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Leyendo cómo Námaste Heptákis comentó el poema del códice Matritense, me parece que bien dice que se nota en nuestra relación con la poesía que no somos comunidad. Además, late la necesidad de entender por qué. No es sencillo darnos cuenta de qué nos falta cuando nos falta, y por eso está presente el peligro de pensar que lo anterior, todo, era simplemente bueno y mejor. Es la posición más fácil (y errada) que nace de sabernos incómodos y en disgusto, y concluir que si todo está mal es porque ha decaído. El sentido de la falsedad de esto se puede esclarecer haciendo notoria la diferencia entre “lo que pasó primero” y “lo que sostiene lo que pasó”.

Me explico. Decir que se establecía el canto y se fijaban los tambores, que se dice que así principiaban las ciudades, pues existía en ellas la música, suena a que es lo primero que se hacía cuando se fundaba una ciudad, como si este fuera el primero de muchos pasos en el tiempo. Creo que a eso se refiere Námaste al decir sobre el poema que “leerlo así es perder el sentido de lo mejor, obstinarse en la idealidad de lo primitivo, confundir lo salvaje con lo natural, lo pleno con lo caduco, lo real con las ensoñaciones de los confundidos”. Sin embargo, “fundar una ciudad” es una metáfora, porque la ceremonia de fundación es representativa de un estado que ya existe entre hombres que mantienen un modo de ser entre ellos, y no pueden elegir hacerse así. O bien, tal vez no hay tal ceremonia y la ciudad se funda naturalmente sin que los que en ella viven hagan nada más que relacionarse como lo hacen. ¿Y cómo es esto? Pues en concordia, como cuando se entona un canto al ritmo de un tambor, o se tensa el cuero de un tambor afinándolo con la voz. El ritmo es igualdad o semejanza, posibilidad de comparar en proporción; y esto no es en el tiempo. No es lo primero que se hizo para que hubiera una ciudad, sino lo que está allí si acaso existe una ciudad.

El ritmo es una imagen solamente, pero es una muy fuerte. El ritmo entre quienes viven juntos es su acuerdo sobre lo que es mejor para todos, y el canto es la voz con la que cada cual se presenta ante los otros. Ese acuerdo no existe entre nosotros (no escribí “ya no existe”, porque el tiempo no hace diferencia). Por eso no sólo le prestamos tan poca atención a la poesía, sino que cuando llega a suceder que lo hacemos, poquísimas veces hablamos sobre las mismas cosas. Nuestras voces son tan disímiles y nuestros ritmos tan distintos, que si cada quien de los que vivimos en este país sostuviera su parte de canto y su parte del tambor, compondríamos una espantosa pieza de “arte” contemporáneo, mucho antes que una sinfonía.

El origen sonoro de la política

Ha dicho Javier Sicilia que nuestra crisis política tiene como fundamento la incomprensión de la poesía. Lo políticos criminales y los profesionales del crimen no saben de poesía, pues sólo tienen imaginación para la violencia, la violencia carente de sentido, infrahumana, imbécil. Olvidamos la poesía en nuestra vida y con ello olvidamos el buen uso de las palabras: entendernos, sernos otros. Nuestra crisis política, crisis en la fe, es la disolución de nuestra comunidad poética.

Un viejo poema del códice Matritense atestigua lo siguiente:

Se establecía el canto,

se fijaban los tambores.

Se dice que así

principiaban las ciudades:

existía en ellas la música.

Una lectura primeriza y superficial verá en esos versos la confirmación romántica de un pasado ideal: todo era mejor antes, todo es peor ahora. Pero leerlo así es perder el sentido de lo mejor, obstinarse en la idealidad de lo primitivo, confundir lo salvaje con lo natural, lo pleno con lo caduco, lo real con las ensoñaciones de los confundidos.

La sola existencia del arte musical no es suficiente para afirmar la existencia de la comunidad: los conciertos masivos no son comunitarios, son gregarios; los conciertos privados no son comunitarios, sino ornamentales; los conciertos de caridad y buena conciencia no son comunitarios, más bien son canales de desagüe de la filantropía autocomplaciente del mundo moderno. El arte musical como principio -quizá no primero, pero principio al fin- de las comunidades se funda en el canto y en los tambores: cuando se canta lo digno de ser cantado, cuando suenan los tambores de guerra para defender lo más propio de uno. Y sólo puede cantarse lo digno de ser cantado o defender a la ciudad para conservar su propia salud cuando nos entendemos, cuando nos une el mismo bien verdadero que arraiga en la más pura fe de las ciudades… Lo demás es ruido fratricida, y en él vivimos.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011: 4503 ejecutados hasta el 6 de mayo.

