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DULCE TENTACIÓN.

DULCE TENTACIÓN.

Aléjate de mí Satanás.

Mateo. 16, 23.

Hoy siento deseo por lo prohibido, por aquello que resulta indefendible, tanto que sólo se me ocurren argumentos muy débiles para justificarme ante el espejo si es que me dejo llevar por el deseo que hoy me invade.

Sé bien que si me dejo llevar, hoy mismo accederé al placer que significa traspasar los límites que me han sido impuestos por la idea de lo que es mejor, ¿pero esa sensación valdrá la pena como para que traspase tales límites?

No estoy pensando en el arrepentimiento que llegan a sentir aquellos que se quejan de las consecuencias de sus actos, cierto es que hay muchas acciones que son mal vistas por los demás, y que al realizarlas lo único que queda por hacer es esconderse del juicio ajeno para no recibir castigo alguno o simplemente no hacer caso de ese juicio.

Ese arrepentimiento no me parece lo suficientemente valioso como para negarse a la posibilidad que nos ofrece aquello que nos tienta, basta con no atender a lo que digan los otros para no sentirse mal con lo que se hace o lo que se hará.

Además el juicio que los otros hagan sobre mi persona no es valioso cuando los otros no lo son, y en cierto modo es sencillo ver a los demás como seres cuyo pensamiento sobre mis actos no tiene importancia cuando veo que los demás no comparten algo conmigo. Fuera de la comunidad y dando prioridad al individuo, no afecto a nadie si dejo que mis antojos y deseos me dominen, aunque sea una vez en la vida.

Pero, aún cuando quiera imaginarme como un individuo aislado, o despreocupado de los demás, no alcanzo a ver una buena razón para realizar mi deseo, algo me impide dar rienda suelta a mis antojos, ¿serán escrúpulos, temores que pueden interpretarse como la cobardía que caracterizó a los hombres que compartieron su tiempo con Napoleón?, no sé bien que sea, pero es algo valioso que quiero preservar.

No encuentro un buen argumento para justificar un acto prohibido, veo que prefiero el dolor de soportar la fuerza que posee la tentación que el dulce sabor que me dejaría dejarme llevar por ella, y aún cuando me duele decir que no a algo que deseo mucho y sintiendo que me lastima alejar de mí a aquello que tanto me atrae,  mi deseo de mantener resguardado aquello que considero vale más que el placer y el dolor me lleva a soportar tal sufrimiento.

Caída

Las palabras con las que pensaba escribir algo para hoy han un sufrido un percance. Sus alas fueron rotas, y aquellos que se gozan con lo males ajenos hoy ríen estrepitosamente ante la silenciosa caída de aquellas que murieron antes de ser llevadas por el viento o de encontrar un buen nido para protegerse de las inclemencias del exterior.

Maigoalida

 

Y cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba ahí… pero tampoco sus piernas.

Elige tres títulos por favor

XV

Soy responsable de mis palabras

No de mis sentimientos

 

Responsable de mis actos

No de mis pensamientos

 

Responsable de cómo te miro

Mas no de lo que miro

 

Responsable de cómo te toco

Mas no de lo que toco

 

Responsable de lo que te hago

Mas no de lo que sientes

 

Responsable de lo que te digo

Mas no de lo que pienses

 

Responsable de decirte que me encantas

Aunque en todo lo que haces

Me doy cuenta de que mientes

Ayer se ha conmemorado el centenario de la Revolución Mexicana. Pero antes de precipitarnos a ajustar una perspectiva dentro de la historia, de la que nosotros nos sentimos partícipes, sería preferible estudiarla. Para nuestra comodidad tenemos una página que nos brinda un recuento de la misma: http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=468&Itemid=83

Las ventajas de tener un recuento de la historia es que por medio de ella le damos fundamentos a una cultura, pero más concretamente legitimamos una nación. Defino Nación como: Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. Tres elementos se derivan de esa definición: Origen, Idioma, Tradición, todo ello es común, es decir Dicho de una cosa: Que, no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios. Partiendo del hecho de que esa “cosa” a la que se refiere nuestra definición son los tres elementos anteriores, podemos dar el siguiente paso.

