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A raíz de un reencuentro…

Hay personas que dicen que recordar es vivir, y viviendo en consecuencia buscan reencontrarse con el recuerdo de lo sucedido, es decir, buscan ver nuevamente a los amigos de antaño, aquellos seres que no sólo figuran como testigos sino como participantes de un mismo tiempo pasado. Por el contrario hay quienes evitan recordar ciertas cosas y conforme evitan el recuerdo evitan el reencuentro con determinadas personas, las cuales también figuran como testigos y participes de aquello que se pretende dejar a un lado, en los terrenos propios del olvido.

Estas posibles actitudes ante el recuerdo, es decir la búsqueda o la huida del mismo, nos habla un tanto sobre el modo de ser de la memoria que recuerda. En cierto modo el memorioso recuerda voluntariamente, por eso busca traer nuevamente a su corazón lo vivido, quizá por ello busca reencontrarse con los fieles testigos de lo hecho o lo omitido. Pero también recuerda sin querer, pues no puede decidir plenamente qué recordar y qué no, tener tal poder supone la capacidad de anteponerse al recuerdo sabiendo lo que se ha de recordar.

Recordar con ayuda de un testigo es, en cierto modo, quedar a merced de la buena o mala memoria de dicho testigo, pues aquello que nos recuerde no necesariamente es lo que buscamos recordar y bien puede tornarse lo que sería un buen reencuentro con el pasado en un reencuentro doloroso con aquello que se pretende dejar en el olvido.

Un recuerdo no puede ser elegido a ciegas, yo no puedo decidir plenamente qué recordar y qué no si no recuerdo al menos una parte de aquello que pretendo traer a la memoria. En cierto modo la disposición para recordar algo con detalle, depende en gran medida de ya haberlo recordado a grandes rasgos, por ello aceptamos o rechazamos un reencuentro con aquellos fieles testigos de lo vivido. Por lo general, pensamos en esos testigos, con los que queremos recordar algo, no como meros testigos, sino como amigos, los cuales no siempre se encuentran a nuestro lado.

No creo que la amistad memoriosa sea reducible a mera permanencia física o a los comentarios sobre los eventos del momento o de la vida, más bien radica en la formación de recuerdos, es decir, en la sucesión de encuentros sinceros que permiten el reconocimiento de dichos testigos como tales, aún a pesar de los grandes cambios que se presentan a lo largo de la vida.

Sé que este modo de pensar en la amistad no es claro y evidente, pues depende más de nuestra experiencia amistosa, memoriosa e indagadora de recuerdos que de una definición de diccionario. Sin embrago, considero que esta oscura experiencia es un buen punto de partida para comenzar a ver la naturaleza voluntaria y no voluntaria del recuerdo.

 

Maigo.

“Eso es lo que se llama hablar.

Creo que ése es el término.

Cuando las palabras salen, vuelan por

el aire, viven un momento y mueren.

Extraño, ¿no?”

(Ciudad de Cristal)

Yo creí que todo iba a ser como era antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Un ambiente muy cordial nos acompañaría de nuevo, después de tantos días de no estar juntos; y es que yo creí que el volver a estar con él nos recordaría los días pasados, la amistad de antes, en la que no importaban las presunciones, la erudición ni las jactancias. Pero es que no contaba con el hecho fehaciente de que ya no somos los mismos de antes. De hecho comienzo a dudar de que alguna vez fuimos quienes decíamos y pensábamos que éramos, cuando creíamos que éramos; antes de saber que éramos (en cuyo caso ya no sé en qué pensaba cuando pensé que sería como antes). Y es que en eso de ser siempre es diferente el creer que el saber. A este último se le tiene en tanta estima, y a aquél se le ve tan mal. Yo no sé por qué, y la verdad no me interesa saberlo. ¡Ya estoy harto de que todos digan que saben todo! Me es indiferente que lo sepan o que no lo sepan. Al fin yo sólo sé que no sé, aunque sé que creo y que en esto de las creencias casi siempre estoy mal. (Y no es que presuma ser como ese antiguo personaje que decía que no sabía cuando era evidente para todos que sí sabía). Tampoco es el caso que yo finja que no sé lo que sí sé, pues todo el tiempo me echan en cara que no sé lo que digo como si lo supiera, aunque estoy seguro de que no lo sé. De esto sí estoy seguro, o al menos eso creo. La verdad es que eso no me importa. Me he dado cuenta de que no estoy aquí para saber, ni lo he estado nunca; a decir verdad (no le vayan a decir a ellos nunca) ninguno de nosotros lo estamos ni lo hemos estado. Pero eso ya no importa. Más bien creo que eso no importa. No me interesa que eso sea cierto o no lo sea.

