este mayor peso en nuestras vidas junto a nuestros conocidos. Por eso todos queremos naturalmente saber lo que el otro tiene que decirnos sobre los que nos importan, y este interés en sus acciones hace que la conversación casual fluya sin esfuerzo. Cuando sabemos de cómo actuó alguien, nos place mucho contárselo a alguien más que esté igualmente interesado en él.

“Y no es otra cosa que ésta el chisme, el modo natural que tenemos de platicar sobre lo que han hecho nuestros mutuos conocidos, o sobre quien compartimos interés. La exageración, la mentira y el despretigio son accidentales al chisme: éste tiene de suyo estas tres cosas tanto como las tiene cualquier otro modo de hablar. Si alguien de buen juicio escuchara a un científico hablando sobre sus descubrimientos al respecto de las maravillantes propiedades del flojisto, no desecharía al discurso científico por entero sólo por opinar que no hay tal cosa como el flojisto. De la misma manera, decir que el chisme es desdeñable y descalificable es una confusión: pretende que el error sobre lo contado viene del hecho de que sea chisme -y por eso es un mal juicio-, no de que quien lo cuenta miente en ello y sobra sus palabras más allá de la justa medida.

“Como no tenemos ninguna alternativa a hablar con lo que sabemos (hasta cuando mentimos), todas nuestras palabras siempre tienen como límite el horizonte de nuestra propia comprensión de lo que hablamos. Y si del chisme decimos que es malo por contar “fuera del contexto” lo que pasó, lo que estamos diciendo en realidad es que son indeseables las malas interpretaciones y los errores al hablar sobre lo que ocurre. Éstos, los errores o las mentiras malintencionadas no son el chisme, sino una disposición perjudicial de quien cuenta mal. Así, los merecedores de nuestra indignación son éstos: la mentira, el engaño, la exageración, la ignorancia, y no el chisme. Si éste se encuentra mezclado con alguno de éstos es por ellos que se vuelve nocivo, como también vuelven vil todo otro tipo de discurso que tocan y corroen, y son ellos solos los que merecen nuestra reprobación. Haríamos tan mal en desechar el chisme por culpa de éstos como haríamos al deshacernos de alguien enfermo en lugar de curar su mal.”

Así pienso que hablaría quien defendiera el chisme. ¿Estaremos de acuerdo con él?

“…ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.”

Me he dado cuenta, con una claridad impresionante, de algo que siempre me había negado a aceptar plenamente. Siento cierto desagrado por aquello que está implícito en eso que he visto de mi mismo, aunque no del todo, como verás. Siempre lo había admitido a medias; pero sin asumirlo por completo. O más bien ya no sé…

Ayer me enteré de que una amiga mía tuvo un accidente, aunque hay que aclarar que, por lo demás, el vínculo que me unía a ella no era tan grande. Por poco muere. De hecho aún no se sabe bien si vivirá o morirá. El hecho es que no está consciente. Permanece en un estado que no la diferencia mucho de una piedra o un tronco caído.

Es posible que tú, lector, ya te hayas dado cuenta de qué he descubierto. Y te dará asombro el hecho de que pueda decir lo que vengo diciendo así, sin más, o no será así tal vez. Lo que sucede es que ya no me importa nada. Por mucho tiempo lo he sospechado. No me importa nada que no se encuentre dentro de mi propia construcción monádica e individual: mi vida. Encerrado y aislado de los demás e indiferente a ellos, aunque siempre simulando que no es así y rodeado por ellos… Pero sí es así.

Después de enterarme del suceso que involucró a mi amiga anoche, pretendí ante mí mismo que estaba triste, que no faltaba mucho para que las lágrimas brotaran de mis ojos, como para convencerme de que sí me había afectado la noticia. Pero no fue así. Las lágrimas ni cerca estuvieron de salir. Dormí tranquilamente, a decir verdad. Hacía tiempo que no dormía tan bien como anoche, pese a que, a decir verdad, fue muy poco tiempo. Dormí bien pero no descansé lo suficiente. Extraña y misteriosa relación la que hay entre sueño y descanso. Nunca lo he comprendido. Si pudiera hacerlo entendería tantas cosas.

El caso es que me levanté a la hora planeada para encontrarme con mis afligidos compañeros en la facultad para ir a ver a la accidentada. Comimos bajo el techo del edificio en el que ellos toman clase para cubrirnos de la lluvia que amenazó en más de una ocasión con caer en torrente. Todos ellos estaban tristes, desconcertados por el suceso. Sus rostros manifestaban dolor, pues parece que sí la querían mucho, y permanecieron callados mientras comían lentamente. ¡Qué lento pasa el tiempo cuando todos guardan silencio! Yo me sentí muy incómodo, pues casi siempre comíamos muy a gusto, entre broma y broma y el tiempo volaba. Pero no ahora.

