Categoría: Abismos, ensueños y otras ausencias


Absurdum est

Al ir caminando de regreso a casa, lo sacó del bolsillo. Lo miró atentamente como buscando algo más de lo que seguramente encontraría allí. Quizás eso se debió al mareo que lo invadía en ese preciso momento. Después de un rato se sintió cansado y asumió que no iba a hallar nada aparte de lo de siempre así que decidió volverlo a guardar.

En el camino que iba desde su mano de regreso al bolsillo, algo sucedió. No supo de qué se trató; algún transeúnte que pasaba a su lado, una ráfaga de viento más fuerte de lo acostumbrado, algún proyectil arrojado por quién sabe qué o simplemente su estado actual de desorientación. Podría ser cualquier cosa. Tal vez, con su actual mareo, sus movimientos habían tornado torpes y haciendo que que lo soltara sin más. Era posible también que el sudor de sus manos lo hubiese hecho resbalar. Cualquiera que fuera la causa, de todos modos, la caída era inminente.

¡No! Era seguro que se rompería, al hacer contacto con el concreto de la banqueta. Sus partes saldrían disparadas y él lo vería hecho trizas. Tal vez no se rompiera; pero era cierto que se echaría a perder.

Observó con horror el recorrido que hacía hacia abajo, aumentando su velocidad poco a poco mientras la fuerza de gravedad ejercía su influencia en él. Observaba todo esto pero se veía impedido para intervenir. Era inminente: lo perdería. Por su mente pasaron imágenes, palabras, personas. Todas tenían que ver, de una u otra manera, con él, con su situación actual. Todo ello se vería afectado por el desenlace previsto. Era una pena.

El impacto con el suelo se dio, y en efecto volaron un par de piezas. Estaba roto. Él sintió que su mundo se derrumbaba, o que por lo menos sufría un duro golpe del que no sabría cómo recuperarse. Se sintió muy mal.

Mientras observaba el funesto panorama, su amigo F, que pasaba por allí, viendo todo esto, le dio una palmada en la espalda y le dijo, con una sonrisa que denotaba mucha tranquilidad: “No te preocupes. Estaba padre; pero esas cosas pasan. Después de todo, sólo era un pinche celular.”

El sol lanza sus primeros rayos. Todo comienza a distinguirse poco a poco, dejando ver sus figuras y contornos. Abro los ojos después de una dura noche.

Me resultó difícil conciliar el sueño. Pasé horas inquietas, agitadas. Un frío que me hizo pensar en una inmensa soledad carente de todo fue lo primero. Después un calor asfixiante que no me permitía respirar. Me sentía agobiado. Cuando finalmente me sentí liberado, mis ojos no se cerraban. Se negaban a abandonar la vigilia de la que yo quería escapar. Pensamientos confusos y sin orden llenaban mi cabeza y me atormentaban. De repente, el inconmensurable cansancio venció y dejó que mi cuerpo inerte yaciera por algún tiempo; aunque algo así como el descanso brilló por su ausencia.

Con todo, ya ha pasado. Con las pocas fuerzas de alguien que no ha dormido en días logro ponerme en pie. Siento un agudo dolor en el hombro izquierdo. Hago un esfuerzo hasta que logro sobarme con la mano derecha. Muevo un poco el brazo y ya está. Seguro no es más que el síntoma de una mala noche. Pronto pasará.

Escucho que tocan a la puerta. Me acerco lentamente a ella y la abro. ¡Allí está!

¡Es la melodía que tanto esperé! ¡Eso era lo que faltaba, lo sabía! Se acerca a mí, roza mi cara y se va. Se funde en el panorama que se presenta a mis ojos. En las nubes del cielo, en el verde durazno frente a mi casa. En la mariposa que revolotea juguetona a través de mi jardín. Y en el bello y abundante rosal que se encuentra en el rincón.

Esa hermosa música que lo llena todo me hace abrir los ojos de verdad. Me percato de que no importa la noche anterior. No es que no exista. Allí está y fue vivida por mí. Pero ha terminado. Eso es lo que importa. Sigo aquí y en medio de todo este colorido.

¿Cómo es posible que ni siquiera se me ocurra prestarle atención a aquello? Una vez que termina la tormenta, todo es tranquilidad en el valle y la vida se reanima.

Una sensación rara, pero bella, invade mis miembros. La piel se me enchina y siento algo mágico moviéndose en mi ser. Despertando.

¿Cómo pude creer alguna vez que los árboles no pueden hablar? ¿Qué las rocas, las flores y las nubes son mudas? ¡Por supuesto que no! Es sólo que nunca me había detenido a escuchar. Nunca me interesé en interpretar el lenguaje en que todo ello se expresa.

Siempre me había parecido algo tan ajeno, lejano a mi persona. Inaccesible. Pero así sólo me tapaba los ojos ante la verdad y la belleza que subyace al mundo, a la naturaleza.

Por mi libre elección opté por seguir un camino tortuoso, difícil y lleno de obstáculos. Y cuando había llegado al fondo de mis artificios, de mis ocurrencias e ideales falaces, algo sucedió. Algo que me obligó sin violencia a voltear y ver lo que yo no había visto.

