Categoría: Los invitados


Ayer se ha conmemorado el centenario de la Revolución Mexicana. Pero antes de precipitarnos a ajustar una perspectiva dentro de la historia, de la que nosotros nos sentimos partícipes, sería preferible estudiarla. Para nuestra comodidad tenemos una página que nos brinda un recuento de la misma: http://www.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=468&Itemid=83

Las ventajas de tener un recuento de la historia es que por medio de ella le damos fundamentos a una cultura, pero más concretamente legitimamos una nación. Defino Nación como: Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. Tres elementos se derivan de esa definición: Origen, Idioma, Tradición, todo ello es común, es decir Dicho de una cosa: Que, no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios. Partiendo del hecho de que esa “cosa” a la que se refiere nuestra definición son los tres elementos anteriores, podemos dar el siguiente paso.

De los tres elementos fundamentales podemos decir que cada uno puede poseer una visión objetiva y otra subjetiva. En teoría, la subjetividad nos permitiría un rango de libertad de desarrollo cultural que se manifiesta en la objetividad de esa cultura. Sólo la objetividad puede garantizarnos la verdadera comunicación, pero sólo la subjetividad puede asegurarnos nuestra libertad individual. De ello se desprende la posibilidad de que la cultura se nos imponga objetivamente, es decir, por medio de las manifestaciones objetivas de la cultura es posible condicionar la subjetividad.

Localizada dentro del campo de la tradición, la “historia oficial” es un ejemplo de imposición objetivista de la cultura. El afán principal es el de plantear los fundamentos objetivos para considerar una visión homogénea de la cultura mexicana y con ello de la nación. Una vez planteada una visión teórica homogénea de la nación mexicana es posible reclamar una hegemonía de estado, con ello un Estado-Nación.

La historia manifiesta que toda Nación se formaliza por medio de una constitución política. Históricamente son dos las constituciones de mayor reconocimiento en México: La constitución federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857 (que desató las guerras de reforma) y la Constitución Política de los Estado Unidos Mexicanos de 1917 (que, en teoría, formaliza el cese del conflicto bélico acontecido desde su estallido en 1910), misma que representa el fundamento por el que hoy en día nos regimos (http://www.cdhecamp.org/Constitucion_Mexicana.pdf ).

La primera se origina en pleno auge del pensamiento liberal  mexicano; representa una tentativa de consolidación nacional. La segunda se presenta ante un manifiesto desgaste de la voluntad belicosa, que no obstante, consolida el pensamiento liberal de la primera constitución por medio del establecimiento de las garantías individuales. Una de ellas, por las cuales se remarca su importancia histórica, es el artículo 3º, relativo a la educación: laica, científica, democrática, nacional, y social. Por medio de éste artículo y no por una lucha armada, es por lo que, en lo personal, considero que hay que conmemorar. La educación es condición de posibilidad para la reflexión de nuestra historia, de nuestra educación histórica.

El último paso es éste, para poder ejercer nuestra libertad individual, me refiero a un verdadero ejercicio de nuestra libertad de pensamiento, no condicionado por la educación de la “historia oficial”, no debemos permitir que nuestra subjetividad sea condicionada a festejar eventos, ni símbolos, ni héroes que pretendan forzar la homogeneidad cultural, cuya cifra de analfabetismo asciende a 5.9 millones, así como 7.5 millones de jóvenes entre 12 y 29 años que ni estudian ni trabajan. (http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=544635) La nación debe emplear los recursos no en forzar la homogeneidad, conmemorando revoluciones armadas cuyos objetivos se perdieron hace mucho tiempo, la verdadera Revolución Mexicana acontece en el ámbito educativo. Una revolución no anquilosada por la oficialidad ni radicalizada por la lucha armada. Sólo así podremos conmemorar algo.

PseudoLevi Areopaguita

 

Proyecto Brasil 2014

El mundial que Brasil llevará a acabo el 2014 representa un gran problema para México. Además de las cuestiones relativas a la correcta elección del próximo seleccionador nacional, ¿qué muchachos creativos será capaz de producir la liga mexicana para zanjar la profunda brecha generacional que separa a los miembros de la actual selección nacional? Pensar el camino y el proceso que la selección nacional llevará a cabo para cumplir con el primer gran objetivo que es calificar al mundial, parece imposible.

Tratemos de aprender del caso de España. Un país cuya liga, sin sacrificar los índices de importación y exportación,  ha creado “instituciones” al interior de los equipos. Un caso como el del Barcelona merece pensarse. Un equipo que aporta a medio plantel a la selección española, selección que, como el Barcelona y sin ser más brillante que el equipo catalán, basa el potencial de su juego ofensivo en Xavi e Iniesta. Un equipo cuyo estilo de juego recae tanto en las fuerzas básicas  como en la permanencia de bloques enteros de jugadores aún el cese de los técnicos.

