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A una orquídea

Anoche tuve el sueño más bello

Aunque en la mañana recordarlo no pude.

Todo el día pasé pensando en ello

Pero ningún éxito en lograrlo tuve.

 

Preocupada, a preguntar a mi mamá corrí.

Como su respuesta fue que ocupada estaba,

Solucionar mi inquietud por mi cuenta decidí,

Pues quedarme con la duda no deseaba.

 

En mi problema, al jardín salí a pensar

Cuando de oír una melodía me dio la impresión

Así que por el sonido a ciegas me dejé llevar.

 

Y aunque la música que me guiaba de pronto desapareció

Dejó en mi ánimo una sensación de bienestar

Y al abrir los ojos, la razón de mi feliz sueño surgió:

 

Ante mí, una hermosa flor morada había,

Y supe que en ella estaba la respuesta a mi alegría

Pues mi corazón como nunca se contentó.

 

Pasar un instante viéndola me bastó

Para saber que algo hermoso basta contemplar

Y la gloria de la vida, en lo bello, se nos ha de revelar.

 

La decadencia del erotismo

Se supone que hoy debo hablar de erotismo. ¿Por qué? Francamente no lo sé. Yo no soy ningún experto en el tema ni tengo especialización alguna al respecto. Existen teóricos que han abordado el tema de manera profunda, haciendo análisis cuidadosos de la experiencia erótica en la vida humana y adentrándose en asuntos que tal vez no todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en el erotismo o cuando nos vemos involucrados en alguna de las maravillosas experiencias de ese tipo, pero que son fundamentales para comprender mejor el papel que juega lo erótico en las vidas de cada uno de nosotros, siendo aquél (el erotismo) una de las bases de toda vida humana, quizás, y que en ese sentido ninguna vida podría ser considerada humana si prescindiese del contacto con lo erótico. Asuntos de matiz estético, antropológico, psicológico o inclusive metafísico son descubiertos o sugeridos dentro de los discursos expertos acerca del erotismo. Yo no puedo decir mucho al respecto, pues si he de ser honesto, desconozco los discursos de ese tipo y, si lo que se supone que debo hacer aquí en este momento es presentar una reflexión acerca del erotismo en algún pensador, filósofo, psicoanalista, artista, esteta, antropólogo, literato u otro, entonces creo que debería detenerme, dejar de escribir y apagar mi computadora para entregarme a alguna otra actividad de la que tenga mayor noticia. Otra opción que tendría sería la de escribir de cualquier otra cosa que tal vez no tuviera mucho que ver con el tema del erotismo, e inventar algún pretexto para conectar lo dicho con aquél. Tampoco voy a hacer eso, aunque he de reconocer que más de uno estará pensando que es precisamente lo que estoy haciendo al dar tantos rodeos. Eso no lo puedo evitar así que ya ni modo.

Si no se han retirado y continúan leyendo las palabras que ahora escribo, me alegro porque sí les voy a decir algo del erotismo. No voy a llenarlos de citas de libros ni de frases de los sabios ni de referencias a películas ni nada parecido, pues eso cada quien lo puede buscar por su parte (iba a escribir “solo”, pero no, porque lo erótico siempre se ve mejor justamente cuando uno no está solo). En fin, lo que voy a hacer aquí es presentarles mi opinión llanamente respecto de lo que, según yo, es la decadencia del erotismo que vivimos al día de hoy.