Cuando finalmente terminaron de comer (yo ya llevaba un buen rato esperando nada más) partimos hacia el hospital en que se encuentra internada la susodicha. El camino al hospital fue igualmente aburrido. Todos cabizbajos, pensando en la desafortunada de nuestra amiga y preguntándose por qué pasan cosas así a personas inocentes. ¡Inocentes!

Al llegar al hospital, una de esas horrendas clínicas del seguro social o algo así, entramos a una como una sala de espera en la que la progenitora de la amiga estaba sentada. Ella empezó a platicarnos muchas cosas. No recuerdo una sola de ellas. No me interesaba para nada lo que pudiera decir. Yo estaba cansado y más bien aburrido. No entendí las palabras de la vieja señora, ni me preocupé por hacerlo. Mis compañeros parecían atender con mucho cuidado, ya estuvieran de acuerdo o en desacuerdo con la señora. Según alcancé a entender, nadie creyó que la tristeza manifestada por este horrendo personaje fuera algo más que una actuación hipócrita. Uno de mis amigos estuvo a punto de replicar algo a la anciana furibundo. Parece que sí se molestó, pero a mí me daba lo mismo.

Nos pasaron los reportes de la Ambulancia y del Ministerio Público, en que detallaban cómo se había dado el accidente y el estado en aquel entonces de la víctima. Sin interés auténtico, fingí leer junto con los demás, que, por su parte, manifestaban apuro auténtico por saber cómo estaba la internada. Dije algunas vacuidades que derivé de lo que ellos decían. No me esforcé en hacerlas parecer verosímiles. No tenía caso. Mis lentes obscuros simulaban ocultar tristeza en mis ojos, cuando lo que expresaban estos realmente era tedio. Habíamos llegado apenas una hora antes y yo moría por irme. Permanecería en ese lugar por lo menos dos horas más, al parecer.

Yo seguía en mi ficción, completamente enfadado, cuando, súbitamente, entre un grupo de personas adultas, más bien repulsivas todas ellas, entró en escena la chiquilla más encantadora, hermosa y provocativa que he visto en los últimos días. Obviamente, ahora me es difícil  decir que lo era más que otras que he visto y que me lo han parecido también en ocasiones anteriores, a no ser por el hecho de que ella estaba allí, frente a mí en este preciso momento, pero eso es lo de menos, en ese momento lo era. Su visión me sacó del lodazal de aburrimiento en que me encontraba para llevarme con ella a un mar de excitación y sensualidad del que ella era gobernante. Ella era la emperatriz de un maravilloso mundo, al cual me llevó como tomándome de las manos con su mirada y yo me embriagué sin reparo en ella.

La pequeña que se hubo presentado a mis ojos era lo más parecido a una criatura de los cielos que puedo imaginar. Yo diría que llevaba un mensaje de salvación enviado por el mismo creador a mí, un condenado al hastío y al aburrimiento, en este mundo vulgar y repulsivo. Era una criatura angelical de belleza tal que aparecía como superior incluso a aquel a quien supuestamente todo ente debe su existencia, superior a todo y responsable de que todo exista.

La perfección de la chiquilla era tal que seguro lo cegó a Él también y lo hubo engañado, haciéndolo creer que daba la orden de enviar hacia mí ese mensaje de salvación, cuando en realidad todo fue voluntad de ella sola. Me hubo visto desde las alturas y supo que podría hacer conmigo lo que quisiera, que me tendría a sus pies de inmediato y podría pisotearme si así lo hubiera deseado. Quería jugar con mi persona, provocarme y hacerme creer que podía tenerla, cuando yo simplemente estaba siendo engañado por el embeleso que me había provocado, lo mismo que al Eterno. Los dos hubimos caído en la misma trampa de ese hermoso ángel, que bien pudo haber emergido de lo más profundo del infierno para mostrar que no hay nada superior a la belleza sensual de una pequeña ninfa que se sabe superior a todos. Incluso Lucifer, rey del magnífico recinto de la perdición eterna, a quien seguramente ya habría sometido también, estaría perdido por los encantos de la pequeña. Ni dios ni el rey de las tinieblas habían podido con ella; y ahora venía por mí para llevarme al mismo mar de confusión en que indudablemente se hallaban ellos dos, anonadados y confundidos, con toda su dignidad vencida y subyugada por ella, la nueva controladora del mundo; por lo menos del mío, durante los sempiternos quince minutos que la tuve enfrente.