Coletilla: La Marcha Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad es víctima de abusos y vituperios. Algunos se montan en la causa para golpear al gobierno federal, y a ellos contestó Sicilia hoy por la mañana: “Quisiera repetir, porque tal parece que los políticos no entienden, por ejemplo ayer el senador Beltrones diciéndole a Calderón que nos oiga. No, también senador Beltrones, óiganos, no pedimos nada más que salga Calderón a escucharnos y a recibirnos, también lo pedimos a las bancadas de los partidos, a las presidencias de los partidos, ellos también han sido omisos. Calderón tiene 40 mil muertos, una mala estrategia de guerra, pero la mierda la crearon ellos, la destrucción de las instituciones la empezaron ellos y siguen haciendo omisiones, siguen comportándose como delincuentes, esto va para todos los partidos también, que no se equivoquen”. Otros más aprovechan la oportunidad para pedir la rendición del país en manos del narco, a lo que el poeta dijo: “No intentamos frenar la acción de Gobierno, intentamos que el Gobierno piense del lado de la ciudadanía y no para proteger al Estado. Le pedimos al Presidente de la República que no sólo oiga, que escuche, que entienda que no estamos contra nadie, que estamos buscando el bien de la nación, se llama una marcha por la paz, pero con justicia y dignidad, una paz basada en la violencia, basada en el horror no puede ser una paz. Hay gente que ha estado hablando que nosotros queremos destruir las instituciones y no, las instituciones están destruidas, no podemos comprender una guerra mal planeada, mal dirigida, mal llevada, no podemos comprender que nada más entienda (el Presidente Calderón) que los criminales están allá afuera. Si están allá afuera es porque las instituciones y el Estado está cooptado, porque está en muchos sentidos podrido”.

Santos pecadores

Pocos, salvo aquellos que viven pendientes de la próxima canonización de Juan Pablo II, se preocupan por la distinción entre una religiosidad gobernada por el deseo de santidad y una que depende del culto, no sólo a las imágenes, sino a todo aquello que se limita en la acostumbrada realización de un rito.

El problema que trata Námaste Heptákis en su texto publicado el día de ayer, tiene una dimensión mayor que el hecho de distinguir entre una religiosidad noble y una gobernada por los símbolos. En buena medida me parece que señala hacia la pregunta por la necesidad de que una religiosidad llevada a cabo conforme a la revelación tenga santos o deseche a todo aquel que haya pecado alguna vez en su vida por no ser intachable.

Es cierto que el texto El oropel y lo santo señala la importancia de reconocer que la canonización es una forma de distinguir aquello que es noble en el terreno religioso, y si bien no aborda la importancia que tiene la santificación en el seno de una religiosidad que apela hacia lo revelado sí deja abierto este problema.

¿Qué hay tras la santificación? ¿Por qué es importante para la religiosidad revelada el señalamiento que se hace a lo noble?, para responder a estas preguntas, me parece que hay que atender a lo que el autor apunta cuando dice que  “Lo santo en su sentido primero sólo puede verse cuando hay experiencia religiosa”. Bella afirmación que aleja de la idea de la canonización de alguien el hecho de que esta signifique un icono más en los altares, al cual pueda rendírsele culto.

Al señalar que lo santo sólo puede verse cuando experiencia religiosa, el autor apunta a un aspecto fundamental de toda canonización, pensada ésta como el reconocimiento de lo noble, quien reconoce lo noble en algún sentido también debe serlo.

De lo que acabo de decir el lector pensará que sólo los santos reconocen lo santo en los demás de modo que una comunidad llena de pecadores se vería incapacitada para reconocer realmente a lo santo. No es eso lo que estoy diciendo, pues eso sería absurdo; sin embargo, lo que no es absurdo es que todo pecador con deseo de ver el rostro del Santo de Israel, sea capaz de reconocer lo difícil que es llevar al alma al crisol del arrepentimiento por todos los pecados cometidos -pues sólo son grandes pecadores quienes reconocen haber pecado y dejan de hacerlo-, y llenarla con el calor de la caridad que significa perdonar a quien la ha ofendido.

Si bien el deseo de santidad no hace a los santos de la noche a mañana, sí puede ayudar a reconocer en las vidas de aquellos que se han arrepentido de sus pecados y se han dejado gobernar por la caridad, el esfuerzo sobrehumano que significa el perdón y el amor a todos los hombres. Este mismo deseo, es el que justifica a la canonización, pues con un real reconocimiento de lo noble, es decir, con un reconocimiento que vaya más allá de colocar un ícono más en los altares, la religiosidad revelada de la que habla el texto arriba señalado se renueva, pues renueva la esperanza del buen religioso en su búsqueda constante de la santidad.

