Y cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba ahí… pero tampoco sus piernas.
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Hoy amanecí con comezón, pero es una comezón que no se calma con cualquier rascada. Muchos se espantan ante esta sensación que aguijonea el cuerpo y más se escandalizan con aquellos que a falta de hipocresía deciden rascarse en el momento y en el lugar en que son atacados por esta comezón.
Definitivamente hoy me hace falta una buena y sustanciosa rascada, no tengo ganas de soportar esta sensación. Yo no soy una tumba blanca por fuera y podrida por dentro como seguramente lo son todos aquellos idiotas que deciden darse baños de pureza y sentirse grandes por su incapacidad para encontrar la mejor manera de rascarse. ¡Qué necedad tan grande es la de negar el poder que tienen los más puros y profundos deseos!
Como podrás darte cuenta me gusta actuar en consecuencia y conforme a lo que van pidiendo mis caprichos y antojos. Tal vez por ello te dé la apariencia de que mi carácter es volátil, pero créeme soy mucho más estable de lo que es cualquiera de los seres hipócritas con los que te has topado hasta ahora.
En fin, hoy salí de mi madriguera en busca de un instrumento apropiado para calmar mi insana comezón. Así la llaman los puritanos que incapaces de calmar sus propias ansias se entretienen en juzgar lo más puro y sincero de mis actos. Lo que quizá te importe saber es que durante esa búsqueda te consideré a ti como el mejor de los instrumentos posible; por ello estás aquí, si no te hubiera juzgado como un bocadillo apetecible créeme que hace tiempo ya te habría desechado.
¿Recuerdas cómo es que acabaste aquí, desnudo, atado de pies y manos, amordazado, casi estrangulado y en el fondo satisfecho con todo lo que te he mostrado eres capaz de hacer? Nunca te imaginaste que podrías conseguir tanto placer en una misma noche y menos al caer en manos de una desconocida a la que nunca le has visto el rostro, y a la que estás a punto de vérselo por única y última vez.
Tu rostro de sorpresa al escuchar todo eso hace que se renueve el antojo que sentí por ti desde que te vi. Aunque no dejo se sentirme decepcionada a causa de tu falta de voluntad inicial para acudir a mi llamado; pocas veces tengo que usar del elixir de amor que derramé en tu copa para tener entre mis manos lo que quiero, pero comprende que no quería esperar a que se terminara un absurdo juego de conquista.
Cuando se tiene comezón hay que actuar con rapidez pues se corre el riesgo de que el instrumento seleccionado para calmarla no sea el adecuado. Entiende que si usé de mi elixir fue para no tenerte cuando ya estuviera aburrida de ti, o cuando ya no me parecieras apetecible debido a la presencia de un mejor bocadillo.
Además aún cuando me miras con cierto odio, sé bien que en el fondo me agradeces tu estado, nunca habías tenido tan cerca a alguien como yo, nunca habías sentido el abrazo de unas piernas como las mías rodeándote la cintura, tampoco habías sentido el placer que viene después del dolor; no te quejes pues de las horadaciones que te hicieron mis dientes en el pecho y el cuello, o de los rasguños que extrajeron la tibieza de la sangre que circula por tu espalda. Mejor disfruta sabiendo que lograste calmar esa comezón que dominaba a mi cuerpo esta mañana.
Veo que sigues terco con la idea de ver mi rostro sin el antifaz que lo oculta desde esta mañana, te he tenido con la incógnita de cómo es desde hace doce horas, y tomando en cuenta que es muy improbable que se me vuelva a antojar un bocadillo como tú, quizá lo menos que puedo hacer es mostrártelo antes de decirte adiós.
Está bien, te quitaré la venda de los ojos y retiraré el antifaz de mi cara, sé que te fascinará lo que verás y dirás adiós con una sonrisa de satisfacción. Por mi ya no queda decir algo, pues mi comezón ha variado y me es necesario encontrar a otro instrumento para rascarme, tú ya no me sirves más.
Después de todo lo dicho la mujer de largos y abundantes cabellos negros le afloja la atadura del cuello al hombre sobre el que se encuentra sentada, él respira por fin y se siente aliviado por el libre paso del aire hasta sus pulmones. La mujer lo besa una vez más sólo que esta vez ya no muerde sus labios o su lengua y mientras lo hace le va retirando la venda que cubría sus ojos.
Ella se quita el antifaz y muestra al hombre el rostro que tanto ocultaba, él se sobresalta al notar que es su propio rostro incrustado en el voluptuoso cuerpo de una dama que ahora no busca atraerlo sino alejarlo. La decepción del hombre por lo que se encuentra es tan grande que queda dibujada en su rostro aún después del disparo piadoso con el que la mujer vuelve a cegarlo antes de retirarse y abandonar los despojos de aquello que alguna vez le pareció apetecible.