La infanta a la que me refiero, y a cuyo recuerdo dedico todos mis esfuerzos y actos hasta que aparezca otra de su misma estirpe a mis desdichados ojos, iba vestida con un conjunto de prendas muy infantil y coqueto. Llevaba puesta una camiseta blanca con algún dibujo de colores pastel que no alcancé a distinguir. Encima llevaba un suetercito negro, de esos que sólo sirven para cubrir los brazos y la parte alta de la espalda de las jóvenes, que se supone sólo debe unirse por delante con un nudo o botón que se localiza en las dos esquinas laterales y que supuestamente sirva para cubrir la el pecho femenino. Con esas prominencias, normalmente, la pequeña unión del suéter hace las veces de un escote. En el caso de esta menuda fémina, que por su edad aún no tenía el cuerpo del todo desarrollado, ese escote no hacía más que hacer ver su tierno y delicioso pecho de chiquilla resguardado por la camisetita, lo cual alimentaba mi pasión y la acrecentó de manera considerable.

Además de lo dicho, llevaba puesta una pequeña falda de mezclilla azul con el borde rosado, lo que le daba un toque de exquisitez que me dejó boquiabierto. La prenda era tan corta que dejaba al descubierto sus dos maravillosas extremidades inferiores, de un tono bronceado bastante llamativo que me hizo imaginarlas moviéndose de manera sensual de arriba hacia abajo de algún cuerpo que se encontrase en posición vertical frente a ella. La fragilidad que manifestaban esas delgadas piernas dio el toque final, pues dejó ver una fineza que sólo una niña pura posee. Llevaba calzados un par de tenis blancos con vivos, que no podían ser de otro color, en rosa.

Su rostro era la imagen viva de los ángeles; cubierto por rizados cabellos de color castaño claro que caían hasta los hombros; esos hombros a los que imaginé dar un dulce beso, tras haberlos descubierto quitando el mencionado suéter con delicadeza. Su mirada era juguetona, pues se podía ver que estaba inquieta. El aburrido panorama la había desesperado y buscaba con qué entretenerse.

En un momento determinado, encontró una silla desocupada en la cual tomó asiento. ¡Cuál no fue mi impresión al darme cuenta de que sus deliciosas piernas pendían en el aire, al no alcanzar la infanta siquiera a tocar con ellas el piso de la sala de espera! ¡Tan pequeña era! Con las manos apoyadas en los tubos a los lados de la silla se puso a jugar moviendo sus piernas, una a la vez. La contemplación del espectáculo de sus extremidades moviéndose y su mirada fija hacia abajo, siguiéndolas, estuvo a punto de acabar conmigo. Bien pudo ser el momento final de mi vida, pues yo ya me sentía como en el paraíso, hundido en un éxtasis encantador del que no me hubiera gustado salir nunca.

Sin embargo, resultó bastante afortunado que llegara a su fin ese intervalo, y a continuación diré por qué. Cuando mi ninfa se hartó, movió su cabeza para intentar escuchar lo que sus familiares argüían acerca de la persona a la que iban a ver en el hospital. Al no estar cómoda con el cuello torcido, adoptó una posición en la silla que yo no me hubiera esperado; pero que doy gracias al reino celestial por habérmelo permitido observar. Se puso sobre sus rodillas en el asiento, con la barbilla recargada en la parte superior del espaldar del asiento, con lo que su cuerpo quedó como encogido y que hacía que sus diminutas nalgas se asomaran un poco, dejando ver la suculenta redondez que poseían, a pesar de la corta edad. La mirada interrogante que dirigió a los que supuse eran sus padres (horribles ambos, dicho sea de paso), terminó de satisfacer al espíritu de su espectador, deleitado por el espectáculo.

Unos segundos después, la familia abandonó la sala para dirigirse a la parte de afuera, en donde había un par de árboles jóvenes, a esperar noticias de su accidentado. Perdí toda esperanza de volver a verla. Giré el rostro hacia las personas a quienes yo acompañaba supuestamente. Todos me parecían ahora repugnantes y me percaté de que seguían escuchando, ahora con cara de fastidio, a la señora, que continuaba urdiendo mentiras sobre todo lo que significaba para ella su pobre hija, “tan independiente y fuerte desde siempre”. ¡Ninguno de ellos se había dado cuenta de la celestial presencia que me sacó del flujo temporal los minutos anteriores!