En fin, yo creí que todo iba a ser como antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Pero un ambiente muy cordial no nos acompañó esta vez. ¿Para qué perder el tiempo diciendo lo obvio? Ya todos lo sabemos. A nadie le importa qué piense yo al respecto. Después de todo son sólo creencias, y esas no pueden ser verdaderas. El criterio para juzgar a las creencias no es el de la verdad y la falsedad. Honestamente, no estoy seguro que las creencias sean susceptibles de juicio, aunque sí estoy seguro de que siempre hubimos actuado como si sí. Ya no importa, y tampoco me interesa. ¿Para qué hablar al respecto? Pura vanidad.

Lo bueno es que no estoy hablando. Más bien todo lo estoy imaginando. Nadie se enterará de lo que imagino, aunque crean saber que sí se enteran por las palabras que ven escapar de mis dedos. ¿Quién lo hubiera dicho? Los dedos son ahora los que dejan salir a las palabras. ¡Y seguimos creyendo lo que ellas dicen! Pero es que, si no lo hiciéramos, todo estaría perdido para nosotros. Mejor dicho, para ellos. Para esos de nosotros que confían en los dedos, como antaño confiaban en la lengua, esa babosa que descansa (o no descansa) dentro de nuestras cavidades bucales (o en algún otro lugar).

Yo, por mi parte, no confío en mis dedos parlanchines. Por lo menos no mientras asumen su papel de parlanchines. Ese papel dado por nadie, sino impuesto por la ausencia de rostros. Esa ausencia que domina todo lo real de unos años para acá. ¡Maldita la hora en que nos dejamos seducir por el anonimato! Ahora nuestros dedos son los que hablan y nadie hay que pueda escucharlos. ¡Pobres dedos! ¡Ingenuos! Ingenuos como nosotros lo somos. Y es que tan sólo de pensar que me estén poniendo atención, como siempre lo hacen. Como piensan que saben que lo hacen, sin hacerlo ni saber que lo hacen realmente. Ya me imagino la expresión en sus rostros, antaño amigables, según mi creencia. Honestamente, lamento no estar allí, para verlos, pero eso es imposible, pues no nos hemos visto desde hace millones de segundos. Segundos que abarcan todo ese espacio infinito que llamamos tiempo por ignorancia. Segundos perdidos. Segundos desperdiciados. Segundos sin importancia. Y son irrelevantes porque los relevantes son los primeros. ¡De los segundos nadie nunca se acuerda! A pesar de que tantos y tantos segundos nos terminan agobiando. Lo bueno es que agobian a los que saben, o a los que dicen que saben; no a los que creen. Y yo creo que creo. Eso no es necedad, por cierto. No vayan a pensar que sólo hablo por hablar. Mucho menos vayan a querer llevarme a una cadena infinito de creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias sobre creencias y así sucesivamente. No vayan a intentar eso, porque los necios serían otros. No yo.

Pero bueno… ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! En que yo creí que todo iba a ser como era antes. Que llegaríamos al aula asignada, a la hora asignada, tomaríamos asiento y conversaríamos como antaño mientras él hacía su entrada. Los comentarios de siempre, acerca del tema del evento del momento y de tantas otras cosas… de nuestras vidas en general. Yo creí eso, y eso no fue. Sin embargo, no tiene caso afligirme ni sentirme mal, pues, como ya dije, eso que creí, como todo lo que creo, no tiene ningún fundamento ni lo tendrá jamás. Así, pues ya mejor no les cuento cómo sí fue todo. Todo fue como ahora, no como antes. Y el ahora no me gusta como me gustaba el antes. Por eso lo mejor será callarme, o más bien callar a mis dedos, de acuerdo con lo sugerido con anterioridad, y esperar a que intenten averiguar cómo es ahora, para lo cual espero que baste lo ya dicho por mis dedos parlanchines y mudos que nadie escucha.

in memoriam

Hoy no tengo muchos ánimos para escribir

Hoy se ha ido un amigo

Del cual en silencio me prefiero despedir.