Maigoalida.
Por la boca muere el pez
Sí…
Voy a morir, ya lo sé.
Siento que cada respiro será el último, al tiempo que me asfixio a causa de mi propio peso.
Quién diría que yo, Salomón el sabio, moriría precisamente por buscar aquello que me era indispensable para mantenerme con vida. Mi muerte será motivo de burla para quienes me sobrevivan. Pero, ¿debería importarme lo que digan de mí en estos momentos?
Así es. Voy a morir, y sé que por más que luche no podré evitarlo. Casi con angustia veo la luz del sol, nunca se me había presentado tan clara y hermosa, invade mis moribundas pupilas y me despido de ella mientras recuerdo casi todo lo que he hecho durante mi vida.
Cuando nací, era joven e impetuoso, hasta imprudente, hubo varias ocasiones en que arriesgué todo lo que tenía y lo que era con tal de divertirme. Mi piel está marcada con los dejos de todas las aventuras pasadas, unas en lugares hermosos e inolvidables, otras ya no las recuerdo bien, y de no ser por las cicatrices podría jurar que no pasaron.
Pero eso tampoco importa mucho, el dolor que siento no me deja disfrutar pasivamente de los últimos recuerdos que vienen a mi cabeza.
Con el tiempo, me torné más tímido, cada golpe recibido me hacía medir mis fuerzas antes de aventurarme, curiosamente, esa manía me permitía llegar más lejos cuando de nadar contra la corriente se trataba. Lograba más, aunque ya no me divertía igual.
Quizá por eso mismo es que muero en estos momentos. ¿Qué fue lo que pasó?, ¿cómo vine a caer tan lejos de mi hogar y de la remota posibilidad de regresar ahí? Tal vez eso sí quiera recordarlo en estos momentos, mis últimos instantes sintiendo algo, aunque sea mucho dolor.
Recuerdo que mi andar por la vida se había tornado tranquilo, ya sabía medir mis fuerzas antes de hacer cualquier cosa -medir, todo era medir- cada salto, cada movimiento estaba calculado. Reconozco que no por ello mis movimientos se volvieron monótonos, tenían la regularidad que poseen los números primos existentes entre el uno y el cien, primero hay uno y es necesario recorrer otros, no sé bien cuantos, aunque ya debería saberlo, para encontrar el siguiente… Pero no es momento de medir, no quiero morir midiendo.
A muchos les parecerá extraño, que haya encontrado tranquilidad al nadar contra la corriente, sólo puedo responder que sentía la imperiosa necesidad de hacerlo, si no lo hacía dejaría de ser lo que soy. Hasta gracioso suena, viví siguiendo una corriente y nadando contra otra. Así fue mi vida qué le voy a hacer.
Me estoy desviando de mi pregunta, ¿cómo vine a parar aquí?, ¿a qué se debe que cayera tan lejos, no bajo, lejos de mi hogar, que mis ojos estén cegados por la luz del sol, a la que no había visto nunca tan directamente, que mi piel comience a molestarme debido a que me quemo, mientras mi peso me asfixia lentamente, sin importar que tan rápido cambie de postura? Antes de perderme en el abismo de la muerte, sólo atino a responder que ha sido el cansancio.
El viaje había sido muy largo, lleno de peligros y sinsabores; y de repente la vi. No pude resistirme a sus encantos y, sin percatarme de que se trataba de un engaño, la tomé con tanta fuerza que luchar se convirtió en un esfuerzo inútil, me resistí lo más que pude, no lo niego, pero al final ganó esa fuerza que me alejaba de mi elemento.
Desde el momento en que caí mi destino perteneció a aquello de lo que estaba sujeta la causa inmediata de mi perdición, ya no pude ver qué había tras ella, qué era lo que me jalaba hacia la muerte. Ahora estoy ciego y no controlo mis movimientos como para llegar más lejos.
Mi boca me perdió, y ahora he de morir por eso…
Maigoalida.
De unos años para acá adquirí la costumbre de mirarme los pies, todas las mañanas, mientras me encontraba sentado en el retrete para realizar los actos propios de las evacuaciones matutinas. Si me hubieran preguntado por qué lo hacía, creo que no hubiera podido responder cabalmente. Y no es que me gustaran mis pies ni que me sintiera orgulloso de ellos, no. De hecho odio los pies. De cualquier tipo, de cualquier persona. Me resultan no sólo inútiles, sino repugnantes – sí, sí, todos sabemos que sirven para caminar, pero la naturaleza pudo haber creado algo más bonito para esa hermosa labor de andarse paseando por doquier.