Lo erótico puede verse desde dos puntos de vista por lo menos: el cotidiano, popular, vulgar o de moda (estadísticamente hablando); y el culto, erudito, experto, serio y de moda (ya sin tanta carga estadística). Este último es el que muchos pregonan cuando quieren causar una gran impresión en el auditorio, sea éste íntimo o público, singular o plural, adolescente o adulto, masculino o femenino. Cuando alguien quiere presumir de sus cualidades intelectuales o literarias ante alguien, un tema que deja buena impresión cuando se aborda bien es precisamente el del erotismo. Que si lo erótico es el puente que nos permite a los seres humanos superar el estado de soledad en que nos encontramos todos, llegando a vislumbrar la plenitud dentro del éxtasis que nunca podremos alcanzar más allá de esos instantes, cuya fugacidad nos recuerda nuestra propia finitud y mortalidad. Que si el erotismo es ese aspecto de nosotros mismos que la vida en sociedad se ha encargado de reprimir y ocultar debido a que es el único en el que podemos decir con justicia que somos libres. Que si, por eso mismo es el aspecto que debemos buscar y fomentar si es que queremos ser más plenamente humanos, es decir, que el erotismo es el que nos puede ayudar a soltarnos de las pesadas cadenas de la racionalidad excesiva para abrirnos el horizonte hacia la verdaderas fuerzas que mueven el mundo de lo humano. Todo eso se puede decir, ciertamente, y, si el que lo dice lo sabe decir, muy probablemente cautivará a más de un individuo y dará la impresión de ser inteligente, culto y tantas otras cosas. La gente inteligente, liberal e intelectual habla de erotismo, y de su frecuente compañera la sexualidad, sin pelos en la lengua y en su justa medida. Además, todo eso que se puede decir puede tener su sustento en alguna experiencia o vivencia de lo erótico que los escuchas de los discursos bien pueden reconocer como similar a la suya propia, y es que cuando intentamos reconocer nuestras experiencias con lo erótico en algún discurso que verse sobre el tema, es fácil que estemos de acuerdo con casi cualquier discurso que hable al respecto sin caer en lo grosero, debido a la obnubilación del juicio que suele acompañar a las experiencias con lo erótico. Basta con que las palabras rocen siquiera las mismas pasiones que son estimuladas por lo erótico para que estemos dispuestos a admitir que se está hablando de lo mismo. De allí que lo erótico en las palabras, las imágenes, las obras, los actos, o lo que sea, tenga tanta fama y popularidad. Y si lo que se dice vincula a lo erótico con otros planos de la realidad, seguramente les haremos caso, y tal vez esté diciendo alguna verdad, pero eso es otro asunto.

La popularidad y la fama de que gozan quienes saben hablar acerca del erotismo nos lleva a hablar del otro punto de vista que mencioné antes, el cotidiano, popular o vulgar, esto último sin tono despectivo. Como ya dije, es muy frecuente que se vincule al erotismo con lo sexual, y es en esa vinculación en donde podemos encontrar a este punto de vista. Cotidianamente, la opinión que se tenga del erotismo o de lo erótico, va de la mano con la opinión que se tiene del sexo, y resulta que la opinión que tenemos del sexo no es siempre la misma: a veces pensamos en lo sexual desde la consideración de la belleza que hay en ello, y a veces lo pensamos desde el pudor y la ausencia de éste, es decir, desde lo impúdico. Por ende, el erotismo a veces parecerá bello, portador del ritmo y armonía característicos de la vida, y a veces nos parecerá ofensivo y opuesto a todo recato y decoro. Lo que sucede, a mi parecer, es que lo sexual no sólo se relaciona con lo erótico, sino también con lo pornográfico y, en el contexto económico en que nos encontramos, con el negocio, pues el sexo es una mercancía más. Cierto, el sexo y el erotismo pueden apuntar hacia el germen de toda vida, hacia la más excelsa experiencia que como seres limitados podemos llegar a tener, pero también, y esto en muchas ocasiones, hacia el morbo, que es la atracción o afición por lo desagradable u obsceno. En ese sentido, soy de la opinión que desde este punto de vista, el que he decidido mentar popular o cotidiano, lo erótico a veces se comprende como aquello fascinante o encantador, y en otras ocasiones como algo impúdico e irreverente, desafiante de las buenas costumbres y cosa de morbosos.

Desde mi particular punto de vista, creo que ambas perspectivas, la culta e inteligente y la popular y cotidiana se complementan, pues no podría haber ese prestigio intelectual y cultural de quienes tratan el tema sin la fascinación popular por lo que, sin dejar de ser misterioso en cierto sentido, representa un desafío al rigor inmovilista de ciertas corrientes.

Ahora bien, resta explicar por qué me he referido a todo esto como algo decadente. Pienso que la manera de comprender al erotismo que se deriva de todo lo que aquí he dicho es la de que el erotismo aparece como algo lejano a nuestras vidas; como cosa de personas especiales y en cierta medida superiores al común de las personas que no dejan de vivir sometidos a una multitud de reglas y lineamientos de vida (ya civiles y sociales, ya morales y éticos, ya religiosos o ideológicos). Es decir, el erotismo no se deja de entender como algo que, al menor originariamente, debería estar prohibido o por lo menos escondido, algo que no se debería ostentar sin ton ni son, sino ser tratado con respeto, a veces con miedo. Todo ello ocasiona que, en ocasiones, quienes se sienten parte de esos pocos que sí pueden hablar de lo erótico o de manera erótica, sin ningún problema, volteen a ver desdeñosamente al conjunto de párvulos que viven llenos de vergüenza por sí mismos, y que éstos, a su vez, vean como algo extraño y fascinante a aquéllos. En ese sentido el erotismo está en decadencia, según yo, por la extrañeza con que se le mira y asume, pues, incluso quienes fomentaran una vida desenvuelta y libre de prejuicios ante lo erótico (y ante lo sexual en general), estarían pasando por alto la presencia innegable, en mayor o en menor medida, algún aspecto de la vida humana.