19 de julio de 2010

Extraños Conocidos

Por A. Cortés:

Imaginen una conversación que tienen dos hombres. Ya tiene un tiempo de que fue iniciada:

-Claro que somos viejos amigos, llevamos conociéndonos por más de treinta años, y pocas personas saben tanto de nosotros como sabemos el uno del otro. De hecho, creo que nadie más que tú me conoce tan bien. No entiendo lo que quieres decirme con esto.

-Es que no es lo mismo decir que nadie te conoce tan bien a decir que nadie te conoce tanto. En eso estaría de acuerdo, te conozco de hace mucho más tiempo que cualquier otra persona; pero de eso a admitir que te conozco muy bien… no estoy tan seguro.

-¿Vas a decir que ya no te acuerdas de cuándo nos conocimos, de lo que hemos hecho, de los lugares que frecuentábamos?

-Por supuesto que no, si te digo que admito conocerte mucho. Lo que no admito es conocerte bien, por eso digo que no podemos ser viejos amigos. Tal vez sería ese el caso si te refirieses a que ya son viejos los recuerdos en los que te veo como amigo. De ellos hay un enorme salto al día de hoy, como de diez años, en los que nada supe de ti. Y luego esta carta.

-¡La bendita carta! Ya déjala en paz. Ya me disculpé por eso: cuando la escribí y mandé saludos no sabía que… pues no sabía lo de tu hija. Cualquiera que sea un poquito educado manda saludos a la familia, ¿no? No era para que lo tomaras como ofensa personal.

-Yo sé que no tenías ni idea, y a eso me refiero: mi hija lleva dos años de muerta, y tú no tenías idea. ¿Piensas tú que un amigo es lo mismo que un conocido de hace mucho tiempo?

-No que cualquiera, pero sí que un conocido de mucho tiempo con el que viviste tanto como tú conmigo.

-No te salgas del tema, estoy tratando de hablar del tiempo. Pero bueno, dices que es amigo entonces con quien vives mucho, ¿no es así?

-Pues claro.

-¿Entonces cómo es que no es amigo tuyo tu padre, si has compartido con él la vida desde que eras niño? ¿Cómo es que no tienes por amigos a otros que conociste a la par que a mí, y con los que has tenido más o menos el mismo “número” de experiencias?

-Ay, no estoy hablando de números de experiencias, sino de lo buenas que fueron. No seas amargado; si lo que quieres es echarme en cara que te abandoné cuando me fui de México dímelo y ya, no tienes por qué darle tantas vueltas al asunto y lastimarme diciéndome mal amigo. Si sabes que no te dejé aquí por ganas de botarte, yo tenía que crecer y no podía quedándome. Eso tú lo sabes bien.

-No me entiendes.

-¡Pues explícate entonces!

-Lo intento. No creo que me hayas abandonado. Creo que te fuiste porque era tu rumbo desde el principio.

-Sí, sabes que desde chico quise huir de este muladar. ¿Entonces por qué me…

-Este muladar es mi casa. Yo fui hecho para quedarme aquí y crecer aquí. Seguramente es este sitio el mismo en el que moriré. Y esta casa es la misma que te vio entrar por primera vez cuando éramos sólo unos muchachos. Desde entonces estaban ya elegidos nuestros destinos, y era obvio para las vistas más agudas que no seguiríamos juntos, pero nadie hubo más miope que tú y que yo.

-Pues si, como si fuéramos niños, me estás diciendo que no quieres ser mi amigo, mejor me voy de una vez, porque nunca he soportado cuando empiezas a darle vueltas innecesarias a las cosas. Sé directo por una maldita vez.

-Es que yo quiero ser tu amigo, y eso es lo que más me duele de saber que no lo soy. Hace muchos años leí en algún lugar que la amistad verdadera necesita mucho tiempo para engendrarse, mientras que el deseo de amistad nace muy pronto.