De los tres elementos fundamentales podemos decir que cada uno puede poseer una visión objetiva y otra subjetiva. En teoría, la subjetividad nos permitiría un rango de libertad de desarrollo cultural que se manifiesta en la objetividad de esa cultura. Sólo la objetividad puede garantizarnos la verdadera comunicación, pero sólo la subjetividad puede asegurarnos nuestra libertad individual. De ello se desprende la posibilidad de que la cultura se nos imponga objetivamente, es decir, por medio de las manifestaciones objetivas de la cultura es posible condicionar la subjetividad.

Localizada dentro del campo de la tradición, la “historia oficial” es un ejemplo de imposición objetivista de la cultura. El afán principal es el de plantear los fundamentos objetivos para considerar una visión homogénea de la cultura mexicana y con ello de la nación. Una vez planteada una visión teórica homogénea de la nación mexicana es posible reclamar una hegemonía de estado, con ello un Estado-Nación.

La historia manifiesta que toda Nación se formaliza por medio de una constitución política. Históricamente son dos las constituciones de mayor reconocimiento en México: La constitución federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857 (que desató las guerras de reforma) y la Constitución Política de los Estado Unidos Mexicanos de 1917 (que, en teoría, formaliza el cese del conflicto bélico acontecido desde su estallido en 1910), misma que representa el fundamento por el que hoy en día nos regimos (http://www.cdhecamp.org/Constitucion_Mexicana.pdf ).

La primera se origina en pleno auge del pensamiento liberal  mexicano; representa una tentativa de consolidación nacional. La segunda se presenta ante un manifiesto desgaste de la voluntad belicosa, que no obstante, consolida el pensamiento liberal de la primera constitución por medio del establecimiento de las garantías individuales. Una de ellas, por las cuales se remarca su importancia histórica, es el artículo 3º, relativo a la educación: laica, científica, democrática, nacional, y social. Por medio de éste artículo y no por una lucha armada, es por lo que, en lo personal, considero que hay que conmemorar. La educación es condición de posibilidad para la reflexión de nuestra historia, de nuestra educación histórica.

El último paso es éste, para poder ejercer nuestra libertad individual, me refiero a un verdadero ejercicio de nuestra libertad de pensamiento, no condicionado por la educación de la “historia oficial”, no debemos permitir que nuestra subjetividad sea condicionada a festejar eventos, ni símbolos, ni héroes que pretendan forzar la homogeneidad cultural, cuya cifra de analfabetismo asciende a 5.9 millones, así como 7.5 millones de jóvenes entre 12 y 29 años que ni estudian ni trabajan. (http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=544635) La nación debe emplear los recursos no en forzar la homogeneidad, conmemorando revoluciones armadas cuyos objetivos se perdieron hace mucho tiempo, la verdadera Revolución Mexicana acontece en el ámbito educativo. Una revolución no anquilosada por la oficialidad ni radicalizada por la lucha armada. Sólo así podremos conmemorar algo.

PseudoLevi Areopaguita

 

El ruido…

Destroza mis oídos, inunda mis ojos, corroe mi piel como si fuera la espuma del jabón siendo diluida por el agua, me aguijonea la lengua con el sabor de centavos viejos. No puedo cercar mis sentidos, como tampoco puedo evitarte. Al encerrarme en mí solo empeora: como si desde dentro martillaran mis sienes hacia fuera, sin bajar un pie de la cama el mundo me da vueltas y las estrellas metrallan su luz desde la comodidad de sus casas hasta la hostilidad de la mía y sus neuróticas habitantes. ¡Yo no tengo migraña, ella me tiene a mí!

 

La última taza
que sendas bifurcaba
hacia el regreso

Reflexiones sobre la Novela Histórica Mexicana

Comienzo por agradecer esta invitación a Maigo, me hace sentir muy grato incorporarme como invitado al Blog, del que algunas veces he sido un fugaz comentador de entradas.  Mi papel en el tema que se me ha otorgado versa sobre el bicentenario de la independencia de México, un tema que sin duda no adolecería de material suficiente para redactar todo un ensayo completo, pero que sin embargo he de asumir la responsabilidad de moderar mi opinión al respecto, pues si bien no me hace falta leña de dónde cortar, en lo que respecta a ésta, mi primera aportación, me siento comprometido a brindarles una lectura amena al respecto.

