Categoría: De figuraciones y reflejos


La publicación que Námaste Héptakis ha hecho, nos remite directamente a la coherencia. Con alguna clase de ironía nos demuestra que la coherencia ha abandonado, desde hace algún tiempo, la escena política mexicana; pero también llega a dos cosas de mayor valor. La primera, demostrarla consigo mismo y evitarnos la lectura de alguna entrada de tintes enciclopédicos. La segunda, hacer patente que la coherencia, fuera de ser la propiedad que confiere cohesión y unidad a algún texto, es fundamentalmente mantener tales propiedades con uno mismo, ser idéntico a sí mismo.

 

No me imagino los tres ejercicios que nos muestra escritos por alguien más, como tampoco me imaginaba respondiendo a un ejercicio semejante. De haber respondido en el mismo tenor, me hubiera visto en la necesidad de haber dejado mi entrada en blanco. Si no fuera porque mantenerme coherente conmigo y no publicar nada es algo grosero de mi parte hacia el buen Námaste, ahora no estarías pasando éstas líneas, lector. De ahí que lo publique hasta hoy.

Así pues, Námaste H. ¿He leído correctamente tu intención? ¿pretendías un performance o evitabas escribir como diccionario*? ¿O es algo completamente distinto?

Perro de llama.

 

 

*Que conste que no quiero decir con ello que normalmente Námaste escriba con ta formalismo, de hecho, me imagino que los demás estarán de acuerdo conmigo en que él se cuenta entre los que escriben de modo más ameno. Me refiero más bien a que a veces los retos basados en una palabra me remiten muchas veces al diccionario…

Pureza en tres cortes.

“A hundred other words blind me with your purity”

I

Cuando pienso en la pureza, encuentro que lo más sólido que puedo decir de ella hablando de ella por sí –sin mezclar ni confundir—, es que es algo que se predica de otra cosa, de algo que se reconoce en sus propios límites, como de algo que propiamente hay que señalar como una propia naturaleza. Éste predicable refiere pues, al momento en que reconocemos en ese otro ente la cualidad de permanecer idéntico a sí mismo, sin alteraciones impropias, es decir, idéntico a sí mismo: sin corrupción, contaminación ni enfermedad.

Aún así, considero que no hay que darle muchas vueltas para darnos cuenta de que una definición así de razonable no puede ver la luz  sin que a cambio se pierdan los sentidos y contextos donde podemos sospechar la pureza en sus matices más definitivos: la naturaleza, el amor, las acciones,  la religión.

II

Frecuentemente ligamos la pureza a los orígenes o a las primeras juventudes, como si en la madurez esto fuera incompatible, innecesario o propio de un estadio a superar en la vida. No es raro que se piense en los niños como plenamente inocentes. Hasta pareciera que es requisito perderla para llegar a ser adulto. Tener un poco de corrupción y degradación es lo que podría llamarse la dosis necesaria para la madurez, cosa que es aparente.

Ya en la vida adulta se asocia la inocencia con la ingenuidad. Lo que en la infancia se considera valor, aquí es un defecto, ya que se trata de la impericia de alguien por ver los engaños que acechan en la vida de los hombres, las dobles intenciones, o toda bajeza disfrazada.

Considero aquello como aparente: la dosis de malicia necesaria para alcanzar la madurez no debe llegar a tales extremos a no ser que asumamos que la figura regular de las relaciones humanas es la hipocresía. Más bien dicha malicia debe ser entendida como un obstáculo a superar. Como un contrincante de cuya derrota o victoria depende nuestra vida en el sentido más fundamental que si de una lucha a vida o muerte se tratara. Es por ello que son ilusorias las formas de entender a la pureza como algo propio de la infancia, o como absurdamente ligada a la ingenuidad.

III

A veces me gusta imaginar que hay una pureza propia del cuerpo y otra propia del espíritu y que sin embargo ambas llevan por denominador común alguna clase de higiene –sólo que más comúnmente llamamos ascesis a la que es propia del alma. Tal higiene ha de ser por definición contraria a la corrupción, degradación, contaminación o suciedad.

La higiene ha de buscarse por una procuración de salud, pero más originariamente podríamos decir que es una clase de autoconservación. Las medidas que tomo para conservarme necesariamente reposan en lo que —confusa o claramente— pienso que es la vida. Por introducir el problema de la vida, creo que ya podemos irnos haciendo de lado las resonancias darwinianas que usualmente conlleva el término autoconservación. Tal autoconservación ha de llevar consigo consideración de las condiciones que cada quien considera completamente necesarias, imprescindibles, para su vida.