-No sé para qué me molesté en pasar a visitarte. Debí de dejarlo todo como estaba. Vengo hasta tu casa: yo te busqué a ti, yo te quise reencontrar. Yo soy quien ha intentado que recuperemos el contacto de tanto tiempo perdido, ¿crees que quien hace eso no es amigo tuyo?, ¿crees que no me preocupo por cómo estás?

-Perdona, mi intención no era molestarte ni insultarte. Claro que sé que te preocupas, yo mismo me preocupo por mucha gente también, no creas que soy de piedra. No sé por qué visitarme te resultó molesto. Pero vaya, ya estás aquí, y no tenemos por qué pasar un mal rato juntos.

-Sí.

-Bueno, pues no dejaré que te vayas sin antes contarme qué ha sido de ti desde entonces. Quiero escucharlo todo desde el primer año de vida fuera del país. ¿Cómo fue que…

Dejen ahora de imaginarla. Yo la concebí mientras me preguntaba en qué se basaría la comprensión que dos conocidos tendrían de su amistad tras una separación de muchos años. ¿Con cuál de los dos están de acuerdo?

La Era del Autoamigo

Por A. Cortés:

¿Qué quiere decir esto de que se tiene que garantizar que yo pueda buscar mi propia felicidad? ¿Qué quiere decir que tengo ese derecho? La búsqueda de la felicidad, hasta donde entiendo, no debería bajo ninguna circunstancia dejarse en las manos de alguien tan torpe como yo que, en cualquier momento, puede decidir ir a buscarla en el cine, o en la cancha de tenis, o en el sueño, o en el alcohol, o quizá en la novela de las siete. Imagínense, qué mundo tan fatal éste en el que yo buscara la felicidad: montones de recursos públicos destinados a la obtención de materia prima, desarrollo de técnicas de producción, manufactura, empaquetado y transporte proverbialmente pesado de chocolate a mi casa. “Miles de chocolates me harán feliz”, podría pensar yo, y todos a fregarse, porque quiero chocolate.

Ah, pero se trata de mi felicidad, nada más, no tengo por qué afectar a nadie con mi propia jornada por el espeso y obscuro bosque en el que se esconde. Eso, en cierto sentido, es un alivio para todos. Ahora que lo pienso, es un alivio para mí, que no tendré que ayudar a mi vecino a obtener su felicidad en el ostentoso y exótico jardín que desea extendido en toda una planicie. O al otro conocido que quiere toda su vida pasarla viajando en yate. Para cualquiera resulta un alivio que todos estemos juntos para, entre nosotros, garantizar que cada quién a su modo se hará de las luces para encontrar su propia felicidad sin tener que meterse con la de nadie más y sin pedir de nadie que haga más de lo que tiene derecho a hacer. ¡Qué gozo, no tener que contribuir a la felicidad de nadie más! No tener que acercarme a nadie si no quiero, no tener que trabajar para nadie si no quiero, no tener que dirigirle la palabra, o escucharlo, o que estudiar nada, o que jugar a nada con nadie si no me place en lo más mínimo. Podemos hacer lo que se nos antoje y agachar pesarosos la cabeza cada que a alguien medio menso se le haya ocurrido que lo mejor era saltar a un pozo. Ni modo, no lo podremos nunca juzgar. Pero por fortuna nosotros no hemos saltado al pozo… aún.

Digo, lástima que en este mundo, para que yo tenga derecho a buscar mi propia felicidad, tenga que privarme de los amigos. Es imposible que tenga amigos, porque yo no tengo por qué esperar que alguien puede hacerme bien por quererlo para mí, y no puedo meterme con nadie para contribuir a su felicidad. Todos andamos caminos solitarios que algunas veces y otras no, se encuentran por accidente y nos hacen sentir la dulce ilusión de amistades que seguramente habrán disfrutado los maltrechos e imperfectos pueblos del pasado. ¡Mediocres esclavistas, enemigos de la bienaventuranza del hombre, jurados impíos que reniegan de la libertad! Pensar que hay felicidad común: ¡qué oxímoron más pesado para el destino humano, qué carga más innoble para la espalda de quien antes estaba destinado a mirar las estrellas y ahora carga agachado los bultos de su comunidad como si fuera una mula cualquiera! Tengo derecho a buscar mi propia felicidad, bendita sea, porque mis leyes me garantizan que no hay modo de que alguien más se entrometa en mi camino. Pero dos que se cruzan por serendipia en el nudo de dos caminos que van a diferentes destinos no pueden ser amigos. No importa cuánto anden juntos, no importa cuánto se miren, se escuchen, se hablen, no pueden amistarse, porque siempre terminarán en sitios diferentes. Nadie quiere lo mismo. Si alguien se entrometiera en mi camino, sólo entonces podría ser mi amigo porque iríamos al mismo lugar; pero, ¿qué más espantoso panorama contra mi identidad que ése?