Algo sucedió. Unos ojos aparecieron y llenándome de tranquilidad abrieron una zanja en las profundidades de mi orgullo. Éste fue perdiendo su fuerza hasta que el exceso devino la justa proporción.

Después de eso ya nada será igual. Con mi orgullo controlado comencé a ver las cosas como son. Por supuesto que no es que no existan las dificultades, los obstáculos o las complicaciones. Es sólo que ellos no representan a la totalidad, aunque sean muchos; y no por ellos he de darme por vencido y tirar todo lo demás como si fueran desperdicios. Algo hay allí.

Esos ojos que permanecen siempre en el mismo lugar.  En todos lados, recordándomelo. Me encantan esos ojos llenos de melodía y vida. No me conformo con verlos desde aquí. Corro sin cesar y sin pensarlo. Cuando por fin llego al límite, me arrojo y vuelo hacia ellos.

¿FIN?

Al atravesar al otro lado de la puerta no puedo describir lo que veo. Son demasiadas cosas. O no es nada. Una obscuridad abrumadora. A decir verdad no puedo asegurar que logro ver algo. Todo se está moviendo en un gran desorden. Mis ojos no logran atrapar nada que puedan distinguir con claridad. Mucho menos logro encontrar palabras para describirlo. Cuando empiezo a ver algo determinado, lo cual no pasa sino en instantes muy efímeros, inmediatamente se escapa dentro del mar de confusión que me rodea. Siento mucho miedo. ¿Serán puras fantasías mías? ¿Y si la realidad en verdad se ha convertido en este desbarajuste? Puede ser cualquiera de las alternativas. Y muy seguramente aquéllas no son las únicas dos. No me interesa preguntármelo. Perdiendo el tiempo en preguntas así no lograré ver nada; la confusión solamente aumentará debido a ellas. De cualquier manera, mientras sienta este miedo tan intenso no podré lograr la calma que ha de requerir un buen preguntar. Ahora sólo puedo pensar en la desesperanza que me embarga.

Podría decir que veo luces… Aunque no puedo garantizar lo que digo, eso es todo lo que presumo poder decir.

Resulta extraño. Según yo, recuerdo que no ha sido siempre así. Antes, al salir de casa, todo era cotidiano, normal. Yo estaba acostumbrado a lo que me esperaba afuera. Los mismos rumbos de siempre, día a día los mismos rostros conocidos aguardando a mi salida. Todo era igual una y otra vez. Hubiera podido asegurar que saldría a esa normalidad de nuevo. Deseaba salir a ella, pese al tedio que me había dominado en tantas ocasiones previas. Era sólo una vacía repetición y lo sabía; aunque necesitaba salir de esas cuatro paredes que me aprisionaban, respirar aire puro. Pero al abrir la puerta sucedió algo asombroso e inesperado: no logré ver nada en absoluto. Y después…

No sé en qué lugar me encuentro. De hecho me parece haber entrado a algún sitio en vez de haber salido. Es raro. Siento como si estuviera encerrado en un lugar que, paradójicamente, no parece tener límite alguno. Todo me da una sensación de inmensidad.

¡Luces! ¡Sí, son luces! Pasan tan rápido y sin cesar que ni siquiera las puedo perseguir con la vista. Me siento mareado. No sé qué hacer. Quiero gritar. No tiene caso: mis gritos se confundirían con todo lo demás y se perderían a final de cuentas. Sin que yo me percatara siquiera de que hube gritado.

Se me ocurre cerrar los ojos, confiando en que es mi imaginación y que, al abrirlos, todo volverá a ser como antes. Otra opción es no abrirlos nunca más. Quizás así todo adquiera alguna coherencia. ¡Eso es! Renunciaré a todo contacto con el exterior para estar seguro conmigo mismo, dentro de mi mente.

He de buscar en mis pensamientos algún recuerdo o noción que me sirva de protección y de alivio. Así, tal vez llegue a obtener tranquilidad.

Inicio la búsqueda… Nada

Busco en mis razonamientos, en mis sueños, en mis recuerdos, en mis creencias… Nada.

Busco alguna imagen que me brinde calidez o familiaridad. ¡Nada! No hay nada.

Incrementa la desesperación. ¡Es aterrador!

No encuentro nada aparte de un gran vacío que todo lo abarca. No puedo soportarlo.

Abro los ojos y todo sigue igual. El mismo lugar obscuro y cambiante. Todo en él se mueve. Sin embargo, creo que fue peor la nada con la que me acabo de enfrentar. Comienzo a resignarme. ¡No puedo hacerlo! Rompo en llanto. Ni siquiera puedo asegurar con toda certeza si estoy dentro o fuera; ni dentro o fuera de qué. Si al menos pudiera regresar por la misma puerta que me arrojó aquí; pero ya no está. Ahora no sé si alguna vez estuvo allí.