El oropel y lo santo

¿Qué es esto, Dios Mío?

¿En tan peligrosa vida hemos de vivir?

Santa Teresa de Jesús

A varios ha sorprendido la rapidez del proceso de santificación de Juan Pablo II. Los más sorprendidos, sin duda, son los que no ven en el futuro santo rastro alguno de santidad: aquí y allá lo acusan de proteger pederastas (Marcial Maciel), de solapar movimientos sociales subversivos (movimiento de Solidaridad en Polonia), de sostener posiciones políticas conservadoras (oposición al uso del condón e indiferencia a la pandemia del VIH, oposición al aborto); en suma, ven en él a un hombre más, con los mismos errores de todos los hombres, tan imperfecto como cada uno de nosotros. Y qué bueno que así lo vean, porque sería esencialmente profano sostener que los santos, los hombres tocados por la santidad, siempre fueron hombres intachables. Sabemos por la pluma de San Agustín que él fue un gran pecador; sabemos por confesión de Santa Teresa de Jesús que ella fue una gran pecadora; debería ser necesario que Juan Pablo II hubiese sido un gran pecador, y que precisamente por eso pueda ser santo.

         No se confunda lo que digo con lo que no quiero decir, pues de ninguna manera ando jugando al maniqueo que afirma al camino del pecado como el camino de la santidad, de ser así nuestro santo mundo no tendría problemas en reconocer la santidad de lo santo. Como lo pienso aquí, lo santo es una categoría de lo noble, lo noble en una sociedad religiosa. Para reconocer lo santo el requisito será la experiencia religiosa. Veámoslo en un pasaje clásico: Éxodo 32, Moisés baja del monte Sinaí con las tablas de la ley y descubre a su pueblo en la adoración de un becerro de oro. Ahí están presentes dos modos distintos de vivir la religión: por un lado está el Moisés de la Teofanía, aquel que escucha las palabras de la ley y centra su vida religiosa en la Revelación; y por otro está el pueblo judío para el que la ausencia visible de Moisés le origina la duda de su propia actividad religiosa y por tanto le hace nacer el deseo de un nuevo símbolo religioso; es decir, se contrapone la religión revelada con la religión de culto, las palabras divinas que se escuchan frente a los símbolos sagrados que se ven. El modo en que los adoradores del becerro de oro llevan su vida religiosa es ajeno a la experiencia religiosa, pues la religión se reduce al cumplimiento del culto; en cambio, Moisés nos deja ver la experiencia religiosa: la vivencia personal de la revelación divina. Lo santo en su sentido primero sólo puede verse cuando hay experiencia religiosa. Por ello los santos fueron pecadores, porque sus nobles vidas fueron tocadas por esa noble experiencia –dicen que casi sobrehumana- conocida como caridad, amar a quien nos ofende. Reconocer nobleza en la caridad es imposible mientras lo noble siga siendo el oro.

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011: 3884 ejecutados hasta el 22 de abril.

Coletilla: ¿En verdad cree el gobernador Adame que podemos creer en una declaración obtenida bajo tortura? Sería como un gobierno criminal volviendo criminales a sus gobernados.

[Cosa de hormigas

Los significados que ofrece el DRAE de lo que podría entenderse por la palabra sacrificio son bastantes, aunque en el fondo me parece que todas las nociones llevan a lo mismo, esto es, la idea de matar algo o a alguien en favor u homenaje de algo o alguien más. Creo que por la divergencia de expresiones para decir de éste y la usanza que en el popular se dispone del mismo, se mantiene un pensamiento común que nos obliga a pensar que el sacrificio puede ser un acto que representa nobleza, desinterés y actitud de servicio para los demás –evocando la idea de matar–. Claro que lo común no siempre cifra lo mejor ni mucho menos lo verdadero.

Para probar lo que ahora he sostenido, osaré en decir que la idea que en general se posee del sacrificio se relaciona gravemente con lo que la visión cristiana parió de ella, mejor no puede ilustrarse, el máximo sacrificio que puede hacer alguien –dar su vida, es decir, matarse a sí mismo– para la salvación desinteresada y humanitaria de un conjunto de mortales hijos de la divinidad. Y así el sacrificio por una parte, es para con la divinidad, por sus gracias, favores y dones. Se tiene que dar algo al dios para mantenerlo contento, para gratificarlo. Las ofrendas de cualquier clase, lo que dicen es: gracias por tu benevolencia o tu amabilidad. Más allá, lo que le dicen al dios es: gracias por no matarme ni hacerme algún mal. Eres mejor y más poderoso que yo, gracias dejarme seguir existiendo. De esta misma idea cristianizada, sale aquella popular de: Dar hasta que duela y cuando duela, dar más. Masoquismo al extremo.

