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Cuerdas rotas

Si pensamos a la amistad como la harmonía existente entre almas que concuerdan, podemos pensar a la ruptura de la misma como algo disonante y lastimoso. Así como nadie gusta de escuchar aquellos sonidos que lastiman a sus oídos, nadie gusta de ver a una amistad romperse.

Quizá, por lo desagradable que resulta la escena de dos amigos que se separan -y más cuando tal separación se debe a las grandes diferencias que ya no les permiten estar juntos en harmonía- es que decimos con frecuencia, y probablemente de manera descuidada, que los amigos verdaderos son aquellos que se quedan a nuestro lado y no los que se van.

Pero, ¿acaso podemos tachar de falsa a la amistad de quien ya no concuerda con nosotros?, ¿no es mejor que se marche aquel con quien ya no es posible conversar debido a que su sinceridad no le permite aceptarse a sí mismo mostrándose como lo que no es? Es mejor no ver más a un ser querido a ver en su rostro siempre una sonrisa de aprobación a pesar de no estar de acuerdo con lo que hacemos o decimos.

Habrá quien diga que amigo es aquel que nos acepta siempre como somos, y que éste no puede dejar de concordar con nosotros a pesar del tiempo, la distancia y lo que hagamos con nuestras vidas. Este discurso me parece muy idealista, pues supone tal estatismo en el alma que no deja abierta la puerta al movimiento que realizamos todos los días.

No somos virtuosos como aquellos de los que habla Aristóteles en la Ética y bien puede ser el caso que quien compartía su tiempo con nosotros, por amor a cierto placer, de momento se interese por algo diferente, algo que ya no es placentero o bueno para nosotros. Sea como fuere, la amistad no puede fundarse en lo falso, y si hay algo falso es el supuesto de que nosotros o nuestros amigos carecemos del movimiento que puede conducirnos a sendas diferentes.

Quien se reúne con los amigos lo hace porque le gusta hacerlo o porque ve algo bueno tras el hecho de hacer esto, una vez que el bien encontrado en la amistad se ha agotado lo que permanece, en el caso de quienes se quedan sin sentir la harmonía que supone la amistad, no son más que hipócritas fingiendo que hay algo que ya no existe, porque se extinguió como la flama de una vela que termina de consumirse.

No niego el dolor que existe tras las despedidas, nunca es fácil desprenderse de un amigo con quien se han tenido buenos momentos y con quien se han superado otros tantos instantes desagradables, pero si lo mejor es una triste despedida con tal de que ambos se mantengan saludables y siendo honestos, me parece que es mejor pasar por el enojo que llega a provocar tal dolor que por los muchos malestares que siguen a la hipocresía y al deseo de forzar concordia donde ya no hay harmonía.

Maigoalida.

 

…y el silencio en una conversación.

 

Hay gente que teme al silencio, otros que lo buscan y otros pocos que lo necesitan. Los primeros porque les parece que así suena la soledad, los segundos porque el aislamiento es bueno para concentrarse, los demás quizá por vicio o enfermedad. Lo único cierto de esto es que es falso por ser tan general y, como buena recomendación que nos ha sido legada, de las cosas humanas no podemos discurrir de maneras tan generales con un buen grado de exactitud.

 

Andarle buscando esencia al silencio no son modos, está tan fuera de lugar como lo estaría incluir al vacío en la tabla periódica. Esto sin mencionar lo inútil que resultaría ponderarlo como la ausencia de vibraciones en un medio. Si bien, la notación musical expresa su mesura, el primer paso concreto lo damos si comenzamos por hablar del silencio no como ausencia de sonido, sino como un fenómeno simbólico. Algo que se presenta dentro del lenguaje y con tantos matices como intenciones y sentimientos podamos expresar.

 

En efecto, vemos que puede significar respeto, reserva, irreverencia. Puede ser un indicio de atención, precaución o desconfianza, también puede asustarnos cuando nos recuerda que a eso puede sonar la nada. Ni la música ni el lenguaje serían posibles sin ello, pues más que una condición para ambas, también es su condimento. Y es esto último lo que me gustaría que revisáramos, pues ahí es donde podemos darle vueltas al silencio en una conversación.

 

Ya que vimos que sería necio atribuir un solo sentido al silencio, en una conversación a veces sirve para evidenciarnos la familiaridad o lejanía que tenemos con alguien. Los silencios más dolorosos se dan cuando estos nos denuncian que una relación se ha roto o está por romperse, los más incómodos cuando una relación no acaba de darse y –quiza— no hay modo que pueda darse; y pese a ello, los más sanos cuando no hay nada que decir.