Sentí asco y mejor volteé para ver si encontraba a mi musa de nueva cuenta. ¡Benditos sean los cielos, que me regalaron tal vista! ¡Solamente a la acción de una fuerza suprema, que sólo puede ser la de la divinidad que encarnaba en esa hermosa ninfa, podía deberse mi fortuna! Entre los asquerosos seres que la rodeaban, allí estaba, jugando junto a uno de los árboles que había afuera. Se había tomado de la parte superior de uno con sus frágiles manos y aproximaba la totalidad de su cuerpecito a él. ¡Sucedió lo que mi espíritu tanto anhelaba contemplar! Ella subió su pierna izquierda por el árbol de una manera tan sensual que deseé que el tiempo se detuviera. La imagen que quedó en mi mente era la de una virgen que forcejeaba con algún agresor, que se abalanzaba sobre ella, con su rodilla. Lo hermoso del asunto es que también podía entenderse el movimiento como el intento de ella por acercar al amante que se buscaba retirar, y aprisionarlo con la pierna al cuerpo, sediento de placer. La insignificancia de la falda permitía ver con claridad las líneas que se dibujaban en las piernas. ¡Hermoso!

Cuando pude reaccionar después de tal evento, vi cómo había cambiado la postura. Ahora se hallaba de espaldas al tronco y lo tomaba por arriba con ambas manos, lo que le daba a la espalda cierta inclinación hacia atrás. Esta vez parecía una indefensa damisela, prisionera de algún loco de vehemencia por ella, que esperaba resignada los ataques de su dominador. ¡Qué extraordinarios momentos!

Yo me encontraba como poseso, sin poder hacer ni decir nada; extasiado y perdido por esa chiquilla. De repente la familia entera se fue. Mi espíritu se sintió acongojado y resignado. La vi alejarse a través del vidrio que separaba la sala de espera del patio y regresé a la realidad de aburrimiento y desazón.

Lo demás que sucedió no tiene importancia. No lo recuerdo. No sé si mi amiga murió o no. No me importa cómo llegué a casa ni si mis compañeros están bien. Nada de eso me interesa. Sólo tienen valor esos momentos que siempre vivirán en mí, recordando y deseando los llamados de ese ángel a mi ánimo, y la manera en que llegamos juntos al clímax espiritual, pues sé que ella notó mi mirada, bajo mis gafas y entre la aglomeración, deleitándose con sus movimientos, dedicados solamente a mí, al tiempo que consentía en que mi mirada la hiciera mía por esos hermosos y eternos instantes.

H. H.

La cuadratura del círculo

_-~TODO ésto en una mentira~ LAS COSAS no siempre tienen que VER unas con otras ~ Y nada sino LO QUE ES VERDAD será lo que exista cuando los labios HABLAN ~ que la mentira no es falsedad es consabido ~ DesPUES de todo EL MUNDO no ES JUSTO ni INJUSTO sino nosotros PROYECTANDO el sentido en las cosas ~ que por sí nada dicen ~///~ Si la razón de uno no es proporcional a la de otro, no significa que sean incompatibles ~ solo incomprensibles pero por ello falsos ~///~ No la palabra al revés ~ sino al derecho ~ se le ve la falacia en la expresión DEL ROSTRO ~///~*~ sentados JUNTOS, desean diferentes mundos ~ Ella lo sueña como un chico… y él la ama como una chica…~*~ ///~ la mentira clarifica cuando se hace, pues solo quien ve la verdad ciertamente puede hacerla ~ quien miente es el clarividente ~ quién vea con claridad no podrá ser tildado de injusto ~ pues lo propio del justo es balancear la justicia ~ como quien tomara una espada ~ a favor de las mayorías ~///~ porque SIN TOMAr en cuenta que la ENfermedad progresa ~ EL ALMA se mantiene intacta por el traspaso de los aguijones que lanza el mentiroso ~ y aunque vayan con mala intención ~ SERÁ que solo el bien logran ~ triste Mefistófeles se ALEGRA gRave ~ de NO tener Salida ~/// [EL] SOL NEGRO que prolongas la noche ~ iluminas con tus negras mortajas ~ del no saber… ~ de la no certeza… ~ y nunca de la no sapiencia ~ para clarificarnos, ~ ya que las ideas claras, por naturaleza, vienen de lo confuso ~ nada que sea mas verdad ~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Mentira justa.