De repente siento que algo toca mi hombro. Es un contacto cálido y suave que parece animarme un poco. Volteo para ver de quién o qué se trata, aunque anticipo que ya no estará allí. Sin duda no veo nada; pero continúa esa especie de alivio en mí. Me dejo llevar. Me aferro a la idea de que ha llegado alguien a hacerme compañía. Sé perfectamente que no hay nadie; que mi idea no es nada. Eso no me importa. Permito que esa idea me atraiga a sí y me lleve consigo. La embriaguez me llena. ¡Me siento tan bien!

Mi idea es tan bonita que la abrazo con todas mis fuerzas. La beso y la hago mía con lo que sospecho que es cariño. Supongo que ahora soy feliz. Por un momento me olvido de la confusión. Me siento tan seguro y lleno de confianza que me desnudo ante ella. Me dejo mirar tal y como soy por esta idea que, después de todo, no es nada. Me fío de ella como si fuera alguien. Como si se interesase en mí. Como si me quisiera.

El caos alrededor ya no me puede afectar. No podrá hacerlo en tanto yo esté sano y salvo con mi idea. Nada me hace falta. Me digo a mí mismo que la amo. Ya no me preocupa siquiera el vacío dentro de mí que me aterró. Pareciera increíble pues fue hace tan sólo un momento. ¿O no? Simplemente hago como si no estuviera allí y no está allí. Llego a pensar que en realidad es así.

¡Mi idea! Creo haber vivido momentos tan alegres con ella, que me imagino que así será siempre. Que siempre estará allí conmigo. No obstante, mi idea no está de acuerdo conmigo. No le agrada eso de estar a mi lado para siempre, pues es egoísta y solamente le interesa no aburrirse. Con el tiempo se ha aburrido de mí. Desea que yo la suelte para ir en busca de alguien más. Es una ingenua. ¡Cree que hay alguien más! Pero estoy yo solo. Le hago ver que incluso ella no es nada sin mí y la aprieto más contra mi cuerpo. Ella se resiste. Lucha con todas sus fuerzas hasta que la suelte. Lo hago porque veo una gran amenaza con sus ataques.

La dejo ir.

Ella dice que se va…

Pero no lo hace. Permanece junto a mí.

La confusión ha regresado. La veo de nueva cuenta. Y ahora que mi idea está en mi contra, todo parece más grave.

No sé qué hacer.

Debo buscar una manera de entenderme con ella para hacer que se vaya, tal como dijo que era su deseo. Finalmente, así será mejor para ambos. No se me ocurre cómo lograr eso. Tal vez requiera un magnífico esfuerzo de mi parte tanto el tratar con mi idea como el acabar con la confusión. Es posible; pero yo no puedo hacer semejantes cosas. El esfuerzo no es lo mío. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez, por lo que mejor los vuelvo a cerrar. Para no toparme con el vacío, procuro no concentrarme ni pensar en nada esta vez.

Después de algún tiempo, me canso.

Creo haberme quedado dormido.

El sol se levanta en el horizonte. La obscuridad que lo cubría todo se va diluyendo en el mar de luz que ahora aparece. Puedo distinguir claramente unas cosas de otras. Se desvanecen las fantasías espantosas que mi mente había creado.

¡Qué tranquilidad! La tempestad ha pasado. El astro rey ha emergido para mostrarme el orden que yo había hecho devenir confusión. Mi intento de emancipar mi voluntad de todo lo demás ha fracasado. He perdido. No obstante, creo que es mejor así. Después de todo, lo único que hube logrado fue atentar contra mí mismo. Y ¿de qué ha de servir ser libre si con ello se elimina toda posibilidad de existir? La vida llevada, perdido en la obscuridad creada o imaginada por uno mismo, no es vida. No plenamente.

¿Acaso se puede decir que he vivido todo este tiempo? No lo creo. Pero ahora sé que lo haré. ¡Qué oportunidad más maravillosa se me presenta! Todo depende de mí. Nada malo puede pasar ahora. La luz. El orden. Veo ahora cómo son las cosas con una claridad que nunca antes noté. Todo será fácil de aquí en adelante. Sin embargo… Sigue faltando algo, creo estar seguro. ¿Qué puede faltar en este claror innegable? No hay dudas en mi razón, como no las hay en lo que ven mis ojos. Supongo.

Siento en algún lugar de mi ser que eso no es todo, empero. Debería haber algo más, aunque no puedo imaginar de qué se trate. No tiene sentido pensar en eso. Todo está bien. Nada me puede faltar ahora. Debe ser un truco. Un hado maligno que no me quiere dejar en paz y que provocó la confusión ya superada. ¡No lo permitiré! Ya todo ha pasado.

Salgo de mi cuarto para encontrar todo en donde debe estar. Mis cosas están como siempre. Está algo sucio pues no he limpiado en muchos días; pero se ve muy bien. ¿Quién iba a pensar que una noche de insomnio pudiera ser tan pesada?

Afortunadamente la falta de sueño no me ha vencido. Me siento tan fuerte y animado. Cosa será que el día de hoy procure dormir temprano y listo. Tengo hambre. No hay nada de comer: solamente un plato con sobras. ¿Desde cuándo estará allí? No lo sé. No me importa, lo engullo con rapidez y bebo un líquido medio amarillento que se encuentra en un vaso sobre una pila de papeles. Ya está. Creo que me siento un poco mejor.