Conforme pasaba el tiempo, mi costumbre se volvió hábito y comencé a descubrir en mí cierta preocupación a la hora de la inspección de pies matutina. La preocupación comenzó a volverse ansiedad, habiendo días en los que el mediodía me sorprendía mirándome los pies desde el retrete, e incluso comencé a levantarme más temprano para poder mitigar mi angustia con prontitud. ¿Angustia a qué? Todavía no lo sabía, pero cada mañana me levantaba con la sensación de que algo podía estar mal. Corría al baño, me bajaba los pantalones del pijama y me dedicaba a observar atentamente el estado de mis extremidades inferiores: diez dedos con diez uñas. Ni uno más ni uno menos. ¿Ni uno más? ¿Ni uno menos? Cada mañana revisaba a cabalidad que estuvieran ahí diez, y sólo diez, dedos – con sus respectivas uñas, claro.
Pero, ¿en verdad creía que de un día para otro, de un momento al siguiente, podría aparecer o desaparecer un dedo en alguno de mis pies? ¿No era esto acaso un disparate? Así lo creí al principio, pero de alguna forma la angustia crecía. Incluso llegué a tener pesadillas en las que me encontraba caminando sin pies, o en las que tenía tantos dedos que mis pies parecían azotadores llenos de uñas y dedos en lugar de patas. Las mañanas se volvieron tortuosas para mí, e incluso pensé en pedir ayuda profesional… hasta que sucedió.
Una mañana, después de haberme convencido de que sólo eran locuras y de que no tendría por qué llevar mi caso a las ligas mayores del psicoanálisis, descubrí que algo andaba mal, verdaderamente mal. Mi rutina había sido la misma: levantarme, caminar hasta el baño, bajarme los pantalones del pijama, sentarme en el retrete, mirar hacia mis pies y – ¡qué cosa! – ver con la más completa y pura anonadación que me faltaba un dedo.
Así es, pero esto no lo supe sino hasta que hice el conteo de los dedos de ambos pies: nueve en total. ¡No podía creerlo! ¿Qué había ocurrido? Lo más extraño del asunto es que si me preguntan cuál era el dedo faltante no hubiera podido responder. A primera vista ambos pies parecían estar bien, estar completos. Sin embargo, en mi pie derecho había un dedo de menos, y eso lo supe únicamente por a las matemáticas. No había sangre, no había muñón alguno, ni siquiera se veía hueco o desproporción indicando que ahí debía haber estado un dedo, no sentía dolor. Mi pié estaba perfectamente bien, con el ligero inconveniente de que, en lugar de cinco, tan sólo tenía cuatro dedos.
Me levanté de un salto, me subí los pantalones y fui corriendo al hospital. Después de 10 minutos de inspección y unas cuantas preguntas de rutina – enriquecidas por exaltados y vivarachos comentarios de mi parte -, el doctor me comentó que era de lo más normal un defecto congénito como éste; que había casos más trágicos en los que las personas nacían sin brazos o sin piernas, y que debía de estar agradecido por haber nacido con un defecto tan pequeño como el no tener un dedo del pie. Cuando intenté explicarle que hasta el día de hoy siempre había tenido 5 dedos en cada pie y lo reté a que me dijera cuál dedo era el faltante, se limitó a mirarme seriamente diciendo que tenía mucho trabajo y que no lo estuviera importunando con niñerías.
Al regresar a mi casa le hablé a mi madre preguntándole si yo tenía algún defecto congénito, a lo cual me respondió que no se acordaba, que la dejara ver la telenovela y que le hablara después porque quería contarme sobre la boda de mi primo, a la cual no pude asistir. Mis amigos se rieron del asunto.
Los días pasaron sin cambio alguno hasta que, después de algunos meses, descubrí con cierta admiración que mis pies habían adquirido simetría. Y no es que el pie derecho hubiera recobrado el dedo faltante, sino más bien lo contrario: mi pie izquierdo había perdido un dedo y ahora sólo tenía ocho en total. Con el paso de los años fui observando – primero con asombro y terror, luego con resignación – la desaparición gradual de los 10 dedos de mis pies, luego los pies mismos, y ahora escribo este testimonio tan sólo con el dedo pulgar de mi mano derecha, esperando que alguien lo lea antes de mi aniquilación total y que se lleve a cabo una investigación no ya para ayudarme, sino para ayudar a algún otro pobre diablo que, como yo, no supo ni cómo fue que desapareció sin dejar rastro.