Descubrimiento

“… all are there forever falling

falling lovely and amazing…”

La mano que sostenía la pluma se movía como inspirada por algo más que su voluntad. Él sólo sentía cómo iba escribiendo sin que pudiera decidir qué o cómo hacerlo. Su asombro era grande al percatarse de que no le faltaba coherencia a lo que iba apareciendo escrito en la hoja. Una sensación como de liberación y bienestar lo llenaba. No se lo podía explicar.

 

Llevaba varias semanas intentando escribir algo que valiera la pena; pero hasta entonces, nada. Se empeñaba en forzar a su imaginación a concebir situaciones extraordinarias y fantásticas, que valiese la pena contar, y que su inteligencia fuera capaz de articular de la mejor manera, para hacer algo magnífico; algo totalmente fuera de lo común, que le permitiera al lector, al leerlo, tanto como a él, al escribirlo, escapar por un tiempo de la gris vida cotidiana, hacia lugares mejores y bellos.

Siempre había pensado que tenía madera de escritor y de hecho ése era su sueño desde pequeño. Era sólo cuestión de tiempo para que llegara el momento preciso: aquel en que finalmente pudiera dedicarse de lleno a la escritura, y a la creación de mundos y personajes ficticios y hermosos: felices. Sólo tenía que esperar pacientemente. Hasta seis meses antes de ese día, invariablemente había estado saturado de actividades y compromisos con los que debía cumplir, tanto con la escuela, como con su familia, compañeros y novia.

Como era todavía bastante joven (contaba con poco más de 23 años de edad en esos días) también era normal que ocupara parte de su tiempo en distracciones, charlas y pasatiempos con sus congéneres y amigos. Nunca le quedaba tiempo para dedicarse a su sueño. La vida social y académica lo dejaban bastante cansado como para no hacer nada en sus tiempos libres, aparte de relajarse, divertirse y reponerse para seguir cumpliendo con sus obligaciones.

Por fin todo eso había terminado. Se hubo graduado del colegio de leyes el semestre previo, y adquirido el título de jurisconsulto que le permitía ejercer cualquier oficio relacionado con el Derecho. Todos sus conocidos estaban orgullosos de él. Después de tanto estudio y desvelos, por fin su esmero estaba por rendir frutos. Era cosa de que se decidiera a ejercer y se vería recompensado con creces. Después de todo, había sido uno de los mejores estudiantes de su generación. Con un promedio impecable, además de la participación en varias actividades y eventos complementarios al plan de estudios de su carrera, gozaba de la mejor reputación que se podía esperar de un estudiante de licenciatura en esos tiempos. Además, tenía muy buenas relaciones tanto con sus compañeros como con los docentes y con los encargados de la administración escolar, lo cual siempre podía servirle en cuestiones académicas. Su futuro era prometedor.

Cuando caminaba por las calles de su vecindario, no faltaban las voces que, refiriéndose a él, soltasen una multitud de elogios y cumplidos. Al verlo pasar, la gente lo saludaba con el mayor de los respetos. El que alguien de esos rumbos terminara una carrera universitaria era algo muy respetable por extraño y difícil. Esa era la opinión usual; por eso lo reconocían e incluso envidiaban. Seguramente se trataba de un individuo diferente, quizá superior en cuanto a inteligencia y agudeza. Todo indicaba que su logro tendría que llenarle de orgullo y autoconfianza; pero no era así, por lo menos no en los meses anteriores.

Justamente después de su egreso del colegio, se había dicho que ahora sí se podría dedicar a la escritura. Ya no se vería limitado en cuanto a tiempos ni confinado a pasar el día en la facultad, dedicado a trabajos que sólo lo aburrían o molestaban. Los artículos, investigaciones, cédulas y documentos relacionados con su carrera ya no lo ocuparían ni le quitarían más tiempo del que ya lo habían hecho. Escribir esas cosas era tan fastidioso y repetitivo que esperaba no tener que emprender la redacción de algo así en su vida. Por supuesto que esa molestia no se alcanzaba a notar en los escritos mismos, pues fascinaban a todos sus colegas y lectores. A nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido dudar de que ese joven hubiera nacido para las leyes, con el gusto y la vocación por ellas.

En un principio se había intentado convencer a sí mismo de que así era, y efectivamente lo hubo logrado: llegó a creérselo por mucho tiempo; de lo contrario no hubiera soportado los siete años que duró su carrera. A excepción del primero y el último semestres, en los demás se las había arreglado para estar seguro de que eso era lo que deseaba y para lo que estaba hecho. No obstante, siete meses después del término ya recordaba que no era así. Él quería ser escritor de novelas, narrador de historias y cuentos, todos ellos salidos de su propia mente y fantasía.