De este modo, es visible que todo acto de sacrificio es, en mayor o menor medida, un hecho efectuado con miras ya bien a la divinidad, ya bien a la divinización. Aquella madre abnegada que se sale de sí para bienestar de los suyos, no hace sino extender su papel a víctima, a mártir y los mártires son santos y a los santos se les rinde culto universal. Y justamente aquí principia el desasosiego para comprender los actos absolutamente desinteresados o realizados completamente en atención a otros.

No estoy cierta si de hecho el sacrificio implica desinterés en su realización, pero al menos la noción corriente de éste, sí. Por tanto, resulta sumamente confuso puesto que, por un lado, se debe hacer el bien sin mirar a quién, pero por otro, si me porto bien, alcanzaré la salvación eterna  – frases contrarias en la medida de que una sí parece ofrecer recompensa y la otra no–. Quizá el paraíso sólo sea el bono al buen comportamiento, pero si es el condicional para alcanzarlo, dónde queda la espontaneidad y la sinceridad de las acciones entre humanos. Cuales viles hormigas que nos hacen pensar que trabajan arduamente mientras sólo se pasean ordenadamente, haríamos creer, de vistazo, que somos buenos y caritativos, cuando en el fondo nuestro motivo es excluyentemente personal e interesado. Que quede claro que no pienso que buscar la gloria propia sea algo malo o perverso, lo es sólo cuando se proclama la bondad del ser mientras lo que se pretende alcanzar sea realmente un beneficio propio, empeorado por querer hacerlo con la imagen de los demás. Con esto, ¿alguien nota la fuerza que perdería el lugar común de: …Me sacrifico…? Porque aunque llanamente se percibiera la pesadez o el peligro al que alguien se sometería en aras de alguien o algo más, al final reluciría el poco mérito de su acto. Eso es, un sacrificio de veras con la seriedad de lo que podría implicar, debe ser meritorio sin pretender nada a cambio, sea lo devuelto dinero, fama, heroicidad, alabanza o la salvación eterna.

Por el otro lado, queda pensar que entonces el sacrificio debe necesariamente llevar dolor o desprendimiento oneroso para quien lo está haciendo y sólo así sería tal dignamente, pero quién sabe en qué medida pueda acontecer algo en soledad y sin ser sucedido, en este caso, por otra cosa benéfica –aunque sea por aquella promesa de goce en el más allá–. En supuesto, los actos buenos se recompensan y los malos se castigan. Quizá esa sea la cuestión, hacer algo con la conciencia de que puede ser reprendido, sacrificarte estrictamente por otro. Pero siempre queda la posibilidad de que el karma o algo así lo gratifique, si en verdad fue algo bueno. Descartada queda entonces la idea de legítimo sacrificio. En otras palabras, las personas no se sacrifican, sólo muestran su pesar hipócritamente –si es fingido– para obtener alguna clase de ventaja, o lo callan si buscan la divinización o el reconocimiento de alguien o algo superior.

 La cigarra]