Gazmogno
Por Perro de llama
La primera vez que abordé un barco como tripulación –continuó diciéndonos el capitán— tendría su edad, la mirada que ahora tienen, las ropas rasgadas y sucias que tienen, y ese semblante poco entusiasta. Aunque, a diferencia de ustedes, jamás pensé que esta vida en altamar pudiera resolver mis problemas. Desde el principio supe que me estaba evadiendo; como siempre hice en tierra firme, solo que ahora, al fin, de manera definitiva…
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Concuerdo con ustedes, solo mírenme ahora, todo ha cambiado. Mi amor por el mar y su agrio aroma es todo lo que necesito. Aquí los misterios del mar sustituyen a los de las mujeres; las dulces puestas de sol, a los jugueteos de los niños, incluso las noches de tormenta son más bellas y dignas que todas las lides que cualquier digno rival pudiera presentar…
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¡Pero claro que sí! En una nave de estas proporciones siempre falta tripulación, amigos. Y si este viejo constantemente anda corto en algo es en equipo. Solo que ustedes parecen de la clase turista, además, no se ofendan, muchachos, pero no creo que tengan lo necesario para aguantar siquiera un recorrido completo…
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Después de platicar por cuarenta minutos, el capitán terminó por horrorizarse con nosotros. Ahí donde pensó que había una pareja encontró nada que fuera ajeno a su propia índole. Rechazando nuestro ofrecimiento ordenó a dos de sus hombres que nos bajara en el siguiente puerto. Antes de entrar nerviosamente a su camarote, nos dirigió una mirada turbada y las siguientes palabras: “Como verán, chicos, a quien nada me pide, nada le doy”
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Desembarcábamos en un puerto desconocido pero es obvio que poco nos importaba, si algo no deseaba ese capitán era una compañía verdadera; compañía de gente de su condición. Ese miedo largo tiempo hacía que ella y yo lo conocíamos, y aun con eso convivíamos. Uno junto al otro, hemos caminado kilómetros sin tomarnos las manos. Desde lejos, entre el tumulto de lenguas extranjeras me pareció ver que indecisa, se dibujaba la silueta de un capitán en la proa de un barco justo antes de saltar.
“…ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita.”
Me he dado cuenta, con una claridad impresionante, de algo que siempre me había negado a aceptar plenamente. Siento cierto desagrado por aquello que está implícito en eso que he visto de mi mismo, aunque no del todo, como verás. Siempre lo había admitido a medias; pero sin asumirlo por completo. O más bien ya no sé…
Ayer me enteré de que una amiga mía tuvo un accidente, aunque hay que aclarar que, por lo demás, el vínculo que me unía a ella no era tan grande. Por poco muere. De hecho aún no se sabe bien si vivirá o morirá. El hecho es que no está consciente. Permanece en un estado que no la diferencia mucho de una piedra o un tronco caído.
Es posible que tú, lector, ya te hayas dado cuenta de qué he descubierto. Y te dará asombro el hecho de que pueda decir lo que vengo diciendo así, sin más, o no será así tal vez. Lo que sucede es que ya no me importa nada. Por mucho tiempo lo he sospechado. No me importa nada que no se encuentre dentro de mi propia construcción monádica e individual: mi vida. Encerrado y aislado de los demás e indiferente a ellos, aunque siempre simulando que no es así y rodeado por ellos… Pero sí es así.
Después de enterarme del suceso que involucró a mi amiga anoche, pretendí ante mí mismo que estaba triste, que no faltaba mucho para que las lágrimas brotaran de mis ojos, como para convencerme de que sí me había afectado la noticia. Pero no fue así. Las lágrimas ni cerca estuvieron de salir. Dormí tranquilamente, a decir verdad. Hacía tiempo que no dormía tan bien como anoche, pese a que, a decir verdad, fue muy poco tiempo. Dormí bien pero no descansé lo suficiente. Extraña y misteriosa relación la que hay entre sueño y descanso. Nunca lo he comprendido. Si pudiera hacerlo entendería tantas cosas.
El caso es que me levanté a la hora planeada para encontrarme con mis afligidos compañeros en la facultad para ir a ver a la accidentada. Comimos bajo el techo del edificio en el que ellos toman clase para cubrirnos de la lluvia que amenazó en más de una ocasión con caer en torrente. Todos ellos estaban tristes, desconcertados por el suceso. Sus rostros manifestaban dolor, pues parece que sí la querían mucho, y permanecieron callados mientras comían lentamente. ¡Qué lento pasa el tiempo cuando todos guardan silencio! Yo me sentí muy incómodo, pues casi siempre comíamos muy a gusto, entre broma y broma y el tiempo volaba. Pero no ahora.