El habla es la diferencia específica que nos distingue como seres humanos, en todo el mundo no existe un ser capaz de articular mediante un discurso su comprensión del mundo, y esta capacidad es la que nos conduce a pensar en la posibilidad de que esa comprensión pueda ser compartida, es decir, que un hablante pueda hacer común, a otro definido regularmente como escucha, aquello que ve, siente y piensa respecto a lo que siente.

Si reflexionamos un poco sobre el habla, no podemos dejar de notar que ésta es muy escurridiza, no la podemos atrapar fácilmente, se nos escapa en cuanto tratamos de definirla de una manera clara y distinta, quizá porque ésta al igual que el ser también se dice de muchas maneras. Pero no es el caso que ahondemos en esos asuntos en estos momentos, porque mi propósito en esta ocasión es limitarme a un fenómeno del habla, la mentira.

Veamos pues qué es lo que hacemos cuando mentimos, a fin de aproximarnos a una articulación, aunque sea medianamente satisfactoria sobre la naturaleza de la mentira; con medianamente satisfactoria me refiero a por lo menos plantear los problemas que hay detrás del discurso que se pueda ofrecer en torno a la mentira.

Comencemos pues, por acercarnos al hecho de mentir, eso es algo tan humano que todos, a menos que seamos santos perfectos, o muy buenos hipócritas como para no reconocer lo que hacemos, hemos mentido alguna vez en la vida, ya sea para evitar algún problema o complicación, o por el simple gusto de engañar al otro, o a nosotros mismos cundo nos mentimos en un diálogo interno.

Para mentir, nos percatamos de que no podemos mentir sobre todo y no podemos mentir a todos, aquello sobre lo que hemos de mentir debe tener la posibilidad de mostrarse de dos maneras diferentes ante nosotros, por ejemplo podemos mentir sobre lo cálida o fría que se encuentre el agua contenida en una cubeta, o podemos mentir sobre hechos que pudieron ser de otra manera. En cambio, no podemos mentir respecto a lo que sólo puede ser de una manera, me refiero a los entes matemáticos, por muy buen mentiroso que sea el mentiroso, no podrá jamás convencer al que es versado en matemáticas que dos más dos son cinco y no cuatro.

La imposibilidad de mentir en la enunciación de los entes matemáticos nos muestra otro gran componente de la mentira, ésta no sólo depende de aquello sobre lo cual se ha de mentir, también depende de los conocimientos de aquellos a quienes se habla, cuando dos personas son versadas en matemáticas no pueden engañarse sobre el resultado de determinadas operaciones, la mentira no pertenece a este reino, cuando se enuncia algo que no es, hablamos de errores, en el reino de los números y sus propiedades se cometen errores, pero no se presentan jamás las mentiras; a menos claro que aquel que cree lo que dice el mentiroso no sea capaz de pensar matemáticamente, lo que supondría una terrible incapacidad para contar.

A pesar de la confianza que podríamos depositar en las matemáticas como aquellas que no nos dejarán mentir o que nos mientan cuando hablamos, no podemos negar que en el habla cotidiana sí se puede presentar la mentira, y la podemos encontrar a tal grado que inclusive podríamos decir que la mayor parte del tiempo vivimos en el malentendido, de ahí que se torne necesario el diálogo sobre aquellas cosas que consideramos importantes para no caer en errores que nos conduzcan a cometer injusticias y actos deleznables. De lo dicho hasta aquí bien podemos notar que la mentira pertenece al ámbito de la comunidad, y por ende a la vida política, pues es aquí donde se presenta la posibilidad de decir una cosa por otra, o que pueda interpretarse de diversas maneras, es decir, la mentira depende de la posibilidad de interpretar lo que ocurre en mí, lo que pasa a mi alrededor, o lo que otro me dice de diversas formas.

Al ser propia del ámbito de la comunidad, queda claro que sólo me puedo mentir cuando estoy dialogando conmigo, es decir cuando estoy pensando sobre algo que no me resulta del todo claro, por ejemplo la manera de juzgar mis últimos actos; cuando miento a otro, no sólo se debe a la falta de claridad respecto al modo de ser de una cosa, pues en este caso interviene el deseo de mantener oculto ese modo de ser, la experiencia cotidiana no me dejará mentir, en ocasiones hasta hablamos de mentiras piadosas, como aquella que mantiene la estabilidad del Estado perfecto pintado por Sócrates en la República.