No lograba concebir que hubiera personas, incluido él mismo durante el tiempo que duró su carrera, que eligiesen ocuparse de asuntos tan vacíos, aburridos y terribles como el Derecho y otras tantas disciplinas con los mismos defectos. Su opinión era que la belleza inherente a la vida y a la naturaleza nada más podía animar al espíritu humano a actuar y esforzarse en el mismo sentido: hacia lo bello, lo vivo y lo armónico. Frente a eso, las leyes, las teorías y los discursos de su área, por ejemplo, parecían tan carentes, limitados y contrarios a la plenitud del mundo alegre y vital. Por supuesto que él prefería buscar esto último y expresarlo bellamente, lo cual únicamente era posible, según se daba cuenta, desde los terrenos del arte. Su ineptitud técnica en lo concerniente a las otras artes, como la pintura o la música, lo habían hecho saber desde antaño que lo suyo sería la literatura. Ahora ya no tenía pretextos.

De allí la gran frustración que lo había llenado durante el último medio año. A pesar de sus múltiples intentos por iniciar alguna narración valedera, nada. La mayor parte de las veces no lograba vencer el estupor ante la inmensidad imponente de la hoja en blanco, lo cual lo hacía retirarse sin haber escrito una sola letra. Otras, comenzaba con algo pero pronto se percataba del sinsentido de lo que escribía y se detenía. Entonces se sentía derrotado ante ese montón de papel y tinta que se negaba a dejarlo sacar las innumerables visiones y ensueños que su alma había estado creando. Incluso había llegado a pensar que nunca lo lograría; que se había engañado toda su vida por una quimera idiota. Claro que no podría ser un escritor. Los escritores eran hombres con vidas emocionantes y magníficas, llenas de aventuras y eventos extraordinarios, de los que su corta existencia carecía por completo.

Con todo, ese día, cuando la resignación ya había llegado a ser casi absoluta y llevaba ya varios días de haber abandonado la esperanza y guardado sus cuadernos y bolígrafos, se sentó al escritorio, sacó una hoja y tomó una pluma. Algo había sentido ese día. No lo hubiera hecho si la sensación que lo embargaba desde en la mañana no hubiera sido atípica. Casi se diría que se sentía emocionado porque esa vez el aburrimiento no lo había invadido por completo. A pesar de haber llevado a cabo la misma rutina de todos los días, en esta ocasión había habido algo distinto.

Por supuesto que la sensación no había logrado sacarlo de su escepticismo respecto a sus capacidades literarias; pero decidió sentarse a su escritorio por lo menos para darse cuenta de su fracaso por última vez y renunciar del todo. Al estar sentado con papel y pluma sobre la superficie plana, sorpresivamente, todos los eventos del día fueron llegando a su mente, uno después de otro, cada uno lleno de detalles en los que no había reparado al momento y que los hacían parecer totalmente otros que los que había vivido realmente; mucho más distintos eran a los de los días anteriores, en que hacía exactamente lo mismo. Se dio cuenta de la inmensa riqueza de detalles de que estaba llena su rutina: encuentros con otras personas, visiones de paisajes y situaciones, charlas menos vacías de lo que había pensado, todo ello con un sentimiento contrario al de la inmensa soledad en que siempre había creído que se encontraba. En verdad no recordaba haberse sentido tan bien como ahora se daba cuenta de que había sido. Era como si algo dentro de él se empeñase en negarse a ver todo lo que había allí, y a aceptar el bienestar que lo quería llenar, lo cual podía ayudarle a que la frustración y el enojo no fueran absolutos.

El ánimo llegó a su ser al instante y su mano comenzó a hacer que la pluma escribiese, como poseída por alguna fuerza más allá de su propia voluntad; pero que no iba en contra de ella. En ningún instante sintió ganas de resistirse a esa sensación que movía su mano, pues no era para nada violenta. Era como si la riqueza descubierta en la cotidianidad le mostrase que no hay que pensar en hacer cosas fantásticas e increíbles más allá  del mundo cotidiano, e incluso contrarias a él; que basta con confiar en la belleza de todos sus detalles, que hacían que lo repetitivo no tuviese un lugar dominante en él. No hay razón suficiente para pretender escapar a realidades mejores; simplemente hay que asimilar lo bueno, lo bello y lo verdadero de la propia realidad, la mejor de las posibles, y así, emergerán aquellos otros mundos, sin abandonarla a ella del todo.

 

A partir de ese día, no volvió a intentar escribir algo extraordinario y opuesto a lo cotidiano y, sin embargo, con el tiempo se convirtió en el mejor escritor de literatura fantástica que hubiera nacido en su joven patria: la estrella  Ganz Syngetraumfühlt XXIV.