Cuando finalmente terminaron de comer (yo ya llevaba un buen rato esperando nada más) partimos hacia el hospital en que se encuentra internada la susodicha. El camino al hospital fue igualmente aburrido. Todos cabizbajos, pensando en la desafortunada de nuestra amiga y preguntándose por qué pasan cosas así a personas inocentes. ¡Inocentes!
Al llegar al hospital, una de esas horrendas clínicas del seguro social o algo así, entramos a una como una sala de espera en la que la progenitora de la amiga estaba sentada. Ella empezó a platicarnos muchas cosas. No recuerdo una sola de ellas. No me interesaba para nada lo que pudiera decir. Yo estaba cansado y más bien aburrido. No entendí las palabras de la vieja señora, ni me preocupé por hacerlo. Mis compañeros parecían atender con mucho cuidado, ya estuvieran de acuerdo o en desacuerdo con la señora. Según alcancé a entender, nadie creyó que la tristeza manifestada por este horrendo personaje fuera algo más que una actuación hipócrita. Uno de mis amigos estuvo a punto de replicar algo a la anciana furibundo. Parece que sí se molestó, pero a mí me daba lo mismo.
Nos pasaron los reportes de la Ambulancia y del Ministerio Público, en que detallaban cómo se había dado el accidente y el estado en aquel entonces de la víctima. Sin interés auténtico, fingí leer junto con los demás, que, por su parte, manifestaban apuro auténtico por saber cómo estaba la internada. Dije algunas vacuidades que derivé de lo que ellos decían. No me esforcé en hacerlas parecer verosímiles. No tenía caso. Mis lentes obscuros simulaban ocultar tristeza en mis ojos, cuando lo que expresaban estos realmente era tedio. Habíamos llegado apenas una hora antes y yo moría por irme. Permanecería en ese lugar por lo menos dos horas más, al parecer.
Yo seguía en mi ficción, completamente enfadado, cuando, súbitamente, entre un grupo de personas adultas, más bien repulsivas todas ellas, entró en escena la chiquilla más encantadora, hermosa y provocativa que he visto en los últimos días. Obviamente, ahora me es difícil decir que lo era más que otras que he visto y que me lo han parecido también en ocasiones anteriores, a no ser por el hecho de que ella estaba allí, frente a mí en este preciso momento, pero eso es lo de menos, en ese momento lo era. Su visión me sacó del lodazal de aburrimiento en que me encontraba para llevarme con ella a un mar de excitación y sensualidad del que ella era gobernante. Ella era la emperatriz de un maravilloso mundo, al cual me llevó como tomándome de las manos con su mirada y yo me embriagué sin reparo en ella.
La pequeña que se hubo presentado a mis ojos era lo más parecido a una criatura de los cielos que puedo imaginar. Yo diría que llevaba un mensaje de salvación enviado por el mismo creador a mí, un condenado al hastío y al aburrimiento, en este mundo vulgar y repulsivo. Era una criatura angelical de belleza tal que aparecía como superior incluso a aquel a quien supuestamente todo ente debe su existencia, superior a todo y responsable de que todo exista.
La perfección de la chiquilla era tal que seguro lo cegó a Él también y lo hubo engañado, haciéndolo creer que daba la orden de enviar hacia mí ese mensaje de salvación, cuando en realidad todo fue voluntad de ella sola. Me hubo visto desde las alturas y supo que podría hacer conmigo lo que quisiera, que me tendría a sus pies de inmediato y podría pisotearme si así lo hubiera deseado. Quería jugar con mi persona, provocarme y hacerme creer que podía tenerla, cuando yo simplemente estaba siendo engañado por el embeleso que me había provocado, lo mismo que al Eterno. Los dos hubimos caído en la misma trampa de ese hermoso ángel, que bien pudo haber emergido de lo más profundo del infierno para mostrar que no hay nada superior a la belleza sensual de una pequeña ninfa que se sabe superior a todos. Incluso Lucifer, rey del magnífico recinto de la perdición eterna, a quien seguramente ya habría sometido también, estaría perdido por los encantos de la pequeña. Ni dios ni el rey de las tinieblas habían podido con ella; y ahora venía por mí para llevarme al mismo mar de confusión en que indudablemente se hallaban ellos dos, anonadados y confundidos, con toda su dignidad vencida y subyugada por ella, la nueva controladora del mundo; por lo menos del mío, durante los sempiternos quince minutos que la tuve enfrente.