De tal manera que el papel del seleccionador nacional es apoyar el mejor y más grande bloque dentro de la liga.  El problema de nuestra selección nacional recae en el carácter disperso de los miembros de la misma. Sin embargo, una manera, la mejor dentro de los recursos con los que cuenta el fútbol mexicano a mi parecer, es interesarse más y mejor en los torneos internacionales sudamericanos. Crear equipos mexicanos en el marco de los  4 años siguientes dentro un proceso de competencia internacional (intercontinental) capaz de crear estilos y bloques de juegos. Equipos como Guadalajara, Pumas, Cruz Azul, Monterrey, Toluca, etc., deben tener un interés distinto al de sólo ganar la liga nacional.

Sólo reforzando a los equipos y creando bloques enteros de posiciones, el futbol mexicano será capaz de estrechar el fuerte abismo que deja vulnerables a los nuevos jóvenes de la selección mexicana.

Bolívar Echeverría

I.
Entré a la conferencia. Debió ser durante mi primer año en la Facultad. No recuerdo el nombre de la mesa, pero sí que el tema era el arte –de pocas cosas se hablaba más en las aulas—de sus posibilidades revolucionarias, de los problemas que le planteaba al discurso filosófico, de su reivindicación en tanto que pensamiento.
Me habían hablado de él, lo citaban en clases, decían que había conocido a éste y que había formado a aquél.
Me dispuse a escuchar y a observar. Extrañamente, y tal vez delato aquí mi incompetencia como escucha o como alumna, recuerdo más lo que observé que lo que escuche: no podría reconstruir los argumentos, pero sí relatar lo visto, contar la anécdota, quizá, diríamos, pasar el chisme. Y fue así.
En la mesa, dos hombres con sus respectivas hojas blancas y sus botellas de agua frente a ellos; un micrófono y letreritos con sus nombres. El primero en hablar fue él. Lentes redondos y cabello memorable. Aspecto serio, casi solemne. Tal vez por eso me pareció mucho mayor que el otro ponente, Jorge Juanes.
Inevitablemente, por tratarse de alguien tan reconocido – ¡toda una celebridad en la Facultad!–, yo esperaba escucharlo hablar, es decir, improvisar, explicar, refutar, argumentar…
Pero esto no ocurrió. Leyó su ponencia con calma y sin exagerar, no sentí un solo signo de exclamación. Simplemente leyó, en eso consistió su intervención.
Y después, como si alguien hubiera querido mostrarnos qué es un contraste, el segundo ponente intervino. Éste ni siquiera vio sus notas. Comenzó a exponer y su voz rápidamente subió de volumen, pasó de hablar alto a gritar, se alteró, corrió, lanzó consignas y terminó.
La ronda de preguntas y respuestas en verdad prometía mucho.
Habló primero un estudiante muy joven, que osó preguntar por la importancia de Diego Rivera en el arte mexicano. Jorge Juanes, respondió con vehemencia: “¡El arte en México no son los muralistas! ¡Urge hacer una historia del arte en México!” Para ese momento, el chico que preguntó estaba hundido en su asiento.
Después otro asistente, de rastas largas, expansiones en las orejas y lentes de gruesas pastas negras, mucho mayor y empapado en la jerga del arte posmoderno, empezó a hablar de Benjamin y su suicidio. El micrófono lo animó y expuso largamente la relación entre el grafiti y el movimiento, y el grafiti y Nueva York, y Nueva York y la no llegada de Benjamin, que era el único –decía él—que podía haber entendido aquella ciudad. Después de una exposición tan provocativa dirigida, por supuesto, al Dr. Bolívar Echeverría, todos esperábamos una respuesta animada, ya fuera a favor o en contra de las afirmaciones de tan informado asistente.
Pero esto tampoco ocurrió. Sin exaltarse en lo más mínimo, el Dr. Echeverría le dirigió una rápida mirada al que preguntaba, después volvió a su texto, buscó tranquilo una página, luego un párrafo y, sin signos de exclamación, releyó. El hombre de rastas, expansiones y lentes de gruesas pastas negras agradeció, y todos nos fuimos a casa sin haber oído otra cosa que los textos del Dr. Bolívar Echeverría, leídos por él mismo.
II.
Era de tarde y llovía. Creo que era fin de semestre en la Facultad de Filosofía y Letras. Entré en la librería del Fondo de Cultura, la que está en Miguel Ángel de Quevedo. Vi a un hombre muy alto al lado de una mujer bajita, comprando libros. Él me pareció conocido. Lentes completamente redondos, y ese cabello… y entonces recordé.
