Categoría: …no en un cuento


Una más

Si se le brinda a algo o a alguien una segunda oportunidad es porque se confía en que ese algo o alguien logrará algo conveniente, según los fines, esa próxima vez. Según creo, para llegar hasta el momento de brindar una segunda fue porque la primera oportunidad dada ha sido agotada y no favorablemente, ya que de lo contrario no habría necesidad de otra más, se permanecería en el estado devenido de la primera sencillamente. Dar una segunda oportunidad a lo que sea, es signo claro de que aquello no funcionó en una primera instancia pero que, empero, se puede fiar en que en una segunda ocasión funcionará. Ahora bien, el punto que considero extraño de cifrar en el asunto de las segundas oportunidades es cómo, llanamente, se puede esperar tan plácidamente a que en un futuro suceda algo que no ha ocurrido empíricamente con anterioridad.  Es decir, en qué suerte de fe se basa una segunda oportunidad siendo que ha sido ella misma necesaria, debido a que la
primera vez ofrecida, no funcionó.

Ya exponiéndolo de ese modo, sí resulta algo ingenuo dar aquella segunda vuelta a las cosas esperando que ahora sí funcionen, pues nada dice que lo harán pero como tampoco nada lo desdice, he ahí la confianza. Confianza ésta que parece más bien ciega antes que de otra clase y no es que sea francamente empirista o que me atenga a la consecuencia obvia de los aconteceres cotidianos, sino simple ilación. No funcionó una vez, la segunda parecería que tampoco (la tercera es la vencida, dicen algunos). Espíritu malpensado éste que cree que todo se sucede necesariamente según uso y costumbre, pues algunos un tanto más benévolos son los que dan ocasiones para resarcir el inoportuno que se ha cometido y brindan una segunda oportunidad; pero que quede claro, no he equiparado benevolencia con ingenuidad, la una es de veras ser
bueno y la otra es vil carencia de malicia. Sólo el bueno da la segunda oportunidad, el bobo –o perverso u hombre de negocios– confiaría en lo dictado por su experiencia, luego no la daría, ni lo pensaría por lo menos y el ingenuo ni siquiera caería en cuenta de que se está mudando hacia una segunda circunstancia o en principio, de que ésta es necesaria.

Quién sabe en qué pues, se sostenga la confianza destinada para procurarle a algo o alguien una segunda oportunidad, creía que quizá en una clase de conocimiento previo a la decepción primera o en un afán de pensar positivamente sobre el porvenir o en razones totalmente externas y ajenas al objeto de atención o probablemente en una obstinación poco fundamentada y nada cabal, relacionada antes bien con una apetencia privada del mismo individuo que ha decidido darla.

 La cigarra

gracias

Éste quiere ser un post serio, como los subsiguientes. Éste es el nuevo aviso.

La cigarra

De tríadas

El presente post es a petición.

Sólo hay una cosa por decir a propósito de los triángulos amorosos: eso no se hace.

La cigarra

Latin

Per deos obsecro, que perdonen mi entrada.

La cigarra

Que dice…

… Sartre, que la nada es sida.

La cigarra

[Cosa de hormigas

Los significados que ofrece el DRAE de lo que podría entenderse por la palabra sacrificio son bastantes, aunque en el fondo me parece que todas las nociones llevan a lo mismo, esto es, la idea de matar algo o a alguien en favor u homenaje de algo o alguien más. Creo que por la divergencia de expresiones para decir de éste y la usanza que en el popular se dispone del mismo, se mantiene un pensamiento común que nos obliga a pensar que el sacrificio puede ser un acto que representa nobleza, desinterés y actitud de servicio para los demás –evocando la idea de matar–. Claro que lo común no siempre cifra lo mejor ni mucho menos lo verdadero.

Para probar lo que ahora he sostenido, osaré en decir que la idea que en general se posee del sacrificio se relaciona gravemente con lo que la visión cristiana parió de ella, mejor no puede ilustrarse, el máximo sacrificio que puede hacer alguien –dar su vida, es decir, matarse a sí mismo– para la salvación desinteresada y humanitaria de un conjunto de mortales hijos de la divinidad. Y así el sacrificio por una parte, es para con la divinidad, por sus gracias, favores y dones. Se tiene que dar algo al dios para mantenerlo contento, para gratificarlo. Las ofrendas de cualquier clase, lo que dicen es: gracias por tu benevolencia o tu amabilidad. Más allá, lo que le dicen al dios es: gracias por no matarme ni hacerme algún mal. Eres mejor y más poderoso que yo, gracias dejarme seguir existiendo. De esta misma idea cristianizada, sale aquella popular de: Dar hasta que duela y cuando duela, dar más. Masoquismo al extremo.