La infanta a la que me refiero, y a cuyo recuerdo dedico todos mis esfuerzos y actos hasta que aparezca otra de su misma estirpe a mis desdichados ojos, iba vestida con un conjunto de prendas muy infantil y coqueto. Llevaba puesta una camiseta blanca con algún dibujo de colores pastel que no alcancé a distinguir. Encima llevaba un suetercito negro, de esos que sólo sirven para cubrir los brazos y la parte alta de la espalda de las jóvenes, que se supone sólo debe unirse por delante con un nudo o botón que se localiza en las dos esquinas laterales y que supuestamente sirva para cubrir la el pecho femenino. Con esas prominencias, normalmente, la pequeña unión del suéter hace las veces de un escote. En el caso de esta menuda fémina, que por su edad aún no tenía el cuerpo del todo desarrollado, ese escote no hacía más que hacer ver su tierno y delicioso pecho de chiquilla resguardado por la camisetita, lo cual alimentaba mi pasión y la acrecentó de manera considerable.
Además de lo dicho, llevaba puesta una pequeña falda de mezclilla azul con el borde rosado, lo que le daba un toque de exquisitez que me dejó boquiabierto. La prenda era tan corta que dejaba al descubierto sus dos maravillosas extremidades inferiores, de un tono bronceado bastante llamativo que me hizo imaginarlas moviéndose de manera sensual de arriba hacia abajo de algún cuerpo que se encontrase en posición vertical frente a ella. La fragilidad que manifestaban esas delgadas piernas dio el toque final, pues dejó ver una fineza que sólo una niña pura posee. Llevaba calzados un par de tenis blancos con vivos, que no podían ser de otro color, en rosa.
Su rostro era la imagen viva de los ángeles; cubierto por rizados cabellos de color castaño claro que caían hasta los hombros; esos hombros a los que imaginé dar un dulce beso, tras haberlos descubierto quitando el mencionado suéter con delicadeza. Su mirada era juguetona, pues se podía ver que estaba inquieta. El aburrido panorama la había desesperado y buscaba con qué entretenerse.
En un momento determinado, encontró una silla desocupada en la cual tomó asiento. ¡Cuál no fue mi impresión al darme cuenta de que sus deliciosas piernas pendían en el aire, al no alcanzar la infanta siquiera a tocar con ellas el piso de la sala de espera! ¡Tan pequeña era! Con las manos apoyadas en los tubos a los lados de la silla se puso a jugar moviendo sus piernas, una a la vez. La contemplación del espectáculo de sus extremidades moviéndose y su mirada fija hacia abajo, siguiéndolas, estuvo a punto de acabar conmigo. Bien pudo ser el momento final de mi vida, pues yo ya me sentía como en el paraíso, hundido en un éxtasis encantador del que no me hubiera gustado salir nunca.
Sin embargo, resultó bastante afortunado que llegara a su fin ese intervalo, y a continuación diré por qué. Cuando mi ninfa se hartó, movió su cabeza para intentar escuchar lo que sus familiares argüían acerca de la persona a la que iban a ver en el hospital. Al no estar cómoda con el cuello torcido, adoptó una posición en la silla que yo no me hubiera esperado; pero que doy gracias al reino celestial por habérmelo permitido observar. Se puso sobre sus rodillas en el asiento, con la barbilla recargada en la parte superior del espaldar del asiento, con lo que su cuerpo quedó como encogido y que hacía que sus diminutas nalgas se asomaran un poco, dejando ver la suculenta redondez que poseían, a pesar de la corta edad. La mirada interrogante que dirigió a los que supuse eran sus padres (horribles ambos, dicho sea de paso), terminó de satisfacer al espíritu de su espectador, deleitado por el espectáculo.
Unos segundos después, la familia abandonó la sala para dirigirse a la parte de afuera, en donde había un par de árboles jóvenes, a esperar noticias de su accidentado. Perdí toda esperanza de volver a verla. Giré el rostro hacia las personas a quienes yo acompañaba supuestamente. Todos me parecían ahora repugnantes y me percaté de que seguían escuchando, ahora con cara de fastidio, a la señora, que continuaba urdiendo mentiras sobre todo lo que significaba para ella su pobre hija, “tan independiente y fuerte desde siempre”. ¡Ninguno de ellos se había dado cuenta de la celestial presencia que me sacó del flujo temporal los minutos anteriores!