Me pareció mayor, pero menos solemne.
III.
Antes de una sesión del Seminario de Estética, en lo alto de la Torre I de Humanidades, platicábamos sobre las clases más populares, los grupos más grandes, y la saturación de los salones. Y entonces nos contaron. El grupo del Dr. Bolívar Echeverría estaba tan saturado que, ni ocupando todas las sillas y colmando el suelo con personas y mochilas, cabían todos dentro del salón. Ante ello, el doctor pedía, al menos, una sala de conferencias.
Como la coordinación no podía darle una sala, provocó el enojo del profesor, quien, nos dijeron, exclamaba que en Alemania le hubieran dado un auditorio. ¿El doctor exclamando? Eso sólo pude imaginarlo, nunca lo vi.
IV.
Llegamos a clase. El temario prometía estudiar a Heidegger y a Benjamin, pero nos informaron en la primera sesión, que sólo leeríamos al segundo.
Había en este curso una expectación peculiar. Después de todo, tomaríamos clase con el Dr. Bolívar Echeverría. Mucho se oye de alguien así; que es exigente, que a veces pide a todos que sepan leer en alemán, que…
Nos anunció que trabajaríamos como en un seminario: exposiciones en cada sesión, seguidas por un comentario suyo. Sospeché que él no asistiría a todas las sesiones, pero no fue así. Para mi sorpresa, estuvo ahí.
Sus comentarios eran sin duda, la mejor parte de las clases. Resultaba interesante que a pesar de saber al derecho y al revés lo que argumentaba, o tal vez por eso mismo, su exposición nunca parecía trabajosa. Eran irreconocibles los eslabones, todo fluía como en quien cuenta los caminos que ya recorrió.
En la gran mesa que todos compartíamos, había siempre muchas grabadoras acomodadas estratégicamente para captar lo que el profesor decía. Supongo que estaba acostumbrado, porque no se extrañaba ni se incomodaba.
Se mostraba siempre paciente con los expositores, incluso en momentos en los que para todos los demás era difícil hacerlo. Respetuoso con todos, más de lo esperado. Nunca regañón, si acaso un poco burlón y sólo un par de veces, sin rebuscar demasiado el comentario. Alguna vez bromeaba antes de empezar la clase o al terminarla; bromas simples, noté.
Si alguien esperaba consignas –y había quien las esperaba—salía desilusionado del aula. El peso justo a los argumentos. Espacio para lo lúdico en las afirmaciones y en las preguntas, siguiendo a Benjamin.
Esta vez sí lo escuché: improvisar, contar, recordar, preguntar. Y me pareció menos solemne. Sólo por eso me permitiré un comentario impertinente: olía muy bien, lo supe cuando me tocó sentarme cerca de él.
El curso se fue rápido, y cuando vimos, era ya final de semestre. Yo quería saber qué comentarios haría a nuestros trabajos, si le interesaban nuestros temas, si en verdad sería tan exigente como creíamos –nunca pone un diez, decían–. Queríamos que nos leyera y nos comentara. Pero esto no ocurrió.
Supongo que todos los del grupo estabamos escribiendo el trabajo para su curso cuando lo supimos. Resulta extraño escribir un trabajo para alguien que ya no va a leerlo.
Extrañada y recordando, he pensado en aquella ponencia en que lo vi por primera vez. Y para comentar esos trabajos que él no comentó, me han dado ganas de tomar uno de sus textos, buscar una página y luego un párrafo, y releer, con calma y sin exagerar.

Reflexiones sobre fútbol

Fui invitado a participar en este blog para responder a la pregunta “¿cómo sobrevivir al mundial?”. Mi escrito debería ser algo así como una respuesta (acuerdo, desacuerdo, diálogo) a otro texto. Es lo que en este blog (y quizás en otros) se llama “mano a mano”. Pues debo avisar al lector que me reúso a escribir un texto bajo la mentada pregunta (compromete mi escritura y supone varios prejuicios: el no gusto del fútbol, ante todo, el evento mundialista como una fiesta social rechazable, el estorbo de la misma por lo que ella implica, en el blog los autores hablan de “idolatría”, “conversaciones que sólo versan de fútbol”, etc.) Aviso también que este texto, desafortunadamente, no consistirá solamente en una respuesta (espero que los editores del blog vuelvan a invitarme alguna vez pese a que no escribo lo que se pide), no será, pues, sólo un “mano a mano”, será, en cambio, una reflexión sobre el balompié, el balompié como expresión de nuestro tiempo, como expresión de pensamiento.