 

En ocasiones también sucede que el silencio dice más que las palabras. Y no me refiero a cuando silenciosamente dirigimos una mirada, un gesto o alguna seña, sino cuando sencillamente hacemos nada y puede tomarse como mensaje. Del silencio de la indiferencia a aquél que constituye los pilares de un enigma, pasando por el de la estatua que rompe su silencio en el poema de Villaurrutia, más que abismos hay mundos de diferencia.

 

Hipótesis.

” El baile que se da a través de la mirada puede mover mundos” I.G.C.

-¿A poco no suena bonito?- Preguntó I a su amiga N. N asentó con una sonrisa y dió otra mordida a su torta de ensalada de manzana. I se acabó su gelatina, dejó el recipiente en la orilla de la banquita de concreto y encendió un cigarrillo, mientras seguía observando aquella pinta sobre la fachada de la dirección del CCH.

Con los últimos restos fruticarbohidratosos entre cachete y encía, N dirigió su comentario a la pinta, – ‘ Ta gruexo, ¿no? - pasó el bocado y remató, – han de haber bailado el de los siete velos… ja ja ja ja-.

-¡No mames wey!- dijo I entre risas. Dió una chupada al cigarro, colocó la mirada a un punto perdido y con voz profunda y pausada dijo, – ¿Te imaginas, bailar y que el mundo sea uno contigo, a cada pasito, a cada giro; saber que compartes el ritmo con el corazón viajando a través de los ojos de ese otro? Tal vez alrededor nada más exista, mas que la música y los ojos preciosos de quien estes bailando-        

-¡Cámara I, se me hace que tú fuiste la vándala! Ja ja ja ja! -

-Ja ja ja ja. No tienes pruebas… - I apagó su cigarro y ambas fueron a clase. 

Respuesta a “Cuando lo Privado sale a la Luz” de Maigo

Que se comprenda esta respuesta depende de que el lector haya leído el escrito de Maigo al que se refiere.

Por A. Cortés:

El escrito propuesto por Maigo sobre el chisme está dividido en tres partes: la que corresponde a la caracterización y exposición de la corriente infamia que enviste al chisme, la que se dedica a su defensa por voz de los chismosos, y al final la respuesta a la defensa. Primero, su delineado del chisme me parece la descripción mínima acertada, sobre todo por referir lo que a todas luces notamos todos: que el habla que con descuido hace público lo que era privado, en la mayoría de las ocasiones tiende a extenderse más allá de lo visto, y cuando no, es por lo menos una imagen fuera de su contexto que malentiende los hechos de los que se está hablando. Expone en su ausencia al que no quiere ser expuesto y engrosa su ignominia. El chisme mancha el nombre sin otorgar chance de réplica al afrentado y con eso, hace un gran mal. Esto creo que es claro por el escrito de Maigo y, si bien no es muy enfática al exponer el malestar público que ocasionan los regueros de los chismosos, apoyo el acento que se sigue de lo que ella propuso. Sin embargo, al momento de la defensa lo que llama chisme es en realidad denuncia y, el chisme con el que se riegan las abundantes y secas conversaciones casuales se queda sin voz. Digo que lo confunde con la denuncia porque lo propone ante una asamblea y en público haciendo visible un mal que estaba oculto a los interesados, como una acusación sobre el vicio que se hacía pasar por virtud. Pero esto no es lo que hace el chisme, esto es un juicio público, y una denuncia. Como la denuncia pueden hacerla mentirosos y honestos, sólo vale la mitad de lo que se denuncia. Y no cabe esperar que a ésta pertenezcan los chismosos porque son descuidados al hablar. Por esta confusión, la conclusión que responde a su defensa termina por obviar la mentirosa intención del chismoso y lo descalifica; con ello hace la misma injuria que con indignación le adjudicaba: lo vitupera a sus espaldas y no lo deja defenderse. Pensar de alguien que es un mentiroso mientras da razones de sus acciones es lo mismo que no escuchar sus razones, y por eso no es válido -si queremos argumentos- descalificar la posible apología del chisme con este prejuicio.

No queriendo concluir qué tan malo o bueno es el chisme en la comunidad (que, siendo susceptible de cuidado tanto como de descuido podría ser ambas cosas), intentaré solamente complementar el escrito de Maigo ensayando la defensa que, según me imagino, podría hacer el chismoso ante las acusaciones que sobre él se ciernen. La tercera parte que correspondería al esquema del escrito sobre el chisme, la respuesta a la defensa, será cosa que cada uno de nosotros podrá hacer por su propia cuenta.