Mucho de la temática aquí expuesta refleja de algún modo las sesiones que hace un tiempo tuvimos en el seminario “Razón y Revolución”, entre Maigo, Octavio y Yo, los únicos asistentes constantes. Mis intereses, aún después de finalizar las distintas sesiones del seminario, siguieron rondando las temáticas de la novela histórica mexicana y las diferentes cuestiones que planteaba Maigo, al punto de proponerle revisarlos, creo que hasta ahora se ha quedado en la mesa. Es tiempo de manifestarlos como tal.

El presente abordaje representa una parte de un ensayo mucho más extenso sobre la Novela histórica mexicana que se presentará el 30 de septiembre de 2010 en el Primer congreso de Lengua y Literatura  FES Acatlán a las 9:30-11:00 en la mesa titulada: Reflexiones de la novela Mexicana I.

Hace algunos años en el periódico El Universal[1] anunciaban que los genes de la población mexicana era una mezcla de 35 grupos étnicos, el Instituto Nacional de Medicina Genómica había concluido el mapa del genoma humano de los mexicanos. Mi sorpresa fue grande cuando en plena crisis de Influenza se diera a conocer en una especie de informe público lo que se prestaba a un equívoco. ¿Cómo es que todo lo que representa a un mexicano pueda manifestarse en una síntesis literaria? Es decir en un informe que se jacte de exponer a todas luces: Lo que hace ser al mexicano, mexicano y no otra cosa. He allí la cuestión.

a)    Como respuesta tenemos esta primera instancia: La Biología (En nuestro caso la Genética), a la que Scheler contesta con su Teoría de los Valores. Respuesta mucho más cercana a la teoría Darwinista, que en su tiempo levantó tanta controversia, pues desprendía al hombre de su diferencia específica aristotélica y lo conectaba mucho más directo a una serie de periodos eslabonados, que lo conducían en retroceso a un pasado animalesco.

b)    La otra: La Filosofía. Ésta afronta problemas aún más fuertes, pues las discusiones al respecto no datan de hace poco. El intento de José León Portilla es, por demás, de antemano fallido, pues buscar un pensamiento  cuyo desarrollo se plantea en un entorno fuera de contexto, presenta serios problemas que, lejos de estrechar nuestras posibilidades de aniquilar el equívoco, tiende a cometer  actos de asimilacionismo.

c)    Otra más podría ser la historia. Nadie más que el mexicano podría portar a cuestas aquella historia llena de intrigas. Políticamente México nace como una colonia española, tiempo después se independiza y afronta la problemática de la autonomía, vive constantes convulsiones bélicas desde la guerra de reforma, la intervención francesa y norteamericana, el gobierno santanista, el porfirismo, la revolución, expropiación petrolera, guerra contra el narco, en fin: la consolidación de su estado. Todo ello tan arbitrario como arbitrario lo es también el nombre: México y los Mexicanos se prestan a la arbitrariedad, su historia también. Con ello se generan las historias oficiales.

Frente a ello, ¿cómo es posible determinar rasgos comunes que permitan compilar en un solo género al mexicano? ¿Abriendo la posibilidad de establecer un mapa de estudio de lo que nos compone cuando nos anteceden siglos enteros de mestizaje? La historia, sin embargo no se nos manifiesta completamente heterogeneizada. Nuestros antecedentes se centran en el desarrollo de nuestra misma identidad, muchas veces coincidentes, otras más bien discrepantes. Se suele revestir de mitos y leyendas, intentos de adornar con guirnaldas literarias una misma historia (llámese: El pípila o Los niños Héroes)

Sin embargo la historia, mi historia, de mí país, que año tras año fui asumiendo en tiempos de estudiante de secundaria y preparatoria, la que creí irrefutable, se vio en el mejor de los casos cuestionada, en el peor, totalmente negada o degradada a chisme, los cánones del héroe revolucionario se vieron diluidos, los mitos desmitificados. La razón: En mis manos había caído una novela histórica mexicana. Desde entonces me volví un seguidor de este género.

d)    Ello nos abre otra vía de conocimiento del mexicano, su literatura histórica.