Sin embargo, para complacer, aunque sea superficialmente, las expectativas de editores y lectores, quisiera “reflexionar” sobre algunas afirmaciones contenidas en el texto “El paria del balón” del autor Gazmogno. Aunque el alcance crítico del texto está limitado tanto por el carácter de “impresiones” que el autor confiesa tienen sus afirmaciones, como por los “trastornos psicológicos” (de manera vulgar, “traumas”) que el fútbol dejó, desde los primeros años, desafortunadamente, en el autor, sorprende que, no obstante, proponga como opción para “sobrevivir a un mundial”, recordando a un viejo sabio (quiero saber su nombre), el “estar en contra de la selección mexicana”. Sorprende también que lo que sostiene tal opción (las otras dos son o irle a la selección mexicana o a algún “otro de los grandes monstruos” del balompié (el entrecomillado es mío, y me parece que el autor debió usarlo como ironía)) es la disyunción “incluyente” ser paria o villa melón. Francamente, no me gustaría estar en una situación en la que se me presenten sólo esas alternativas. Gazmogno elige ser villa melón. En lo que respecta al carácter psicológico de su rechazo al fútbol no tengo nada que apuntar, es más que entendible. Me sorprende, por lo escrito en ese texto, que se formule un rechazo a la selección mexicana, pues si el fútbol es la causa de su malestar, el odio a la selección mexicana y no a otras selecciones no se explica sólo por el trastorno que el balonpie dejó en su infancia, se explica, más bien, por la fórmula “éxito-fracaso”. Nuestro autor arguye que después de tantas derrotas es irracional mantener afición a un equipo (los hinchas del Atlas lo han de querer linchar), que es irracional pensar que saldrá campeón (creo que por lo menos la mitad de la afición mexicana no piensa que la selección será campeona en Sudáfrica). Creo, pues, que nuestro autor (su trampa es decir que son meras “impresiones” lo que escribe y no obstante hacer preguntas de docto: “¿No se supone que el que juega mejor gana”? Por supuesto que eso no se supone, Holanda ha tenido el mejor nivel de juego en varios mundiales (recuérdese la “naranja mecánica” de Cruyff o la excelente selección holandesa de Francia 98 y nunca ha sido campeona del mundo), Italia y Alemania han ganado copas del mundo sin jugar mejor que el resto), no entiende en qué consiste ser aficionado a un equipo de fútbol, pues es claro que no se basa sólo en que dicho equipo sea bueno o malo, salga campeón o no. Por eso Gazmogno encuentra irracional irle a la selección mexicana, un equipo que “apesta tanto” (Nota al pie: Dicho sea de paso nuestro autor jamás justifica dicha afirmación más que con generalidades. Me parece, y trato de hablar desde una crítica justa y no visceral, que la selección mexicana es un equipo “B”. Desde el mundial del 86 hasta nuestros días, sobre todo en el primer lustro de los 90s, la selección mexicana ha mostrado progresos. Como nuestro autor está falto de estadísticas y números, podemos ejemplificar dicho desarrollo con dos sub-campeonatos de la Copa América, una Copa Confederaciones, cinco Copas Oro, 16 años de permanencia consecutiva en los octavos de final de los mundiales (el encontrarse entre las 15 mejores selecciones del mundo durante este tiempo), una medalla olímpica en Atlanta 1996, un copa del mundo en la categoría sub-17, exportación en aumento de jugadores a las ligas europeas más importantes (Rafael Márquez, Andrés Guardado, Ricardo Osorio, Pavel Pardo, Carlos Salcido, Javier “el maza” Rodríguez, Guillermo Franco, Héctor Moreno, Carlos Vela, Omar Bravo, Francisco Palencia, Luis García, Cuauhtémoc Blanco, Javier “el chicharito” Hernández, Gerardo Torrado, Joaquín Del Olmo, etc. Fin de la Nota al pie).  ¿En qué consiste, pues, ser aficionado a un equipo de fútbol? Ser aficionado a un equipo de fútbol tiene que ver con varias cosas: identidad, gusto, postura sociopolítica, deseos, frustraciones, etc. Pensemos por ejemplo en los hinchas del Boca Juniors. Dicha afición no se puede explicar sólo porque el equipo bonaerense sea exitoso y triunfador, sino porque “representa” al barrio argentino (a la quintaesencia de la identidad argentina), por ello es un clásico el “Boca Juniors vs. River Plate” en el que el barrio y la aristocracia argentina se ven las caras, en el que se muestra la oposición frontal subyacente a la sociedad argentina. Por ello, mientras que los “xeneises” tienen un criterio limitado de contrataciones extranjeras, los “millonarios”, preocupados más en el éxito, abren la cartera y las plazas indiscriminadamente. Irle a Boca Juniors no es sólo irle a un ganador, es una postura social, una postura política (en el marco tradicionalismo vs. globalización). Irle al River Plate es también una postura social y política: economías abiertas y globales, políticas liberales, etc. En lo que respecta a las selecciones nacionales su afición o su rechazo no se explican tampoco por la fórmula “éxito-fracaso”, se explican porque ellas reflejan tendencias y proyectos sociales de los países que representan. Juan Villoro, en una entrevista sostenida en 1998 por Javier Alarcón en el programa “La jugada”, analiza el caso de Francia. La selección francesa del mundial 1998 antes que un espejo, representa un deseo de su sociedad: la inclusión de los migrantes y de los franceses africanos. Si se recuerda a los miembros de dicha selección, no sólo el caso del argelino Zidane, sino de los franco-africanos Thuram, Desailly, Karembeu, etc., el irle a Francia en ese momento tenía bastante que ver, según el decir de Villoro, con el deseo de que tal inclusión (reconocimiento legal) se cumpla. Negación de dicho deseo son los hechos de la primera década del siglo XXI en los que se expresan la xenofobia y rechazo del franco-parisino con respecto no sólo de los franco-africanos sino de los turcos, marroquíes, y demás africanos.