¿Qué hora será? No suelo cargar con relojes ni tenerlos en casa. Me desesperan. De hecho nunca me pregunto la hora que es; pero ahora deseo saberlo. Qué extraño. Debo saberlo. Pensaré. Si me acosté ya bien entrada la noche y no pude dormir sino hasta que el delirio terminó, y esos delirios tienden a durar siempre lo mismo: seismil cuatrocientos latidos; y no dormí absolutamente nada, entonces con seguridad el sol estará a punto de llegar a su cenit. Seguramente eso es. Pero si considero que el sol tarda cerca de ocho mil latidos en llegar a él, aún debería faltar bastante. Algo no concuerda. Quizás al sol se le ocurrió jugarme una broma. El individuo que lo controla suele jugarme bromas de muy mal gusto. ¿A quién, si no a un enfermo, puede ocurrírsele que el sol salga antes de lo acostumbrado? Sólo a él, y lo ha hecho porque está en mi contra. Sabe que el calor me desquicia. Aunque por fortuna el sol aún tiene cierta independencia de aquél, y hoy no acalora como otros días lo ha hecho. Eso me da confianza para salir.

Debo ir al templo de ese controlador. Debo terminar con él pues sólo así me dejará en paz por fin. Es evidente que eso debo hacer si quiero que los delirios terminen.

Me apresuro a ponerme mis zapatos de siempre y a tomar mi chaqueta gris. Tomo la perilla de la puerta. Está atorada con algo. La empujo con todas mis fuerzas hasta que se abre con una gran fuerza.

Este cuarto es muy pequeño. ¿Cómo puede alguien habitar aquí? Es infrahumano. Solamente podría servir como lugar de encierro o para torturar gente. Es lo único que se me ocurre que este cuarto podría ser. ¡Qué ideas tengo! Sólo a mí se me ocurriría algo así. ¿A quién más si no? Es claro que a nadie. Nadie más hay por aquí ni puede haberlo. A menos que yo quisiera. ¡No! Estaré a salvo mientras no haya nadie más. Por eso no quiero otorgarle la existencia a ningún otro. Lo único que otro significaría sería una amenaza constante. Y más en un cuarto como éste. Las cuatro paredes son tan deprimentes. Todas grises y enmohecidas por la humedad. Pobre de aquél que tuviera que vivir aquí. Sólo lástima podríase sentir por él, ¿o ella? ¿Quién es ella? Únicamente puede ser el otro aspecto de él. Pobre de ella. De ser real, también se encontraría aquí encerrada, con tan espantoso panorama. Pobres de los dos. Si para uno solo de ellos esto sería inhumano, ya me imagino a los dos aquí. A menos que los dos no sean sino uno y el mismo. Después de todo, otro aspecto no implica a alguien más. No necesariamente. ¿Y él? No puedo pensar qué clase de ser tan bajo ha de ser. No puede serlo, a no ser que lo estén castigando por algo. ¿Qué cosa tan grave pudo haber hecho para ganarse esta tortura? Debe ser algo terrible; de lo contrario le darían azotes, llenarían su cuerpo de electricidad, le darían varios tiros en las piernas, o algo así. Más sencillo y cotidiano. Pero no este cuarto. No con este calor. Sin embargo, seguro se lo merecen, en el supuesto de que ellos en efecto estén aquí. Si están aquí no han de ser dignos de ninguna compasión. Algo hicieron. ¿O hizo? ¿Cuál de ellos dos lo hizo? Por su culpa está pagando el otro, un inocente. Pero si es él mismo, ella misma, no puede ser inocente. Culpable es. Culpables son. Merecerían quedarse aquí siempre. Lo que hicieron no amerita ninguna otra cosa. Alguien pensará, muy seguramente, que en tanto estuvieran los dos no la habrían de pasar tan mal. Error. Uno y otra serían el modo ideal de coronar este castigo inhumano. Se odiarían y buscarían hacerse daño. Y a la vez lo lograrían. ¿Cómo podrían aguantar esto? No puedo imaginarlo. Pero he dicho que no hay nadie, que alguien habría solamente en el caso que yo lo deseara así. ¿Acaso deseo que esos dos, él y ella, estén aquí? Sí… No… No lo sé. De cualquier manera no depende de mí. Desearía que así fuese. Vivo creyendo que así es. Eso me puede llegar a dar cierta tranquilidad. Pero ellos están aquí. No podrían no estarlo en modo alguno. Ellos son parte de mí. Ellos son yo. Yo soy ellos. Los tres. Yo. Yo soy yo y no hay remedio. No hay escapatoria. Bienvenidos sean a nuestro hogar. A mi hogar.