De este modo, es visible que todo acto de sacrificio es, en mayor o menor medida, un hecho efectuado con miras ya bien a la divinidad, ya bien a la divinización. Aquella madre abnegada que se sale de sí para bienestar de los suyos, no hace sino extender su papel a víctima, a mártir y los mártires son santos y a los santos se les rinde culto universal. Y justamente aquí principia el desasosiego para comprender los actos absolutamente desinteresados o realizados completamente en atención a otros.

No estoy cierta si de hecho el sacrificio implica desinterés en su realización, pero al menos la noción corriente de éste, sí. Por tanto, resulta sumamente confuso puesto que, por un lado, se debe hacer el bien sin mirar a quién, pero por otro, si me porto bien, alcanzaré la salvación eterna  – frases contrarias en la medida de que una sí parece ofrecer recompensa y la otra no–. Quizá el paraíso sólo sea el bono al buen comportamiento, pero si es el condicional para alcanzarlo, dónde queda la espontaneidad y la sinceridad de las acciones entre humanos. Cuales viles hormigas que nos hacen pensar que trabajan arduamente mientras sólo se pasean ordenadamente, haríamos creer, de vistazo, que somos buenos y caritativos, cuando en el fondo nuestro motivo es excluyentemente personal e interesado. Que quede claro que no pienso que buscar la gloria propia sea algo malo o perverso, lo es sólo cuando se proclama la bondad del ser mientras lo que se pretende alcanzar sea realmente un beneficio propio, empeorado por querer hacerlo con la imagen de los demás. Con esto, ¿alguien nota la fuerza que perdería el lugar común de: …Me sacrifico…? Porque aunque llanamente se percibiera la pesadez o el peligro al que alguien se sometería en aras de alguien o algo más, al final reluciría el poco mérito de su acto. Eso es, un sacrificio de veras con la seriedad de lo que podría implicar, debe ser meritorio sin pretender nada a cambio, sea lo devuelto dinero, fama, heroicidad, alabanza o la salvación eterna.

Por el otro lado, queda pensar que entonces el sacrificio debe necesariamente llevar dolor o desprendimiento oneroso para quien lo está haciendo y sólo así sería tal dignamente, pero quién sabe en qué medida pueda acontecer algo en soledad y sin ser sucedido, en este caso, por otra cosa benéfica –aunque sea por aquella promesa de goce en el más allá–. En supuesto, los actos buenos se recompensan y los malos se castigan. Quizá esa sea la cuestión, hacer algo con la conciencia de que puede ser reprendido, sacrificarte estrictamente por otro. Pero siempre queda la posibilidad de que el karma o algo así lo gratifique, si en verdad fue algo bueno. Descartada queda entonces la idea de legítimo sacrificio. En otras palabras, las personas no se sacrifican, sólo muestran su pesar hipócritamente –si es fingido– para obtener alguna clase de ventaja, o lo callan si buscan la divinización o el reconocimiento de alguien o algo superior.

 La cigarra]

de nada

No publicaré nada serio hasta nuevo aviso.

La cigarra

Fieeeeeeesta

Las fiestas son reuniones sociales que se hacen con el afán de celebrar un acontecimiento de cierta importancia y en ocasiones, sin tener algún motivo específico, el fin último es divertirse. En tal reunión hay comida y bebida de diferente y variada especie o cantidad. La música es un importante factor, así como el lugar donde habrá de llevarse a cabo el evento. Son reuniones de duración variable y la cantidad de concurrentes, las más de las veces, es algo impredecible.   Las hay de diferentes clases: gala, cóctel, orgifiesta, familiar, peda, reunión sencilla, infantil, temática, entre otras. Y el vestuario que tiene que lucir el invitado, dependerá directamente del tipo de fiesta al que se pretenda llegar. Del mismo modo que llevar o no algún presente.

Me siento extrañísima hablando tan formalmente de esto, creo que poco hay por decir de las fiestas, si existe algo en este mundo menos abordable teóricamente, definitivamente sería esto.

La cigarra

El colmo de la desinspiración

No he podido escribir ni el título, no puedo llenar un párrafo, ni siquiera componer con coherencia más de una docena de líneas. Ni hablar de la sintáxis, hoy no hay rima, no puntualidad y mucho menos profundidad.