Como toda valoración, la salud tiene la dinamicidad de ser en un aspecto relativo en cada persona, pero universal en el sentido de que no puede prescindirse de ello. De igual modo al imaginarnos una salud del cuerpo y otra del alma, no hay complicación en comprenderla en relación con la religión, el amor, la acción moral. De aquí que la pureza sea entendida en la ética, como la acción realizada sin adulteración de intenciones contrarias, acciones desinteresadas; en la religión, con la conducta recta y en conformidad con la divinidad; En la realidad natural con el estado de un elemento que se halla sin mezcla. De ahí también las variaciones en su nombre, sinceridad e integridad, santidad, y simplemente pureza, respectivamente.

Que es posible, alcanzable y hasta deseable es cosa que me parece evidente, pero asunto distinto al que tratamos.

Hablar con las piedras.

Con la frente de narcisos coronada,

aún transmite su delicada belleza,

aunque aquella frente de regia alteza,

con latas fuera estúpidamente rayada.

.

Yace sobre un pétreo brazo recargada

Y su grave cuerpo aún muestra entereza,

Dice “De un momento a otro se endereza”

Mi imaginación de paseante alterada.

.

Por la diáfana realidad con que enervas

Y por la imagenería que connotas

O por la soledad en que te conservas

.

En un parque rodeada por la caterva,

Dí conmigo, triste estatua de eras rotas:

“Mejor la gente de Azcapotzalco hierva.”

Perro de llama.

dos de tres.

El viento mueve la cortina

que mueve al gato

que mueve al florero

que mueve al mundo.

.

La imagen del tedio que se copia

en los pliegues de la cortina

en el pelambre-tapíz del gato

en la corola sinfìn de una margarita

.

Fuera de la carátula del viejo reloj

nada danza sino el tiempo cierto

de tí de mí de todos cuantos mide;

nada sino, solo danza el tiempo

que no hay sino, ni danza

en el tiempo que incierto

trazó pergaminos en nuestros rostros

.

Como la pupila en el ojo,

como la palma en la mano,

en el crudo tic-tac de tu pecho,

Así me fuí con los recuerdos

de una mirada cálida y una

piel pálida, como único pertrecho.

.

La realidad del remedio que se copia

como el humo que se disipa al viento.

A.- Respuesta:

 

Saludos a La Cigarra y a todos los demás. Como la publicación de nuestra querida Cigarra es un relato, me veré forzado a comentar un poco mi parecer acerca del mismo. Lo forzado no viene de platicar con la Cigarra, sino de que no quiero caer en meramente criticar su relato desde lejos, pero a ver si esto se puede

.

Para empezar hay que atender que el título quiere decir una de dos cosas “allá afuera en el Mictlán” o “Allá, donde se hace la ofrenda, en el Mictlán”, lo cual podría sugerirnos que la intención era evidenciar que el personaje de la lectura va y se ofrenda ante el señor de la región de los muertos, Mictlantecuhtli. Habremos de esperar a la autora para que nos haga la aclaración.

 

En general me pareció una narración entretenida y bien hecha para ilustrar una de las imágenes míticas más difundidas en nuestros días del inframundo concebido por la cultura mexica. También siento que le dá ambiente el que haya conservado las expresiones que se encuentran en las fuentes. Sobre el Tlalocan y el Ilhuacac, son la primera y la más remota región de las regiones que podríamos llamar “celestes”, o supraterrenas, pero como creo que ya estoy cayendo en lo que quería evitar, en ponerme a dar notas, se me ocurre que mejor la autora nos lo vaya explicando, o ya si se sienten con ánimos de buscar, encuentren los lexicones que hay en internet sobre los códices. A diferencia de los diccionarios en línea, que muchas veces resultan muy abstractos, los lexicones y vocabularios de códices, muestran la relación de las palabras originales con las derivadas.

 

B.- Notas sueltas.

I.

Antes de comenzar a hablar por la muerte en el mundo prehispánico, me gustaría que nos preguntáramos por la posibilidad de hablar de esto. Para empezar hay que tomar en cuenta que hablar de pueblos, ciudades y culturas desaparecidas lleva muchísimo de riesgo en cuanto a referir verdades se refiere. Si bien, no pretendo adentrarme en cuestiones historiográficas de fondo, creo que no será muy difícil que admitamos que para lograr aunque sea una somera comprensión de los usos y costumbres de un pueblo, así como de comprender las ideas que rigieron la vida de una sociedad y su moral, es necesario tener fuentes más o menos ricas.