Ahora, con este tipo de argumentos, ¿qué significará hoy irle a la selección mexicana? Más allá de una razón futbolística (porque juega bien, porque hay “seis chivas”, porque tiene un bloque defensivo interesante, etc.), ¿qué deseo, qué frustración, qué identidad, qué reflejo, qué postura social y política hay detrás de todo esto? Las exigencias de la afición y de la familia futbolística, antes que tener que ver con “éxitos”, tienen que ver con el juego en conjunto. A México se le pide que sepa jugar como equipo y cuando esto es logrado (pocas veces, recientemente el México-Argentina tanto de la confederaciones como del mundial de Alemania 2006; el México-Italia en Bruselas celebrado este año), la afición se encuentra satisfecha. ¿Por qué se le exige a México que juegue como equipo? Quizás porque su realidad política le obligue a tener tal deseo, quizás porque México mismo, y en esto comparte enorme parecido con España, sea un proyecto fracasado, porque dentro de él, a decir de Octavio Paz (El laberinto de la soledad), se entrecruzan diversas etapas históricas, diversas razas, diversas religiones, diversas lenguas, etc. La siguiente petición a la selección mexicana es, sin embargo, que gane, pero esa petición, legítima siempre, adquiere en el caso mexicano un matiz: el “ya merito”. Y es que gran parte de la sociedad mexicana, tomando como punto de referencia el sexenio de Salinas, siente que está muy cerca del primer mundo, siente que México está a un paso de las economías dominantes. Dolorosos golpes son la devaluación y las eliminaciones mundialistas que nos recuerdan lo lejos que estamos, lo incapaces (no por nuestra naturaleza, sino por nuestra situación) que nos encontramos.

Con esto quise, de manera sumaria y general, caracterizar la afición a un equipo de fútbol y demostrar que ella no se basa, a decir de Gazmogno, en la capacidad de éxito de un equipo, sino en el sentirse representado por él por razones sociales, políticas, psicológicas, etc.