Que no se me exija lógica, que no me pidan claridad ni validez, que no me pidan rigor ni tampoco gravedad, mucho menos originalidad.

No sé de qué hablar, siquiera si tiene sentido comenzar a hacerlo o, peor aún, si de veras lo hago. No quiero comenzar a escribir y no quiero porque no puedo. Que no se me pida autenticidad ni franqueza, hoy no quiero ser intelectual. Hoy no me soliciten ser yo, no quiero y ya dije por qué.

Sin ganas cuando menos de oír, ni de dormir o comer o escribir o leer, ni estar acostada, parada, sentada, hincada ni nada. No quiero saber de gramática, ni retórica, ni de espacios ni tiempos. No he sabido idear ideas, no imagino imágenes ni concibo conceptos. No puedo mantenerme creativa, hoy no hay ni poco.

Que no me pidan seguir reglas, que me adhiera a lo ordenado, que sume los patrones ni que adopte los caracteres. No quiero presionarme a pensar, a sostener firmemente mi cabeza, no puedo ni revisarme (cómo saber qué he dicho), por ahora no quiero mentar, nombrar ni de menos evocar.

No entiendo de naturaleza ni de apariencia, no sé qué es lo que asemeja ni lo que diferencia. Nada sé de lo común y poco noto de lo normal.

Hoy no puedo ni componer, ni andar, ni descansar. Qué me queda por hacer, nada sino llanamente estar.

La cigarra

Algo sobre Newton

 Newton, Isaac, Sir. Principios matemáticos de filosofía natural. Tecnos. España, 1987. Escolio general[1]

La completitud del apartado traza, tal como su nombre lo indica, una explicación a su obra. En este caso a todo ella, pues es un escolio general. Me parece grandioso que los puntos que han sido considerados para poseer un panorama íntegro de lo que un filósofo quiere plantear, se vea tan correctamente ilustrado en este texto, de ahí una de las razones de por qué lo escogí. El pensamiento que Newton apunta en su Escolio, aborda paso a paso cada uno de los puntos referidos, más allá –y es lo que lo hace perturbadoramente interesante– da una vuelta totalmente filosófica a lo que en principio aspira resolver un problema de raíz más bien científico.

El pensar es visto claramente en la primera parte del texto cuando da cuenta de todos los descubrimientos que han sido revelados a la luz de los experimentos científicos y que explican, en primera instancia, los fenómenos de los cielos y del mar por la fuerza de gravedad. Se plantean los resultados, que según su postura e intereses, explicarían el acaecer del movimiento planetario y su relación de estos con el Sol. Cree que las más de las explicaciones fenoménicas de los astros, se pueden concebir o resolver a partir de demostraciones asequibles entendidas en términos matemáticos y no es algo que sólo mantiene como opinión, sino que tiene una fiel certeza de ello. Conoce sus propuestas matemáticas y además, está seguro de dicho conocimiento por haber realizado la cantidad suficiente de experimentos. Sin embargo, al percatarse de que si hay un esclarecimiento de causas de los fenómenos, las hay sólo de las más próximas. Conoce lo que da lugar a los movimientos estelares, la práctica de los cometas, las leyes de las órbitas y demás, a saber y según lo dicho, todo por acción de la fuerza gravitatoria. Pero entonces nota alguna carencia y abre paso al asombro, sorprendiéndose de que habiendo movimientos tan perfectos, tan cabalmente constituidos y tan elegantes, cabe la posibilidad de que ello “… sólo pudo originarse en el consejo y dominio de un ente inteligente y poderoso.”[2].

El problema descansa justamente allí, en el maravillarse. En el caso de Newton, es evidente que se asombra de que sus demostraciones, las cuales él tenía como la panacea, no aportan sino apenas un mínimo de lo que se necesita para descubrir Verdad como tal; la Verdad, que versa sobre el origen prístino de los efectos o sobre el principio estrictamente, notará que se halla en esta causa primera, no en las causas próximas. El problema será entonces: ¿Cómo explicar o qué decir de una causa anterior –que no puede ser asida con formulas ni explicaciones físicas– de lo que se tiene ya matemáticamente resuelto? Es decir, el paso que notó que debía existir algo más allá de lo evidente que justificara o fundamentara lo que ahora nos salta a la vista, fue un paso enorme, pues no es cualidad característica de los físicos apelar a causas remotas de las que no se sabe demasiado y de las que ni siquiera se puede considerar cierto que existen. Ese asunto de la causa primera fue tachado por mucho tiempo de ‘fantasmagoría aristotélica’. Lo que sirve para algo en la ciencia, es lo real sin más o lo verdadero es aquello que funciona, lo otro son meditaciones obstinadas por las que no vale el esfuerzo preguntar, pues quién sabe a qué se llegará con ello o qué fin puede tener.