 

La belleza

A Mario Cornejo, por hacerme partícipe de su sentir

 

 

“Es el amor, ese insondable impulso hacia la belleza,

Lo que provoca a un racionalista querer ser Res Extensa”

Mario Cornejo

 

Hay cosas que definitiva e irreprochablemente son bellas. Pero afirmaría que no hay nada mejor que la belleza que salta a la vista en algún espécimen humano, la belleza del hombre. Aunque también tengo presente que se dice de cierta belleza emocional –interna, como dicen los más– en los hombres, por el momento referiré a la belleza corporal, pues la otra es difícil de juzgar, de encontrar y quizá hasta de distinguir, es ese cúmulo de “no sé qué” que nos hace hablar de filantropía y sazones por el estilo. Sin embargo, como lo he dicho, por ahora quiero que pensemos en la belleza del cuerpo, de las formas y del rostro, no porque sea menos complicado hablar de ésta, sino porque me resulta mucho más amena su mención.

Para comenzar, la pregunta de siempre ¿qué es la belleza? Que diferirá bastante de qué nos parece bello o qué nos agrada, ya que es mucho más abstracta porque evoca generalidad. Para responder a esta cuestión la entrada del Diccionario de Filosofía de Abbagnano recuenta las formas en las que se ha entendido lo bello, rescato en particular la que envía hacia Cicerón y sus Disputaciones Tusculanas, cito: “… En el cuerpo existe una determinada conformación armoniosa de los miembros unida a una cierta suavidad de color, que recibe el nombre de belleza…” (IV, 31). Esa belleza como armonía, proporción y color parece estar ahora tan vigente como lo estuvo para Cicerón. Claro que comparar la proporción en épocas y que fuese la misma para todos los casos, ya es cosa harto distinta. No sé qué tan proporcionada sería Angelina Jolie al lado de la Venus de Milo, por ejemplo. Como sea, no cabe duda de que los estándares de belleza han sido trastocados y modificados infinidad de veces a lo largo de la historia y de aquí que no veamos tan próxima o semejante la belleza de la Venus de Milo a la de Angelina Jolie. El paradigma actual es: delgada en extremo, alta y voluptuosa. Modelo con el cual muchas mujeres salimos poco victoriosas al querer adecuarnos –sobre todo el cuerpo de la mexicana se aleja bastante del paradigma ya indicado– y comienzan los problemas, que van desde cómo comprar ropa extranjera hasta los de salud, como bulimia o anorexia. Y ni modo, lo hemos aceptado sin más, eso es lo que entendemos –o lo que entiende la mayoría– en la actualidad por belleza, aunque ¿qué tanto esta concepción obedece lo que dijimos con Cicerón acerca de la belleza? No creo que mucho si pensamos únicamente en el lado de la proporción y armonía, aunque sí mucho si lo que cambió fue precisamente nuestra visión acerca de proporción y armonía, lo cual está raro, pues modificar lo que se tiene como proporción y armonía ya suena absurdo.

Ahora, si sostengo que para decir de alguien: es bello, corremos a comparar su imagen con la de El David, ya se estoy en un error. Hasta donde sé en la vida cotidiana no sucede de este modo, sólo vemos a alguien y sabemos prontamente si es bello o no, sin necesidad de evocar ninguna escultura ni ningún poster –quizá no evocamos nada, conscientemente. Eso lo digo no sin reservas–. Mas, ¿cómo sabemos que alguien es bello o no? Muchos dicen que el gusto se rompe en géneros, así la belleza del sapo es la sapa y siempre hay un roto para un descosido; pero no sé qué tan verdadera sea esa moción, como lo dije, los paradigmas acerca de lo que será tomado por belleza corporal se han vuelto muy estrictos. Una respuesta laxa sería que se sabe que alguien es bello cuando ese alguien está de acuerdo al modelo. En la vida real basta con que se aproxime un poco, pues los cuerpos esculpidos, brillantes, proporcionados y demás no se encuentran fácilmente, es de suyo no hallarse en cualquiera. El paradigma implícitamente es lo ejemplar, lo perfecto. La belleza corporal es eso, el cuerpo humano con formas armoniosas, deseables, agradables a la vista, en una palabra: perfectas. Qué será tomado por perfecto ya es una pregunta más difícil de contestar.