Podría decirse: “No hay razones para descalificar al chisme, como tampoco las hay para mirar torvamente al chismoso. Las palabras hacen manifiesto el pensamiento, y lo que es tan íntimo como la voz interior sale inevitablemente a la luz cuando con otro se hace resonar el viento con la voz. Esto, y no otra cosa, es lo que se hace en todo tipo de conversaciones: hacer que salga a la luz lo que era íntimo. Cuando hablamos de las acciones, podemos nombrar las nuestras y podemos nombrar las de los demás, pero hablar de lo que hacemos nosotros puede resultar fácilmente en el exceso enojoso; por eso es natural, en toda conversación que habla de acciones, platicar de presentes y en mayor medida de ausentes. Esta situación le es tan corriente al ser humano, que parecería que nos rodea como el aire en todo momento, todos los días: somos platicadores y contar lo que se ha hecho nos gusta. Escucharlo nos gusta aún más. Por eso está más allá del sano límite quien se molesta con el chisme, porque es necesario admitir que todos nos sentimos atraídos hacia él.

“Aun siendo de ojos opacos y de transparente terquedad, quien no admite la evidencia de que así son las cosas en la vida cotidiana puede darse cuenta de sus causas, que son diáfanas y fáciles de mostrar. Hablamos más gustosamente de lo que nos interesa, y todos, en nosotros mismos, notamos esta diferencia en el ímpetu con el que se habla o se escucha. Cuando se nos hace patente lo que los otros hicieron, estamos más interesados en saber de quienes nos parecen importantes que de quienes no consideramos dignos de mención o de nuestro pensamiento, y debe ser muy obvio que pocos son los que tienen este mayor peso en nuestras vidas junto a nuestros conocidos. Por eso todos queremos naturalmente saber lo que el otro tiene que decirnos sobre los que nos importan, y este interés en sus acciones hace que la conversación casual fluya sin esfuerzo. Cuando sabemos de cómo actuó alguien, nos place mucho contárselo a alguien más que esté igualmente interesado en él.

“Y no es otra cosa que ésta el chisme, el modo natural que tenemos de platicar sobre lo que han hecho nuestros mutuos conocidos, o sobre quien compartimos interés. La exageración, la mentira y el despretigio son accidentales al chisme: éste tiene de suyo estas tres cosas tanto como las tiene cualquier otro modo de hablar. Si alguien de buen juicio escuchara a un científico hablando sobre sus descubrimientos al respecto de las maravillantes propiedades del flojisto, no desecharía al discurso científico por entero sólo por opinar que no hay tal cosa como el flojisto. De la misma manera, decir que el chisme es desdeñable y descalificable es una confusión: pretende que el error sobre lo contado viene del hecho de que sea chisme -y por eso es un mal juicio-, no de que quien lo cuenta miente en ello y sobra sus palabras más allá de la justa medida.

“Como no tenemos ninguna alternativa a hablar con lo que sabemos (hasta cuando mentimos), todas nuestras palabras siempre tienen como límite el horizonte de nuestra propia comprensión de lo que hablamos. Y si del chisme decimos que es malo por contar “fuera del contexto” lo que pasó, lo que estamos diciendo en realidad es que son indeseables las malas interpretaciones y los errores al hablar sobre lo que ocurre. Éstos, los errores o las mentiras malintencionadas no son el chisme, sino una disposición perjudicial de quien cuenta mal. Así, los merecedores de nuestra indignación son éstos: la mentira, el engaño, la exageración, la ignorancia, y no el chisme. Si éste se encuentra mezclado con alguno de éstos es por ellos que se vuelve nocivo, como también vuelven vil todo otro tipo de discurso que tocan y corroen, y son ellos solos los que merecen nuestra reprobación. Haríamos tan mal en desechar el chisme por culpa de éstos como haríamos al deshacernos de alguien enfermo en lugar de curar su mal.”

Así pienso que hablaría quien defendiera el chisme. ¿Estaremos de acuerdo con él?

Pequeña y Exagerada Retahíla contra ‘Facebook’

Por A. Cortés:

Imaginemos tres personas que maquinan un juego: usarán tres pequeños cuartos vacíos, cada uno se sentará en el suelo del suyo y luego escribirá un fragmento de conversación rayando en una de sus paredes. Cuando los tres hayan terminado de escribir, cambiarán de cuarto rotando hacia la derecha, yéndose el último de ellos al primer cuarto y, luego, leerán los mensajes de sus compañeros y los contestarán con breves frases debajo. El procedimiento se repetirá y el juego se seguirá por lo menos dos horas diarias. ¿Divertido?