… Bonito lugar. Hace algo de calor. Me quitaré la sudadera que traigo puesta. Según recuerdo no la traía puesta cuando inicié el recorrido que me trajo hasta aquí. Eso no tiene sentido; pues si la traigo puesta es porque me la puse yo mismo. No hay más. Sin embargo, creo tener la certeza de que yo no me la coloqué. ¿Será que me estoy volviendo loco? Si me la puse yo mismo estoy loco por no recordarlo, y si no lo hice, estoy loco pues no me di cuenta de cómo es que llegué a traerla puesta. No, no estoy loco. Ahora que me doy cuenta no traigo nada puesto que me pueda quitar por el calor.

¡Demonios! ¡Qué calor! Comienza a hacerse más intenso. Si tan sólo… Si tan sólo cesara. Debo concentrarme en que no hace calor. Eso es todo lo que tengo que hacer. Eso puede funcionar. Después de todo, eso siempre funciona. Todo está en mi mente. No existe el calor, como no existía la sudadera que traía puesta. Todo es una mentira. No sé por qué hace eso. A veces parece que se sale de mi control. De hecho sucede todo el tiempo No debería ser así. La imaginación… ¡Qué tontería! Me concentraré.

Hace demasiado calor. El sudor sale por todos mis poros. Qué real parece. Pero no puedo caer en la trampa. ¡Por supuesto que no puede hacer calor! No aquí. No en mis dominios. Todo es una farsa, no es verdad. Esto no es sudor. No puede serlo. La realidad del sudor sería lo único que podría convencerme de que el calor es real; pero no lo es. Ni el calor ni el sudor. ¡Claro que no!

No estoy de acuerdo con lo que dice La cigarra respecto de la fiesta. Y no lo estoy porque creo que parte de una noción equivocada de las fiestas. Quizás de una experiencia cotidiana, de una experiencia que asume que ya sabe lo una fiesta es, por cierto, pero lo hace desde una posición muy reducida y parcial (me atrevería a decir, inclusive, vulgar). Me explico. Desde su primera afirmación, nos dice que el fin último de las fiestas es divertirse, lo cual va en contra de lo que dijo al principio de la primera frase. “Las fiestas son reuniones sociales que se hacen con el afán de celebrar un acontecimiento de cierta importancia…” A continuación agrega que algunas veces se hacen sin motivo específico y culmina esta oración con lo ya mencionado de la diversión. Divertir, o divertirse,  según el diccionario de nuestra lengua, significa entretener, recrear, apartar, desviar o alejar; y celebrar quiere decir conmemorar algún acontecimiento o suceso. Es claro, entonces, que las dichas acepciones de divertir resultan algo más alejadas de la conmemoración de algún acontecimiento o evento, pues en el entretenimiento, el recreo, el alejamiento, apartamiento o desviación, lo que se busca mayormente es olvidar, ¿olvidar qué? Olvidar precisamente nuestra cotidianidad inmersa en las cosas serias e importantes, en los múltiples negocios y compromisos contractuales con los que nos vemos relacionados. ¿Cómo se puede conmemorar algo cuando lo que se busca es el olvido? Quizás, me diga alguien, el olvido de la vida cotidiana y la conmemoración de acontecimientos o sucesos no se excluyen mutuamente, pues los acontecimientos o sucesos que se celebran son los menos cotidianos de todos. Se suelen festejar en las fiestas cosas o situaciones extraordinarias e importantes para los individuos de cada caso. En ese sentido, el festejo de las fiestas sería un refuerzo del olvido de la cotidianidad, apelando a lo no-cotidiano de los acontecimientos o sucesos que se rememoran en el festejo y la celebración. Pero así, surgiría la pregunta de qué pasa con la abundancia de fiestas en nuestros días, máxime cuando, de acuerdo con otra afirmación del texto que ahora comento, fiestas son tanto las galas, los cocteles, las orgifiestas, las familiares, las pedas, las reuniones sencillas, las infantiles, las temáticas et cetera. De hecho hay quienes viven cada semana esperando impacientemente los viernes, e incluso planeándolos para asistir a alguna reunión de alguna de esas clases. De hecho, pocas son las reuniones entre personas que no se pueden entender como alguna de las clases que menciona La cigarra, a no ser las reuniones laborales, académicas o intelectuales (y eso que muchas de estas últimas, terminan con o una peda o bien una reunión sencilla). En ese sentido, y de acuerdo con las palabras de La cigarra, sería el caso de que nos la vivimos de fiesta, con lo que los festejos perderían su carácter de relativos a acontecimientos o sucesos extraordinarios o importantes, pues en donde todo es extraordinario o importante, nada lo es. Otra posibilidad es que todo lo humano sea importante, en cuyo caso, yo dudaría del carácter no-cotidiano de los acontecimientos o sucesos que se celebren.

Ahora bien, todo lo que he dicho hasta aquí prescinde del aspecto solemne con que la definición de fiesta dice que se llevan a cabo las celebraciones que son las fiestas. Y la solemnidad se debe al acontecimiento o suceso específico que se festeja en cada fiesta. Esa solemnidad, según el diccionario, es motivada porque lo celebrado en las fiestas es de carácter nacional o religioso. No quiero meterme con esos asuntos aquí, pero por lo pronto sólo diré que la gran mayoría de las fiestas a que se refiere La cigarra, galas, orgifiestas, pedas, reuniones sencillas o cocteles, no me parece que tengan mucho que ver con un motivo nacional ni religioso, sino más bien individual o grupal, lo cual quizás apunte a que los mayores motivos de festejo, celebración y fiesta, han perdido su importancia para nosotros por alguna misteriosa razón. En ese sentido, o nuestras fiestas ya no son fiestas, o lo nacional y lo religioso no son los principales motivos de festejo.