Regresando a uno de los primeros puntos, en la Antigüedad, la belleza corporal no alcanzaba para fijar que una mujer o un hombre eran bellos o, más allá, se sabía que la belleza estaba ineludiblemente relacionada con lo bueno y lo verdadero. Es decir que lo que era bello, poseía además las virtudes del bien y la verdad. Cosa prácticamente contraria se sabe en estos tiempos, un cuerpo excesivamente bello guarda un interior poco sobrio, uno bobo, vacío quizá. El cuerpo, en algún momento inmemorable, rompió su vínculo con lo que sea que se encuentra en el interior del hombre y se hizo común prestar atención y cuidado a uno solo de estos dos polos, o se era bello o se era bueno y verdadero, se hicieron pues cosas distintas. Se procura uno a merced del malestar del otro y viceversa. La belleza de ahora, nada tiene que ver con ser bueno y verdadero, creo que incluso la vida misma tiene poco que ver con ser bueno y verdadero. Se sabe que alguien es bello porque luce bien y eso sólo abarca el aspecto físico. Luego entonces, la belleza que referimos líneas arriba con Cicerón ¿es aún o se asemeja a la belleza actual? Sí, en el sentido de proporción y demás, pero se aleja al querer verla integralmente con algunas virtudes. El asunto es que en la actualidad eso del lado interno del hombre o los valores y demás, ha sido hipócritamente desplazado por las meras apariencias, y digo hipócritamente porque se pide que todos seamos buenos al tiempo que se exige que debes lucir la belleza externa, y como lo dije, la ruptura entre ambas cualidades es insalvable.

La belleza actual comprende ropa, maquillaje, grandes músculos y cosas por el estilo porque la belleza de ahora se goza, se degusta materialmente también. Se disfruta cuando se da. La belleza por antonomasia –ahora– es la hechura plenamente constituida; la complexión de carnes con cadencia, de rostros alineadamente formados y de sonrisas de comercial. La belleza de ahora es superficial, de afuera. Y pocas cosas hacen menester para componer lo externo, lo verdaderamente complicado –razón por la que en lo personal creo que se ha tergiversado la idea clásica de belleza– es formar lo propio del interior, lo que señala al hombre como tal sin relacionarlo con su carne.

Entonces ¿cómo decidir si alguien es bello o bella? Nos haría mucho bien justificar la belleza al lado de El David o La Venus de Milo en cuanto a lo externo compete y en cuanto a lo interno, quién sabe qué tan bueno o en qué ocasiones se debe preguntar. Empresa titánica será encontrar a alguien con los atributos de tales modelos, estoy casi segura que no los habrá. Que quede claro, empero, que la belleza de bisturí o de ropa de exclusivos diseñadores no es belleza legítima, es belleza creada, falsa, irreal. Se supone que la belleza de verdad debe ser innata, se es bello de formas y de rostro o no y punto.

La cigarra

Por fin a mí tú has llegado.

Hace tiempo que te esperaba.

Ahora estoy enamorado

Como hace mucho no pasaba

 

Has irrumpido en mi corazón

Y lo has colmado de alegría

Con una intensa emoción

Que no me deja en todo el día.

 

Te he amado siempre, y tú ya sabes eso

A pesar de que apenas nos hemos encontrado

Desde ese divino día, invariablemente rezo

 

Por que tu bella alma, tan poco ha conocida,

Bien guardada sea de algún terrible embeleso,

Que quiera traicionar a esa vida tuya tan querida

 

Por A. Cortés:

Por ser este escrito una respuesta, pido al lector que tenga bien presente el texto de Martinsilenus al leer aquéste.

Heaven make thee free of it!

Mientras leo el escrito de Martinsilenus, me pregunto si acaso es resabio de la tragedia shakespeareana el sentimiento de arrojo sin sentido que parece permear cada letra suya; o si no será por ella que el hombre que vese reflejado en el espejo de la vida refuerza su vital apego al mundo. ¿Qué será esto que obra el poeta en el alma con su Hamlet?

Parece ser la sugerencia que es la belleza “terrible” la que infunde en nuestro ánimo la sensación de pequeñez que nos expone como espíritus simples, débiles y quebradizos. Es ésta una belleza erigida como monstruosa gigante, alejada de todo alcance humano, y brillante con un fulgor que quema por dentro los ojos. Si trata de tenérsele como botín, rebasa toda jaula y destruye todo abrazo: es inapreciable e inapresable. La mirada mortífera de la belleza actúa inmediatamente sobre la lengua y la paraliza, y todo aliento se estanca en la boca del estómago en un súbito espasmo. Si no es así que actúa sobre nosotros, ¿por qué nombrarla terrible?