Las sociedades de hoy vivimos bajo el signo del orden salvo, el del bien separado de toda comunidad. El bien sin ser común a nada, no puede ser un sentido, no hay qué ver ni a dónde voltear cuando todos miran a donde mejor les parece. Entonces, no hay bien en realidad. El bien común es una mentira, dicen las sociedades modernas. Lo mismo es decir que no hay bien. ¿Por qué? Porque los hombres no compartimos nada que nos haga mejores como seres humanos y que hallemos en el contacto con los otros. Nada hay que sea placentero y que pueda compartir, y sólo el placer es bueno; lo que comparto no me hace bien. ¡Pero ésa es la base de la amistad! Si fuera el caso de que compartiendo nos hiciéramos mejores, entonces lo que tendríamos de natural sería la comunidad, y eso implicaría el bien común. Eso no se puede, no hay tal cosa, dicen los hombres más doctos. Conclusión: el bien es el placer, el placer es el del cuerpo, y ése lo tiene cada quién sin compartir.

Mi máximo deseo es una inclinación individual que no comparto con nadie, por eso sé que mi naturaleza se dirige a un bien que sólo me compete a mí. No puedo tener amigos verdaderos, porque éstos son en la creencia ilusa de que existen las condiciones naturales en las que los hombres podemos hacernos un bien que es, además de común a todos, el máximo, cuando estamos en cierto modo juntos. Por eso es que los amantes del derecho a la búsqueda de la felicidad tienen que bendecir este maravilloso mundo sin amistad, sin intromisión ni coerciones inhumanas. El mundo de la libertad donde todos somos aptos para gobernarnos a nosotros mismos y decidir qué es lo mejor para cada quién. El hermoso universo en el que el mejor amigo de uno mismo es uno mismo, y su peor enemigo puede ser cualquier otro. Bienhallados los provechos que sacamos de tener la garantía de nuestra vida y nuestra libertad, que son condición necesaria del ejercicio de nuestra propia búsqueda, porque sólo gracias a ellos se han podido callar la boca los pretensiosos llamados alguna vez “sabios”, que andaban toda la vida predicando necedades sobre lo que era bueno para todos, y lo que era mejor para hacernos más felices. Esos necios han muerto todos juntos tarareando su insensata tonada en un unánime sonsonete, y su sepulcro lo adornan nuestros cantos espontáneos, originales, que nacen de cada cual a su manera, y en su tono peculiar.

Un Ratito de Calma

Por A. Cortés:

Nunca en la tormenta

se deja ver el mar.


El ocio es de las cosas más evidentemente provechosas a la luz de la reflexión. Que vivamos en un mundo que lo califica de ‘tiempo libre’ y que en general lo desdeña es síntoma que con igual fuerza revela lo irreflexivos que somos. No sólo los poco estudiados, sino también los intelectuales, los magistrados, los doctorados y, por lo frecuente, casi todos los que pública y privadamente acuñan en mucho su opinión, ven mal a quien no “invierte” bien su tiempo.

Entre más sea el desdén por la crítica seria y el diálogo interesado, mayor es el devalúo de esta aplaudida moneda, que por ser ella misma opinión, se torna en demagogia. Y es que todo mundo sabe que una ocupación que no produzca nada nunca es buena inversión, y platicando no se hacen más pesos que los que se hacen durmiendo.