 

Arte, arquitectura, textiles, son buenas fuentes, pero insuficientes para levantar la comprensión de una cuestión como la vida y la muerte (pues ambas se implican)  en el mundo prehispánico. Pocas son las culturas que desarrollaron y conservan testimonios por escrito alrededor de la llegada de los europeos: nahuatlatos en la zona norte y centro de Mesoamérica, mayas en Yucatán, Campeche, Quintana Roo y parte de Tabasco, así como en El salvador, Belice, Guatemala, etc., los pueblos Mixtecos Asentados en Oaxaca, Puebla y Guerrero, Y los Incas cuya capital estuvo en el Perú, pero cuyo dominio imperial se extendió de costa a costa todavía una década después de la caída de Tenochtitlán.

 

La llegada del europeo a América tuvo consecuencias que lo mismo propiciaron que impidieron la libertad en la palabra escrita. Por una parte, tras el sometimiento de los pueblos y pequeñas naciones nativas, fueron surgiendo numerosos cronistas e historiadores improvisados que, gracias a la adopción del abecedario, dieron cuenta tanto de la vida de su tiempo, como de las tradiciones que formaron a sus padres y abuelos, ya sea en español o portugués; si bien muchas de estas aún se toman por visiones románticas, hasta en esto se trasluce algo de verdadero, puesto que tales ensoñaciones y consecuentes idealizaciones guardan en sí mismas los deseos, faltas y sueños de quienes fueran obligados a adoptar otros usos. Por otra parte, tenemos los recuentos de testimonios orales, solo por recordar a los principales tenemos a Fray Bernardino de Sahagún y a Fray Bartolomé de las Casas en Nueva España, Pedro Cieza Juan Betanzos y, en particular, un Inca Garcilazo de la Vega en Perú, entre otros escritores.

 

Así pues, es necesario tomar dos cosas en cuenta: primera, que aunque todas nuestras monedas muestren un águila de tipo mexica, es un reduccionismo terrible tomar por “mundo prehispánico” a la civilización predominante en la cuenca del Valle de México. Segunda, que al hablar de usos y costumbres prehispánicos, nos movemos en un terreno endeble e impreciso.

 

En las siguientes dos partes del apunte (que de momento les debo), veremos qué hay de la muerte para los Incas…

 

Una calavera (…o calaveroide)

Estaba zule un día al destino tentando

por desear  aclarar un enigma

y aunque toca, llama, clickea, no ve ninguna cima

de lo que a su raro primo estaba pasando

.

Allá en la lejana Morelia, del cine sale una Calavera

y mira curiosa a esos verdes ojos

cuya mirada delata sus muchos abrojos.

Mira y mira a Chabela, descansando de la calle a la vera

.

La mira y la mira, la observa y con su vacuo aliento rodea,

y de un momento a otro imagina que la comprendiera:

“A esa chica ocultan algo que saber ya quisiera”

piensa su muerte invisible y en secreto se regodea.

.

Toma figura humana, para que no sea despreciada

“¿Qué tienes? ¿Qué te preguntas?” susurra con decadencia

“NaDa, ke Me DiiZen NaDa” responde su febril impaciencia

“Yo sé lo que tú no sabes” Dice con voz quebrada

.

Pobre de la Michoacana, ávida de explicación

ella sola llevada al borde de la desesperación.

–Incauta: olvidó del felino la suerte

y por preguntona se la lleva la muerte–

.

Pues la Calavera la distraía entonando su canción

a la vera de la calle la ha aplastado un coche

en cuya defensa se lee un mensaje de derroche:

“Quisiera ser una piedra” bien escrito, pero con mala intención.

…y el silencio en una conversación.

 

Hay gente que teme al silencio, otros que lo buscan y otros pocos que lo necesitan. Los primeros porque les parece que así suena la soledad, los segundos porque el aislamiento es bueno para concentrarse, los demás quizá por vicio o enfermedad. Lo único cierto de esto es que es falso por ser tan general y, como buena recomendación que nos ha sido legada, de las cosas humanas no podemos discurrir de maneras tan generales con un buen grado de exactitud.

 

Andarle buscando esencia al silencio no son modos, está tan fuera de lugar como lo estaría incluir al vacío en la tabla periódica. Esto sin mencionar lo inútil que resultaría ponderarlo como la ausencia de vibraciones en un medio. Si bien, la notación musical expresa su mesura, el primer paso concreto lo damos si comenzamos por hablar del silencio no como ausencia de sonido, sino como un fenómeno simbólico. Algo que se presenta dentro del lenguaje y con tantos matices como intenciones y sentimientos podamos expresar.