Finalmente, he de decir que en el resto del escrito de La cigarra, ella se dedica a mencionar algunos de los que a ella le parecen elementos esenciales en las fiestas, tales como la música, la comida, la bebida, la duración y la vestimenta, asuntos que sí pueden tener relación con las fiestas, incluso con las nacionales y religiosas de las que habla el diccionario, pero que, tal como se mencionan aquí, sugieren que La cigarra está partiendo de una experiencia de fiestas en donde la rememoración y celebración son lo menos importante. Lo valedero de las fiestas, y de la comida, bebida, duración, vestimenta y la música, es qué tanto placer proporcionan a los asistentes, más allá de símbolos, representaciones o cosas semejantes. Creo que las fiestas en las que está pensando La cigarra sí se ajustan a aquellas reuniones de las que tenemos experiencia y que solemos llamar con el mote “fiesta”, pero que están lejos de ser el mejor ejemplo de lo que la palabra fiesta quiere decir, en tanto celebración, rememoración, o festejo, por lo cual, su escrito no nos acercaría a lo que las fiestas son, sino que nos harían pensar que la fiesta es algo tan superficial como emborracharse para perder el sentido sin más. Reitero, no estoy de acuerdo con lo dicho por La cigarra respecto de la fiesta.

 

Supongamos por un momento que vivimos felices, que nuestra felicidad se debe al conocimiento exacto y preciso de nuestra esencia, y que esa exactitud y esa cabalidad las debemos a nuestra hermosa razón, esa facultad propiamente humana de aprehender la esencia de todo lo que es y de dar cuenta de ello a otros hombres mediante el discurso, que todo hombre tiene, tan sólo por ser eso que es. Supongamos, entonces, que ya sabemos quiénes somos, pues desde antaño nos han enterado de ello los discursos de personas sabias. Nuestra vida estaría solucionada así. Las dudas serían cosas del pasado. No tendríamos preocupaciones de ninguna clase y podríamos dedicarnos al ejercicio libre de esa misma facultad en la entrega al escrutinio racional de todo lo que nos rodea. Sabiendo el hombre lo que él es, lo que es todo lo demás habría de resultar cosa fácil, y nuestra felicidad estaría asegurada por los siglos de los siglos, pues ese conocimiento de lo que somos es algo que podríamos heredar a la posteridad. ¿Acaso no es eso lo que todos buscamos en nuestra vida? ¿No deseamos el conocimiento y la felicidad sobre todas las cosas? ¿Y acaso no es preferible la felicidad de la mayoría que la infelicidad de la mayoría?

Parece ser que las respuestas a las tres preguntas anteriores son afirmativas: todos los hombres buscamos la felicidad y el conocimiento, y mientras más personas tengan conocimiento y sean felices es mejor. Y tal parece que, a través de la historia humana, las explicaciones científicas,  filosóficas o de cualquier tipo que discurran en serio se han dedicado a eso precisamente, a conocer cada vez más (ya sea a nosotros mismos o al mundo en el cual habitamos y que nos complementa en nuestro ser). Si así son las cosas, entonces ¿qué sentido tendría dejarnos seducir por las palabras de algún autor que quisiese envolvernos en un manto de melancolía, tristeza y terror, que deseara echarnos en cara que hay algo más, en nosotros y en nuestro mundo, que escapa a toda explicación exacta y precisa? ¿Qué actitud tendríamos que adoptar ante un escrito que nos dice que esa felicidad, tranquila y libre, es una mentira, una parcial y cruel falacia que se encarga de ocultar uno de los fundamentos de nuestro humano ser? Lo mejor que podríamos hacer en ese caso sería no prestar atención al supuesto autor que tuviese esas pretensiones, ya fuera desterrándolo como un loco de nuestro alegre mundo de conocimiento y prosperidad, o bien admitiendo sus discursos como una curiosidad divertida, como mentiras eufónicas capaces de entretener a los poseedores de gustos extravagantes, pero que no dicen nada importante ni verdadero respecto a nosotros mismos.