¿Qué funesta peste puede haber contaminado la sangre de nuestro mundo? El descuido por la palabra se propaga en los mercados, y en la misma medida en que éstos devoran nuestras vidas en todas sus dimensiones, se debilitan los esfuerzos y se demeritan las pretensiones de conservar el buen hablar (y el buen escribir es llevado de corbata). Pero, ¿cómo preocuparse por ello, si no hay tiempo para conversar? Negar el ocio y, con ello, negar las condiciones para pensar qué es lo mejor que se puede hacer con él, es lo mismo que confinarse a una vida que no se puede vivir bien. Y esto es obvísimo, pero para verlo hace falta la calma con la que se platica entre amigos. Es más, hoy hasta parece que nos hace falta tiempo para pensar si acaso tenemos verdaderos amigos. ¿Es humana esa vida?

Que cualquiera se detenga un poco a pensar y me diga si, en el ajetreo del mercado, entre gritos y arengas, regateos y tomadas de pelo, ofertas y baratijas relucientes; que me diga si allí es posible cultivar una saludable amistad. Y que después éste mismo me responda si eso que me acaba de decir, pudo haberlo pensado sin dejar un momento, por pequeño que sea, de invertir bien su tiempo.

“… hay quien afirma que el amor es un milagro…”

En lo que sigue les hablaré acerca de la vida humana. De la trágica existencia a la cual hemos sido todos arrojados sin habérsenos preguntado al respecto. En las siguientes líneas intentaré hacerles ver, de manera fehaciente, la futilidad de cualquier empresa o compromiso que como seres humanos nos podamos proponer. Sin embargo, no puedo dejar de decirles también que lo que está escrito a continuación no es más que puras mentiras. Mentiras inspiradas por el diálogo con la obra de un grande, quizás el más grande de todos: William Shakespeare.

Y es que, ¿qué puedo yo, un simple y vulgar espíritu, aspirar a decir cuando se me presenta la ocasión de hablar de Hamlet, príncipe de Dinamarca? Sin duda puras mentiras. Y es que la misma tragedia no es más que eso. Aunque mentiras bellas, por supuesto, que es lo más valioso que nos puede ofrecer un poeta. De hecho es lo único valioso que podemos encontrar en este mundo corrupto y desgraciado: la belleza. La terrible, terrible belleza. Y es terrible porque nos rebasa. Es terrible porque nos muestra la verdadera impotencia que nos caracteriza o define dentro de la confusión en que nos encontramos. Es terrible porque se termina o muere. Muere como la joven y hermosa Ofelia, cuyas “… vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, arrebataron a la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte.” Es terrible porque sucumbe frente al torrente de injusticias y traiciones que es la puesta en escena que llamamos vida. Y nosotros no podemos hacer nada, mientras sólo la vemos perecer. Y aun más, ni siquiera queremos hacer nada por ella, inmersos como estamos en nuestros propios intereses, negocios, planes e intrigas contra nuestros semejantes. Imbuidos por nuestras ansias de poder, colaboramos para ultrajarla, entregándonos a acciones indignas y vulgares, pérfidas y mediocres, que atentan contra todo lo que alguna vez ha sido sagrado para el hombre.

Y dentro de un contexto corrupto y vulgar como el que se encarga de dibujar el poeta y que toma como escenario la corte del reino de Dinamarca, ¿puede haber algo por lo que valga la pena permanecer firmes y sin claudicar ante la siempre abierta posibilidad de dejar de ser? De manera superficial, podríamos pensar que no, pues, además de lograr vengar la muerte de su padre matando a su tío Claudio, causante de la muerte del rey de Dinamarca, Hamlet pierde la vida y se lleva consigo al íntegro Laertes, cuyo único móvil para desafiar al príncipe fue el amor por su propia familia, aparentemente deshonrada y asesinada por aquél. Si lo único que queda, después de todos los eventos que se suceden en la obra (espejo de la vida, como todas las buenas obras poéticas), es la muerte de casi todos los protagonistas, entonces sí parecería que no hay nada valedero en la escena de la vida; sería cierto que todo da lo mismo y que lo más sensato que podemos hacer es ver la vida pasar, desde nuestra confortable y lejana existencia. En la disyuntiva entre ser y no ser, de acuerdo con eso, acabaría ganando el no ser, pues hacia él nos encaminamos todos, sin excepción ni diferencia substancial, y tendríamos que hacer lo posible por alcanzarlo de manera rápida.