Bueno, ahora imaginemos que estas tres personas se cansan. Para hacer más entretenida su actividad (a la que llaman imaginativamente ¾), llevan a cada habitación un juego de mesa diferente. Además de escribir se ocupan de mover una pieza por ocasión y, cada cual a solas, juega lentamente 3 divertidos Turistas (o lo que sea) y se imagina a los otros tres jugando con él. Pero es claro que seguirá la insatisfacción porque no hay mucho que hacer aún, así que terminan llevando bolsas muy grandes llenas de payasadas y montones de cosas más para cambiar, mover, señalar, comentar, colorear y menear. Los cuartos ya están atiborrados de estas variadas herramientas y coloridos enseres.

Ahora podemos con facilidad imaginar a uno de ellos llegando en la mañana a donde están los tres cuartos para comenzar el ya habitual ejercicio. Ve a los otros y sin saludar se apresura a entrar para rayar en el muro un “Hola, amigos”. Toma la foto que el segundo dejó en el suelo y le escribe “jajaja” debajo. Mueve las bolsas buscando algo nuevo y ve un zapato que dejó el tercero, se quita el suyo y hace de ellos un par. Lo mete en la bolsa. Deja un video, saca una papa de la bolsa de papas que ya están poniéndose chiclosas, se fuma un cigarro, y le da su soplo respectivo al viejo balón desinflado que lleva ya tres semanas siendo devuelto a su redonda forma. En cuanto salen los tres, todos muy ilusionados de pensar en lo que dirán los otros cuando vean cómo dejaron la habitación, sólo se dicen “ahorita ves”, y se van con aire triunfante.

Pintado así, éste es un juego que sólo tomaría en serio un loco. Bueno, pues eso es facebook.

Sus amantes me dirán que soy un exagerado, y ya quiero que lo hagan. La verdad es que no creo que haya mucho que exagerar; de por sí el facebook ya es muy exagerado. Y es que es cierto que sirve para “encontrarse” con viejos conocidos –para eso sirven también y mejor los cafés- o, bueno, para contactarlos –para eso no se necesita conectarse diario-; pero la verdad es que tratar de encontrarle mucha utilidad y tratar de pintarlo como necesario no puede hacerse con éxito, porque es un juguetote y sirve para jugar.

El peor problema no es ése, porque nada de malo tiene jugar. El problema es lo propenso que es para que se olvide su carácter de juguete. Se le llama “red social”, y ya la sociedad es una red. Entonces, ¿qué clase de relación social se lleva allí? No es lo mismo ver a alguien que ver su foto, y los muy metidos en el asunto lo pasan por alto creyendo que por escribir un mensaje que el otro leerá ya están platicando. Tampoco es falso que se pueda tener una buena conversación epistolar, pero esto es diferente porque olvida (o ayuda a olvidar, más bien) que se puede platicar cara a cara. No estoy diciendo por eso que sea malo tener una cuenta de facebook, lo malo es lo fácil y subrepticiamente que se convierte en vicio.

Ése es el problema de este juguete: sirve para jugar a que uno se relaciona con otros. Sirve para jugar a platicar, y como todo lo dicho es público, se vuelve difícil que se platique en serio (de hecho se ve mal a quien se pone a hablar muy en serio en facebook, y con razón). Al rato ya se nos olvidó que era “de a mentiras” y ya no nos ocupamos ni de encontrarnos con otros ni de tratar con ellos cuestiones importantes, porque en nuestro nuevo mundo virtual nadie habla de cosas serias. Y cuando los más enviciados ven a otras personas frente a frente, hablan de “lo que pasó” en facebook. ¿No es ésta una inversión horrorosa?

Saber distinguir entre una cara y una foto es algo que cualquier humano sano debe poder hacer. Si se nos olvida cómo, ¿qué diremos que nos está pasando?

Palabras valiosas.

El viento no es capaz,

él no puede llevarse

el verbo que grabaste

sobre mi corazón.

Maigo.

Un Recuerdo de Concordia

Por A. Cortés:

Escuché alguna vez que no es posible que dos hombres que se entienden estén en desacuerdo. Como me gustan las etimologías bellas, he pensado que el desacuerdo es una irregularidad del corazón, o mejor dicho, de ambos corazones. Están desafinados entre ellos, y por eso no acontece el concurso del pensamiento. Por lo que parece, por lo menos, cada uno sigue su curso desviado y, si es favorable el tiempo en su marcha, unirá en algún punto nimio ambos arroyos. Pero no, más que ríos, parecen lagos calmos en cuyas aguas ondean a distinto ritmo uno y otro pulso.