Pensemos ahora en el caso de Edgar Poe, poeta norteamericano, conocido tradicionalmente por ser una de esas almas atormentadas, no pertenecientes al tiempo ni al espacio en que por fortuna les tocó nacer; uno de esos inadaptados a las costumbres y las convenciones sociales, a quienes lo único que les resta es refugiarse en el ejercicio de las letras, y en la entrega plena a formas bellas y novedosas de desnudar el alma humana al través de aquéllas. Pero mejor no pensemos en él como el personaje que la historia de la literatura se ha encargado de crear, sino como nuestro interlocutor; un individuo que intenta decirnos algo que él piensa que es fundamental que los demás conozcan. Lo que es más, no pensemos en él directamente, ni en su persona ni en su vida ni en sus acciones, todo ello llegado a su fin hace tiempo; mejor pensemos en sus palabras, en alguno de sus discursos poéticos, e intentemos ver qué es lo que nos quiere decir, y si acaso ese discurso nos dice algo de nosotros mismos. Os invito, lectores a que lean alguna de las muchas obras que tiene Edgar Poe, ya poemas, ya cuentos, ya ensayos, para que se acerquen, sin descartar de inicio, a una nueva manera de entendernos a nosotros mismos, quizás no peleada con la que ya tenemos. Tal vez así podamos descubrir que somos algo más de lo que siempre pensamos (y que ese algo más no contradice lo demás que ya pensábamos).

 

A una orquídea

Anoche tuve el sueño más bello

Aunque en la mañana recordarlo no pude.

Todo el día pasé pensando en ello

Pero ningún éxito en lograrlo tuve.

 

Preocupada, a preguntar a mi mamá corrí.

Como su respuesta fue que ocupada estaba,

Solucionar mi inquietud por mi cuenta decidí,

Pues quedarme con la duda no deseaba.

 

En mi problema, al jardín salí a pensar

Cuando de oír una melodía me dio la impresión

Así que por el sonido a ciegas me dejé llevar.

 

Y aunque la música que me guiaba de pronto desapareció

Dejó en mi ánimo una sensación de bienestar

Y al abrir los ojos, la razón de mi feliz sueño surgió:

 

Ante mí, una hermosa flor morada había,

Y supe que en ella estaba la respuesta a mi alegría

Pues mi corazón como nunca se contentó.

 

Pasar un instante viéndola me bastó

Para saber que algo hermoso basta contemplar

Y la gloria de la vida, en lo bello, se nos ha de revelar.

 

La decadencia del erotismo

Se supone que hoy debo hablar de erotismo. ¿Por qué? Francamente no lo sé. Yo no soy ningún experto en el tema ni tengo especialización alguna al respecto. Existen teóricos que han abordado el tema de manera profunda, haciendo análisis cuidadosos de la experiencia erótica en la vida humana y adentrándose en asuntos que tal vez no todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en el erotismo o cuando nos vemos involucrados en alguna de las maravillosas experiencias de ese tipo, pero que son fundamentales para comprender mejor el papel que juega lo erótico en las vidas de cada uno de nosotros, siendo aquél (el erotismo) una de las bases de toda vida humana, quizás, y que en ese sentido ninguna vida podría ser considerada humana si prescindiese del contacto con lo erótico. Asuntos de matiz estético, antropológico, psicológico o inclusive metafísico son descubiertos o sugeridos dentro de los discursos expertos acerca del erotismo. Yo no puedo decir mucho al respecto, pues si he de ser honesto, desconozco los discursos de ese tipo y, si lo que se supone que debo hacer aquí en este momento es presentar una reflexión acerca del erotismo en algún pensador, filósofo, psicoanalista, artista, esteta, antropólogo, literato u otro, entonces creo que debería detenerme, dejar de escribir y apagar mi computadora para entregarme a alguna otra actividad de la que tenga mayor noticia. Otra opción que tendría sería la de escribir de cualquier otra cosa que tal vez no tuviera mucho que ver con el tema del erotismo, e inventar algún pretexto para conectar lo dicho con aquél. Tampoco voy a hacer eso, aunque he de reconocer que más de uno estará pensando que es precisamente lo que estoy haciendo al dar tantos rodeos. Eso no lo puedo evitar así que ya ni modo.

Si no se han retirado y continúan leyendo las palabras que ahora escribo, me alegro porque sí les voy a decir algo del erotismo. No voy a llenarlos de citas de libros ni de frases de los sabios ni de referencias a películas ni nada parecido, pues eso cada quien lo puede buscar por su parte (iba a escribir “solo”, pero no, porque lo erótico siempre se ve mejor justamente cuando uno no está solo). En fin, lo que voy a hacer aquí es presentarles mi opinión llanamente respecto de lo que, según yo, es la decadencia del erotismo que vivimos al día de hoy.