Hay que recordar, empero, que la obra trágica es el fruto del ingenio del poeta. Pensar que a la muerte se reduce todo y que el principal sentido de lo que es, es dejar de ser de manera definitiva, y que eso es lo que nos enseña el poeta mediante el príncipe de Dinamarca, sería subestimar su talento poético, por un lado, y, por otro, olvidar que la vida es multifacética, al igual que lo es el mundo en que vivimos. En pocas palabras, sería pecar de soberbios y de ingenuos a la vez, con lo que estaríamos comportándonos con menos razón y juicio que el mismo príncipe Hamlet, cuando se hace pasar por un loco.

Para no caer en ninguno de esos excesos, por lo pronto, podemos hacer dos cosas: una en relación con la obra trágica que nos ocupa, y otra más allá de ella.[1] En relación con Hamlet, hay que aceptar que la trama no termina con las muertes de los reyes, del príncipe y del hermano de Ofelia, sino con el reconocimiento que el príncipe de Noruega hace de las virtudes del joven Hamlet y con la pompa preparada en su honor y memoria; esta última enaltecida y recordada cordialmente por parte del fiel Horacio. Lo anterior nos da cuenta de que después de todos los sucesos trágicos, queda vivo el recuerdo de quienes lo merecen por su grandeza y bondad, lo cual es muestra de que no todo es corrupción y miseria, como sugerí al principio, gracias a la intervención del amor, eterno acompañante de la belleza, y, en ocasiones, no menos terrible que ella (pues la fidelidad del amigo Horacio no es otra cosa que manifestación del divino amor).[2]

Por supuesto que hay otros muchos temas de los que se podría hablar, tomando como base esta obra shakespeareana, y reconozco mis limitaciones tanto verbales como interpretativas para abarcar y entender todo de lo que Hamlet nos habla, como la traición, la venganza, la locura, la amistad, la comedia, etcétera; pero para todo eso ya habrá otras ocasiones.

Me despido, entonces, no sin antes recordarles que todo lo anteriormente dicho son mentiras, por lo que recomiendo ir al reino de Dinamarca y, con la propia lectura y conversación con los personajes, encontrar sus propios puntos de vista.


[1] En cuanto a la segunda de estas dos cosas, no me referiré a ella aquí de manera explícita, pero creo que se podrá inferir con facilidad, si aceptamos que la obra poética de que hablo aquí es una suerte de espejo (por no decir mimesis) de la vida humana, por lo menos en uno de sus aspectos, lo que significaría que la primera cosa es como un espejo de la segunda (o puede serlo).

[2] Ya habrá oportunidad, por cierto, de reflexionar acerca de la presencia del amor a lo largo de esta obra, ya que, pienso, es el único protagonista que nunca está ausente de la escena, aunque no siempre aparece con el mismo rostro.

Dix Different Ways (AAA FIN)

Sabía que estaba retrasado, habían pasado ya dos horas desde que había calzados sus tenis y sus pasos lo alejaban de su casa; el lugar quedaba cerca, escasos veinte minutos a paso lento, diez si deseaba correr, pero no sucedió así. La tarde había dejado de ser, la obscuridad y la suave ventisca de la noche acompañaban a cada idea que atravesaba su mente; se había retrasado porque su noción del tiempo fue interrumpida por suspiros. Sentía dedos y ojos cansados, las letras cortaban sus días y sus índices. Siguió caminando por el callejón donde se escuchaban pequeños y grandes gritos, alguna que otra risa, sin palabras, aún así se adivinaban los humores que despedía cada ventana; dejó atrás los interiores de ese callejón, atravesó la avenida y en seguida vislumbró la negrura del anquilosado parque municipal, con un profundo respiro diferenció todo lo que habitaba ahí: sudores de la jornada, perfumes baratos, lloviznas inaguantables, lo que alguna vez fueron flores, saliva seca; sin nauseas levantó un poco la mirada y vio a un hombre aproximándosele, con guardia imperturbable continuó su andar.

-Llegando tarde también, ¿eh?- Asintió con la cabeza, una breve sonrisa y los pasos se acompañaron; por un largo rato ninguno dijo palabra alguna, se acompañaban ignorándose en silencio. Por un momento se sintió más repugnante que la quinta que abandonaban, consternado por el vínculo temporal que lo unía con aquél. El acompañante por su parte, comenzaba a sentirse incómodo ante la taciturna compañía, sintió ganas de echar a correr, pero el manual de buenas costumbres se lo impidió, no estaba de acuerdo con aquellas leyes de convivencia, lo contario tampoco le agradaba y no había otra cosa que seguir.