No estoy de acuerdo con lo que dice La cigarra respecto de la fiesta. Y no lo estoy porque creo que parte de una noción equivocada de las fiestas. Quizás de una experiencia cotidiana, de una experiencia que asume que ya sabe lo una fiesta es, por cierto, pero lo hace desde una posición muy reducida y parcial (me atrevería a decir, inclusive, vulgar). Me explico. Desde su primera afirmación, nos dice que el fin último de las fiestas es divertirse, lo cual va en contra de lo que dijo al principio de la primera frase. “Las fiestas son reuniones sociales que se hacen con el afán de celebrar un acontecimiento de cierta importancia…” A continuación agrega que algunas veces se hacen sin motivo específico y culmina esta oración con lo ya mencionado de la diversión. Divertir, o divertirse,  según el diccionario de nuestra lengua, significa entretener, recrear, apartar, desviar o alejar; y celebrar quiere decir conmemorar algún acontecimiento o suceso. Es claro, entonces, que las dichas acepciones de divertir resultan algo más alejadas de la conmemoración de algún acontecimiento o evento, pues en el entretenimiento, el recreo, el alejamiento, apartamiento o desviación, lo que se busca mayormente es olvidar, ¿olvidar qué? Olvidar precisamente nuestra cotidianidad inmersa en las cosas serias e importantes, en los múltiples negocios y compromisos contractuales con los que nos vemos relacionados. ¿Cómo se puede conmemorar algo cuando lo que se busca es el olvido? Quizás, me diga alguien, el olvido de la vida cotidiana y la conmemoración de acontecimientos o sucesos no se excluyen mutuamente, pues los acontecimientos o sucesos que se celebran son los menos cotidianos de todos. Se suelen festejar en las fiestas cosas o situaciones extraordinarias e importantes para los individuos de cada caso. En ese sentido, el festejo de las fiestas sería un refuerzo del olvido de la cotidianidad, apelando a lo no-cotidiano de los acontecimientos o sucesos que se rememoran en el festejo y la celebración. Pero así, surgiría la pregunta de qué pasa con la abundancia de fiestas en nuestros días, máxime cuando, de acuerdo con otra afirmación del texto que ahora comento, fiestas son tanto las galas, los cocteles, las orgifiestas, las familiares, las pedas, las reuniones sencillas, las infantiles, las temáticas et cetera. De hecho hay quienes viven cada semana esperando impacientemente los viernes, e incluso planeándolos para asistir a alguna reunión de alguna de esas clases. De hecho, pocas son las reuniones entre personas que no se pueden entender como alguna de las clases que menciona La cigarra, a no ser las reuniones laborales, académicas o intelectuales (y eso que muchas de estas últimas, terminan con o una peda o bien una reunión sencilla). En ese sentido, y de acuerdo con las palabras de La cigarra, sería el caso de que nos la vivimos de fiesta, con lo que los festejos perderían su carácter de relativos a acontecimientos o sucesos extraordinarios o importantes, pues en donde todo es extraordinario o importante, nada lo es. Otra posibilidad es que todo lo humano sea importante, en cuyo caso, yo dudaría del carácter no-cotidiano de los acontecimientos o sucesos que se celebren.

Ahora bien, todo lo que he dicho hasta aquí prescinde del aspecto solemne con que la definición de fiesta dice que se llevan a cabo las celebraciones que son las fiestas. Y la solemnidad se debe al acontecimiento o suceso específico que se festeja en cada fiesta. Esa solemnidad, según el diccionario, es motivada porque lo celebrado en las fiestas es de carácter nacional o religioso. No quiero meterme con esos asuntos aquí, pero por lo pronto sólo diré que la gran mayoría de las fiestas a que se refiere La cigarra, galas, orgifiestas, pedas, reuniones sencillas o cocteles, no me parece que tengan mucho que ver con un motivo nacional ni religioso, sino más bien individual o grupal, lo cual quizás apunte a que los mayores motivos de festejo, celebración y fiesta, han perdido su importancia para nosotros por alguna misteriosa razón. En ese sentido, o nuestras fiestas ya no son fiestas, o lo nacional y lo religioso no son los principales motivos de festejo.

Finalmente, he de decir que en el resto del escrito de La cigarra, ella se dedica a mencionar algunos de los que a ella le parecen elementos esenciales en las fiestas, tales como la música, la comida, la bebida, la duración y la vestimenta, asuntos que sí pueden tener relación con las fiestas, incluso con las nacionales y religiosas de las que habla el diccionario, pero que, tal como se mencionan aquí, sugieren que La cigarra está partiendo de una experiencia de fiestas en donde la rememoración y celebración son lo menos importante. Lo valedero de las fiestas, y de la comida, bebida, duración, vestimenta y la música, es qué tanto placer proporcionan a los asistentes, más allá de símbolos, representaciones o cosas semejantes. Creo que las fiestas en las que está pensando La cigarra sí se ajustan a aquellas reuniones de las que tenemos experiencia y que solemos llamar con el mote “fiesta”, pero que están lejos de ser el mejor ejemplo de lo que la palabra fiesta quiere decir, en tanto celebración, rememoración, o festejo, por lo cual, su escrito no nos acercaría a lo que las fiestas son, sino que nos harían pensar que la fiesta es algo tan superficial como emborracharse para perder el sentido sin más. Reitero, no estoy de acuerdo con lo dicho por La cigarra respecto de la fiesta.

 

Tres ejercicios de coherencia

Primer ejercicio

Porfirio Muñoz Ledo fue priista.

Porfirio Muñoz Ledo fue perredista.

Porfirio Muñoz Ledo fue parmista.

Porfirio Muñoz Ledo (casi) fue panista.

Porfirio Muñoz Ledo fue petista.

Porfirio Muñoz Ledo es coherente.

 

Segundo ejercicio

Marcelo Ebrard fue priista.

Marcelo Ebrard fue peveemista.

Marcelo Ebrard fue pecedista.

Marcelo Ebrard fue perredista.

Marcelo Ebrard es coherente.