Sentí asco y mejor volteé para ver si encontraba a mi musa de nueva cuenta. ¡Benditos sean los cielos, que me regalaron tal vista! ¡Solamente a la acción de una fuerza suprema, que sólo puede ser la de la divinidad que encarnaba en esa hermosa ninfa, podía deberse mi fortuna! Entre los asquerosos seres que la rodeaban, allí estaba, jugando junto a uno de los árboles que había afuera. Se había tomado de la parte superior de uno con sus frágiles manos y aproximaba la totalidad de su cuerpecito a él. ¡Sucedió lo que mi espíritu tanto anhelaba contemplar! Ella subió su pierna izquierda por el árbol de una manera tan sensual que deseé que el tiempo se detuviera. La imagen que quedó en mi mente era la de una virgen que forcejeaba con algún agresor, que se abalanzaba sobre ella, con su rodilla. Lo hermoso del asunto es que también podía entenderse el movimiento como el intento de ella por acercar al amante que se buscaba retirar, y aprisionarlo con la pierna al cuerpo, sediento de placer. La insignificancia de la falda permitía ver con claridad las líneas que se dibujaban en las piernas. ¡Hermoso!
Cuando pude reaccionar después de tal evento, vi cómo había cambiado la postura. Ahora se hallaba de espaldas al tronco y lo tomaba por arriba con ambas manos, lo que le daba a la espalda cierta inclinación hacia atrás. Esta vez parecía una indefensa damisela, prisionera de algún loco de vehemencia por ella, que esperaba resignada los ataques de su dominador. ¡Qué extraordinarios momentos!
Yo me encontraba como poseso, sin poder hacer ni decir nada; extasiado y perdido por esa chiquilla. De repente la familia entera se fue. Mi espíritu se sintió acongojado y resignado. La vi alejarse a través del vidrio que separaba la sala de espera del patio y regresé a la realidad de aburrimiento y desazón.
Lo demás que sucedió no tiene importancia. No lo recuerdo. No sé si mi amiga murió o no. No me importa cómo llegué a casa ni si mis compañeros están bien. Nada de eso me interesa. Sólo tienen valor esos momentos que siempre vivirán en mí, recordando y deseando los llamados de ese ángel a mi ánimo, y la manera en que llegamos juntos al clímax espiritual, pues sé que ella notó mi mirada, bajo mis gafas y entre la aglomeración, deleitándose con sus movimientos, dedicados solamente a mí, al tiempo que consentía en que mi mirada la hiciera mía por esos hermosos y eternos instantes.
H. H.
Abrí los ojos, me dolía la cabeza. Mi boca sabía dulce.
No sé cuánto llevaba allí tirado, ya estaba oscuro y un pequeño charco de sangre circundaba mi cuerpo. Me asusté mucho, me incorporé dificultosamente y pensé en buscar a Eva; por alguna extraña razón sentí una imperiosa necesidad de verla.
Algo en el jardín había cambiado a tal grado que me sentí un foráneo, todo me parecía mezquino, sucio e irreal, las cosas no eran siquiera semejantes a como las recordaba; de momento no le di importancia y apresuré el paso, quería llegar hasta nuestro lecho. Llegué y, sin voltearme a ver, Eva me preguntó si había osado en comerlo, consideré mentirle pero algo me decía que sabría la verdad. La sabía.
En el presente el destierro ha dejado de dolerme, un sinnúmero de vientres me han enseñado cosas deleitables y placenteras. Así vivo a veces, a merced de la satisfacción pasajera que alguna varona pueda ofrecerme. Esporádicamente me vuelvo al Edén y acaricio a Eva, me quedo con ella por un rato pues su abrazo me da la sensación de seguridad y desahogo que tanto necesito ahora. Así es a veces mi otra vida, la que regresa al jardín cuando hace falta.
Dios dice que no debo estar allí, morí. Murió el Adán que Dios había engendrado.
La cigarra
UNO
Todos los días Jacinto se levantaba muy temprano con la peste de las vacas. Todo parecía igual y sin embargo cambiaba en aquél lugar. La chica que le sonreía se casaba la siguiente semana y le había pedido que fuera él quien la entregara. Jacinto y ella se llevaban de maravilla desde que eran chicos, pero a él le gustaba recordarla únicamente por su sonrisa. Para él, lo genial de esa expresión era que la mostraba en la lejanía
La noche anterior, se había desvelado leyendo la vida de algún santo. Se imaginaba que acaso pudiera llegar a ese nivel, poco le faltaba para hablar con los animales. Siguió religiosamente su rutina. Ordeñar vacas, dar de comer a las gallinas, salir a la venta de leche…, todo eso sin mayores problemas. Hasta que cruzó camino con ella. Iba viendo a la nada que había detrás suyo, Matilda, la otra amiga que tenía desde la infancia lucía más emocionada que ella y parece que iba enumerando cosas con una emoción mayor a la de ella. Lo que fuera, le importó demasiado el hecho de que ella no le sonriera, ni siquiera hubiera notado su fugaz presencia.