Un chasquido y sus labios exhalaron la primera frase, sin embargo, la opinión que ambos tenían del parque era completamente opuesta, para uno desagrado y decadencia, para el otro convivencia popular y tradición. Para el jornalero era necesario el desahogo en ese lugar, decía uno, para el parque nuca ha sido necesario que un jornalero hastiado y sudoroso golpeara los arboles y pisara lastimosamente el césped desquitando su frustración y desesperanza; decía el otro. El gobierno –clamaba uno- necesita de estos lugares para que las mentes de los bajos se despejen, y no incomoden. Una mente presionada –susurraba el otro- no pude apreciar la calma del árbol. El ánimo de uno crispaba, el otro deseaba correr con todas sus fuerzas, alejarse de ese ahí. Pero, ambos permanecieron juntos en aquella caminata.

El punto de reunión con los demás a cada paso parecía más cercano, tal vez eran sus ánimos, ninguno apresuró el paso, nuevamente el silencio incómodo los rodeaba. Las puertas se abrían a la par de dos ancianos saliendo del lugar, reían de los gritos que los amigos reclamando desde ya su ausencia Ambas parejas se miraron por un momento, sonrisas reflejadas. Impetuoso paso por la puerta y por los ancianos, respiró profundamente como cuando se ha dejado detrás el peligro, movimientos rápidos, saludos breves y tomó asiento. En la entrada aún estaba su antiguo acompañante, tomándose un instante para contemplar aquellos que se alejaban, simplemente le parecían maravillosos, solo dentro de sí sabía el por qué. Con un espíritu más relajado, se dio el tiempo necesario para saludar a cada uno de los presentes.

Los últimos párrafos de una hermosa historia se llevaban a cabo en ese momento, se sintió aliviado porque alcanzó a escuchar el final. Todos quedaron maravillados ante aquel relato, luces y sombras, a cada uno le reflejaba cosas distintas, unos reían, otros lloraban, excepto uno, sintiéndose abrumado por su retraso, anhelaba poder escuchar la historia completa. Salió de su ansiedad al escuchar –no te angusties, la historia es circular- No fue suficiente para calmarlo, era necesario reconstruir la historia de principio a fin, lineal; a eso estaba acostumbrado.

El fin del encuentro se acercaba, el hombre del sombrero bebió la ultima gota, dedicó unas breves palabras y con su sombra se alejó. La pareja nueva, la fresca joven marchita desaparecía entre los brazos de su acosador quien se relamía los labios. Un cigarrillo veía su fin en una boca tatuada de palabras ajenas, aquella mujer se iba con las manos vacías nuevamente. Busco una mirada de compañía, posó sus ojos en un rincón, el hombre del sombrero le hizo un además de acercamiento, su mirada se transformo de sombría a eufórica, sigilosamente caminó hacia él, arrejuntó su cuerpo contra aquella figura, el hombre del sombrero, entrecerrando los ojos, dijo en voz baja: -La tinta no traspasa la piel, no hay nada más que hacer-. Solo un instante para cambiar su faz, de radiante a deshecho y de nuevo impávido, no se permitía mostrar debilidad, presurosa se alejó y se perdió en la negrura nocturna. Su mirada la delató.

Todos se despidieron, no estaban seguros de volver a verse, habían muchos silencios guardados, poco se sabían, algunos se acompañarían en otras tardes, quién atendería otro llamado, o cómo lo harían era un enigma. Quizá un sitio distinto, una hora opuesta. Se tendrían que leer nuevamente para descifrar otro encuentro, dolorosamente extraños que se reunían a ratos.

Unas manos se reencontraban, y se alejaron inciertos de lo que vendrá.

Un grupo de entidades distintas que cada noche se reunían en el mismo bar, los meseros se sorprendían todos los días ante aquellos personajes, sin duda, lo más raro que visitaba aquel lugar, si bien la rutina del grupo era la misma cada tarde, no dejaban de preguntarse si eran los mismos que llegaron la primera vez.

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