Ahora bien, quisiera reflexionar sobre el fútbol como cultura (y curiosamente, aunque este era el propósito original de mi texto, puede verse como “réplica” a afirmaciones contenidas en el texto de Gazmogno, fútbol como “pan y circo”, como “irracional”). Es “moderno” clasificar los quehaceres y las prácticas de una sociedad: religión, ciencia, humanidades, artes, deportes, etc. La relación y la inserción del fútbol en la cultura (por cultura entiendo no sólo un quehacer, sino la expresión que el mismo puede ofrecer del hombre, en particular, la expresión del hombre y los espacios-tiempos contemporáneos) es recientemente reconocida. El único ejemplo que hay en México, me parece, es el programa Ludens del canal 22 que se propone mostrar el lazo que hay entre fútbol y arte, fútbol y ciencia, etc. Para mostrar lo que el fútbol expresa y refleja de la cultura (sobre todo de nuestro tiempo) me serviré de dos autores: Walter Benjamin y Gilles Deleuze. El primer autor alaba al cine por ser un medio de sensibilización para con las nuevas técnicas y aparatos. Concretamente alaba el efecto de “shock” que implica en los espectadores. También, y esto es pertinente no sólo al cine sino a la fotografía, alaba el volver “visible” lo “invisible”, volver pequeño lo grande o grande lo pequeño (las fotos de microbios junto a las fotos de astros y galaxias, la cámara lenta como “descubridora” de ritmos y movimientos lentos, no vistos antes por el ojo humano). El fútbol me parece un ejemplo de los trastornos perceptivos de la sociedad contemporánea. Me parece que este deporte se asimila al ejemplo que Benjamin hace de un transeúnte en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. El transeúnte, como el futbolista, debido a los espacios-tiempos en los que se encuentran, tiene que tomar decisiones semi-conscientes, “rápidas”. Cuando una persona (aquí persona puede entenderse solamente como mexicano) pasa la calle en un lugar que no le corresponde, decide dicho paso a veces en segundos, contempla distancias, observa el camellón siguiente, observa al conductor del auto y lee en sus ojos si frenará o no, observa la rapidez o lentitud de los coches de los demás carriles, observa a la persona que en el otro camellón quiere también cruzar la calle, etc. El futbolista es un ejemplo cabal de esa racionalidad y de esa percepción (y esto sólo lo entenderá quien haya jugado fútbol o quien sepa ver fútbol). El fútbol es un claro ejemplo de lo entrecruzadas que se encuentran la imagen y el movimiento, la idea de una acción y su realización (esta es terminología deleuziana. El texto del que me sirvo es La imagen-movimiento. Estudios sobre cine 1). Pensemos, por ejemplo, en el gol que Messi hace con la mano al Español. ¿En qué momento Messi decide meter el gol así? ¿En qué momento decide meterlo con la mano? Aunque dicho gol pueda explicarse por la admiración del joven jugador argentino a Diego Armando Maradona, las circunstancias y su contemplación debieron ser favorables para que pudiera realizar la cita de su ídolo (para que la imagen se pudiera volver acción). Pensemos en el gol que Zidane le hace al Leverkusen en la final de la Champions League. Pensemos en cómo y cuándo se le ocurre a Zidane disparar de bolea en esa circunstancia, en cómo llega esa imagen a su mente y en menos de un segundo la “actualiza”. Analicemos la situación y el escenario que Zidane percibe y sobre el que actúa: la distancia de Zidane respecto de los defensas, el espacio y el movimiento del cuerpo adecuado para patear el balón con dirección a gol, la posición del portero, la ubicación de sus compañeros, el ruido de las tribunas, la postura de su entrenador, la cara de los defensas, el minuto de juego, etc. Si Zidane pensara “detenidamente” en (en estrinto sentido, si “pensara”) cada uno de esos factores, tardaría minutos en resolver dicho problema. La percepción se trastorna y tanto la colectivización de las tareas como la no concientización de lo percibido, vuelven solucionables este tipo de empresas, empresas con las que el hombre contempráneo se topa diariamente. Así pues, el fútbol, como los “deportes modernos” (este nombre toman debido al  reinicio de los juegos olímpicos a finales del siglo XIX) además de ser un espacio recreativo y lúdico son expresión y sensibilización de los trastornos perceptivos de las sociedades contemporáneas. El criterio según el cual hay una taxonomía espiritual de los quehaceres humanos (del filósofo rey al esclavo) es propio de una razón (racionalidad más bien) egocéntrica (pues se piensa que sólo en mi ámbito o sólo la dignidad de tal ámbito es merecedora de cosas importantes) y no comunicativa (en sentido habermasiano, la esfera monádica del yo en oposición a la comunidad del nosotros histórico). Más aún, el corazón, me parece, del rechazo del deporte, es la idea (muchos piensan occidental, pero es más bien oriental) del dualismo: la dignidad de las prácticas racionales y espirituales en oposición a la profanidad de las prácticas y quehaceres corporales). Y de ahí la desvinculación de las prácticas deportivas con las prácticas científicas y espirituales de una sociedad. Si “nadie sabe lo que puede un cuerpo” (Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico), el deporta agudiza la pregunta una vez que sabemos que Carl Lewis corre más allá del sonido o que Usain Bolt corre 100 metros planos en menos de 10 segundos. Finalmente, me parece que una vez que el deporte es viste sin prejuicios (reducido a un área) y entendido como complejo (las diversas dimensiones que se insertan en el fútbol, por ejemplo) se vuelve interesante y no rechazable desde el ojo aristócrata y sabio de los intelectuales.