Acaso es ésta la belleza supuesta por los enfermos de romanticismo, y por los moribundos del veneno de un amor que, como a Hamlet, carcomen por mucho tiempo. Y debe de ser mucho el sufrimiento de esta índole que, aunque los pensamientos del amor que lo provocan sean veloces como el impulso de su venganza, perdure por tanto tiempo. Es una fuerte corrosión que no termina, un alarido doloso que con cada ápice que decae la voz, se fortalece. Quien sufre de este mal sólo mira en la hermosura su sentencia de muerte. Pero sólo es posible entender así la belleza si se vive como Hamlet: no como el espejo de la tragedia shakespereana, sino como uno de sus personajes. Hace falta haber sido injuriado por la más voraz afrenta para que la vida de verdad valga tan poco, y para que la hermosa y joven Ofelia nos parezca la más lúcida imagen del destino perdido.

¡Pobre de esta joven!, grita Martinsilenus. No hacemos nada, y la vemos perecer, hundidos en la impotencia: eco de la vida propia. Eso es ciertamente doloroso y pesado; mas no es la señal que recuerda lo vano de tener algo por sagrado; muy al contrario, es la imagen que lo subraya y enaltece. Que el hombre pueda tener algo como sagrado, y que le sea tan terrible el arrebato del canto de la joven, muestra que lo sacro es por él adorado sin otro móvil que su natural impulso; no puede más que ser en definitiva, una de las más asequibles muestras de una frágil belleza que se tiene con cuidado. Es una belleza tierna y cálida, maravillante y de dulce sonrisa, que no quema los ojos sino que les da más brillo. No grita ensordecedoramente, canta. Después de haberla visto, las cosas no parecen secas y viejas, no se caen los edificios como escombros mal cimentados; sino que todo parece más fuerte y verdadero. Hamlet es la imagen de quien tiene desde el inicio el veneno en su sangre: no puede más que contemplar en la belleza el signo de la decadencia de lo humano, es la “terrible” belleza. Muy por el contrario está la bella Ofelia, frágil y delicada, que nos hace sentir que no hay cosa que se mantenga siendo la misma después de su última voz en la tragedia, canto fúnebre dirigido al Cielo.

La belleza, que no es lo mismo en Hamlet o en Ofelia, tampoco es lo mismo para Shakespeare; y si en algo concuerdo con Martinsilenus es en que no es posible concluir de Hamlet que a la muerte se reduce todo. Parece que el contraste es necesario en el sentido de la tragedia, y que la confrontación de éste es en realidad un encuentro con nosotros mismos. Es un choque entre fuerzas que no se dejan ver plenamente distintas, ni se separan para tener cada una su voz: son la misma tragedia. Parecería que la tragedia verdadera no podría ser espejo de la vida, sino más bien, una multitud de espejos de lo humano que enhilan las vidas y acciones grandiosas lanzando en todas direcciones rayos que alumbran ora esto, ora aquello. A veces la venganza nos dice mucho de quiénes somos, a veces los banquetes, y a veces las negras noches fantasmales.

Si doy por cierta la declaración que hace Martinsilenus de que dijo puras mentiras, entonces todo lo anterior deja de ser diálogo para convertirse en un monólogo inspirado por lo que de él leí en el blog, y parece que eso esperaría de mí porque atribuye el mismo grado de mentiroso a Shakespeare cuando él lo lee; pero si, como poeta, en lugar de mentir él imita para decir alguna verdad que no se deja decir en prosa directa, entonces lo que aquí digo no está solamente lanzado hacia la nada (arrojado al mundo), sino que tiene un sentido y responde a alguien que hablando con nosotros se deja ver en alguna medida y después, como imagen fantasmal impresa en la obscuridad de la noche, se desvanece sin contestar escapando de ser interrogado sobre la verdad más importante.

“… hay quien afirma que el amor es un milagro…”

En lo que sigue les hablaré acerca de la vida humana. De la trágica existencia a la cual hemos sido todos arrojados sin habérsenos preguntado al respecto. En las siguientes líneas intentaré hacerles ver, de manera fehaciente, la futilidad de cualquier empresa o compromiso que como seres humanos nos podamos proponer. Sin embargo, no puedo dejar de decirles también que lo que está escrito a continuación no es más que puras mentiras. Mentiras inspiradas por el diálogo con la obra de un grande, quizás el más grande de todos: William Shakespeare.

Y es que, ¿qué puedo yo, un simple y vulgar espíritu, aspirar a decir cuando se me presenta la ocasión de hablar de Hamlet, príncipe de Dinamarca? Sin duda puras mentiras. Y es que la misma tragedia no es más que eso. Aunque mentiras bellas, por supuesto, que es lo más valioso que nos puede ofrecer un poeta. De hecho es lo único valioso que podemos encontrar en este mundo corrupto y desgraciado: la belleza. La terrible, terrible belleza. Y es terrible porque nos rebasa. Es terrible porque nos muestra la verdadera impotencia que nos caracteriza o define dentro de la confusión en que nos encontramos. Es terrible porque se termina o muere. Muere como la joven y hermosa Ofelia, cuyas “… vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, arrebataron a la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte.” Es terrible porque sucumbe frente al torrente de injusticias y traiciones que es la puesta en escena que llamamos vida. Y nosotros no podemos hacer nada, mientras sólo la vemos perecer. Y aun más, ni siquiera queremos hacer nada por ella, inmersos como estamos en nuestros propios intereses, negocios, planes e intrigas contra nuestros semejantes. Imbuidos por nuestras ansias de poder, colaboramos para ultrajarla, entregándonos a acciones indignas y vulgares, pérfidas y mediocres, que atentan contra todo lo que alguna vez ha sido sagrado para el hombre.