 

En efecto, vemos que puede significar respeto, reserva, irreverencia. Puede ser un indicio de atención, precaución o desconfianza, también puede asustarnos cuando nos recuerda que a eso puede sonar la nada. Ni la música ni el lenguaje serían posibles sin ello, pues más que una condición para ambas, también es su condimento. Y es esto último lo que me gustaría que revisáramos, pues ahí es donde podemos darle vueltas al silencio en una conversación.

 

Ya que vimos que sería necio atribuir un solo sentido al silencio, en una conversación a veces sirve para evidenciarnos la familiaridad o lejanía que tenemos con alguien. Los silencios más dolorosos se dan cuando estos nos denuncian que una relación se ha roto o está por romperse, los más incómodos cuando una relación no acaba de darse y –quiza— no hay modo que pueda darse; y pese a ello, los más sanos cuando no hay nada que decir.

 

En ocasiones también sucede que el silencio dice más que las palabras. Y no me refiero a cuando silenciosamente dirigimos una mirada, un gesto o alguna seña, sino cuando sencillamente hacemos nada y puede tomarse como mensaje. Del silencio de la indiferencia a aquél que constituye los pilares de un enigma, pasando por el de la estatua que rompe su silencio en el poema de Villaurrutia, más que abismos hay mundos de diferencia.

 

Un intento de anámnesis.

Despierta

Y se da cuenta de que respira, difusamente también de que lleva rato ya despierto,

Pero le cuesta enterarse, las imágenes se suceden y mezclan unas a otras

Como si de las caprichosas formas que el humo emanado de la punta de un cigarrillo se tratase, se va percatando de su situación.

.

No está precisamente acostado, su respiración, lejos de apacible, está agitada

Su piel, empapada en sudor, y en los huesos duelen los alfileres que imagina por la fiebre que se carga.

.

Apenas alcanza a distinguir el techo de las paredes, pues se encuentra en una habitación blanca y muy iluminada, a esto añadimos que uno de los golpes apenas le deja abrir el ojo derecho y, encima, que es el mejor que tiene.

.

No sabe dónde está, y la boca le sabe a sangre. Con la lengua alcanza a sentir que sus dientes ahora parecen aserrados y que su boca tiene una hinchazón tremenda.

.

Ha pasado un rato más y se percata de que alguien tuvo el detalle de envolverlo en un zarape. Ni pensaba levantarse, el dolor es enorme.

.

No tiene forma de calcular el tiempo, pero siente que es el segundo o tercer día. No hay ventanas, ni sol, ni un reloj, ni otro ser vivo. Y la complicidad que hay entre sus dolores y la casi total ausencia de recuerdos contribuyen al extravío y a ignorar el hecho de que no se ha alimentado en ese tiempo.

.

Su aliento, a ratos le hacen ver cosas: cada vez que aspira le duele del interior de la nariz hasta el tórax, cada que exhala, el vapor que sale de su boca y nariz toma formas. No, algunas vagas sugerencias de figuras, jirones de rostros, fantasmales estructuras de lugares que, así como llegan sustituyendo al anterior, son suplantadas por el siguiente. Un desfile de cosas tan lejanas como sospechosamente familiares se suceden de continuo.

Cree ver un rostro, cosas, situaciones que se esfuman. Piensa que su cabeza está tan vacía como el cuarto en el que está.

.

De todas las figuraciones la de ella es la única que regresa. Aunque nada le asegura sea la misma, le parece no imaginarla dos veces de la misma manera

.

Solo hay dos cosas que le parecen recurrentes en el desfile de imágenes: la imagina riendo mientras una bocanada de humo se le escapa y, nuevamente ella, con la mirada fija en algún punto, con un gesto melancólico.

.

De repente un cambio. Aquél hombre pasa de la indiferencia a la obsesión. Finalmente ha llegado a una idea es esta: que si logra intuir quién es ella podrá saber qué hace ahí, quién es, y quizá si vale la pena hacer algo por sí mismo.

A estas alturas, el dolor es ya infernal, el hambre ha dejado de ser tolerable y nuevos achaques aparecen. Sin embargo se propone no levantarse sin saber el misterio que guarda esa sonrisa o el dolor detrás de esa nostalgia.

.

Intenta de juntar los recuerdos. La ve con el gesto triste, recargada —de un ¿coche? ¿Ahora escritorio? ¿quizás una pared?— con el cigarro en la mano izquierda, su vestido floral y con el peinado alto. Unos treinta, treinta y dos años. La nariz recta los ojos claros y una piel blanca que muestra unos muy tenues signos de edad.

.