 

Tercer ejercicio

Andrés Manuel López Obrador fue priista.

Andrés Manuel López Obrador fue perredista.

Andrés Manuel López Obrador fue perredista con licencia.

Andrés Manuel López Obrador fue el que dijo “hágase el fraude, y el fraude se hizo”.

Andrés Manuel López Obrador fue el que dijo “háganme Presidente Legítimo de México”.

Andrés Manuel López Obrador fue el que dijo “que Juanito se haga Clarita, y vio que era bueno”.

Andrés Manuel López Obrador fue el que dijo “ahora que Clarita se haga Juanito, y convirtió los renacuajos en ranas”.

Andrés Manuel López Obrador es…

 

Ejecutómetro 2011: 2635 ejecutados al 18 de marzo.

Coletilla: ¿Será difamación, de esa que prohíbe la nueva ley electoral, recordar que Manlio fue secretario de Fernando Gutiérrez Barrios en los tiempos del inicio del narcopoder y el asesinato desde el Estado de una alto jerarca católico?

Orientalia

Tal vez la diferencia más radical que existe entre Oriente y Occidente – si es que se puede hablar de esta manera, pues Oriente está más occidentalizado que el Occidente de tiempos en que Oriente todavía existía – es que éste busca afuera lo que aquél encuentra dentro. Uno quiere alcanzar las estrellas, el otro quiere encontrarlas en su corazón; uno quiere lo ostentoso, lo aparatoso, lo magnánimo, el otro quiere lo pequeño, lo inacabado, lo vital; en fin, uno se desnuda para tener sexo y el otro se cubre para hacer el amor.

La decadencia del erotismo

Se supone que hoy debo hablar de erotismo. ¿Por qué? Francamente no lo sé. Yo no soy ningún experto en el tema ni tengo especialización alguna al respecto. Existen teóricos que han abordado el tema de manera profunda, haciendo análisis cuidadosos de la experiencia erótica en la vida humana y adentrándose en asuntos que tal vez no todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en el erotismo o cuando nos vemos involucrados en alguna de las maravillosas experiencias de ese tipo, pero que son fundamentales para comprender mejor el papel que juega lo erótico en las vidas de cada uno de nosotros, siendo aquél (el erotismo) una de las bases de toda vida humana, quizás, y que en ese sentido ninguna vida podría ser considerada humana si prescindiese del contacto con lo erótico. Asuntos de matiz estético, antropológico, psicológico o inclusive metafísico son descubiertos o sugeridos dentro de los discursos expertos acerca del erotismo. Yo no puedo decir mucho al respecto, pues si he de ser honesto, desconozco los discursos de ese tipo y, si lo que se supone que debo hacer aquí en este momento es presentar una reflexión acerca del erotismo en algún pensador, filósofo, psicoanalista, artista, esteta, antropólogo, literato u otro, entonces creo que debería detenerme, dejar de escribir y apagar mi computadora para entregarme a alguna otra actividad de la que tenga mayor noticia. Otra opción que tendría sería la de escribir de cualquier otra cosa que tal vez no tuviera mucho que ver con el tema del erotismo, e inventar algún pretexto para conectar lo dicho con aquél. Tampoco voy a hacer eso, aunque he de reconocer que más de uno estará pensando que es precisamente lo que estoy haciendo al dar tantos rodeos. Eso no lo puedo evitar así que ya ni modo.

Si no se han retirado y continúan leyendo las palabras que ahora escribo, me alegro porque sí les voy a decir algo del erotismo. No voy a llenarlos de citas de libros ni de frases de los sabios ni de referencias a películas ni nada parecido, pues eso cada quien lo puede buscar por su parte (iba a escribir “solo”, pero no, porque lo erótico siempre se ve mejor justamente cuando uno no está solo). En fin, lo que voy a hacer aquí es presentarles mi opinión llanamente respecto de lo que, según yo, es la decadencia del erotismo que vivimos al día de hoy.