Y dentro de un contexto corrupto y vulgar como el que se encarga de dibujar el poeta y que toma como escenario la corte del reino de Dinamarca, ¿puede haber algo por lo que valga la pena permanecer firmes y sin claudicar ante la siempre abierta posibilidad de dejar de ser? De manera superficial, podríamos pensar que no, pues, además de lograr vengar la muerte de su padre matando a su tío Claudio, causante de la muerte del rey de Dinamarca, Hamlet pierde la vida y se lleva consigo al íntegro Laertes, cuyo único móvil para desafiar al príncipe fue el amor por su propia familia, aparentemente deshonrada y asesinada por aquél. Si lo único que queda, después de todos los eventos que se suceden en la obra (espejo de la vida, como todas las buenas obras poéticas), es la muerte de casi todos los protagonistas, entonces sí parecería que no hay nada valedero en la escena de la vida; sería cierto que todo da lo mismo y que lo más sensato que podemos hacer es ver la vida pasar, desde nuestra confortable y lejana existencia. En la disyuntiva entre ser y no ser, de acuerdo con eso, acabaría ganando el no ser, pues hacia él nos encaminamos todos, sin excepción ni diferencia substancial, y tendríamos que hacer lo posible por alcanzarlo de manera rápida.

Hay que recordar, empero, que la obra trágica es el fruto del ingenio del poeta. Pensar que a la muerte se reduce todo y que el principal sentido de lo que es, es dejar de ser de manera definitiva, y que eso es lo que nos enseña el poeta mediante el príncipe de Dinamarca, sería subestimar su talento poético, por un lado, y, por otro, olvidar que la vida es multifacética, al igual que lo es el mundo en que vivimos. En pocas palabras, sería pecar de soberbios y de ingenuos a la vez, con lo que estaríamos comportándonos con menos razón y juicio que el mismo príncipe Hamlet, cuando se hace pasar por un loco.

Para no caer en ninguno de esos excesos, por lo pronto, podemos hacer dos cosas: una en relación con la obra trágica que nos ocupa, y otra más allá de ella.[1] En relación con Hamlet, hay que aceptar que la trama no termina con las muertes de los reyes, del príncipe y del hermano de Ofelia, sino con el reconocimiento que el príncipe de Noruega hace de las virtudes del joven Hamlet y con la pompa preparada en su honor y memoria; esta última enaltecida y recordada cordialmente por parte del fiel Horacio. Lo anterior nos da cuenta de que después de todos los sucesos trágicos, queda vivo el recuerdo de quienes lo merecen por su grandeza y bondad, lo cual es muestra de que no todo es corrupción y miseria, como sugerí al principio, gracias a la intervención del amor, eterno acompañante de la belleza, y, en ocasiones, no menos terrible que ella (pues la fidelidad del amigo Horacio no es otra cosa que manifestación del divino amor).[2]

Por supuesto que hay otros muchos temas de los que se podría hablar, tomando como base esta obra shakespeareana, y reconozco mis limitaciones tanto verbales como interpretativas para abarcar y entender todo de lo que Hamlet nos habla, como la traición, la venganza, la locura, la amistad, la comedia, etcétera; pero para todo eso ya habrá otras ocasiones.

Me despido, entonces, no sin antes recordarles que todo lo anteriormente dicho son mentiras, por lo que recomiendo ir al reino de Dinamarca y, con la propia lectura y conversación con los personajes, encontrar sus propios puntos de vista.


[1] En cuanto a la segunda de estas dos cosas, no me referiré a ella aquí de manera explícita, pero creo que se podrá inferir con facilidad, si aceptamos que la obra poética de que hablo aquí es una suerte de espejo (por no decir mimesis) de la vida humana, por lo menos en uno de sus aspectos, lo que significaría que la primera cosa es como un espejo de la segunda (o puede serlo).

[2] Ya habrá oportunidad, por cierto, de reflexionar acerca de la presencia del amor a lo largo de esta obra, ya que, pienso, es el único protagonista que nunca está ausente de la escena, aunque no siempre aparece con el mismo rostro.

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