El Hábito de la Derrota

Advertencia, justificación y agradecimientos.

Gracias a la gente de este noble blog que me da la oportunidad de escribir de algo que disfruto mucho como es el fútbol, sé que el lector de este blog está habituado a leer sobre los grandes temas, por grandes plumas, con palabras grandilocuentes y graves, me temo que mis letras están lejos de poseer tan estimables cualidades, yo sólo escribo de la manera en que puedo y quiero, no intento descubrir la quinta esencia del fútbol, a lo mucho busco expresar algo que me ha atormentado cada cuatro años, que me ha hecho gritar como loco frente a un televisor, quizás por eso gran parte de lo que digo sólo es el ruido propio de un partido fútbol. Gracias por su atención.

El hábito de la derrota

In the time of chimpanzees I was a monkey
Butane in my veins and I’m out to cut the junkie
With the plastic eyeballs, spray-paint the vegetables
Dog food stalls with the beefcake pantyhose

Soy un perdedor
I’m a loser baby, so why don’t you kill me?

Beck

Cada vez que rueda un balón de fútbol en partido común hay tres resultados posibles, ganar, perder y empatar, en un mundial en sus etapas infantiles existen estas tres posibilidades, cuando el evento empieza a exigir a hombres no niños sólo hay dos posibilidades o ganar o perder, los equipos de fútbol al igual que los ejércitos se afanan en ganar. Sé que esto puede ser medianamente aceptable, porque precisamente de aquello de lo que más tenemos experiencia es de la derrota, lo digo esto pensando en el tema que nos atañe que es el mundial, que es la pugna más popular del mundo moderno. Pocos son los países que han experimentado la dicha de la victoria, México como país no está entre ellos, de hecho concebir que la representación “azteca” gane algo parece ser una historia digna de una utopía que por necesidad reconsidere la manera en la que el ser humano está siendo lo que es.

La derrota es inclusiva, no aparta a nadie, en primera, aquellos que detestan escuchar cosa alguna de fútbol les será prácticamente imposible, tanto por comerciales, comentarios en la calle, en la comida con los amigos, en el blog que se juró salvaguardar de banalidades, etc. En segunda oportunidad están aquellos que esperan cuatro años para ver el fútbol de mayor intensidad, el más emocionante y es decepcionante porque eso pasa en Europa y se llama Eurocopa. El mundial sólo manifiesta cómo las mismas potencias siempre juegan entre sí, cómo sólo unos son invitados o ambientadores y otros son los verdaderos contendientes. Otro aspecto que no podemos olvidar cómo el gran negocio se come al deporte, por ejemplo: un jugador no puede festejar al anotar un gol de cierta manera, lo lógico sería pensar que se debe a que se tiene que ajustar a cierto código ético que le impide humillar al rival, que le impide burlarse de alguien, pero esta reglamentación tiene que ver más con el aspecto cumplirle a los grandes mecenas que tiene el balompié, que sus marcas aparezcan como cicatrices, realmente esto no es alarmante, debido a que ya existe poca espontaneidad en el futbol, todos juegan a la “segura”.

Una tercera derrota viene de gente que se encarga de joder todos los malditos días con la cantaleta o mantra de que el fútbol enajena, que es parte de un complot para que el gobierno haga de los suyas, que “distraiga” al estúpido pueblo para joderlos, si eso pasa sin mundial, imaginen cuando lo hay, lo insoportable que son. No dejemos de recordar que este argumento prolífico tiene sus peculiaridades, en instancia primera se tiene la falsa certeza de que uno no es parte de esa “estúpida masa enajenada”, debido a que quien lo a firma es lo suficientemente sapiente para no pertenecer masa alguna o que se conocen los hilos negros de lo que es el fútbol, la cultura, la vida el todo.

Y es que justamente ahora que está de moda, que está más presente es cuando el soccer se vuelve interesante a los ojos de cualquiera que se estime como un gran “intelectual”, nada tiene que ver que sea un tema de “moda”, todo es por amor a la palabra. Y es que se hace una conjunción de intereses, ya que los comentaristas deportivos suelen aspirar a mostrarse menos prosaicos y prefieren mostrarse como pedantes, la simbiosis da como resultado una serie de comentarios ininteligibles y pretenciosos a más no poder[1], nos da un programa culto. Y es que hoy en día se prefiere tener la erudición propia de los diccionarios que no se comunican con nadie a ser un dialogante que intenta hablar de manera óptima (esto es tan pedante como los entrenadores que todo lo quieren justificar con estadísticas).