EL bicentenario se presenta como una fecha oportuna para hablar al respecto de ello. ¿Qué es lo que nos puede comunicar nuestra literatura al respecto, que ni la Biología, ni la Filosofía, ni la Historia pueden hacer sino es en su conjunto con ella? La respuesta se me manifiesta en este escrito en un sentido clara: Las reflexiones sobre nuestra novela histórica mexicana nos brindan un camino idóneo para el estudio de nuestra cultura y con ello nuestra identidad. Ello sólo si sometemos su estudio no a un análisis lingüístico, ni a una interpretación escueta sino a un estudio Filosófico, más propiamente: Si hacemos objeto de estudio de la Filosofía de la Historia a la Novela Histórica.  Y es que la Historia podría poseer al menos dos acepciones: 1) La totalidad del pasado acontecido y 2) La explicación de ese pasado.

-Problema- La novela por su parte es una obra literaria, en prosa, en la que se narra una acción fingida en todo o en parte. Poco importa a la literatura apegarse a los hechos como tales, enriquecer la historia con la fantasía es parte de su hacer, pues mientras la finalidad de la literatura es causar placer estético al lector, la historia busca reflejar los hechos como tal.

La literatura y la historia, no obstante, intentan conciliar estos objetivos divergentes en la novela histórica, pues si bien es posible darle rienda suelta a la imaginación sólo tomando el nombre de una figura histórica, también es posible que baste la vida militante como tal, para comentar sucesos no menos placenteros ni desapegados de una realidad destacada y llena interés tanto para el estudioso de la historia como para el aficionado lector de literatura fantástica, sorprendiéndose ambos por ello. También existe la posibilidad que tras una fachada atiborrada de fantasía exista un fuerte mensaje cifrado, de contenido histórico, del que hay que “leer entre líneas”.

Edward Hallett Carr en su libro: ¿Qué es la historia? Menciona dos extremos que a modo de Escila y Caribdis el historiador debe franquear con cuidado. (Cito)Uno es la historia como compilación objetiva de hechos, de una injustificada primacía de hechos sobre interpretación, la otra es la historia como producto subjetivo de la mente del historiador. O bien se escribe historia de tijeras y cola, sin importancia ni significado; o bien se escribe propaganda o novela histórica. A su juicio la espinosa tarea que incumbe al historiador es la de reflexionar acerca de la naturaleza del hombre[2], (Fin de la Cita) esto es el objetivo primordial de la Ética. De allí la importancia de la multidisciplina en las incursiones de la filosofía de la historia.

Según William Henry Walsh en su Introducción a la filosofía de la historia:

(Cito)Lo que todo historiador busca no es un relato escueto de hechos inconexos, sino una fluida narración en lo que cada acontecimiento esté, por así decirlo, en su lugar natural y forme parte de un todo inteligible. En este respecto el ideal del historiador es en un principio idéntico al del novelista o el dramaturgo. Así como una buena novela o una buena comedia parece consistir no en una serie de episodios aislados, sino en el desarrollo ordenado de la situación compleja de la cual parte, así una buena historia posee cierta unidad de argumento o tema.[3](Fin de la cita)

El filósofo de la historia, encargado de dirigir los actos de estudio de la novela histórica debe manifestarse como una autoridad al respecto. Conocer tanto la novela histórica como el contexto en el que se desarrolla. Abriéndose así una peculiaridad al respecto del tema: 1) El contexto en que se desarrolla la novela toma en cuenta la actualidad dramática de los personajes descritos pero al mismo tiempo 2) Genera un reflejo de cómo el novelista competente logra vislumbrar aquél periodo de la historia ya no como un registro histórico sino, muy al estilo de la hermenéutica, como una fusión de horizontes.