Lo erótico puede verse desde dos puntos de vista por lo menos: el cotidiano, popular, vulgar o de moda (estadísticamente hablando); y el culto, erudito, experto, serio y de moda (ya sin tanta carga estadística). Este último es el que muchos pregonan cuando quieren causar una gran impresión en el auditorio, sea éste íntimo o público, singular o plural, adolescente o adulto, masculino o femenino. Cuando alguien quiere presumir de sus cualidades intelectuales o literarias ante alguien, un tema que deja buena impresión cuando se aborda bien es precisamente el del erotismo. Que si lo erótico es el puente que nos permite a los seres humanos superar el estado de soledad en que nos encontramos todos, llegando a vislumbrar la plenitud dentro del éxtasis que nunca podremos alcanzar más allá de esos instantes, cuya fugacidad nos recuerda nuestra propia finitud y mortalidad. Que si el erotismo es ese aspecto de nosotros mismos que la vida en sociedad se ha encargado de reprimir y ocultar debido a que es el único en el que podemos decir con justicia que somos libres. Que si, por eso mismo es el aspecto que debemos buscar y fomentar si es que queremos ser más plenamente humanos, es decir, que el erotismo es el que nos puede ayudar a soltarnos de las pesadas cadenas de la racionalidad excesiva para abrirnos el horizonte hacia la verdaderas fuerzas que mueven el mundo de lo humano. Todo eso se puede decir, ciertamente, y, si el que lo dice lo sabe decir, muy probablemente cautivará a más de un individuo y dará la impresión de ser inteligente, culto y tantas otras cosas. La gente inteligente, liberal e intelectual habla de erotismo, y de su frecuente compañera la sexualidad, sin pelos en la lengua y en su justa medida. Además, todo eso que se puede decir puede tener su sustento en alguna experiencia o vivencia de lo erótico que los escuchas de los discursos bien pueden reconocer como similar a la suya propia, y es que cuando intentamos reconocer nuestras experiencias con lo erótico en algún discurso que verse sobre el tema, es fácil que estemos de acuerdo con casi cualquier discurso que hable al respecto sin caer en lo grosero, debido a la obnubilación del juicio que suele acompañar a las experiencias con lo erótico. Basta con que las palabras rocen siquiera las mismas pasiones que son estimuladas por lo erótico para que estemos dispuestos a admitir que se está hablando de lo mismo. De allí que lo erótico en las palabras, las imágenes, las obras, los actos, o lo que sea, tenga tanta fama y popularidad. Y si lo que se dice vincula a lo erótico con otros planos de la realidad, seguramente les haremos caso, y tal vez esté diciendo alguna verdad, pero eso es otro asunto.

La popularidad y la fama de que gozan quienes saben hablar acerca del erotismo nos lleva a hablar del otro punto de vista que mencioné antes, el cotidiano, popular o vulgar, esto último sin tono despectivo. Como ya dije, es muy frecuente que se vincule al erotismo con lo sexual, y es en esa vinculación en donde podemos encontrar a este punto de vista. Cotidianamente, la opinión que se tenga del erotismo o de lo erótico, va de la mano con la opinión que se tiene del sexo, y resulta que la opinión que tenemos del sexo no es siempre la misma: a veces pensamos en lo sexual desde la consideración de la belleza que hay en ello, y a veces lo pensamos desde el pudor y la ausencia de éste, es decir, desde lo impúdico. Por ende, el erotismo a veces parecerá bello, portador del ritmo y armonía característicos de la vida, y a veces nos parecerá ofensivo y opuesto a todo recato y decoro. Lo que sucede, a mi parecer, es que lo sexual no sólo se relaciona con lo erótico, sino también con lo pornográfico y, en el contexto económico en que nos encontramos, con el negocio, pues el sexo es una mercancía más. Cierto, el sexo y el erotismo pueden apuntar hacia el germen de toda vida, hacia la más excelsa experiencia que como seres limitados podemos llegar a tener, pero también, y esto en muchas ocasiones, hacia el morbo, que es la atracción o afición por lo desagradable u obsceno. En ese sentido, soy de la opinión que desde este punto de vista, el que he decidido mentar popular o cotidiano, lo erótico a veces se comprende como aquello fascinante o encantador, y en otras ocasiones como algo impúdico e irreverente, desafiante de las buenas costumbres y cosa de morbosos.

Desde mi particular punto de vista, creo que ambas perspectivas, la culta e inteligente y la popular y cotidiana se complementan, pues no podría haber ese prestigio intelectual y cultural de quienes tratan el tema sin la fascinación popular por lo que, sin dejar de ser misterioso en cierto sentido, representa un desafío al rigor inmovilista de ciertas corrientes.