Una cuarta derrota es para aquellos que aman a la selección mexicana, a esta no se le sobrevive, ni se sobrelleva, se tiene, el fútbol en este sentido es como los Beatles o se crece y se forma uno con ellos o simplemente no se le lleva consigo. En ese sentido la selección mexicana es coleccionista de derrotas las ha buscado todas, la imperdible (contra Túnez en el Argentina 78), la imperdonable (en Corea-Japón 2002), la digna (contra Argentina en Alemania 2006) y así un gran número  de derrotas, cada amante de la selección tiene una en particular, una que le duele y padece de manera especial, en este sentido la selección trasciende generaciones y les otorga una nueva gama de derrotas. El amante de  la selección necesita estar preparado para la derrota, para la victoria no se puede preparar, pues nunca ha ganado algo que los hombres estimen y quizás este mundial no sea la excepción, tan pronto México sea eliminado, el mundial se vuelve lúdico y se aprecia al fútbol por venganza o por búsqueda de la excelencia en el dominio de la pelota.

Y es que la pelota favorece siempre a los más aptos, a los más gallardos, quizás ya no lo veamos tan claro porque ahora los jugadores de fútbol suelen ser más cobardes y más aburguesados que un alumno de filosofía, los hombres ya no juegan, ya no podrían con los nuevos reglamentos Beckenbuaer tendría que haber salido del partido contra Italia en 1970, no podría jugar con hombro dislocado una semifinal del mundo y no obstante gracias a Dios lo hizo. No debemos dejar que el pesimismo nos gane, aún quedan hombres que apuestan por la gloria más que por el negocio, sólo dejemos que la pelota lo decida en su rodar (Gracias a Cruyff, Pelé, Maradona, Zidane y Baggio).


[1] Sólo miren a Mauricio Mejía de Ludens que tratar de juntar a cosas como la filosofía y los deportes, esto para mostrarlos como “más” valiosos, como si las emociones o la excelencia demostrada dentro de cada cancha, de cada estadio, por cada atleta no es suficiente, se necesita un ornamento, y hoy no hay nada que se venda al mejor postor que las letras de hombres “ilustres”. No es que todo lo que hagan sea desdeñables sólo que en este aspecto lo son.

Casi, pero no del todo

Me sorprendió primero su relativa independencia. No deja de ser paradójico  que considerándola íntima sea, a la vez, un poco menos parte del cuerpo que el resto del cuerpo, que sea, en algún sentido, otro cuerpo.

Y es que incluso te referías a ella como si hubiera que seguir sus ritmos –espera… aún no se baja. Casi otro individuo en lo más íntimo del individuo. Casi, pero no del todo. Y era encantador que tu cara se alterara para recordárnoslo, que tus gestos fueran los que constataran que, al menos por un momento, el centro ya no estaba en el cerebro. (“Amor mío tu rostro querido, no sabe guardar secretos de amor, ya me dijo que estoy en la gloria de tu intimidad.”)

Después reparé en sus transformaciones. Diferente de la mano, de sus movimientos pensados, voluntarios. Distinta del corazón y sus latidos rítmicos más allá de toda decisión. Entre un movimiento y un ritmo, sin ser ninguno o siéndolos ambos. Movimiento de piel, ritmo de sangre, para que algo completamente distinto aparezca. Metamorfosis.

Aquí no manda tu voluntad, aunque no deje de estar. Transformación necesitada, anhelante; pues no basta una voluntad, no basta. La metamorfosis nos convoca a ambos. Encuentro de voluntades, eso es. Mutua penetración.

Pero a veces olvidabas todo esto, y hablabas de ella como si se tratara de un instrumento de poder, de un símbolo, de una metáfora…demasiado psicoanálisis. Olvidabas entonces, a pesar tuyo, que su devenir, su posibilidad de penetrar, eso que llamabas su poder, si bien no era voluntario tampoco era una voluntad.

Tal vez, creyéndola independiente y sustancial,  la escribirías con mayúscula –y muchos otros lo harían también-, si escribieras su nombre con más frecuencia. Y su mayúscula terminaría por asustarte, te cansarías de esa solemnidad, de esa grandilocuencia.  Entonces, yo intentaría para nosotros el siguiente conjuro: mostrarte las pequeñas vibraciones, las lentas conjunciones, los cambios paulatinos de temperatura, las humedades, los temblores… todo eso que no es de ninguno ni es independiente. Te lo mostraría intentando que aconteciera. Y así, quizá, tu rostro nos recordaría que la verga es algo de lo que casi podemos hablar sin tratar de nosotros. Casi, pero no del todo.

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