La propuesta de usar la novela no es nueva. México estaba en “la infancia de la novela” en 1869 –decía Altamirano comparándolo al amplio desarrollo que países como Francia, donde la novela de folletín cobraba auge con Dumas.[4]

Los albores de la Novela Histórica no se encuentran muy lejos. Según Lukács[5] tienen sus orígenes en el Waverly de  Walter Scott, publicado en 1814. Para inicios de la Novela Histórica Mexicana no habían transcurrido más de doce años, pues el género se inaugura no sólo en México sino en toda América Latina, con la obra Xicoténcatl, escrita por José Maria Heredia[6] (1826). Ello levanta una nueva cuestión: Es necesario que el novelista sea mexicano para que esta obra sea considerada una Novela Histórica Mexicana, o por el contrario para revelar las peculiaridades del mexicano ni siquiera es preciso participar de la cultura mexicana. Pues como ya hemos visto anteriormente hay que considerar tanto el contexto dramático como la actualidad del autor, e inclusive me atrevería a señalar la relación que poseen esas dos acepciones anteriores con el presente del lector y cómo se altera el sentido original del mensaje histórico. También ¿Qué tan lejos deba estar el autor respecto de su obra? Pues entre Heredia y Xicoténcatl distan muchas generaciones, pero otras obras como La majestad caída de Juan A. Mateos ha sido escrita al calor de la revolución maderista. ¿Cómo diferenciar la Historia, de la novela histórica, y de la propaganda política?

Me disculparán que tenga que interrumpir el discurso pero parece que me he extendido demasiado para la entrada del blog y apenas he abordado las primeras problemáticas de la novela histórica. Me bastaría con cerrar bajo dos cuestiones abiertas: ¿Es factible un diálogo interdisciplinario al respecto de la identificación del mexicano a través de la historia? Bien podría centrarme entre una de las máximas Pancheanas de que el hacer refleja el Ser del hacedor, pero tal como lo problematiza Nicol[7] en su Idea del hombre: La historia es un saber (científico o no) del hombre. El hombre es lo que hace, lo que se hace altera en el tiempo, es decir, lo que se hace no siempre es lo mismo ni de la misma manera. El hacer del hombre es un constante devenir, sin embargo, el afán filosófico busca indagar lo que permanece de lo que deviene. Por lo tanto la historia el estar compuesta por acontecimientos únicos e irrepetibles no es viable en tanto que ciencia del hombre.

Queda abierta la cuestión.


[1] El universal: Liliana Alcántara. Viernes, 09 de Marzo del 2007. El universal: Sergio Javier Jiménez, 11 de Mayo del 2009. http://genomamexicanos.inmegen.gob.mx/index.html

[2] Carr, E. H: ¿Qué es la historia? Ed. Seix Barral. México 1985. p 39.

[3] Walsh, W.H: Introducción a la filosofía de la Historia. Ed. Siglo XXI. México, 1971.

[4] Citado de Humberto Batis: Estudio Preliminar a los Índices del Renacimiento Semanario Literario Mexicano (1869)Ed. Ariadna. México, 2005.

[5] Georg Lukács: La novela histórica, trad. Jasmin Rauter, México, Ediciones Era, 1971

[6] Véase el estudio: González Acosta, Alejandro: El enigma de Jicotencal : estudio de dos novelas sobre el héroe de Tlaxcala. Ed. UNAM. México, 1997.

[7] Nicol, Eduardo: La Idea del Hombre. Ed. FCE. México, 2007.

Un hombre sabio dijo alguna vez que hay dos posturas que se pueden adoptar para sobrevivir un mundial, en el caso de que uno ya se haya resignado – o que se encuentre en la efervescencia dionisíaca del dios redondo – a vivir de cara a los partidos compartiendo la fiebre futbolística: o le va a la selección mexicana o a algún otro de los grandes monstruos del balonpié. Sin embargo yo encuentro una tercera posibilidad: estar en contra de la selección.

Tal vez esta tercera posibilidad vaya de la mano con el tipo de personas que no soportan el fútbol, pero que dadas las circunstancias que lo rodean en tiempos mundialistas se ve obligado a la resignación, y prefiere volcar todo su odio contra el objeto de adoración general, que andar solo y aburrido en los rincones, escapando de las narraciones y los comentarios. Uno prefiere ser un villamelón que un paria.

Dejando de lado los argumentos intelectualoides que abogan por la enajenación producida por el fútbol como nuevo opio de los pueblos, como el pan y circo de la modernidad, me surge la pregunta – y es una pregunta total y completamente íntima, subjetiva – ¿cómo carajos no odiar el fútbol? Así es, y el énfasis está en el carajos.