Lo erótico puede verse desde dos puntos de vista por lo menos: el cotidiano, popular, vulgar o de moda (estadísticamente hablando); y el culto, erudito, experto, serio y de moda (ya sin tanta carga estadística). Este último es el que muchos pregonan cuando quieren causar una gran impresión en el auditorio, sea éste íntimo o público, singular o plural, adolescente o adulto, masculino o femenino. Cuando alguien quiere presumir de sus cualidades intelectuales o literarias ante alguien, un tema que deja buena impresión cuando se aborda bien es precisamente el del erotismo. Que si lo erótico es el puente que nos permite a los seres humanos superar el estado de soledad en que nos encontramos todos, llegando a vislumbrar la plenitud dentro del éxtasis que nunca podremos alcanzar más allá de esos instantes, cuya fugacidad nos recuerda nuestra propia finitud y mortalidad. Que si el erotismo es ese aspecto de nosotros mismos que la vida en sociedad se ha encargado de reprimir y ocultar debido a que es el único en el que podemos decir con justicia que somos libres. Que si, por eso mismo es el aspecto que debemos buscar y fomentar si es que queremos ser más plenamente humanos, es decir, que el erotismo es el que nos puede ayudar a soltarnos de las pesadas cadenas de la racionalidad excesiva para abrirnos el horizonte hacia la verdaderas fuerzas que mueven el mundo de lo humano. Todo eso se puede decir, ciertamente, y, si el que lo dice lo sabe decir, muy probablemente cautivará a más de un individuo y dará la impresión de ser inteligente, culto y tantas otras cosas. La gente inteligente, liberal e intelectual habla de erotismo, y de su frecuente compañera la sexualidad, sin pelos en la lengua y en su justa medida. Además, todo eso que se puede decir puede tener su sustento en alguna experiencia o vivencia de lo erótico que los escuchas de los discursos bien pueden reconocer como similar a la suya propia, y es que cuando intentamos reconocer nuestras experiencias con lo erótico en algún discurso que verse sobre el tema, es fácil que estemos de acuerdo con casi cualquier discurso que hable al respecto sin caer en lo grosero, debido a la obnubilación del juicio que suele acompañar a las experiencias con lo erótico. Basta con que las palabras rocen siquiera las mismas pasiones que son estimuladas por lo erótico para que estemos dispuestos a admitir que se está hablando de lo mismo. De allí que lo erótico en las palabras, las imágenes, las obras, los actos, o lo que sea, tenga tanta fama y popularidad. Y si lo que se dice vincula a lo erótico con otros planos de la realidad, seguramente les haremos caso, y tal vez esté diciendo alguna verdad, pero eso es otro asunto.

La popularidad y la fama de que gozan quienes saben hablar acerca del erotismo nos lleva a hablar del otro punto de vista que mencioné antes, el cotidiano, popular o vulgar, esto último sin tono despectivo. Como ya dije, es muy frecuente que se vincule al erotismo con lo sexual, y es en esa vinculación en donde podemos encontrar a este punto de vista. Cotidianamente, la opinión que se tenga del erotismo o de lo erótico, va de la mano con la opinión que se tiene del sexo, y resulta que la opinión que tenemos del sexo no es siempre la misma: a veces pensamos en lo sexual desde la consideración de la belleza que hay en ello, y a veces lo pensamos desde el pudor y la ausencia de éste, es decir, desde lo impúdico. Por ende, el erotismo a veces parecerá bello, portador del ritmo y armonía característicos de la vida, y a veces nos parecerá ofensivo y opuesto a todo recato y decoro. Lo que sucede, a mi parecer, es que lo sexual no sólo se relaciona con lo erótico, sino también con lo pornográfico y, en el contexto económico en que nos encontramos, con el negocio, pues el sexo es una mercancía más. Cierto, el sexo y el erotismo pueden apuntar hacia el germen de toda vida, hacia la más excelsa experiencia que como seres limitados podemos llegar a tener, pero también, y esto en muchas ocasiones, hacia el morbo, que es la atracción o afición por lo desagradable u obsceno. En ese sentido, soy de la opinión que desde este punto de vista, el que he decidido mentar popular o cotidiano, lo erótico a veces se comprende como aquello fascinante o encantador, y en otras ocasiones como algo impúdico e irreverente, desafiante de las buenas costumbres y cosa de morbosos.

Desde mi particular punto de vista, creo que ambas perspectivas, la culta e inteligente y la popular y cotidiana se complementan, pues no podría haber ese prestigio intelectual y cultural de quienes tratan el tema sin la fascinación popular por lo que, sin dejar de ser misterioso en cierto sentido, representa un desafío al rigor inmovilista de ciertas corrientes.

Ahora bien, resta explicar por qué me he referido a todo esto como algo decadente. Pienso que la manera de comprender al erotismo que se deriva de todo lo que aquí he dicho es la de que el erotismo aparece como algo lejano a nuestras vidas; como cosa de personas especiales y en cierta medida superiores al común de las personas que no dejan de vivir sometidos a una multitud de reglas y lineamientos de vida (ya civiles y sociales, ya morales y éticos, ya religiosos o ideológicos). Es decir, el erotismo no se deja de entender como algo que, al menor originariamente, debería estar prohibido o por lo menos escondido, algo que no se debería ostentar sin ton ni son, sino ser tratado con respeto, a veces con miedo. Todo ello ocasiona que, en ocasiones, quienes se sienten parte de esos pocos que sí pueden hablar de lo erótico o de manera erótica, sin ningún problema, volteen a ver desdeñosamente al conjunto de párvulos que viven llenos de vergüenza por sí mismos, y que éstos, a su vez, vean como algo extraño y fascinante a aquéllos. En ese sentido el erotismo está en decadencia, según yo, por la extrañeza con que se le mira y asume, pues, incluso quienes fomentaran una vida desenvuelta y libre de prejuicios ante lo erótico (y ante lo sexual en general), estarían pasando por alto la presencia innegable, en mayor o en menor medida, algún aspecto de la vida humana.

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