La ve una y otra y otra vez, en esas visiones alternas que, sugieren ser los extremos de toda química de las emociones, ahora la ve con sus labios carmesí que bañan –de abajo hacia arriba— con hilillos de humo el resto de su rostro, ascendiente inunda las fosas en su nariz, continúa subiendo hasta sus ojos, pasa por el lunar que está junto a su ceja derecha y se pierde entre su fleco. Su cabello se mece al ritmo de esa risa, sus ojos se contraen. No guarda la textura de su risa, que fluye muda como las aguas subterráneas, tampoco ve sus ojos. Que pudieran ser cuencas vacías éstos y el estrepitoso ruido de cristales rotos aquélla es lo único que realmente le atemoriza. Y así, con la última bocanada de aquella actriz de comercial se escapó su último aliento.

Sin dedicatoria particular

Ayer me enteré de que

las cuerdas de mi violín

podían matar a un ratón.

Me pregunto

Por qué las cuerdas

vocales tuyas

no pueden matar

a ese cruel carcelero

que tienes por orgullo propio.

.

Si gritas tan alto

¿es para darte la impresión

de que dices verdad?

¿es para llamar la atención?

¿O nomás porque ya sabes

que no sabes más charlar?

.

Hoy me enteré que

Si tocabas era

Por mera vanidad.

Que no tenias nada que decir o cantar,

que no era nada de esto sino un malabar.

Que tus padres habían hecho de ti

Una persona culta.

.

Mañana me enteraré de que

tu presentación ha sido un éxito

como todas las demás.

Y que, como decía otro famoso:

Nada nuevo bajo el sol.

Destinos, Historias. Cantos y desencantos

(1) De árboles y Ciudades

Imaginemos que podemos cortar de tajo a una ciudad completa ¿Podríamos ver, como sucede con los árboles, los anillos? ¿la forma atrapada del primer brote? ¿hacer el cálculo de cuando sufrió una peste, una quemazón o  –quizá– algún año de especial y nutricio desarrollo?

Que no sea equiparable la vida con los casos del árbol y la ciudad, ni aún el de un vegetal y un hombre es cosa que,  por cordura y experiencia, debe resultarnos evidente. Sin embargo me parece que podríamos tomar por análogos los anillos del tronco y la historia de un hombre, una comunidad, una cultura.

En efecto, aquello que habrá de darnos cuenta de como transcurrió éste o aquél tiempo será en nuestro caso algo más sutil que un corte transverso, es un análisis, una comparación crítica entre lo que solía suceder con lo que sucede. Aquél tiene sequías y aquí hay carestías; allá hay plagas y enfermedades, acá tenemos presencias nocivas, crímen organizado y actores no-genuinos.

Sin necesidad de creer en la noosfera de los biólogos se puede mantener la imagen y la suposición ya que tal tipo de acercamiento puede brindárnoslo la historia. Que si bien, aquí ya suponemos la ventaja de que el corte no matará a la ciudad como sucede con el árbol, hay divisiones que son inevitables. También es enormemente necesario tener en cuenta que aunque tales tipos de cortes se hacen con afanes científicos, no hay una ciencia unificada, sino variedades.

Lo que tengamos por historia es lo primero. Aquí no se pretende polemizar con la historiografía, pues lo que buscamos es entender al hombre, no producir alguna fórmula convencional para la urdimbre de alguna clase de obra intelectual. Tampoco viene a cuento el rumbo actual de dicha discipina, a lo sumo nos interesa el orígen del término, pero tan solo en la medida que pueda servirnos para entendernos.

Imposible ignorar el término original que, para nosotros que estamos a la distancia de un diccionario de aquél, remite tanto la investigación, como a un tejido y hasta a las velas de los barcos.

Cuán provechoso resulta dar vida a aquellas secas definiciones a través del mito de las Moiras, las tres hermanas que misteriosamente reparten la fortuna a los hombres, la primera hila en una rueca, la segunda entreteje las hebras  en el telar y la tercera corta los hilos que somos cada uno de nosotros, nos asigna la hora de la muerte. ¿Qué resultado de esta misteriosa urdimbre sino la humanidad misma? De aquí que entendamos las primeras líneas de la Metafísica de Aristóteles y de Las Historias de Heródoto como investigaciones, a pesar de su tan diversa naturaleza: ¿qué sería una investigación sino aquél momento en que gracias a los empeños intelectuales podemos acercarnos a algo y distinguir de una complejidad tan familiar como misteriosa, un entramado?

Que en la actualidad busquemos a tientas los anillos del árbol de la ciudad, en la historia, antropología, sociología, etnografía,  y que por ende, hallemos solo fragmentariamente las respuestas, es análogo a buscar la naturaleza del hombre y los animales en los genes.

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