Repito pues, cómo carajos no odiar el fútbol cuando desde la más tierna infancia uno se ve obstaculizado, martirizado – incluso sodomizado – por este deporte. Tal vez fue el hecho de que mis padres me obligaran a jugarlo de niño cuando mis inclinaciones eran más bien musicales, o simplemente prefería estar de holgazán echado viendo las caricaturas en lugar de andar persiguiendo un puto balón durante 90 pinches minutos. Y no obstante cuando me libré de la condena de tener que ir a entrenar y desperdiciar mis domingos en juegos que no llevaban a nada, cuando por fin tenía todo el tiempo para ver mis queridas caricaturas… resulta que el único maldito canal para niños decide transmitir TODOS los partidos de TODAS las malditas copas – y eso que son un chingo. El fantasma del fútbol me perseguía a doquiera que fuera.

Debo confesar que no siempre hubo odio. Siendo niño a uno le emociona todo lo que ocurre a su alrededor, y más si se trata de un evento mundial que enloquece no sólo a toda la cuadra, sino a todo el país. Recuerdo haber visto con emoción algunos partidos de algunos mundiales – que siempre se llevaban a cabo en período escolar por lo que de todo lo malo, el fútbol nos regalaba de cuando en cuando perder alguna clase porque jugaba la selección. Y la emoción era grande, profunda. Estar en conexión con el entorno, vivir la intensidad, desear desesperadamente un gol y gritarlo con todas tus fuerzas cuando milagrosamente ocurría. Y digo milagrosamente porque al parecer sólo así se dan los goles de la selección mexicana: por puritito milagro, “virgencita haz que metamos un gol.”

Pero poco a poco la emoción y la alegría de la niñez trocáronse en decepción y escepticismo con cada derrota del tricolor. “Ahora sí pasamos.” “Ahora sí ganamos.” “Esta selección se lleva la copa.” Y cada cuatro años era lo mismo – y sigue siéndolo. El fútbol nos enseñaba lo que era la derrota. Y la derrota se convirtió en tradición.

La tradición del fútbol mexicano es la derrota misma. ¿Cómo es posible que un país donde se vive tan intensamente este deporte, donde se invierte tanto en él, donde aparece como el pan de cada día, no pueda ni siquiera llegar a la semifinal en un mundial? ¿Es algo genético – algo así como una mediocridad azteca? Y la gente se sigue creyendo y tragando la misma cantaleta, “dentro de cuatro años será distinto.” Sin contar con los ya tan masticados argumentos para defender y solapar las estupideces de la selección: “jugamos bien, incluso mejor que el otro equipo, pero perdimos… debimos haber ganado.” ¿No se supone que el que juega mejor gana? ¿O es que en sí el fútbol es un juego de azar? Jugamos mejor pero azarosamente perdimos. Si esto es así, entonces por qué gastar tanto en técnicos y entrenamientos cuando en el fondo hay una mano invisible que guía el balón y decide cuándo entra y cuándo no.

No sé qué me molesta más, el hecho de que la selección mexicana sea tan mala o la idiotez de la gente al creerse cada cuatro años las mismas pendejadas sobre una posible victoria. Es en este punto que uno vuelca todo su odio contra esta idolatría de la gente. Después de haber sido decepcionado tantas veces uno deja de creer, y la emoción de antaño se convierte en odio y rencor. Y uno anda por ahí con el corazón contra la selección, esperando en cada partido que reciban una goliza de aquellas simple y sencillamente para restregarle la derrota a los demás. Como un paria sin poder festejar el gol en contra a sabiendas de una posible madriza.

En verdad que no tengo argumentos para descalificar este deporte ni para realizar un análisis de por qué la selección mexicana apesta tanto. Todo lo escrito hasta aquí son meras impresiones, como lo es la frase misma – ahora sí desde el punto intelectualoide que trataba de evitar hace un momento – “pan y circo.” Esta es una frase curiosa porque remite – indirectamente – a otra muy peculiar: “pan y verga,” que es como se traen a la selección mexicana, pero también es como los mitos y las mentiras y demagogias de los medios de comunicación se traen a toda la gente al ensalzar tanto a un equipo de mierda como el nuestro. “Pan y verga,” y parece que el pan ya se acabó desde hace varios mundiales.

Gazmogno

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