Las preguntas en este discurso, entonces se esbozan más o menos así: ¿Qué explicaría la grandeza de lo que ahora ya damos por hecho? ¿Existe alguna causa primera que sostiene la gravedad y así, todo lo que existe luego de ésta? ¿Quién dicto las leyes que ahora sirven para mover los astros con tan escrupulosa rigurosidad? Como es bien sabido, con las interrogantes vienen las respuestas o al menos el intento de éstas y lo que con ello asomará Newton, dará a este texto un fino carácter filosófico. Su respuesta se bosqueja de este modo: “… rige las cosas, no como alma del mundo, sino como dueño de los universos. Y debido a esa denominación suele llamársele señor dios, pantokrator, o amo universal.”[3] Tenemos así, que existe algo que rige las cosas y por su modo de regir, se le ha llamado dios.

La hipótesis es esa: hay ‘algo’ que no se puede señalar ciertamente qué, pero que se sabe que existe por medio de los efectos, este ‘algo’ conduce, rige, ordena e incluso creó todo lo existente con parámetros perfectos y teleológicos. Se supone pues, que dados los efectos, las causas deben existir también. En el caso específico de esta obra: teniendo efectos tan perfectos, debe preexistir una causa perfecta. Ahora, la causa primera será algo más noble según las circunstancias de los mismos efectos, en otras palabras, qué explicaría la perfección en algo sino que fue proporcionada o propiciada por algo aún mejor. Y aunque se empeñe en saber, por medio de sus disquisiciones sobre la idea newtoniana de dios –la cual, cabe decir, es harto diferente de las ideas corrientes del mismo– al final dirá Newton que: “… hasta el presente no he logrado descubrir la causa de esas propiedades de gravedad a partir de los fenómenos, y no finjo hipótesis.”[4] En otras palabras, que no osará en sostener una solución siendo que su deducción experimental no le da nada de esto y las hipótesis con cualidades ocultas no tienen lugar en la filosofía experimental. Aunándole la connotación más bien peyorativa que Newton tiene para con el término hipótesis. Al fin científico, no quiere explicar ello por no contar con los suficientes experimentos. El discurso comienza con un claro problema filosófico, pero termina resolviéndose recelosamente con un argumento científico, no sostiene nada puesto que tiene por imposible probar la existencia de una causa primera, eso al menos físicamente. Los efectos no dan para eso y, cree Newton, que es bastante y suficiente que la gravedad exista realmente y que actúe constantemente tal y como ha sido predicho en determinados estudios[5].

Este tipo de argumento para finalizar su Escolio, creo que hace que se pierda un concepto o una idea lineal de lo que quiere sostenerse, pues más que concluir que algo es algo, temerosamente retrocede ante la idea de cometer un asalto a la filosofía experimental con argumentos metafísicos –como si la física no tuviese algo de oculto e inexplicable también–. Al respecto de la idea de los Trascendentales, muchos quedan menguados por lo que ya decíamos acerca de no aventurar en concluir de manera tajante algo. Al menos el texto, en primera, cumple con Ser: pues si lo observo, lo tomo y ahora lo leo parece que es; es Uno: pues se sigue consecuentemente del pensamiento que desarrolla a lo largo de su obra –cosa admirable es la coherencia– y todo el discurso va de lo mismo, se planteo al inicio un problema e intenta Newton analizarlo; si enuncia o no Verdad, creo prácticamente imposible de juzgar, así como tampoco me concebiría calificando su Bondad; me parece, no obstante, un discurso Bello, constituido recta e íntegramente. No creo que se pueda concluir que algo es medianamente valioso por cumplir con únicamente algunos de los caracteres que le darían este título, abruptamente, algo vale o no. Cosa que, en tanto aportación con tintes filosóficos a la ciencia, podría decirse que sí, mas como reflexión puramente filosófica que acometía llegar a la producción de una respuesta verdadera, quién sabe.

La cigarra

 


[1] Newton, Isaac, Sir. Principios matemáticos de filosofía natural. Tecnos. España, 1987. pp 617-621

[2] Íbid. p 618

[3] Ibíd. p 618

[4] Ibíd. p 621

[5] Cfr. Ibíd. p 621

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