Ahora bien, resta explicar por qué me he referido a todo esto como algo decadente. Pienso que la manera de comprender al erotismo que se deriva de todo lo que aquí he dicho es la de que el erotismo aparece como algo lejano a nuestras vidas; como cosa de personas especiales y en cierta medida superiores al común de las personas que no dejan de vivir sometidos a una multitud de reglas y lineamientos de vida (ya civiles y sociales, ya morales y éticos, ya religiosos o ideológicos). Es decir, el erotismo no se deja de entender como algo que, al menor originariamente, debería estar prohibido o por lo menos escondido, algo que no se debería ostentar sin ton ni son, sino ser tratado con respeto, a veces con miedo. Todo ello ocasiona que, en ocasiones, quienes se sienten parte de esos pocos que sí pueden hablar de lo erótico o de manera erótica, sin ningún problema, volteen a ver desdeñosamente al conjunto de párvulos que viven llenos de vergüenza por sí mismos, y que éstos, a su vez, vean como algo extraño y fascinante a aquéllos. En ese sentido el erotismo está en decadencia, según yo, por la extrañeza con que se le mira y asume, pues, incluso quienes fomentaran una vida desenvuelta y libre de prejuicios ante lo erótico (y ante lo sexual en general), estarían pasando por alto la presencia innegable, en mayor o en menor medida, algún aspecto de la vida humana.

Feminismos y telares.

La lucha por la igualdad entre los hombres que da fundamento a la revolución francesa, también da lugar a un movimiento social que originalmente buscaba igualdad de derechos políticos para las mujeres y que devino en un desagradable movimiento de guerra contra los hombres, me refiero al feminismo.

Concuerdo con Cigarra en su texto publicado el día de ayer, cuando señala que el feminismo ha caído en una guerra de mujeres contra hombres, y a ello añadiría que es a partir de una comprensión muy simplona pero primara respecto a lo que significa la lucha de la igualdad del hombre y la mujer que inicia la lucha por la igualdad política que caracterizó al principio al movimiento feminista. Lucha que ha caído en la búsqueda constante de domesticar al hombre, y de cambiar de lugar con él.

Acerquémonos un poco al feminismo, a fin de ver con mayor claridad lo que hay tras sus buenas intenciones.

Es claro que las mujeres francesas que lucharon por la igualdad política entre hombres y mujeres, y que fueron quienes acuñaron el término feminisme, del que proviene nuestra palabra en español, consideraban como aspecto fundamental de la vida política la necesaria igualdad entre hombres y mujeres, en especial cuando ya se había decretado la igualdad entre todos los hombres. Desde la revolución francesa ya no hay lugar para jerarquías entre los individuos, ahora todos son ciudadanos, y como tales todos pueden acceder al poder.

Sin jerarquías que gobiernen en la vida pública de la comunidad, la pérdida de las jerarquías en la vida privada era de esperarse. Antes de la igualdad entre los hombres, que ahora son ciudadanos con igual posibilidad de acceder al poder público, era claro que el lugar del ente masculino era la plaza pública, pues desde ahí buscaría llevar lo necesario para el sustento del hogar. Quien se ocupaba de la vida privada y de lo que ocurría en el lugar donde ésta se llevaba a cabo era la mujer; ella tenía una labor que si bien no brillaba públicamente sí era de vital importancia para el mantenimiento de la comunidad y hasta de la especie, pues en el hogar es donde se forman los individuos formal y biológicamente hablando.

Quien educaba para lo privado era la mujer, y como lo privado es fundamento de lo público, el valor del primero no es menor, sólo diferente. Del valor que tiene el gobierno de lo privado da cuenta Fray Luis de León, cuando señala la importancia de que la mujer se ocupe del gobierno de su hogar, antes que de las vanidades propias de quien se presenta en público, tales como la vestimenta y el maquillaje.

Pero, una vez que se ha determinado la igualdad entre los hombres, lo que supone hacer a un lado las cualidades propias de cada uno de los sujetos que conforman a la comunidad, las diferencias entre lo público y lo privado también se hacen a un lado, y la educación de los nuevos miembros de la comunidad es vista como algo nimio ante la posibilidad de acceder al brillo que trae consigo el gobierno de lo público.

Esta disolución entre lo público y lo privado hace que las feministas sean las primeras en considerar que el trabajo propio del hogar es insignificante comparado con el que se lleva a cabo en la plaza pública, de ahí que busquen el reconocimiento público de lo que ocurre en el hogar, que es donde se encuentra la cama, o al menos se encontraba hasta hace algunas décadas, pues ahora éste objeto propio del hogar se exhibe con honores en la plaza pública para señalar con ello que es más importante que el reconocimiento de las diferencias y por ende de las cualidades propias de cada sujeto que conforma a la comunidad.

Así pues, el feminismo en tanto que lucha por la igualdad entre hombre y mujer, y a veces degenera en la búsqueda del dominio de la mujer sobre el hombre, enseña que virtuosa es aquella que domina lo público y que entierra al hombre en lo privado y que descuida lo privado para ocuparse primordialmente de lo público.

Triste es pensar que desde la lectura del feminismo más virtuosa es Climtemnestra por haber matado a su marido que la dulce Penélope tejiendo en su telar.

 

Maigo

 

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