Algo había cambiado en su vida, algo que siempre había sido del mismo modo, había dejado repentinamente de funcionar ¿y si ya no le caía bien a su amiga? ¿Era aquello señal de que había dejado pasar algo importante? ¿Algo que no podría ser ya nunca más? Esta preocupación se fue tan súbitamente como había llegado gracias al trancazo que se dio contra el poste. Los hijos de Doña Chuy reían de él. Se levantó de un salto y talló aquél par de cabezas piojosas con su nudillo en un gesto juguetón, sacudió el lodo de su pantalón y siguió el camino de vuelta a casa.
DOS
Caminar por la calle Magón. Vuelta a la derecha en la tienda de Doña Chuy. Salir con la bicicleta y sus dos rejas de leche en la parte trasera. Andar el mismo camino. Dejar la Bicicleta al Tío Ramón. Volver a pie, vuelta a la izquierda en la tienda de Doña Chuy. Establo. Prepararse para el nuevo día. Esa era su religiosa rutina. Los encuentros con mariana, los paseos de los domingos después de misa, las lecturas de vidas, o recetarios, o libros vaqueros. Los bailes del pueblo. Esas no eran menos rutina, pero giraban en torno a órbitas más grandes, menos regulares. De tal modo transcurrían sus días y sus noches.
Al siguiente día. A la vuelta de la venta. De nuevo ella, de pie frente a la vinatería. Cruzan miradas y ella sonríe. Todo tan normal, y tan distinto. Jacinto no se siente nada bien y no alcanza a saber, siquiera a sospechar, el por qué no puede conciliar el sueño. Está tan cansado y no puede dormir. Hay una intranquilidad en su pecho. Reacomoda la paja. Da de vueltas. Y nada, que no pega el ojo—
Siguiente día, todo igual pero con sueño. Nada nuevo. Mariana le sonríe al pasar. Su paso es siempre el mismo. La sonrisa está en su cara. A él llega a parecerle una mueca más que un gesto amable. Mira su cara y sueña una máscara en su lugar. Las líneas de la calle se desdibujan, o más bien, se curvan cóncavas. Los perritos escandalosos corren y ladran, de repente de las tristes estopas que son, pasan a ser pardas nubes que dan vueltas. Los niños jugando parecen más bien un par de diablos que ríen de él, que lo reciben en este colorido infierno. Todo está fuera de lugar. Jacinto no entiende qué pasa, hay sudor frío en su cara. No responde a ese monstruo de desprecio que pasa junto a ella. El sudor frío recorre su frente y decide ver a Don Blas, el Doctor. Le prescribe descanso.
Jacinto desobedece, prefiere conservar su salud con lo que ha hecho de su vida algo bueno. A media rutina, cuando regresa, la encuentra. Esta vez solo una ligera taquicardia lo conmueve. Ella sonríe y extiende en su mano un papel. Una invitación a la boda. Sonríen. Platican por dos o tres minutos. Los primeros en años de silencio. Él no se exalta. Todo está bien. La armonía de las esferas no está del todo rota.
Jacinto sonríe y va para la casa.
Esos frutos parecían deliciosos, tenían buen aspecto. Pero no quería morir.
Entonces regresaba al lecho con mi varona y me acostaba a dormir; por un largo rato me quedaba entre sus brazos, luego me cansaba, me la quitaba de encima y me sentaba a mirar el lugar en donde residía el Señor.
Así pasaron muchos soles, tanto tiempo que no percibí cuándo exactamente me había cansado de ella y de sus formas exquisitas. Dejé de ser yo, era otro, el otro que estaba bien con ella, sin embargo estaba conciente de que no era yo. No quería lastimarla, sabía que si me volvía indiferente o me alejaba ella podía entristecer y su endeble balsa zozobraría. Además, a dónde podía ir, no osaba en aventurar más allá de los territorios abarcados por el jardín, ni siquiera tenía la certeza de que en verdad hubiera algo más. Así que me veía limitado a ser ese yo, el yo prendado a Eva. Y Dios se conformaba con ello.
Me esforcé, pero no tenía la capacidad para pensar en otra cosa, me empeñaba en ignorar mis sentimientos y concentrarme en los de ella, pero no me era fácil. Llegó a tanto que repentinamente dejé de pensar, tenía que hacer algo para librarme de toda esa farsa, de pronto, cual golpe acertado, recordé el árbol prohibido, sin más fui a donde él…
CONTINUARá
La cigarra