He pensado desde entonces cómo sería que el corazón fuera el asiento del pensamiento, y que del pecho afogatado por la agitación de los días se engendrara nuestro carácter y ánimo, y que se entonara nuestra voz. A veces la bien pensada y otras veces la malpensada.  Si entenderse es concordar, intentar explicarse es intentar afinar el pulso del propio pecho con el otro. Es posible decir que no están nunca dos personas en desacuerdo a menos que no sepan lo suficiente la una de la otra, que no digan bien lo que piensan, o que no se den a entender. ¿Hay impulso más grande a hablar que el que propicia esta comprensión del desacuerdo? En primer lugar, nadie prefiere una cosa desordenada cuando puede tenerla ordenada; y no lo digo en cuanto a desórdenes particulares (porque siempre habrá quien diga que prefiere el desorden, pero habla más bien de que el orden que disfruta no es el común), sino en cuanto a que siempre es evitado el peor de los desórdenes si acaso es posible elegir uno menor o, en un caso más favorable, el orden. Esto es completamente normal y común. Llamamos irregularidad a cualquier cosa que nos parezca merecer la derrota en una comparación con la regla, y si merece ser nombrada fijándose en el hecho de su desorden, también será por su propio peso repudiada. Ya que es imposible que uno por propia decisión esté discorde, es imposible que se elija permanecer en desacuerdo con el otro cuando puede evitarse. Pero no siempre puede evitarse.

Queremos convencer o ser convencidos, queremos entender qué dice quien nos parece haber hablado sin sentido cuando habla de lo que nos interesa. Estamos buscando el sentido que no vemos. Nos rendimos en el habla hasta que nos damos cuenta de que no hay modo de tener éxito conversando. Pareciera que callarse es la última opción.  La maravilla consecuente corta el aliento: el hombre puede mover el corazón del hombre hablando. Y cuando lo movemos, lo entonamos con el nuestro propio. No es de extrañar que haya sido siempre risible la paradoja que este fenómeno guarda en su seno: es tan impresionante el hecho de que podamos hacer latir los corazones al unísono con la voz, que nos quedamos sin aliento, boquiabiertos y callados.

La sorpresa, no obstante, termina de crecer y se endurece haciéndose más bien vieja y venerable. Cuando florece y reverdece se asemeja ya a una calma observante. Después de poco tiempo de haber escuchado la sentencia de la discordia, me pareció por completo inadmisible: ¿cómo iba a ser posible que la única razón por la que yo estuviera en desacuerdo con alguien fuera que no hubiera entendido a lo que se refería? Estamos seguros de que sabemos por qué discordamos con alguien cuando lo que dice nos parece obviamente errado. Y -no seamos falsos con nosotros mismos- pocas veces nos creemos el cuento de que el final de una discusión llega porque lo que los demás dicen es tolerable y verdadero para quien lo dice, aunque no para nosotros. Tal salida es más bien pereza para conversar y desinterés en lo que se habla. Es una desidia aquejante de la palabra. Pero nada de lo que realmente nos interesa puede quedar de un modo para nosotros y del contrario para los demás sin que sintamos que somos quienes saben cuál es el camino verdadero. Pensar eso es necesariamente hacer el juicio complementario: estamos convencidos de que la otra posición es falsa, quizá no en todo sentido, pero falsa al fin. Y si realmente nos interesa que el otro comprenda lo que decimos, intentamos que vea lo que vemos. Intentamos hablar lo mejor posible para convencerlo. No se me ocurre otro modo de entender esta forma de relacionarnos en la conversación que diciendo que creemos que alcanzamos a ver algo que el otro no. Sabemos que hay un desacuerdo y que entendemos el desacuerdo precisamente porque confiamos en su claridad: creemos que es claro en qué se equivoca el otro. Obviamente, el otro piensa lo mismo.  Y es ése el momento en el que empieza a tener sentido de nuevo lo que alguna vez escuché: sabemos que estamos en desacuerdo solamente porque creemos que no nos entienden. Intentar afinar nuestros corazones es intentar hablar para aclarar, intentar hacernos semejantes. Queremos comunicarnos. O no entendemos al otro, o creemos que no nos entiende; pero sabemos que al entendernos nuestros corazones pulsarán a una misma cadencia. La palabra no es un ruido personal, que va vibrando por su lado haciendo menos cualquier otro ritmo. La palabra es la forma humana de hacer común el pensamiento. Eso fue lo que escuché aquel día, era solamente que yo no lo había entendido. Los días se suceden y todavía lo voy entendiendo, poco a poco.

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