Al acercarnos tanto a la mentira y notar que ésta puede ser calificada como piadosa, no podemos dejar de lado el problema que se nos viene encima, no resulta fácil percatarnos de lo bondadosa o nociva que sea ésta.

Lo que nos puede dar una luz respecto a este problema, es que el carácter de bondadosa o nociva depende de la valoración que se dé a la verdad, si ésta es insoportable, puede presentarse como nociva, los ojos de Edipo no soportaron el peso de la verdad; sin embargo, si tenemos a la verdad como buena para el alma, entonces la mentira necesariamente es nociva, en ese caso lo que le ocurre a Edipo es lo mejor que le pudo haber pasado, pues si bien se cae del pedestal en el que lo colocaba su soberbia, al saber la verdad sabe cómo es realmente, reconoce sus límites y actúa conforme a los mismos, evitando así cometer más injusticias.

De lo anterior podemos colegir que el juicio que podamos hacer sobre la bondad o maldad de la mentira, depende en última instancia sobre aquello que hayamos reflexionado respecto a la justicia, en especial sobre nuestro juicio sobre si es mejor o no la vida del justo.

Maigo.

Palabras valiosas.

El viento no es capaz,

él no puede llevarse

el verbo que grabaste

sobre mi corazón.

Maigo.

MI PÉRDIDA…

Mi amado es para mí

bolsita de mirra

cuando reposa

entre mis pechos.

Mi amado es para mí

racimo de uva

de las viñas de Engadí.

Cant. 1, 13

Hoy me siento triste y con enojo, siento que en unos pocos instantes he perdido todo, he perdido la seguridad y la confianza, tanto en él como en mí, cómo se atrevió a darme su palabra, a jurar que me seguiría hasta el fin del mundo de ser necesario, peor aún, cómo es que le creí, definitivamente me equivoqué al pensar que le conocía y que podía dejar lo más valioso de mi hacer y de mi tiempo en sus manos.

Ahora no comprendo por qué prometió cosas que no pudo o que no estaba dispuesto a cumplir, yo nunca le pedí tales promesas o juramentos, hasta donde recuerdo éstos nacieron de él, salieron del vallar de sus dientes cuando conversábamos en medio de ese hermoso jardín.

¡Ah! Aquél jardín, cómo olvidar ese jardín, cómo sacar de mi mente que yo lo arreglaba todos los días con esmero a fin de que él fuera feliz rodeado de tantas bellezas y milagros, cómo olvidaré que mis brazos siempre estaban abiertos y dispuestos a rodearlo cuando él se acercaba a mí, ya fuera cansado, aburrido, o fastidiado por la soledad que decía lo acongojaba tanto, soledad que, me decía, se disipaba en cuanto nos sentábamos uno al lado del otro, nos mirábamos a los ojos y conversábamos.

En estos momentos me duele recordar su mirada, me duele recordar mi reflejo en sus ojos y cómo él se veía reflejado en los míos, y más me duele que a pesar de la distancia que ya existe entre nosotros no puedo dejar de verlo, no sé por qué cuando lo miro siento que a pesar de su infidelidad no es justo que me enoje con él, me duele tanta confusión, me duele ya no poder creerle aunque vuelva a mirarme a los ojos, me duele que su palabra ya no valga nada.

Esta horrible confusión no me deja en paz, no sé en qué me equivoqué, quizá no debí darle tanto, es probable que al tener todo se haya fastidiado y decidiera marcharse, pero, porqué provocar mi enojo antes de irse. No, no creo que sea eso lo que lo llevó a incumplir con lo prometido, tal vez haya sido esa prohibición la que lo alejó de mí, acaso no vio que yo pretendía que siempre fuera él mismo, que así lo amaba y lo bendecía siempre desde el fondo de mi corazón…

Ya que importa que piense todo eso, él ahora está lejos de mí, y quizá nunca vuelva, ¡prefirió la compañía de esa víbora maldita!, por ella aprendió a mentirme, a ocultarme su rostro cuando lo llamaba; todavía recuerdo que ni siquiera se atrevió a darme la cara cuando le pregunté lo que pasaba, simplemente se alejó de mí y dejó que yo descubriera su engaño y que lo echara de mi lado para siempre.

Ahora, él vive trabajosamente al lado de su inseparable cómplice, ahora él ve el mundo a través de sus envenenados ojos, mientras que yo me quedo en la soledad de mi jardín, pensando qué estará haciendo, mirando desde lejos cómo se hunde cada día más por la invalidez de su palabra, y sabiendo que nada podrá sustituir a mi amado Adán.

Maigo.

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